Pronto hará cien años, más o menos, de un tiempo en el que el fascismo recorrió Europa con el mismo discurso con el que la recorre ahora.
Esta triste efeméride, que costó millones de vidas, se celebra convirtiendo en verdugos a quienes fueron víctimas: ese pueblo que se cree elegido y legitimado para masacrar a sus vecinos.
Otros síntomas domésticos ensombrecen nuestros días.
Exiliados por el hambre y las guerras llegan a nuestras costas —¿nuestras?—, aeropuertos y fronteras. Famélicos y destrozados, nuestros congéneres llegan sin más pasaporte que la desesperación y la necesidad.
Como, por cierto, miles de españoles llegaron a otras costas y otras fronteras que, no hace tanto, se vieron en la misma tesitura.
Se ladra desde tribunas y parlamentos: “Los españoles primero”.
Lo dicen los mismos que llevan a cuestas pasos de Semana Santa, que comulgan los domingos antes del vermut, que pagan servicios en negro, que explotan sin remordimiento en el campo, en sus casas y tras las barras.
El fascista visible no es directamente el poderoso: es el lameculos del poderoso, el facha pobre que se encarga de hacer la tarea, o el colocado en el negocio de la representación política; en este caso, el facha-poltrona.
Decía Miguel Hernández: “Tristes guerras, si no es amor la empresa”.
El odio hacia el diferente es el combustible del que se alimenta la jauría. Y, mientras los más necesitados se disputan un mendrugo, cabalgan a lomos de su inhumanidad y de su miseria moral esos salvapatrias, esos “soy español” que da vergüenza oír.
No quiero ser español si eso implica renunciar a la humanidad y abrazar la vileza.


