Se ha vuelto casi un lugar común afirmar que la juventud se ha girado hacia la reacción, como si una generación entera hubiese despertado de pronto seducida por el autoritarismo, el racismo o el antifeminismo. Sin embargo, ese diagnóstico resulta engañoso, porque desplaza la responsabilidad desde las estructuras hacia los sujetos y convierte un problema histórico en un supuesto defecto generacional. La pregunta pertinente no es por qué hay jóvenes reaccionarios, sino qué tipo de sociedad produce y normaliza la reacción entre sectores crecientes de las nuevas generaciones. Desde una mirada materialista, la respuesta es clara: la extrema derecha crece en un contexto de precarización, descomposición institucional, mercantilización de la vida y pérdida de horizonte. No se alimenta de una patología juvenil espontánea, sino de un orden social que fabrica frustración, miedo, competencia y desarraigo.
Culpar a los jóvenes de la reacción equivale, por tanto, a culpar al síntoma y no a la enfermedad. Han sido los adultos, las élites políticas y los grandes aparatos mediáticos quienes han asfaltado durante años el terreno por el que hoy avanza el discurso ultra. Son ellos quienes no han dado respuesta a los problemas de la clase trabajadora, quienes han aceptado la destrucción de lo público y la inseguridad material como si fueran inevitables y quienes, al mismo tiempo, han normalizado los lenguajes del odio como parte del paisaje cotidiano. Los jóvenes no han inventado ese clima; se han criado en él. Unos se dejan arrastrar por la corriente; otros, en cambio, tratan de resistirla y de construir herramientas colectivas con las que enfrentar el deterioro social.
En ese marco, el trabajo documental de Raül Gallego resulta valioso porque evita la caricatura y se aleja del sensacionalismo. No presenta a la juventud politizada como una galería de rarezas ideológicas ni como un espectáculo generacional, sino como un conjunto de sujetos atravesados por contradicciones materiales, afectivas y culturales. Ese enfoque es importante, porque buena parte del periodismo dominante oscila entre el paternalismo y el alarmismo: o infantiliza el malestar juvenil o magnifica su deriva reaccionaria como si se tratara de una patología de época. Una lectura sociológica más rigurosa obliga a relacionar las trayectorias ideológicas con la vivienda inaccesible, el trabajo precario, la incertidumbre vital y la experiencia cotidiana de saberse prescindible dentro del mercado.
La extrema derecha ha sabido intervenir con eficacia en ese terreno de malestar. No entra en la juventud solo mediante doctrinas cerradas, sino a través de afectos, promesas de pertenencia y relatos simples que convierten la frustración en identidad. Allí donde el neoliberalismo ha roto vínculos comunitarios y ha convertido la vida en una competición permanente, los ultras ofrecen enemigos visibles, certezas elementales y una fantasía de restauración. No resuelven ninguna contradicción real, pero nombran el malestar para desviarlo y devolverlo en forma de odio organizado. Su operación consiste en traducir conflictos estructurales en falsos conflictos culturales: el problema deja de ser la explotación y pasa a ser la inmigración; deja de ser la mercantilización de la vida y pasa a ser el feminismo; deja de ser la crisis social y pasa a ser una supuesta decadencia moral.
Desde el marxismo contemporáneo, esto obliga a recuperar una idea elemental: la lucha ideológica nunca está separada de la lucha de clases. Los jóvenes de extrema derecha no constituyen una anomalía, sino una expresión contradictoria de la crisis de hegemonía del capitalismo tardío. Cuando se hunden las promesas de movilidad social, cuando la democracia liberal pierde credibilidad y cuando el futuro aparece clausurado, se abre un campo de disputa por el sentido del malestar. La extrema derecha ocupa ese espacio presentándose como rebelión, aunque en realidad funcione como un dispositivo disciplinario de recomposición del orden. Se disfraza de antisistema mientras protege la propiedad y la jerarquía; habla en nombre del pueblo mientras señala a los sectores más vulnerables de ese mismo pueblo. Su novedad es estética, pero su función histórica sigue siendo profundamente conservadora.
Por eso es insuficiente responder al ascenso reaccionario solo con denuncia moral o con verificación de datos. Todo eso puede ser útil, pero no toca el núcleo del problema. Los ultras avanzan porque encuentran sujetos desprotegidos, humillaciones acumuladas y vacíos organizativos donde antes hubo tejido colectivo. Si la izquierda no reconstruye espacios de arraigo, conflicto compartido y lectura material de la crisis, el malestar seguirá siendo capturado por quienes saben transformarlo en obediencia y agresividad. El antifascismo eficaz no puede reducirse a un gesto identitario ni a una estética de resistencia; necesita encarnarse en sindicatos, colectivos estudiantiles, plataformas de vivienda, redes barriales y estructuras de solidaridad capaces de intervenir sobre la vida cotidiana.
