Tener a un jefe de la oposición mediocre —por no decir directamente inútil— es una tradición que en España hemos sabido conservar con un esmero casi patrimonial, como si fuera una pieza más de ese museo viviente que es la política institucional. No hace falta remontarse demasiado en el tiempo para comprobar que la figura del líder opositor, lejos de ser un contrapeso sólido, una alternativa real o siquiera un estímulo intelectual, ha devenido en una suerte de actor secundario que recita líneas gastadas en un guion que ya nadie se cree. Y en ese escenario, Alberto Núñez Feijóo se mueve con una mezcla de desconcierto y obediencia que provoca más ternura que indignación, lo cual ya es bastante decir. Porque lo grave no es que haga el ridículo —eso, al fin y al cabo, entra dentro de lo humano—, sino que ese ridículo sea estructural, constante, casi programático, como si no hubiera otra forma de ejercer la oposición que no pase por la impostura y la banalidad.
Pero el problema no es Feijóo. O no es solo Feijóo. Sería demasiado fácil —y hasta injusto— cargar todo el peso del análisis sobre una figura que, en el fondo, no deja de ser el síntoma de algo mucho más profundo. El problema es la derecha española en su conjunto, o mejor dicho, su incapacidad crónica para articular un proyecto político que vaya más allá del resentimiento, la nostalgia y el oportunismo. Y ahí es donde entra en juego ese flirteo constante, casi obsceno, con una ultraderecha que ya ni siquiera se molesta en disimular sus pulsiones autoritarias, xenófobas y reaccionarias. Lo de VOX no es una anomalía; es la consecuencia lógica de décadas de descomposición ideológica, de vaciamiento programático, de renuncia a cualquier principio que no sea el de conservar el poder a toda costa.
Resulta especialmente revelador observar cómo ese coqueteo se traduce en políticas concretas, en decisiones que afectan a la vida de la gente. El caso de Extremadura, con esa propuesta de discriminar a los no españoles en el acceso a servicios y prestaciones públicas, no es solo una barbaridad jurídica —que lo es—, ni una indecencia moral —que también—, sino sobre todo una muestra de hasta qué punto el discurso de la derecha ha perdido cualquier anclaje en la realidad. Porque hay que tener una concepción muy particular del mundo para pensar que los problemas estructurales de una comunidad autónoma se resuelven señalando al más débil, al más vulnerable, al que menos capacidad tiene de defenderse. Y hay que tener, además, una desfachatez considerable para presentar esa medida como una solución, como si la desigualdad, la precariedad o el deterioro de los servicios públicos fueran consecuencia de la presencia de personas migrantes y no del desmantelamiento sistemático de lo público.
Pero lo más llamativo no es la propuesta en sí, sino el tono con el que se formula, esa mezcla de gravedad impostada y humor involuntario que convierte cada intervención en una especie de sketch político. Porque hay algo profundamente cómico —en el sentido más trágico del término— en ver a determinados dirigentes pontificando sobre identidad nacional, pureza cultural o valores tradicionales mientras encarnan exactamente lo contrario de todo eso: oportunismo, ignorancia y una notable falta de coherencia. Los nombres son conocidos, las intervenciones también, y el resultado suele ser el mismo: una combinación de estupor y carcajada que, sin embargo, no debería hacernos perder de vista lo esencial, que es el daño real que ese discurso provoca.
Ahora bien, sería un error pensar que este fenómeno es exclusivamente español. Lo que estamos viendo aquí no es más que una expresión local de una tendencia global que lleva años consolidándose: la transformación de la política en un espectáculo basado en la explotación del descontento, en la simplificación extrema de problemas complejos y en la construcción de enemigos imaginarios. Y lo más inquietante es que ese modelo no solo ha funcionado, sino que ha resultado extraordinariamente rentable para quienes lo han impulsado. Porque detrás de esa retórica incendiaria, de esos discursos aparentemente antisistema, se esconden intereses muy concretos, muy materiales, muy vinculados al poder económico.
No es casualidad que magnates de la tecnología, de la industria armamentística o del sector energético hayan encontrado en este tipo de liderazgos un aliado perfecto. La lógica es sencilla: cuanto más ruido, más polarización, más miedo, más fácil resulta imponer agendas que, en condiciones normales, encontrarían una resistencia social mucho mayor. La libertad de la que tanto hablan no es más que una coartada para desregular, para privatizar, para concentrar riqueza en unas pocas manos. Y mientras tanto, la ciudadanía asiste a este espectáculo con una mezcla de resignación y desconcierto, sin terminar de entender muy bien cómo hemos llegado hasta aquí.
En este contexto, figuras como Donald Trump o Javier Milei no son excepciones, sino paradigmas. Representan la culminación de un proceso en el que la política se vacía de contenido y se llena de gestos, de símbolos, de provocaciones calculadas. La motosierra de Milei no es una propuesta económica; es una imagen diseñada para captar la atención, para generar impacto, para simplificar un mensaje que, en el fondo, es profundamente regresivo. Lo mismo ocurre con las políticas exteriores agresivas, con los discursos belicistas, con esa obsesión por el enemigo externo que justifica cualquier exceso. No se trata de defender la libertad ni la democracia, sino de asegurar mercados, recursos, posiciones estratégicas.
