Lorena Cantero Escribano, natural de Motilla del Palancar (Cuenca). Su perfil combina vocación, precisión técnica y una profunda dimensión humana del cuidado sanitario.
Cuenta con una sólida trayectoria profesional vinculada al ámbito quirúrgico. Graduada en Enfermería por la Universidad Complutense de Madrid, a lo largo de su carrera ha trabajado como enfermera de quirófano en diferentes áreas como especializada en cirugía robótica, anestesia y reanimación. Actualmente desarrolla su labor en el Hospital Ruber Internacional colaborando con distintas unidades médicas de referencia y también forma parte del equipo internacional del doctor Diego González Rivas participando en el innovador proyecto con la Unidad Móvil Quirúrgica en una iniciativa humanitaria que lleva cirugía torácica avanzada a países africanos con escasos recursos sanitarios entre los que se incluye Angola o Liberia.
– En una sociedad cada vez más envejecida y con una creciente demanda de cuidados, ¿cómo puede la enfermería asegurar una atención de calidad?
Creo que la enfermería puede asegurar una atención de calidad apoyándose en tres pilares fundamentales: la formación continua, unos recursos adecuados y el trabajo en equipo.
El envejecimiento de la población implica un aumento de las enfermedades crónicas y, por tanto, una mayor necesidad de cuidados. Esto exige que la enfermería siga evolucionando de la mano de la tecnología, la innovación y las nuevas técnicas para poder dar una respuesta cada vez más eficaz a las necesidades de los pacientes.
Pero la formación, por sí sola, no es suficiente. También es imprescindible contar con los recursos materiales y con el número de profesionales necesario. De lo contrario, resulta muy difícil ofrecer los cuidados con la calidad y el tiempo que cada paciente merece, por mucho compromiso y vocación que tenga el profesional.
Por último, creo que el trabajo en equipo es esencial. La coordinación entre todos los profesionales sanitarios, junto con el apoyo que nos brindan la tecnología y la innovación, nos permite ofrecer unos cuidados cada vez más seguros y eficaces. Sin embargo, hay algo que nunca cambia: la cercanía, la empatía y el trato humano siguen siendo la esencia de la enfermería. Al final, cuidar no consiste solo en aplicar conocimientos técnicos, sino también en acompañar a la persona durante todo su proceso de salud.

– En un hospital, la enfermería no tiene un único rol, sino un sistema de especialidades que abarca desde el cuidado básico hasta la alta tecnología y la gestión sanitaria. En el caso de la enfermería quirúrgica, ¿qué habilidades técnicas y humanas considera imprescindibles para desempeñar esta labor dentro de un quirófano?
La enfermería quirúrgica requiere un equilibrio constante entre los conocimientos técnicos y la calidad humana. Dentro del quirófano desempeñamos funciones muy diferentes, como la instrumentación, la enfermería circulante o, en algunos centros, la enfermería de anestesia. Aunque cada una tiene responsabilidades específicas, todas compartimos un mismo objetivo: velar por el bienestar y la seguridad del paciente, contribuyendo a que la intervención se desarrolle con eficacia y las máximas garantías.
Desde el punto de vista técnico, es fundamental contar con una sólida formación, conocer el procedimiento quirúrgico, anticiparse a las necesidades del equipo y manejar con precisión el instrumental y la tecnología con la que trabajamos. Todo ello contribuye a que la cirugía se desarrolle con seguridad y ofreciendo al paciente la mejor atención posible.
Pero para mí hay una parte igual de importante: la humana. Aunque el contacto con el paciente en el quirófano sea breve, suele coincidir con uno de los momentos de mayor vulnerabilidad de su vida. En esos minutos en los que lo recibes, te presentas, lo identificas y permaneces a su lado hasta que se queda dormido, tienes la oportunidad de transmitirle tranquilidad, confianza y seguridad.
Siempre digo que quizá solo compartimos veinte minutos con él antes de la anestesia, pero esos veinte minutos pueden marcar la diferencia en cómo vive su intervención. La tecnología y los conocimientos técnicos son imprescindibles, pero no deben hacernos olvidar que, antes que un procedimiento quirúrgico, tenemos delante a una persona que siente miedo, incertidumbre y necesita sentirse acompañada.
