Mestizajes de conquista, purezas de conveniencia

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A la derecha más reaccionaria le encanta hablar de mestizaje. Lo invoca con entusiasmo, lo envuelve en una retórica de orgullo histórico y lo presenta como prueba de una supuesta vocación integradora que vendría de lejos. Escuchas a Isabel Díaz Ayuso y, por momentos, parece que el discurso se desliza hacia una celebración casi festiva de la mezcla cultural, como si de pronto estuviéramos en una plaza escuchando a Manu Chao cantar a la vida mestiza. Pero la coincidencia es superficial. Dura lo justo en que aparece la letra pequeña. Porque el mestizaje que entusiasma a esa derecha no es el que se vive hoy en los barrios, en las escuelas o en los centros de trabajo. Es otro: uno lejano, congelado en el tiempo, cómodo porque ya no interpela.

Ahí está la clave. No hay una defensa del mestizaje en abstracto, sino una selección interesada de qué mestizajes merecen ser celebrados y cuáles deben ser problematizados, cuando no directamente demonizados. El mestizaje bueno —el que se reivindica sin matices— es el que tuvo lugar hace cinco siglos, durante la expansión imperial. El mestizaje malo es el contemporáneo: el que llega en patera, el que se organiza en la precariedad urbana, el que cuestiona jerarquías y desborda identidades cerradas. Ese se describe con términos como “estercolero multicultural”, lo que no deja mucho margen a la duda sobre el tipo de convivencia que se desea.

Desde una mirada transformadora, esta distinción no es inocente. Tiene que ver con la forma en que el poder construye relato sobre la historia para ordenar el presente. El mestizaje imperial puede ser convertido en mito porque se inserta en una narrativa de conquista, de expansión y de dominio que, en última instancia, refuerza una idea jerárquica del mundo. No habla de igualdad, habla de subordinación. Y, sin embargo, se presenta como si hubiera sido un encuentro armónico entre culturas.

Conviene desmontar esa imagen. La conquista de América —y también la de otros territorios como Canarias— fue un proceso profundamente violento. No solo en términos militares, sino en la reorganización completa de la vida social, económica y cultural de los pueblos sometidos. El mestizaje que emerge en ese contexto no puede entenderse como un cruce libre entre iguales. Es, en gran medida, el resultado de relaciones de poder asimétricas donde unos deciden y otros apenas pueden resistir.

Si miramos de frente esa realidad, el relato cambia. Las mujeres indígenas ocuparon un lugar central en ese proceso, pero no en los términos que suele sugerir la narrativa oficial. Fueron utilizadas como instrumentos de mediación, como piezas en alianzas forzadas o directamente como botín de guerra. En demasiados casos, el mestizaje se produjo a través de la violencia sexual, del concubinato impuesto o de matrimonios profundamente desiguales. No hay épica ahí. Hay dominación patriarcal en estado puro.

Los datos genéticos de la población canaria ilustran bien este patrón. La diferencia entre la herencia masculina y femenina de origen indígena —mucho más alta en el ADN transmitido por mujeres que por hombres— apunta a una realidad histórica incómoda: la eliminación o marginación de los varones indígenas y la apropiación de las mujeres por parte de los conquistadores. Es decir, el mestizaje como consecuencia directa de una violencia estructural que atraviesa tanto la dimensión colonial como la de género.

En América, el resultado fue una sociedad profundamente estratificada. Lejos de diluir las diferencias, el mestizaje dio lugar a un sistema de castas que clasificaba a la población con un detalle obsesivo. Mestizos, mulatos, zambos, castizos, moriscos, torna atrás… la lista es larga y no responde a una curiosidad etnográfica, sino a una necesidad política: ordenar la desigualdad. Cada categoría implicaba derechos distintos, accesos restringidos, posibilidades vitales limitadas.

Aquí se cruzan dos ejes fundamentales que la izquierda transformadora no puede perder de vista: clase y raza. El sistema colonial no solo jerarquizaba en función del origen, sino también de la posición económica y de la legitimidad del nacimiento. La famosa “limpieza de sangre” no era solo una cuestión simbólica; tenía efectos materiales muy concretos. Determinaba quién podía estudiar, quién podía acceder a cargos públicos, quién podía aspirar a una vida digna.

El propio discurso jurídico de la época lo deja claro. Autores como Juan de Solórzano señalaban que casarse con mujeres indígenas o africanas era deshonroso, propio de quienes no tenían nada que perder en términos de estatus. Racismo y clasismo operaban de la mano, reforzándose mutuamente. En ese contexto, el mestizaje no era una vía de integración, sino un mecanismo más de reproducción de la desigualdad.