Y sin embargo, algo parece estar cambiando. No de manera abrupta, no como una ruptura clara y definitiva, sino más bien como un desplazamiento lento, casi imperceptible, en la percepción colectiva. Hay momentos en los que el exceso se vuelve contraproducente, en los que la exageración deja de funcionar y empieza a generar rechazo. Cuando un líder político se permite amenazar con la destrucción total, con la aniquilación de pueblos enteros, con el desprecio absoluto por el derecho internacional, se produce una especie de cortocircuito en la narrativa. Porque incluso quienes habían comprado el discurso empiezan a preguntarse si no se ha ido demasiado lejos.
Es en ese punto donde comienzan a resquebrajarse las alianzas, donde aparecen las dudas, donde algunos actores intentan desmarcarse, aunque sea tímidamente, de una deriva que ya no pueden controlar. No por convicción, no por un súbito despertar ético, sino por pura supervivencia política. Porque la historia demuestra que los movimientos que se construyen sobre el odio, el miedo y la mentira tienen un recorrido limitado, y que tarde o temprano acaban devorándose a sí mismos.
En paralelo, y quizá como respuesta a todo esto, se están produciendo movimientos en el otro lado del espectro político que merecen atención. Encuentros internacionales, cumbres, espacios de coordinación entre fuerzas progresistas que intentan articular una alternativa global a este modelo. No es algo nuevo, pero sí parece adquirir una intensidad distinta en el contexto actual. La presencia de líderes de diferentes países, la participación de miles de representantes, la diversidad de agendas —desde el feminismo hasta la transición ecológica— apuntan a un intento de reconstruir un proyecto político que vuelva a poner en el centro la vida, la igualdad, la justicia social.
Por supuesto, no conviene idealizar estos procesos. La izquierda también arrastra sus propias contradicciones, sus propias limitaciones, sus propias miserias. Pero hay una diferencia fundamental: mientras unos se aferran a un discurso cada vez más vacío, más agresivo, más desconectado de la realidad, otros al menos están intentando pensar, debatir, construir algo distinto. Y eso, en el panorama actual, ya es significativo.
La reacción de la derecha ante estos movimientos no ha sido precisamente brillante. Reducir encuentros internacionales a caricaturas o contraponerlos con actos de propaganda local no solo revela una falta de argumentos, sino también una cierta desesperación. Cuando la crítica política se sustituye por el insulto, cuando el análisis se reemplaza por la simplificación burda, es que algo no funciona. Y lo que no funciona, en este caso, es un modelo que empieza a mostrar signos evidentes de agotamiento.
Quizá por eso resulta tan revelador el contraste entre la pompa de ciertos actos institucionales y la realidad que los rodea. Ceremonias grandilocuentes, medallas, discursos huecos, mientras fuera la gente comenta, ironiza, se distancia. Porque hay algo profundamente desconectado en esa escenografía, algo que ya no encaja con la percepción social. Y cuando la política se convierte en un teatro que nadie se toma en serio, el problema no es solo de imagen, sino de legitimidad.
Al final, todo esto nos lleva a una conclusión que puede parecer obvia, pero que conviene recordar: los discursos políticos no son eternos. Las modas ideológicas, por llamarlas de alguna manera, tienen un ciclo de vida. Lo que hoy parece hegemónico mañana puede resultar ridículo, lo que hoy moviliza mañana puede aburrir. Y en ese sentido, da la impresión de que ese modelo basado en la provocación constante, en la mentira sistemática y en la explotación del miedo está empezando a perder fuelle.
No porque haya desaparecido —ni mucho menos—, sino porque ha dejado de ser incuestionable. Porque cada vez más gente empieza a verlo por lo que es: una construcción interesada, un instrumento al servicio de determinados poderes, una cortina de humo que oculta problemas mucho más profundos. Y cuando eso ocurre, cuando la máscara se cae, el efecto puede ser devastador.
Así que sí, puede que se hayan pasado de moda. Puede que ese discurso que durante años ha marcado la agenda esté entrando en una fase de desgaste. Puede que la ironía —esa ironía incómoda, que mezcla incredulidad y hartazgo— sea el primer síntoma de un cambio más profundo. O puede que no, que todo esto no sea más que un espejismo y que dentro de unos meses volvamos a lo de siempre.
Pero incluso en ese caso, incluso si nada cambia de manera inmediata, hay algo que ya no es igual. Y es la percepción. Esa intuición colectiva de que algo no encaja, de que nos han estado vendiendo una historia que no se sostiene, de que detrás de tanto ruido no hay más que vacío. Y cuando esa intuición se instala, cuando empieza a extenderse, cuando se convierte en conversación, en duda, en crítica, entonces el terreno empieza a moverse.
No será rápido. No será limpio. No será sencillo. Pero será. Porque la historia, por mucho que algunos se empeñen en negarlo, no se detiene. Y los discursos que hoy parecen inamovibles mañana pueden ser apenas un recuerdo, una anécdota, una nota al pie en un relato más amplio.
Mientras tanto, aquí seguimos. Observando, analizando, riendo cuando toca y señalando cuando es necesario. Porque si algo nos ha enseñado todo esto es que tomarse demasiado en serio a quienes hacen del absurdo su forma de hacer política es, en el fondo, concederles una importancia que no merecen. Y quizá la mejor forma de empezar a desmontar ese modelo sea precisamente esa: dejar de temerlo, dejar de amplificarlo y empezar a verlo como lo que es: Cómico.


