La escena de Emiliano García-Page y Begoña Villacís intercambiándose halagos en Tomelloso, en la provincia de Ciudad Real (durante la presentación de los planes de una multinacional ligada al negocio de los centros de datos), no fue una simple cortesía institucional ni una anécdota de verano político: fue la representación bastante nítida de un clima de época. Allí no se encontraron dos sensibilidades ideológicas lejanas capaces de tender puentes en nombre del interés general; allí se reconocieron dos figuras perfectamente compatibles dentro de un mismo horizonte político, el de una gestión dócil del poder económico envuelta en palabras como “futuro”, “liderazgo”, “oportunidad” y “perspectiva”. Cuando Page le pide a Villacís que deje un hueco para volver a aportar a la política, no está lanzando un cumplido inocente, sino verbalizando una afinidad profunda: la convicción de que perfiles como el suyo, ligados al liberalismo empresarial, son no solo respetables, sino necesarios para ordenar el país. Y cuando Villacís elogia a Page por no quedarse quieto y salir a buscar inversiones para Castilla-La Mancha, está devolviendo el favor con el lenguaje de una derecha tecnocrática que hace tiempo aprendió a disfrazar la subordinación al capital con retórica de modernización.
Eso es lo relevante de la escena: la confirmación de que entre una parte de la socialdemocracia institucional y una derecha empresarial de modales urbanos las diferencias se estrechan hasta hacerse casi decorativas. No se trata de decir que sean exactamente lo mismo en todos los ámbitos, ni de borrar matices reales; se trata de señalar que, cuando llega la hora de definir qué es el progreso, a quién debe servir la acción pública y qué relación han de mantener las instituciones con las grandes corporaciones, sus discursos empiezan a sonar demasiado parecidos. El “futuro” del que hablaron en el citado pueblo manchego, no era el de los salarios, ni el de la sanidad pública, ni el de la escuela rural, ni el de la vivienda, ni el de la precariedad juvenil ni siquiera el de los cuidados a personas dependientes. Antes al contrario, era el futuro del negocio: el de un territorio puesto y dispuesto a competir para atraer capital, el de una administración orgullosa de ser anfitriona de multinacionales, el de una política que se mide por su capacidad de seducir inversores y tranquilizar mercados. Ese es el núcleo del problema.
Lo irritante no es solo el intercambio de elogios, sino la obscenidad con la que se presenta como interés general lo que en realidad responde a un consenso de élites. García-Page lleva años cultivando un perfil de barón sensato, de socialista moderado, de hombre pegado al terreno que huye de los extremos. Esa imagen le ha dado rentabilidad mediática y respaldo entre quienes necesitan un PSOE sin pulsión transformadora, sin conflicto social y sin voluntad de alterar demasiado las jerarquías existentes. Su papel ha sido el de administrar con acento castizo una política de orden: aparentar autonomía, marcar distancias ocasionales, pero asegurar siempre que el fondo no se mueve. Villacís, por su parte, encarna a la perfección esa derecha de escaparate que se vendió como regeneradora y terminó siendo una oficina amable de los intereses empresariales, con buen tono televisivo, léxico de innovación y alergia a cualquier redistribución seria del poder y la riqueza. Su tránsito de la política institucional a la dirección ejecutiva de Spain DC no supone una ruptura, sino una continuidad cristalina. No cambió de mundo: siguió en el mismo.
Por eso resulta tan hipócrita que todo esto venga acompañado de lamentos por la “baja política”, los “zascas” y los “tejemanejes”. Esa supuesta crítica elevada a la crispación suele esconder una operación ideológica muy vieja: desacreditar el conflicto para blindar los privilegios. Cada vez que alguien como Villacís se pregunta cuándo fue la última vez que un político habló de futuro, conviene traducir lo que realmente está diciendo: cuándo fue la última vez que se habló del país sin cuestionar la lógica empresarial, sin molestar a los dueños de casi todo, sin introducir la desigualdad, la explotación o el reparto del poder en la conversación. La queja contra el ruido no nace aquí de un compromiso con una democracia más profunda, sino del deseo de una política higienizada, domesticada, reducida a ferias de inversión, foros de negocio y ceremonias institucionales en las nadie nombre el conflicto de clase. Este centrismo de salón se presenta como un contexto de responsabilidad; en realidad, es una forma elegante de desactivar cualquier impulso transformador.
El acto en la ciudad tomellosera, además, sirve para poner sobre la mesa una de las grandes estafas narrativas del presente: la identificación automática entre inversión, modernización y bienestar colectivo. Se supone que la llegada de grandes proyectos tecnológicos implica por sí misma progreso, empleo, futuro y oportunidades. Pero una izquierda seria, no debería aceptar jamás ese silogismo sin hacer preguntas. ¿Quién se beneficia de verdad?. ¿Qué empleo se crea y en qué condiciones?. ¿Qué recursos públicos se ponen al servicio de esas inversiones?. ¿Qué impacto tienen sobre el territorio, la energía, el agua, el suelo?. ¿Qué modelo productivo consolidan?. ¿Cuánta dependencia generan respecto a corporaciones cuyo compromiso con un lugar dura exactamente lo mismo que su cuenta de resultados?. Si estas preguntas se borran, la política se convierte en una gestoría comercial. Y eso es precisamente lo que celebraban Page y Villacís: una institución que sale a vender ventajas competitivas, docilidad regulatoria y disponibilidad territorial para captar negocio privado.