Además, la mayoría de esas relaciones no se formalizaban en el marco del matrimonio, sino en formas de convivencia precarias, cuando no directamente en situaciones de abuso. Los hijos e hijas de esas uniones quedaban en una posición ambigua, muchas veces estigmatizada, sin acceso pleno a los privilegios de los grupos dominantes. Hablar de mestizaje sin hablar de estas condiciones es, sencillamente, falsear la historia.

Se suele responder a estas críticas apelando a la riqueza cultural que surgió de esos procesos. Y es cierto: de ese cruce forzado nacieron expresiones culturales de enorme valor. La música, la pintura, la arquitectura o la gastronomía de América Latina son, en buena medida, fruto de esa hibridación. Pero desde una perspectiva crítica no basta con celebrar el resultado; hay que analizar también el proceso.

Porque esa hibridación no fue un diálogo entre culturas en pie de igualdad. Fue, en muchos casos, una imposición. La evangelización, por ejemplo, se llevó a cabo con frecuencia mediante la destrucción de templos, la quema de códices y la persecución de prácticas religiosas indígenas. Se desarticularon sistemas de conocimiento, se marginaron lenguas, se reconfiguraron identidades. La resistencia existió, claro, y de ella surgieron formas culturales híbridas que hoy admiramos. Pero no se puede olvidar el coste humano y simbólico que implicó ese proceso.

Desde la izquierda transformadora, reconocer esta complejidad no implica negar la riqueza del mestizaje, sino situarla en su contexto. Implica entender que no todas las mezclas son iguales, que las condiciones en que se producen importan, y que celebrar sin matices puede convertirse en una forma de blanqueamiento histórico.

Y aquí es donde la comparación con el presente se vuelve inevitable. El mestizaje contemporáneo —el que se produce en las sociedades actuales a través de la migración, del encuentro cotidiano, de la convivencia en condiciones muchas veces difíciles— no responde a una lógica de conquista. Es, en gran medida, el resultado de dinámicas globales en las que también hay desigualdad, pero donde existe un margen mayor para la agencia, la resistencia y la construcción colectiva.

Sin embargo, ese mestizaje es el que se cuestiona. El que se presenta como problema. El que se vincula a la inseguridad, a la pérdida de identidad, a la degradación social. La paradoja es evidente: se celebra una mezcla que fue producto de la violencia y se rechaza otra que, con todas sus contradicciones, abre la puerta a formas más igualitarias de convivencia.

No es una contradicción menor. Responde a un proyecto político. Porque aceptar el mestizaje contemporáneo en términos positivos implica asumir que las sociedades son dinámicas, que las identidades no son fijas y que la igualdad real exige redistribución, reconocimiento y derechos. Y eso choca frontalmente con una visión del mundo basada en jerarquías rígidas y privilegios heredados.

Por eso el mestizaje imperial resulta tan útil como mito. Permite construir una identidad nacional aparentemente inclusiva, pero solo en la medida en que esa inclusión no cuestione el orden existente. Es una inclusión hacia atrás, que no compromete nada en el presente. Una forma de decir “siempre hemos sido diversos” mientras se levantan muros contra la diversidad real.

Frente a eso, una mirada transformadora apuesta por otra cosa. No por idealizar el mestizaje, sino por politizarlo. Por entenderlo como un terreno de disputa donde se juegan cuestiones centrales: quién tiene derechos, quién accede a recursos, quién define la cultura legítima. Y por defender que la mezcla solo puede ser celebrada plenamente cuando se produce en condiciones de igualdad, sin coerción, sin violencia, sin jerarquías impuestas.

Eso implica también revisar el pasado sin complacencia. Reconocer que la historia de la mezcla está atravesada por la colonialidad, por el patriarcado y por la explotación. Pero no para quedarse en la denuncia, sino para extraer lecciones que permitan construir un presente distinto.

Porque si algo enseña la historia del mestizaje es que las culturas cambian, se cruzan, se transforman constantemente. La cuestión no es si habrá mezcla, sino en qué condiciones se producirá. Y ahí es donde entra la política.

O se apuesta por un modelo que gestione la diversidad desde la igualdad, garantizando derechos y combatiendo las desigualdades estructurales, o se sigue recurriendo a relatos interesados que celebran un pasado idealizado mientras niegan el presente. Lo primero abre posibilidades. Lo segundo las cierra.

En ese sentido, disputar el significado del mestizaje no es un ejercicio académico. Es una tarea política de primer orden. Porque en esa disputa se define, en buena medida, el tipo de sociedad que queremos ser. Una que mire la historia de frente, con todas sus sombras, o una que la utilice como coartada para no cambiar nada

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