Democracia, crisis y posfascismo

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La extrema derecha contemporánea no irrumpe como una anomalía histórica, sino como una forma específica de reorganización del poder en el seno del capitalismo en crisis. Su radicalización no es un accidente ni una desviación, sino la expresión política de tensiones estructurales que atraviesan nuestras sociedades. A medida que estos movimientos avanzan, se hacen más visibles sus afinidades con el fascismo clásico, pero también emergen diferencias significativas que obligan a un análisis más preciso. No estamos en los años treinta, aunque ciertas pulsiones reaccionarias remitan a aquel periodo. El error no consiste en identificar similitudes, sino en suponer que la historia se repite mecánicamente. Como advertía Walter Benjamin, “ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo si este vence”. La extrema derecha actual no necesita copiar el fascismo para cumplir funciones equivalentes dentro de un orden capitalista que, lejos de estabilizarse, profundiza sus contradicciones.

Durante el periodo de entreguerras, el fascismo apareció como una solución de emergencia para las clases dominantes ante el peligro revolucionario y la descomposición del orden liberal. La democracia burguesa, todavía frágil, fue incapaz de contener el conflicto social y terminó siendo sustituida por regímenes autoritarios que reorganizaron el poder estatal en favor del capital. En Italia y Alemania, la transición fue rápida; en España, el proceso fue más traumático, mediado por una guerra civil que resolvió violentamente la correlación de fuerzas. En todos los casos, el resultado fue la suspensión de las libertades políticas y la imposición de un orden basado en la violencia abierta. “La violencia es la partera de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva”, escribió Marx, y en aquellos años esa partera actuó sin ambages. Hoy, sin embargo, la extrema derecha encuentra mayores dificultades para reproducir ese desenlace. No porque haya renunciado a sus objetivos, sino porque las condiciones históricas han cambiado de manera sustancial.

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Las democracias actuales, aun siendo instrumentos de dominación de clase, presentan un grado de consolidación institucional mayor que el de sus predecesoras de principios del siglo XX. El sufragio universal, los sistemas de partidos, la burocracia estatal y los marcos jurídicos internacionales constituyen una red compleja que no puede ser desmontada con la misma facilidad que en el pasado. Esto no significa que sean invulnerables, sino que su descomposición adopta formas más graduales y menos espectaculares. La extrema derecha ya no necesita destruir la democracia de manera abrupta; le basta con vaciarla de contenido, erosionar sus fundamentos y convertirla en un cascarón formal al servicio de intereses cada vez más concentrados. Antonio Gramsci lo formuló con precisión: “la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”. En ese interregno, proliferan formas políticas que combinan elementos democráticos y autoritarios, generando un terreno ambiguo en el que el poder se reconfigura sin necesidad de romper abiertamente con la legalidad.

El contexto económico también introduce diferencias relevantes. La crisis de 1929 supuso un colapso sistémico que desestabilizó completamente las economías capitalistas, generando niveles de desempleo y pobreza masivos. La respuesta fascista se articuló como una forma de reorganización nacional del capital, apoyada en políticas de intervención estatal y movilización ideológica. En la actualidad, aunque el capitalismo atraviesa una crisis profunda, esta se manifiesta de manera más fragmentada: crisis financieras recurrentes, precarización laboral, desigualdades crecientes, crisis ecológica. No existe un único evento que concentre el colapso, sino una acumulación de tensiones que erosionan progresivamente las condiciones de vida. Como señalaba Rosa Luxemburg, “la acumulación del capital avanza a través de crisis periódicas”; hoy esas crisis no desaparecen, sino que se encadenan, generando una sensación de inestabilidad permanente que alimenta el malestar social sin traducirse necesariamente en ruptura revolucionaria.

Otro elemento fundamental es la dimensión internacional del poder contemporáneo. Tras la Segunda Guerra Mundial, se consolidó un entramado de instituciones supranacionales que, aunque limitadas y frecuentemente subordinadas a los intereses de las potencias dominantes, establecen ciertos marcos normativos que condicionan la acción de los Estados. Organismos internacionales, tratados y acuerdos multilaterales configuran un espacio político en el que la legitimidad se articula en torno a nociones como los derechos humanos y la legalidad internacional. Este “sentido común” global, fruto de correlaciones de fuerza históricas, no impide la violencia ni la explotación, pero sí introduce restricciones que dificultan la instauración abierta de regímenes abiertamente fascistas. La extrema derecha, consciente de ello, opta por estrategias más sutiles: cuestionar estas instituciones, erosionar su legitimidad y reconfigurarlas desde dentro. Como diría Poulantzas, el Estado no es un bloque monolítico, sino “la condensación material de una relación de fuerzas”, y es precisamente en esa condensación donde se libra hoy la batalla.

