El verano provinciano, el de verdad, es el que sabe a noches en el pueblo sin reloj, a señalar helados en el cartel del kiosco por ver si alguno queda, a propina de abuela, a amigos que caducan en septiembre, a gritos lejanos desde casa porque ya es hora de comer, a sudar la sábana, a verbena y pólvora. Pero si algo sabemos los de provincias, sobre todo en las castellanomanchegas, es encontrar la charca que nos remoje el culo lo justo y necesario para pasar la apretura estival. Con dos horas de digestión de por medio, obvio.
En nuestra tierra, este año hay habilitadas 38 zonas de baño, la mayoría de ellas en el pueblo, para los del pueblo y para los que regresan al pueblo, pero sin espacio para turistas rasos, que esos pasan de largo buscando el Levante o las costas andaluzas.
Todas las provincias tienen hueco para echar una toalla y colocar una nevera azul de asa blanca: desde las playas fluviales de Alcalá del Júcar hasta el embalse de Cazalegas; desde el río Escabas hasta Bolarque y Pálmaces; desde cualquier salpicón al azar que te pueda dar el río Bullaque, en Ciudad Real.
Tras una primavera en la que en marzo marceó y en mayo marceó todavía más, las zonas fluviales recomendadas a lo largo de nuestro mapa están más rebosantes que nunca. Hoy, con el verano ya vigente, cogemos las cangrejeras y nos damos un paseo por cinco enclaves sin chiringuito, con piedras puntiagudas y con el agua más cristalina del mundo para amortiguar un poquito los desafíos del mercurio.
POZAS DE MARTE, O UNA EXPERIENCIA DE OTRO PLANETA

Qué bien sienta la España vaciada cuando uno huye de la masa, sobre todo en entornos donde lo normal es tender al mogollón. Si buscáramos el antónimo de «Benidorm, 15 de agosto, dos de la tarde», aparecería en el diccionario «Pozas de Marte, a cualquier hora».
Es lo que tiene la Sierra Norte de Guadalajara, que a los que podemos presumir de que es nuestra no nos hace falta enseñarla ni escribir postales con su foto en la portada. Cascadas esculpidas y pozas que te devuelven el reflejo de tu infancia, y todo ello al pie de las montañas y con un tono rojizo particular, pincelan las Pozas del Aljibe, allí donde, si uno grita, es Campillo de Ranas quien te devuelve el eco.
Caídas de agua que coquetean con los ocho metros, con el agua más pura que uno puede imaginar, terminan por diseñar el arroyo del Soto, que terminará siendo Jarama, pero que de momento se erige como un monumento natural que refrescaría al Ave Fénix si aquí quisiera abrevar.
Para hacer calorías, partir desde Roblecasa hasta El Espinar es la mejor de las opciones si uno madruga y lleva bocata. Terminar una ruta aguantando la respiración y llevar el agua hasta tus orejas se convierte en un plan al alcance de muy pocos.
LOS CORTADOS DE VILLALBA, DE SALTO EN SALTO HASTA LA POZA FINAL

Lo que tiene el río Júcar es que no te lo acabas si te empeñas en escudriñar su tramo alto desde San Felipe y antes de salir hacia Albacete. Que luego muere en Cullera (o en el trasvase al Vinalopó, depende de cómo se mire), pero en sus primeros compases, cuando más fría está el agua, es cuando ofrece su mejor tapiz.
En el entorno de Villalba de la Sierra, pueblo que preludia la Serranía conquense con el mismo orgullo con el que se erige en puerta de entrada a la capital, se encuentran los Cortados, un enclave que son varios y que solo se dominan si se recorren desde el principio hasta el final.
Si el lector es más de aquellos de posar la toalla, ya puede madrugar. Si, en cambio, tiene dónde dejar a salvo el teléfono móvil, a pesar de no poder fotografiar este periplo, limítese a disfrutar.
El cañón del Júcar está fresco en invierno igual que en verano, pero solo en una de estas dos estaciones permite la zambullida como bálsamo para el termómetro. Con un guía experto y aparcando en el Ventano del Diablo, la ruta resulta fácil si no es la primera vez que se afronta. Si no tiene usted esa suerte, empiece en la Vega del Molino, que como piscina natural ya ofrece motivos para envidiarla.
Río arriba y pasando el Salto de Villalba, con el Ventano que hemos evitado supervisándonos a decenas de metros por encima, aquí empieza un recorrido que ofrecerá aguas mansas y saltos de agua. Para ello, falta una última aventura: la de transitar varios túneles que nos llevarán a esta arteria de vida que es el Júcar para la provincia de Cuenca.
A partir de aquí, siempre con guía experto o con memoria suficiente, comienza un recorrido de saltos de poza en poza en los que el agua fría se apodera del cuerpo y de la inercia del corazón.
LA TABLA DE LA YEDRA, DONDE LA PIEDRA ES BUENA

