Con la cercanía del Día del Libro, es un buen momento para redescubrir historias que dejan huella. Y lo mejor es que no hace falta salir de Castilla-La Mancha para hacerlo. La ruta literaria inspirada en el libro La memoria de la lavanda, de Reyes Monforte, propone un viaje en el que literatura y paisaje se funden en una misma experiencia.
El recorrido nos lleva hasta Brihuega, convertida en “Tármino” en la novela, donde el visitante puede contemplar esa dualidad entre pueblo y horizonte: “A un lado, la entrada del pueblo con las primeras casas […]; al otro, el camino […] perdiéndose hasta el horizonte en los campos llanos de la Alcarria”. Un enclave que combina tradición, historia y una marcada identidad literaria.

Situada en la vega del río Tajuña y conocida como el Jardín de la Alcarria, la localidad ofrece un casco histórico ideal para pasear sin prisa. Iglesias como San Felipe o San Miguel, el castillo de la Piedra Bermeja o la iglesia de Santa María de la Peña forman parte de un patrimonio que abarca siglos de historia. A ello se suman las murallas medievales, la plaza mayor y espacios singulares como la Real Fábrica de Paños, con sus jardines de inspiración versallesca.
El entorno natural completa la experiencia. Los campos de lavanda, especialmente en julio, se convierten en el gran atractivo de la zona. “Era complicado no dejarse envolver por aquel manto cárdeno […] e inhalar la lavanda hasta que los pulmones se volvieran violetas”, describe la novela, reflejando la fuerza de este paisaje.

Coincidiendo con la floración se celebra el Festival de la Lavanda, un evento que llena Brihuega de ambiente festivo, conciertos y actividades culturales. “Se respiraba alegría, ganas de festejo, y al mismo tiempo, tranquilidad”, recoge el relato sobre unos días en los que el municipio muestra su mejor versión.
Además, la visita puede completarse con propuestas curiosas como el Museo de Miniaturas del Profesor Max, ubicado en el convento de San José. Allí es posible contemplar piezas únicas a escala diminuta, como una reproducción de La Última Cena de Leonardo da Vinci pintada en un grano de arroz, una muestra del talento de este artista briocense y su aportación al mundo de la miniatura.

La propia novela aporta también el trasfondo humano a esta ruta. La historia arranca con una frase contundente —“Morí un 3 de mayo”— y acompaña a Lena en su regreso a este lugar para cumplir la última voluntad de su marido.
En ese viaje, marcado por la memoria y la emoción, se entrelazan secretos familiares, amistad y un paisaje que actúa casi como un personaje más, reforzando esa conexión entre literatura y territorio que convierte la experiencia en algo más que una simple visita.


