Supongo que hay un momento en el que el capitalismo deja de necesitar ideología y le basta con el espectáculo, y ese momento, me temo, ya lo hemos cruzado hace rato sin que nadie tocara la campanilla; lo digo porque cuando un señor de ochenta años y un día decide festejar su cumpleaños levantando una jaula de artes marciales extremas en los jardines de la Casa Blanca, mientras a apenas unos metros firma un papel que llaman Memorando y que viene a devolver las cosas con Irán al sitio exacto en el que estaban hace dos meses, ciento treinta mil millones de dólares y siete mil muertos antes, lo que tenemos delante no es un exceso folclórico de un bufón con pasaporte imperial, sino la fotografía perfecta de cómo el poder ha decidido que ya no necesita explicarse, le basta con narrarse, y para narrarse no hace falta razón ninguna, basta con un móvil, una sangría dosificada de testosterona y ochenta mil intelectuales del directo dispuestos a perdonarlo todo a cambio de creer, una vez más, que su líder ha ganado la guerra.
Conviene no equivocar el diagnóstico, porque la tentación de cierta izquierda, la que ya ha hecho las paces con el algoritmo, es reírse del payaso y quedarse ahí, en la mofa cómoda del meme compartido, sin preguntarse por qué ese payaso concreto puede permitirse convertir la diplomacia en un cartel de pago por visión; y la respuesta es que detrás de la jaula hay una industria armamentística que necesitaba esos siete mil muertos y esos ciento treinta mil millones de dólares para seguir respirando, y que el Memorando no es la paz, sino el recibo de una transacción ya cobrada; lo demás, las pantallas gigantes, los aviones en formación delta, las fanfarrias y los himnos, es la envoltura de regalo de una mercancía vendida antes de que se encendiera la primera cámara.
Y aquí es donde toca volver, como en el texto que nos sirve de espejo, al cerebro, no porque la neurociencia explique la historia, que no lo hace, sino porque resulta útil como metáfora de algo que sí explica la historia: un sistema, el capitalismo tardío, que ha aprendido a saturar nuestra capacidad de indignación exactamente igual que TikTok satura el hipocampo, archivando directamente en la rutina lo que debería detonar la alarma; de modo que cuando alguien nos cuenta que el cumpleaños de un jefe de estado ha costado cuatro millones de dólares en una jaula de lucha sin reglas, la respuesta colectiva ya no es el escándalo, sino el encogimiento de hombros con el que recibimos cualquier noticia sobre el tiempo: ah, pues no sabía nada, y ya está; ese «y ya está» es el síntoma más fiable de una sociedad vacunada contra su propia furia, y no por un virus espontáneo, sino por una industria del entretenimiento que tiene todo el interés económico en que sigamos así, anestesiados y rentables.
Porque no nos engañemos: la dopamina no cae del cielo ni brota como una maldición bíblica sobre la humanidad desprevenida, la fabrican empresas con sede fiscal, accionistas y departamentos dedicados a calcular cuántos segundos de scroll hacen falta para que el usuario deje de pensar y empiece simplemente a consumir; y resulta que esas mismas empresas, esas que diseñan la jaula bioquímica en la que vivimos, son frecuentemente las mismas que financian campañas, compran legisladores y se sientan, sin disfraz ya, en el primer palco de los jardines de la Casa Blanca; así que cuando la corteza prefrontal colectiva se adormece, no es un accidente neurológico de la especie, es un modelo de negocio con nombre, apellidos y cotización en bolsa, y frente a eso no sirve de mucho apelar al civismo del espectador, como si el problema fuera que la gente ve demasiada televisión y no que alguien, muy concreto, muy poderoso, necesita que la vea.