Cuando Villacís elogia a quienes no esperan pasivamente a que lleguen las oportunidades, sino que salen a buscarlas, está formulando toda una doctrina política. Pero no es valentía; es subordinación. No hay nada valiente en ofrecer un territorio al capital como plataforma rentable. No hay liderazgo en comportarse como agente comercial de grandes operadores. Hay renuncia. Hay aceptación de que el papel de la política ya no consiste en planificar democráticamente la economía, proteger derechos, redistribuir riqueza o blindar bienes comunes, sino en competir por la atención de inversores que decidirán si merece la pena instalarse o no. Esa es la lógica de fondo, y la comparten demasiados dirigentes que luego se presentan como pragmáticos y realistas. Realismo, en su vocabulario, significa obediencia al mercado.
También es revelador el lenguaje de Page, cuando lamenta que la crispación haya dejado “sin aprovechar” mucho “capital humano”. No es una expresión neutra. Habla de las personas valiosas como recursos, como activos, como piezas utilizables en una maquinaria que ya viene definida de antemano. Y lo hace, además, para reivindicar precisamente a una figura como Villacís, símbolo de una derecha pulcra, empresarial, perfectamente asimilable al orden dominante. Lo que Page echa de menos no es una política abierta a la inteligencia crítica, a la militancia social o a los saberes populares; lo que echa de menos es un recambio fiable dentro del mismo perímetro ideológico, gente con buena imagen, apestoso olor a Chanel nº 5, de buena agenda y plena compatibilidad con los intereses que mandan. Su elogio a Villacís no tiene nada de pluralista: es el reconocimiento entre piezas del mismo ecosistema.
Desde una mirada de izquierda transformadora, el problema no es solo el tono de complicidad, sino el país que se dibuja detrás de él. Un país en el que la empresa aparece como sujeto histórico principal; en el que los territorios compiten entre sí por atraer capital a cualquier precio; en el que hablar de “futuro” sirve para no hablar de salarios, fiscalidad, propiedad, redistribución o servicios públicos; en el que la política queda degradada a marketing territorial. Ahí es donde la distancia entre Page y Villacís se reduce drásticamente. Uno conserva las siglas del PSOE; la otra proviene de Ciudadanos. Pero ambos se reconocen sin dificultad en una misma lógica léxico-semántica: confianza en la empresa, culto al liderazgo, desconfianza hacia el conflicto social, la fe en la inversión privada como motor natural del progreso. Este consenso, que puede sonar moderno, es por el contrario profundamente conservador.
Hace falta decirlo con crudeza: la foto de Tomelloso no representa altura de miras, sino restauración. Restauración de una política sin pueblo, sin antagonismo y sin ambición emancipadora. Restauración de la vieja idea neoliberal de que el desarrollo consiste en atraer inversión y confiar en que algo gotee hacia abajo. Restauración de una cultura de élites en la que, dirigentes de distinto color se admiran, se legitiman y se reclutan mutuamente porque comparten lo esencial: la convicción de que la democracia no debe nunca rebosar los límites de lo aceptable para el capital. Y cuando una parte de la socialdemocracia se instala cómodamente en ese papel, deja de ser dique frente a la derecha para convertirse en uno de sus mejores complementos.
Frente a eso, la tarea de la izquierda no puede ser adaptarse mejor al decorado ni competir por parecer más seria a ojos de las patronales. Tiene que volver a politizar aquello que esta alianza blanda entre social-liberalismo y derechas empresariales quiere presentar como mera gestión técnica. Politizar significa preguntar quién manda, quién gana, quién pierde, quién decide y quién paga. Significa discutir la propiedad, el uso de los recursos, los límites ecológicos, la calidad del empleo, el papel del sector público y la necesidad de planificar democráticamente sectores estratégicos. Significa asimismo, negarse a aceptar que cualquier macroproyecto es bueno porque traiga inversión, y recordar que la modernización sin justicia social no es progreso, sino aggiornamento del dominio.
Entre las derechas anda el juego, sí. A veces con estridencia, otras con sonrisas institucionales y palabras suaves; a veces desde la oposición declarada, otras desde una socialdemocracia vacía de conflicto.
Aún así, sigue siendo el mismo juego; cuando lo público se pone al servicio de lo privado o, cuando se llama liderazgo a la obediencia y visión de futuro a la sumisión elegante ante las multinacionales. Lo del otro día, no fue un gesto amable entre adversarios, sino el retrato digital de una convergencia. Y conviene mirarlo sin ingenuidad: porque mientras ellos se elogian mutuamente por su sensatez, los de abajo siguen esperando una política que no administre su resignación, sino que se atreva a transformarla de verdad.