Uno de los problemas más graves del presente es la desproporción entre la atención mediática que reciben los grupos ultras y la visibilidad de las resistencias juveniles de izquierdas. El sensacionalismo premia la imagen amenazante, la provocación calculada y el pequeño grupo ruidoso que sabe ocupar pantalla. En cambio, el trabajo paciente de organización y la práctica material de la solidaridad suelen quedar fuera del foco. Vende más mostrar a veinte neonazis encapuchados gritando contra la inmigración que a doscientos jóvenes parando un desahucio. Así, la lógica espectacular de la información no solo describe el mundo: también contribuye a deformarlo. La opinión pública acaba recibiendo la impresión de que la extrema derecha es omnipresente, juvenilmente hegemónica e imparable, mientras las alternativas aparecen como marginales o inexistentes.
No se trata de defender el silencio sobre la extrema derecha, sino de discutir cómo y cuándo se informa, y con qué marco explicativo se acompaña esa información. Un periodismo responsable debería mostrar la seducción ultra de una parte de la juventud sin convertirla en un espectáculo autosuficiente; y debería, además, contextualizar, confrontar datos y hacer visible la existencia de alternativas organizadas. La falsa neutralidad del centrismo mediático suele terminar funcionando como una forma de desarme crítico: coloca en el mismo plano proyectos sociales radicalmente desiguales y reduce el antagonismo entre fascismo y antifascismo a una riña entre extremos. Pero no hay simetría posible entre quienes buscan reforzar jerarquías opresivas y quienes tratan de derribarlas.
Aquí también aparece una autocrítica necesaria para la izquierda transformadora. Durante demasiado tiempo, muchos colectivos han desconfiado de la comunicación pública o la han relegado a un plano secundario, como si la disputa por el sentido común fuese un terreno menor frente al conflicto material. Esa prevención tiene motivos comprensibles, porque la criminalización, la caricatura y la manipulación mediática han pesado durante décadas. Sin embargo, el presente obliga a revisar esa posición. No basta con existir, militar o sostener prácticas valiosas; también hay que hacerse inteligible para quienes aún no participan. Si los fascistas exhiben símbolos y ocupan cámara sin complejos, mientras parte de la izquierda permanece encerrada en lenguajes endogámicos, la asimetría de visibilidad termina convirtiéndose en asimetría de interpelación.
Esto no significa suavizar el antagonismo ni adaptar el discurso emancipador al lenguaje del enemigo. Significa comprender que la hegemonía también se construye en el plano de la narración y de la producción de sentido. El marxismo contemporáneo no puede limitarse a diagnosticar la financiarización o la crisis de reproducción social; debe traducir esas categorías en lenguaje político vivo y reconocible. Tiene que explicar que la ansiedad generacional no es un fracaso individual, sino una consecuencia de la subordinación de la vida al beneficio; que la soledad no es solo un problema privado, sino una forma social producida por la competencia; y que la violencia reaccionaria no expresa una fuerza autónoma de los de abajo, sino una respuesta organizada de las clases dominantes ante el riesgo de una politización popular.
La juventud, en este escenario, no es ni un bloque reaccionario ni un sujeto naturalmente redentor. Está atravesada por las mismas contradicciones que recorren al conjunto de la clase trabajadora, aunque a menudo de manera más intensa. Sufre con especial crudeza la precariedad, el encarecimiento de la vivienda, la imposibilidad de proyectar una vida autónoma y la saturación de un entorno digital que convierte toda experiencia en mercancía. Pero, al mismo tiempo, también ensaya formas de cooperación, de militancia y de imaginación política que desmienten cualquier lectura derrotista. Pensar la juventud como terreno de disputa permite salir tanto del catastrofismo como del romanticismo. No se trata de idealizarla, sino de comprender que sus posicionamientos dependen de las mediaciones políticas, culturales y organizativas que logren arraigar en su experiencia social.
Hablar de jóvenes reaccionarios en abstracto sirve para alimentar pánicos morales y tertulias; analizar las condiciones que hacen posible la reacción sirve, en cambio, para transformarlas. Esa es la diferencia entre un juicio superficial y una crítica materialista con vocación estratégica. Si los adultos, las instituciones y los medios han contribuido a normalizar el odio, a despolitizar la explotación y a vaciar de futuro la vida de las nuevas generaciones, no pueden presentarse ahora como observadores inocentes del desastre. La tarea urgente pasa por hacer visible la alternativa, fortalecer las organizaciones populares, disputar el sentido común y volver a ligar la experiencia cotidiana de la precariedad con un proyecto colectivo de emancipación. Solo así la juventud dejará de ser tratada como problema y podrá ser reconocida como uno de los campos decisivos donde hoy se juega el porvenir de la lucha de clases.