– Como enfermera instrumentista en un equipo de cirugía avanzada, ¿cuáles son sus principales funciones y qué importancia tiene su labor en el éxito de las intervenciones?
La principal función de la enfermera instrumentista es garantizar que todo el material y el instrumental necesario estén preparados antes de que comience la intervención. Sin embargo, nuestro trabajo va mucho más allá de esa preparación inicial.
Durante la cirugía debemos conocer perfectamente la técnica quirúrgica, mantener el campo estéril, anticiparnos a las necesidades del equipo y trabajar en estrecha coordinación con la enfermera circulante para que la intervención se desarrolle con fluidez y seguridad.
Creo que una de las cualidades más importantes de una enfermera instrumentista es la capacidad de anticipación. No solo debemos conocer el procedimiento y la forma de trabajar del cirujano, sino también prever cualquier situación que pueda surgir y tener preparados los recursos necesarios para responder con rapidez.
Aunque nuestro trabajo muchas veces pasa desapercibido para el paciente, desempeñamos un papel fundamental para que la cirugía se desarrolle con las máximas garantías de seguridad.
– Lejos de un entorno hospitalario tradicional y junto a uno de los referentes mundiales de cirugía torácica, ha participado en misiones pioneras impulsadas por la Fundación Diego González Rivas. ¿Qué le han aportado estas experiencias?
Trabajar junto al doctor Diego González Rivas y formar parte de las misiones de la fundación ha sido una experiencia profundamente enriquecedora, tanto en el ámbito profesional como en el personal.
Desde el punto de vista profesional, me ha permitido aprender la complejidad de la cirugía torácica, conocer técnicas innovadoras y desenvolverme en entornos muy diferentes a los de un hospital convencional. Son experiencias que te obligan a adaptarte, a resolver situaciones con rapidez y a valorar aún más la importancia del trabajo en equipo.
Pero, sin duda, lo que más me llevo es el aprendizaje humano. Conocer otras realidades sanitarias, trabajar junto a profesionales de distintos países y comprobar cómo, incluso con recursos más limitados, el compromiso y la colaboración hacen posible ofrecer una atención de gran calidad, es una lección que te marca tanto personal como profesionalmente.
Me siento muy afortunada de formar parte de este proyecto y muy orgullosa de poder contribuir, desde mi profesión, a acercar una cirugía de alta complejidad a personas que, de otro modo, difícilmente tendrían acceso a ella.

– Vivimos en un mundo hiperconectado digitalmente, pero a veces más distante en lo humano. ¿Qué importancia tiene para usted mantener la cercanía y la empatía en el trato con los pacientes?
Para mí es esencial. La tecnología ha supuesto un gran avance en la asistencia sanitaria y nos ayuda a trabajar con mayor seguridad y precisión, pero nunca debe alejarnos del paciente. Al contrario, creo que ambas deben ir de la mano.
En el quirófano, el paciente llega en una situación de especial vulnerabilidad. A veces pensamos que, como permanece poco tiempo consciente con nosotros, esos minutos tienen poca importancia, cuando en realidad pueden marcar la diferencia. Una mirada, una explicación, una conversación breve o un gesto tan sencillo como cogerle la mano pueden transmitir tranquilidad y hacer que se sienta acompañado en un momento de incertidumbre. En las misiones que realizamos en África esa realidad se vive con una intensidad aún mayor, porque para muchos pacientes esa intervención representa una oportunidad que, de otro modo, no tendrían.
Además, la humanización de los cuidados no es solo una cuestión emocional. Cada vez contamos con más evidencia científica que demuestra que una comunicación cercana, la escucha activa o el acompañamiento contribuyen a disminuir la ansiedad del paciente, mejoran su experiencia e incluso pueden influir de forma positiva en su recuperación. Son herramientas no farmacológicas que también forman parte de los cuidados enfermeros.