Si pregunta por el río Bullaque más allá de la provincia de Ciudad Real, pocos sabrán que es una fuente de vida y un punto de encuentro para todas las comarcas que lo custodian. Será que estar entre los Montes de Toledo, el Valle de Alcudia, Sierra Morena y el Parque Nacional de Cabañeros obliga a convertirse en una porción de paraíso.
Aquí no hay cascadas ni saltos de agua, ni falta que le hace. Un interminable remanso adaptado en la parte donde el Bullaque se ensancha a su paso por Piedrabuena hace que este enclave se convierta en el punto de encuentro de referencia de toda la zona.
Como no todo en esta entrega iba a ser invitarle a la aventura, en este caso tiene todos los servicios que necesite para no querer abandonar el barco hasta que se ponga el sol. Aparcamiento y merenderos para poder entrar en coche o a pie; quizá le toque madrugar, en todo caso.
Y como un río no solo ofrece meter los pies, las interminables rutas de senderismo que vertebran la zona, o la posibilidad de pescar y lo que surja si no se tiene prisa, hacen del Bullaque el sitio donde ir, al menos, una vez cada verano. Para completar el paisaje, fresnos, álamos blancos y olmos se ordenan en fila en el horizonte sobre una lámina de agua que invita también a coger la piragua.
Ideal para el remojo si es que no le molestan las nutrias o las garzas como compañeras de chapuzón, la Tabla de la Yedra te esperará desde que el verano baje la persiana hasta que el primer bañista se atreva a romper la tregua invernal con el primer «¡agua va!» de la temporada.
RÍO TUS, DE POZA EN POZA Y ME ZAMBULLO PORQUE ME TOCA

Que sus aguas den para un balneario ya es para presumir en la próxima convención de aguas, sin duda. Así le pasa al río Tus y a sus pozas, arrinconadas por La Mancha albaceteña hacia Yeste y más allá de la primera carretera que pinta curvas en los últimos 300 kilómetros.
Jaén está ya a la vista, pero esto sigue siendo nuestro. Entre el Estrecho del Diablo y el homónimo del Infierno aparece el Tus, garganteando como quien se aferra a la vida para ofrecer uno de los paisajes más icónicos de Castilla-La Mancha que no todo el mundo conoce.
El Tus no se cansa; igual le da verano que invierno. Será porque nace aquí al lado. Lo fresco del ambiente rebaja las ganas de meter el ombligo bajo el agua.
Lo que se acostumbra a llamar «piscina natural» se desprende aquí de ese nombre. Esto es naturaleza pura y dura; no le cabe el apelativo de piscina. Qué sabrán las piscinas.
Con una paleta de colores monocromática en torno al verde y a todas sus variables, el agua no es para todos los públicos, por lo de fría.
Uno de esos lugares que hacen que merezca la pena coger el coche y explorar, tan a salvo de todo que ni siquiera sabe lo que es un hashtag de Instagram.
LAGUNAS DE VILLAFRANCA, EL ORGULLO DE UN PUEBLO

No solo de ríos bebe Castilla-La Mancha. También hay lagunas. En Villafranca pasa que un «chelero» presume de las suyas todo el año; incluso ha presumido cuando han venido mal dadas y las sequías han obligado a no descalzarse para llegar a su orilla.
En lo que termina siendo uno de los humedales más completos del país, las dos lagunas, la Grande y la Chica, no se envidian entre ellas aunque tengan motivos. De carácter estacional, llevan tiempo luciendo esplendor, haciendo que el contraste entre el azul del agua y el verde de todo lo demás dibuje un paisaje único.
La Grande es la que más se deja hacer, para qué engañarnos: más tranquila, menos salvaje, más adaptada. La Chica, más natural, más de fauna que de ser humano.
El ajetreo de las aves cuando amanece deja paso en verano a toda una comarca que sabe bien dónde tiene que ir para bajar los grados. A quien las visita, lo mismo le da tomar el sol que compartir una patata frita con una grulla.
Cinco zonas para no echar de menos ni una sola de las playas españolas y sí para dar envidia a todos aquellos a los que limpiarse la arena de los pies les da fatiga. Que aquí tenemos de todo. Incluso paraísos pasados por agua donde desafiar al verano con garantías.
