La escena podría parecer grotesca si no fuera, en realidad, profundamente reveladora. Un crucero de lujo, cargado de turistas europeos, fondeado frente a las costas de Tenerife; una emergencia sanitaria global en ciernes; y, en medio de todo ello, la reacción de un dirigente político que decide convertir un problema de salud pública en un espectáculo de agitación y propaganda. No se trata solo de un episodio anecdótico, ni de una salida de tono aislada; es, más bien, una síntesis precisa de cómo opera una parte de la política institucional en el marco del capitalismo tardío: ruido, miedo y oportunismo.
Porque lo que quedó en evidencia en aquel episodio no fue únicamente la torpeza del presidente canario, Fernando Clavijo, —aunque esta resulte difícil de disimular—, sino algo más estructural: la capacidad de ciertos representantes públicos para manipular el miedo colectivo en función de intereses inmediatos, aun a costa de la racionalidad, la evidencia científica y la mínima decencia política. El virus, en este caso, era casi lo de menos; lo importante era el relato.
Conviene recordar el contexto. En los primeros compases de la crisis sanitaria global, cuando aún dominaban la incertidumbre y el desconcierto, el tratamiento mediático y político del riesgo se convirtió en un terreno fértil para la sobreactuación. La llegada de un crucero afectado por contagios activó todos los resortes del alarmismo institucional; pero no todos reaccionaron igual. Mientras organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud recomendaban medidas concretas y evaluaban con criterios técnicos las condiciones de los puertos, otros optaron por la teatralización del peligro.
Ahí es donde aparece la figura de Clavijo, empeñado en construir una amenaza casi zoológica: ratas nadadoras, virus exóticos, contagios incontrolables. La imagen no podía ser más elocuente; tampoco más ridícula. Porque, en el fondo, lo que se estaba articulando no era una política sanitaria, sino una política del miedo. Una política que, como tantas otras veces, necesitaba un enemigo difuso, un riesgo exagerado, un “otro” sobre el que proyectar las inseguridades colectivas.
Y es aquí donde la ironía del episodio adquiere una dimensión trágica. Porque ese mismo sistema político que se muestra extremadamente diligente cuando el peligro procede de un crucero de lujo —con turistas identificados, listados de pasajeros, cobertura mediática y atención institucional— es el que se vuelve sistemáticamente ciego cuando la tragedia llega en forma de patera. No es una exageración retórica: es una constatación material.
Si el virus hubiera llegado en una embarcación precaria, cargada de migrantes africanos, es probable que el relato hubiera sido radicalmente distinto. No habría ruedas de prensa dramáticas, ni debates sobre bioseguridad en los puertos, ni consultas a organismos internacionales; habría silencio, invisibilidad y, en el mejor de los casos, una nota administrativa. Porque, en el orden capitalista global, no todas las vidas tienen el mismo valor; y eso se refleja también en la gestión de las crisis.
La comparación no es caprichosa. Mientras los pasajeros del crucero —como los del MV Hondius— fueron repatriados con todos los honores, en vuelos organizados específicamente para su traslado, miles de trabajadores migrantes siguen siendo explotados en condiciones infrahumanas en los campos agrícolas del sur peninsular. La diferencia no es sanitaria; es de clase. Y también, por supuesto, de raza.
De ahí que el discurso de Clavijo no pueda interpretarse únicamente como una excentricidad personal. Es, más bien, una expresión condensada de un imaginario político que combina xenofobia, ignorancia científica y oportunismo electoral. Un imaginario que encuentra eco en otros referentes de la derecha contemporánea, desde Donald Trump hasta Isabel Díaz Ayuso, pasando por múltiples figuras menores que replican el mismo esquema: simplificación extrema, construcción de enemigos y desprecio por la complejidad.
No es casual que en aquel momento se llegara a invocar incluso la posibilidad de contagios a través de ratas que abandonarían el crucero para colonizar la isla. La imagen, más propia de una novela de serie B que de un informe sanitario, cumple una función ideológica muy precisa: desplazar el foco del problema hacia lo irracional, alimentar el pánico y justificar cualquier reacción desproporcionada. En otras palabras, sustituir la política por el espectáculo.
Pero el problema no es solo la exageración; es también la incoherencia. Porque mientras se denunciaba con vehemencia el supuesto riesgo de contagio procedente del crucero, se ignoraban las condiciones estructurales que realmente determinan la propagación de enfermedades: la precariedad laboral, la saturación de los sistemas sanitarios, la desigualdad en el acceso a recursos básicos. Es decir, todo aquello que el propio sistema capitalista produce y reproduce de manera sistemática.
En este sentido, la actitud de Clavijo no es una anomalía, sino una pieza más de un engranaje mayor. Un engranaje en el que la política institucional actúa, en demasiadas ocasiones, como gestora de percepciones más que como transformadora de realidades. Se trata de construir relatos que permitan desviar la atención, canalizar el malestar y, en última instancia, preservar el statu quo.
La apelación a la identidad insular, el llamamiento a la movilización frente a un enemigo externo —“¡Sánchez nos trae el virus!”— y la dramatización constante del peligro forman parte de esa estrategia. No importa que los datos desmientan el alarmismo; lo relevante es la capacidad de generar adhesión emocional. Y en ese terreno, la racionalidad tiene pocas posibilidades frente al miedo.
Ahora bien, lo que convierte este episodio en algo más que una anécdota es su capacidad para revelar una lógica de fondo. Una lógica que atraviesa buena parte de la política contemporánea y que se manifiesta con especial crudeza en situaciones de crisis. Porque es precisamente en esos momentos cuando se ponen a prueba las prioridades reales de un sistema.