Creo que la enfermería tiene la responsabilidad de preservar esa cercanía. La tecnología seguirá evolucionando y formando parte de nuestro trabajo, pero cuidar siempre significará estar al lado de la persona cuando más lo necesita.
– Las series ambientadas en hospitales forman parte habitual de la oferta de entretenimiento. ¿Hasta qué punto cree que reflejan la realidad y ayudan a dar visibilidad a la profesión?
La verdad es que no suelo ver este tipo de series porque, desde que trabajo en un hospital, me cuesta identificarme con la realidad que muestran.
Creo que todavía reflejan de forma muy limitada el papel de la enfermería. La mayoría de las historias se centran en los médicos o los cirujanos y nuestra profesión suele quedar en un segundo plano, cuando desempeñamos un papel esencial en la atención y el cuidado de los pacientes.
Creo que sería positivo que también mostraran una imagen más completa de la enfermería, reflejando no solo los cuidados que prestamos, sino también nuestra formación, responsabilidad y capacidad de toma de decisiones. Estoy convencida de que eso ayudaría a que la sociedad conociera mejor todo lo que aporta nuestra profesión.
Mirada personal

– La enfermería es una profesión eminentemente vocacional, ¿recuerda qué la llevó a elegir este camino?
Curiosamente, esta pregunta me hace pensar, porque después de tantos años ejerciendo la profesión casi había olvidado cómo empezó todo.
Cuando estaba en Bachillerato y tenía que decidir qué quería estudiar, sufrí un accidente doméstico que me llevó al quirófano. Recuerdo despertarme rodeada de personas que me cuidaban: una me cogía la mano, otra me sujetaba el brazo, otra me colocaba la mascarilla… Sabía quién era el cirujano, pero me preguntaba quiénes eran todas las demás personas que estaban a mi lado.
Al volver a la habitación se lo pregunté a mi madre y ella me respondió: «Son enfermeras. Es una profesión muy bonita; podrías plantearte estudiarla». Aquella conversación despertó mi curiosidad y decidí iniciar ese camino.
Fue ya durante la carrera cuando descubrí que realmente era mi vocación. Y, curiosamente, mi primer destino como enfermera fue un quirófano. Desde entonces, toda mi trayectoria profesional ha estado ligada a este ámbito, donde he encontrado el lugar en el que más disfruto desarrollando mi profesión.
– Regresar de un viaje nos sirve para mirar con otros ojos el lugar en el que vivimos. Tras su vuelta de Liberia, ¿ha cambiado el modo de ver su entorno o su profesión?
Sí, sin duda. Cuando regresas tomas más conciencia de todo lo que tienes: de los recursos materiales, de la importancia de que tengas acceso a todo esto, porque estamos más desarrollados. Y cambia mucho la manera de verlo.
Experiencias como esta te hacen valorar mucho más lo que tenemos y, sobre todo, el acceso a un sistema sanitario como el nuestro, algo que muchas veces damos por hecho.
Aquí es habitual pensar que, si aparece un síntoma, podremos acudir a un profesional, obtener un diagnóstico y recibir un tratamiento. En Liberia, sin embargo, muchas personas ni siquiera tienen esa oportunidad. Los pacientes que atendimos llegaban con enfermedades muy avanzadas, no porque hubieran esperado demasiado, sino porque nunca habían tenido acceso a un diagnóstico o a una atención sanitaria adecuada.
Volver después de vivir esa realidad cambia tu forma de ver las cosas. Te hace valorar mucho más los recursos de los que disponemos, la importancia de un diagnóstico precoz y el enorme privilegio que supone poder acceder a una atención sanitaria. Es una experiencia que te marca y que te hace regresar con una mirada diferente, tanto como profesional como a nivel personal.
– La canción Imagina, de Efecto Pasillo, habla de acompañar, sostener y cuidar a los demás en los momentos difíciles. ¿Cuál es su principal red de apoyo?
Sin duda, mi familia. Siempre ha sido mi mayor apoyo y el motor de mi vida. Soy una persona muy familiar y tengo la suerte de contar con una madre y unas hermanas con las que mantengo un vínculo muy especial.