Aquí es donde la izquierda transformadora tiene una tarea que no puede delegar en la indignación rápida ni en el chiste de domingo, porque reírse del cumpleaños de Trump sin nombrar a quién beneficia el ruido es el mismo gesto que el suyo: ocupar la atención con espectáculo y dejar la estructura intacta; de poco sirve denunciar la jaula si no se denuncia, con la misma energía, el lobby armamentístico que necesitaba esos siete mil muertos y el sistema mediático que decidió que el cumpleaños valía más cobertura que el balance de la guerra; porque el espectáculo no compite con la política, la sustituye, y cada minuto dedicado a comentar el tamaño del cuadrilátero es un minuto que no dedicamos a preguntar quién pagó la factura y quién la sigue pagando, generalmente con su salud, su renta o su vida, mientras el dueño de la fiesta aparece, eso sí, cansadito tras una dura jornada de negociaciones que no condujeron a ningún lado salvo al lugar exacto donde ya estábamos.
Y no se piense que esto es un problema exclusivamente ajeno, de ellos, de los otros, de la derecha extractivista que convierte la geopolítica en pay-per-view; porque buena parte de la izquierda, sobre todo la que ha decidido que la militancia se ejerce mejor en formato vertical y nueve segundos, ha comprado también su billete en esta noria de la dopamina, sustituyendo la organización paciente, la asamblea aburrida, el panfleto que nadie lee con gusto pero que alguien tiene que escribir, por la indignación de usar y tirar que se agota en el aplauso del algoritmo; y así se entiende que la amígdala, esa que debería procesar el miedo a perder lo común, los derechos, el estado social, la paz, ande tan despistada también en estas filas, ocupada en vibrar con el último zasca en vez de en calcular con frialdad cuánto cuesta cada minuto de jaula en hospitales que no se construyen, en pensiones que no se actualizan y en becas que se recortan mientras se financia, a este o aquel lado del Atlántico, la próxima ronda de fuegos artificiales geopolíticos.
Conviene además no perder de vista el detalle, aparentemente menor pero revelador, de que el Memorando se grabó con un móvil y la jaula se retransmitió con pantallas gigantes y cámaras de alta definición; ahí está, en miniatura, la jerarquía de valores del sistema que padecemos: la diplomacia, la cosa seria, la que decide sobre vidas, se archiva con el mismo aparato con el que grabamos a un gato cayéndose de un sofá, mientras el espectáculo de la violencia recreativa merece la inversión de un evento deportivo internacional; y quien crea que esto es despiste, o mal gusto estético de un presidente con afición por el neón, no ha entendido que la jerarquía del presupuesto es siempre la jerarquía de las prioridades reales, y que ningún estado gasta cuatro millones de dólares en una jaula porque le sobre el dinero, sino porque ha calculado que esa inversión en relato rinde más resignación ciudadana que cualquier inversión en sanidad pública.
Por eso, frente a la tentación de quedarnos en la burla fácil del personaje, la tarea de una izquierda que aspire a transformar algo más que su línea editorial consiste en devolverle a la amígdala su trabajo, recordarle, contra toda la dopamina ambiente, que hay cosas que sí se pierden mientras la corteza prefrontal colectiva mira hacia la jaula: se pierde la sanidad pública mientras se aplaude el directo, se pierde la vivienda asequible mientras se admira el cuadrilátero, se pierden los siete mil muertos de la ecuación geopolítica mientras se cuentan los decibelios del himno; y esa tarea no se hace con un meme más ingenioso que el anterior, se hace con la paciencia exasperante que el algoritmo no premia, repitiendo hasta el aburrimiento que el problema no es que Trump sea extravagante, sino que el sistema que lo produce, lo financia y lo retransmite necesita esa extravagancia para que nadie repare en el balance final.
Porque al final, despojado de pirotecnia, lo que queda del Memorando de Versalles es lo de siempre: el statu quo restaurado a precio de sangre y dinero ajeno, certificado con un selfie institucional y celebrado con un espectáculo de violencia coreografiada que cuesta más que media docena de centros de salud; y si alguna lección transformadora puede extraerse de tanto estupor acumulado es que no hace falta entender de neurociencia para saber que un cerebro, individual o colectivo, que deja de distinguir entre el ruido y la noticia, entre el cumpleaños y la guerra, entre la jaula y el contrato, ha sido vaciado de algo más que asombro; ha sido vaciado de la posibilidad misma de la política, y eso es probablemente el negocio más rentable que se ha cerrado este año en los jardines de cualquier palacio.