Y lo que se pone de manifiesto, una vez más, es que la vida humana no es un valor absoluto en el capitalismo; es un valor condicionado. Condicionado por la posición social, por la nacionalidad, por la utilidad económica. De ahí que un turista europeo reciba un trato radicalmente distinto al de un trabajador migrante; de ahí que un brote en un crucero active todos los mecanismos institucionales, mientras que una tragedia en el Mediterráneo apenas ocupa unos minutos en los telediarios.
En este contexto, el papel de figuras como Clavijo es doblemente problemático. No solo contribuyen a la difusión de discursos irracionales y potencialmente peligrosos, sino que además refuerzan una jerarquía de vidas que resulta incompatible con cualquier concepción mínimamente igualitaria de la sociedad. Su discurso no es solo erróneo; es funcional a un sistema profundamente injusto.
Podría argumentarse que todo esto no es más que política cotidiana, que la exageración forma parte del juego y que no conviene sobredimensionar episodios concretos. Pero esa sería una lectura complaciente. Porque lo que está en juego no es la reputación de un dirigente, sino la calidad democrática de nuestras instituciones y la capacidad de la sociedad para enfrentar crisis reales con herramientas adecuadas.
La historia reciente ofrece suficientes ejemplos de cómo la combinación de miedo, desinformación y oportunismo puede tener consecuencias devastadoras. Desde la gestión de la pandemia hasta la respuesta a las crisis migratorias, pasando por el auge de discursos autoritarios y fascistas en distintos países, el patrón se repite con inquietante regularidad.
Por eso resulta especialmente preocupante que, en lugar de aprender de esos errores, se insista en reproducir las mismas dinámicas. La consulta a la “inteligencia artificial” para justificar hipótesis absurdas sobre ratas nadadoras no es solo un gesto ridículo; es un síntoma de una cultura política que ha perdido el contacto con la realidad material y que se refugia en simulacros para evitar afrontar los problemas de fondo.
Y, sin embargo, hay algo en todo esto que invita a la risa. No una risa complaciente, sino una risa amarga, casi defensiva; la risa que surge cuando la estupidez se vuelve demasiado evidente como para ser ignorada. Porque, en medio de una crisis global, encontrar tiempo para construir relatos sobre roedores infecciosos tiene algo de esperpento; algo que recuerda, salvando las distancias, a aquella célebre tarde de Cagancho en Almagro, donde el desastre alcanzó tal nivel que terminó convirtiéndose en leyenda.
Pero conviene no quedarse en la anécdota. Detrás del esperpento hay consecuencias reales. Existen decisiones políticas que afectan a vidas concretas; se formulan discursos que legitiman prácticas excluyentes; hay omisiones que perpetúan desigualdades estructurales. Y todo ello exige algo más que ironía: exige crítica, organización y alternativa.
Desde una perspectiva marxista, la cuestión es clara. No se trata de corregir excesos retóricos ni de mejorar la comunicación institucional; se trata de transformar las condiciones que permiten que estos discursos prosperen. Se trata de cuestionar un modelo que convierte la salud en mercancía, la seguridad en espectáculo y la política en un ejercicio de manipulación emocional.
En ese sentido, la crítica a Clavijo es solo un punto de partida. Lo relevante es identificar las estructuras que hacen posible su discurso y trabajar para desmontarlas. Porque mientras esas estructuras permanezcan intactas, seguirán apareciendo nuevos “Clavijos”, dispuestos a clavar sus clavitos en la conciencia colectiva, a costa de lo que sea.
No basta con reírse de ellos, aunque a veces la tentación sea grande. No basta con señalar sus contradicciones, aunque estas sean evidentes. Es necesario construir una alternativa política que rompa con la lógica del miedo y que sitúe en el centro la vida digna de la mayoría social. Una política que no distinga entre cruceros y pateras; que no jerarquice vidas; que no convierta la ignorancia en estrategia.
Al final, lo que está en juego no es solo la gestión de una crisis concreta, sino el tipo de sociedad que queremos construir. Una sociedad basada en la solidaridad real, en la igualdad efectiva y en el conocimiento riguroso; o una sociedad atrapada en el espectáculo permanente, donde el miedo se convierte en herramienta de gobierno y la estupidez en norma.
Ahí es donde el episodio del crucero deja de ser una anécdota para convertirse en advertencia. Una advertencia sobre los riesgos de dejar la política en manos de quienes confunden responsabilidad con protagonismo, gestión con ruido y realidad con ficción. Una advertencia sobre la necesidad urgente de recuperar la racionalidad, la ética y el compromiso colectivo en la acción pública.
Porque si algo ha demostrado esta historia es que la estupidez no es inocua. Puede ser divertida durante un rato; puede incluso proporcionar cierto alivio en tiempos difíciles. Pero cuando se instala en las instituciones, cuando se convierte en criterio de actuación, cuando se utiliza para justificar decisiones que afectan a miles de personas, deja de ser una anécdota y se convierte en un problema político de primer orden.
Y frente a eso, no hay ironía que baste. Solo cabe una respuesta: organización, conciencia y lucha. Porque los clavijos de hoy, por ridículos que parezcan, pueden convertirse mañana en clavos mucho más profundos y peligrosos si no se les enfrenta con determinación. Y entonces ya no habrá risa posible, sino solo las consecuencias de haber confundido el esperpento con la política.