Tengo una hermana melliza, a la que considero mi alma gemela, y una hermana pequeña con la que también estoy muy unida. Hace cinco años perdimos a mi padre, que era nuestro faro, y desde entonces procuramos estar todavía más cerca de mi madre, que vive en nuestro pueblo. Siempre que podemos volvemos para compartir tiempo con ella y mantener esa unión familiar que para nosotras es tan importante.
Por supuesto, también están los amigos, pero mi principal red de apoyo siempre ha sido mi familia. Y, de alguna manera, también mis compañeros de trabajo. Compartimos muchos años, momentos difíciles y grandes alegrías, y con el tiempo algunos terminan convirtiéndose en una segunda familia.
– En una profesión tan exigente como la suya, ¿cómo consigue cuidarse emocionalmente para poder seguir cuidando de los demás?
Con los años aprendes que, para poder cuidar de los demás, también tienes que cuidar de ti. Es algo que la experiencia te va enseñando y que, además, muchos profesionales vivimos de una forma muy intensa durante la pandemia.
Intento no llevarme el trabajo a casa, aunque no siempre es posible. Hay pacientes, miradas e historias que permanecen contigo y que, con el paso del tiempo, siguen apareciendo en tu memoria. Son experiencias que, de una manera u otra, te marcan.
En esos momentos, el apoyo de los compañeros es fundamental. Compartir lo vivido con personas que entienden exactamente por lo que estás pasando ayuda a gestionar las emociones y a seguir adelante. Después intento desconectar y dedicar tiempo a mi familia y a mi vida personal, porque creo que ese equilibrio también es una forma de cuidar de quienes cuidamos.
No podemos evitar implicarnos emocionalmente, pero sí aprender a gestionar esas emociones para seguir cuidando sin olvidarnos de nosotros mismos.
– Trabajar en países como Angola o Liberia le obliga a salir constantemente de su zona de confort. Fuera del quirófano, ¿qué situación le dejó una mayor huella personal?
En Angola tuve la oportunidad de quedarme más tiempo porque mi hermana trabaja allí. Gracias a ello pude conocer el país más allá del quirófano y vivir de cerca su realidad.
Lo que más me impactó fueron los enormes contrastes que existen. Puedes estar en una calle con edificios modernos y zonas que recuerdan a cualquier ciudad europea y, apenas unos metros después, encontrarte con viviendas muy precarias y niños que viven con muy pocos recursos.
Fue una realidad que me hizo reflexionar mucho. La sensación era como viajar varias décadas atrás y darte cuenta de que el lugar donde naces puede marcar por completo las oportunidades que tienes a lo largo de la vida.
La primera vez que lo viví, en Angola, recuerdo que estuve varios días intentando asimilar todo lo que había visto. Después, cuando regresé a África con la misión en Liberia, ya iba más preparada para lo que iba a encontrar, pero esos contrastes siguen llamándome muchísimo la atención. Cada viaje me recuerda lo afortunados que somos por las oportunidades y los recursos de los que disponemos, y hace que valore las cosas mucho más, que aquí, en demasiadas ocasiones damos por hechas.
– Cuando vuelve a Motilla del Palancar, ¿qué es lo que más disfruta de su regreso a casa?
Volver a Motilla siempre es volver a mis raíces. Es algo que necesito de vez en cuando porque allí encuentro esa sensación de hogar, de familia y de tranquilidad que asocio a mi infancia.
Lo que más disfruto es estar con mi madre y mis hermanas, volver a los lugares de siempre y bajar el ritmo del día a día. Aunque llevo muchos años viviendo en Madrid, sigo sintiendo la necesidad de regresar a mi pueblo para recargar energías.
Para mí, Motilla es ese lugar al que vuelvo para reencontrarme conmigo misma. Es mi refugio, mi remanso de paz y el sitio donde siempre vuelvo a sentirme en casa.
– Después de todo lo vivido, ¿qué le diría hoy a la Lorena que empezaba a dar sus primeros pasos en un quirófano?
Le diría que confiara en sí misma y que no tuviera miedo. Que habrá momentos difíciles, días en los que pensará en rendirse y otros en los que dudará de si ha elegido el camino correcto, pero que todo ese esfuerzo acabará mereciendo la pena.
También le diría que nunca deje de aprender. La enfermería es una profesión que exige una formación constante, pero también mucha humildad, porque siempre hay algo nuevo que descubrir y mejorar.
Y sobre todo le diría que tuviese paciencia. Cuando empecé, jamás habría imaginado que acabaría formando parte de un proyecto como el quirófano móvil de la Fundación Diego González Rivas o participando en misiones internacionales. Si alguien me hubiera dicho entonces todo lo que la enfermería me iba a permitir vivir, sinceramente, no me lo habría creído.
– Tras su intensa participación en cirugías mínimamente invasivas en países donde nunca se habían realizado, ¿qué nuevos retos profesionales le gustaría afrontar?
Me motiva seguir creciendo profesionalmente formando parte de proyectos que apuesten por la innovación y por llevar la cirugía cada vez un paso más allá. Siempre me ha gustado aprender, incorporar nuevas técnicas y adaptarme a los avances que van transformando nuestra forma de trabajar.
Creo que la inteligencia artificial va a desempeñar un papel muy importante en los próximos años y me ilusiona poder formar parte de esa evolución, integrándola en la práctica clínica siempre que contribuya a mejorar la atención al paciente.
En cuanto a las misiones internacionales, me gustaría continuar siendo parte de este proyecto, contribuyendo a que el quirófano móvil evolucione y que, en el futuro, pueda ampliar sus posibilidades para acercar cirugías cada vez más complejas y beneficiar a un mayor número de personas.
Nuestra Tierra en el Corazón

– Lorena, ¿cuál es el paisaje de Castilla La Mancha más inspirador que ha visto y qué sensaciones le evocó?
Barriendo para casa, diría que las Casas Colgadas y el Puente de San Pablo, en Cuenca. Son lugares que siempre me impresionan y que representan una parte muy importante de mi tierra.
Pero si pienso en el paisaje que realmente me hace sentir que estoy en casa, me vienen a la mente los campos dorados de trigo y cebada que rodean Motilla del Palancar. Cada vez que vuelvo desde Madrid y empiezo a ver esas llanuras manchegas, siento que ya he llegado.
También me evocan muchos recuerdos las viñas, el olor tan característico de la vendimia que forma parte de mi infancia y, por supuesto, los molinos, que para mí son uno de los grandes símbolos de Castilla-La Mancha. Me siento muy orgullosa de mi tierra y de llevar siempre mis raíces conmigo.
– En su opinión, ¿qué características hacen que nuestra comunidad autónoma sea un destino destacado para visitantes?
Creo que una de las mayores riquezas de Castilla-La Mancha es el carácter de su gente. Somos personas cercanas, acogedoras y siempre dispuestas a hacer sentir bien a quien nos visita.
A eso se suman una gastronomía extraordinaria, un patrimonio histórico y cultural muy rico y unos paisajes que nunca dejan de sorprender. Siempre acabas descubriendo un rincón, un pueblo o un lugar con encanto que merece la pena conocer.
Hay una anécdota que recuerdo con mucho cariño. Durante una estancia en Angola conocí a un chico dominicano que llevaba una camiseta de la Universidad de Castilla-La Mancha. Al preguntarle por ella, me contó que había vivido aquí durante varias campañas de vendimia y que guardaba un recuerdo magnífico de nuestra tierra. Lo que más destacaba era la cercanía y la amabilidad de la gente. Me hizo mucha ilusión escuchar esas palabras tan lejos de casa y, sobre todo, comprobar que esa forma de ser también la perciben quienes nos visitan.
– Para finalizar, ¿qué frase o eslogan inspirador compartiría con nosotros para reforzar el orgullo por nuestras raíces y los talentos que nos unen como comunidad?
Las raíces no son un lugar al que volver, sino la fuerza que te impulsa allá donde decidas ir.