Sin embargo, reducir la resistencia al avance reaccionario a factores institucionales sería un error. Existen dinámicas sociales que también desempeñan un papel decisivo. La politización de amplios sectores de la población, especialmente de las mujeres, ha generado nuevas formas de movilización que desafían directamente los discursos autoritarios. El feminismo ha introducido una dimensión de conflicto que el fascismo clásico no tuvo que enfrentar en los mismos términos, cuestionando jerarquías profundamente arraigadas. Al mismo tiempo, la memoria histórica, aunque disputada, sigue operando como un límite simbólico frente a la normalización de ciertas prácticas. “Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”, se repite con frecuencia, pero lo cierto es que conocerla no garantiza evitarla; sí puede, sin embargo, dificultar su legitimación.

El acceso a la información constituye otro factor ambivalente. Por un lado, permite visibilizar prácticas de violencia y abuso que en otros tiempos habrían permanecido ocultas. Por otro, facilita la difusión de discursos reaccionarios y la manipulación mediática a gran escala. La extrema derecha ha sabido adaptarse a este entorno, utilizando las redes digitales como herramientas de movilización y propaganda. Guy Debord ya advertía que “todo lo que antes se vivía directamente se aleja ahora en una representación”; en ese espacio de representación, la disputa por la verdad se convierte en un campo de batalla central. La producción de sentido común no está monopolizada por las instituciones tradicionales, lo que abre posibilidades emancipadoras, pero también multiplica los riesgos de desinformación.

La aparente incapacidad de la extrema derecha para consolidar su poder de manera duradera ha llevado a algunos analistas a subestimar su peligrosidad. Las derrotas electorales, aunque significativas, no deben interpretarse como garantías de estabilidad democrática. El poder no se reduce al control del gobierno; se ejerce también a través de la influencia cultural, la presión económica y la transformación institucional. Cada avance de la extrema derecha deja huellas que no desaparecen con un cambio de gobierno. “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, escribió Marx, y en este caso esa tradición incluye también las transformaciones regresivas que se sedimentan en el aparato estatal y en la cultura política.

Además, los movimientos reaccionarios muestran una notable capacidad de adaptación. Cada derrota electoral no implica un retroceso definitivo, sino un aprendizaje. Ajustan sus estrategias, reformulan sus discursos y exploran nuevas formas de intervención política. Esta dinámica recuerda a procesos de mutación y selección en los que sobreviven las formas más eficaces. El resultado es una extrema derecha que, lejos de desaparecer, se transforma continuamente, buscando nuevas grietas en el sistema. Como señalaba Gramsci, la hegemonía no es un estado fijo, sino un proceso en constante disputa; la derecha radical ha entendido bien esta lección y la aplica con disciplina.

El caso estadounidense ilustra con claridad estos riesgos. La persistencia de liderazgos reaccionarios, incluso tras derrotas electorales, evidencia que el problema no se limita a individuos concretos, sino que responde a una base social amplia y a una estructura de poder que lo sostiene. La democracia, en este contexto, no está garantizada por su mera existencia formal. Puede sobrevivir como procedimiento, mientras se vacía de contenido sustantivo. Este proceso de degradación no requiere un golpe de Estado; puede desarrollarse a través de mecanismos legales, reformas institucionales y cambios en la cultura política. “El capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros”, recordaba Marx; su defensa no siempre adopta formas abiertas, pero nunca es neutral.

En el ámbito europeo, la situación presenta características similares. La alternancia entre gobiernos liberales y gobiernos reaccionarios no implica una ruptura, sino una continuidad en la gestión de un modelo económico que genera las condiciones para el auge de la extrema derecha. El neoliberalismo, lejos de ser un simple marco económico, actúa como un dispositivo político que desarticula las bases materiales de la democracia. La precarización, la desigualdad y la inseguridad vital crean un terreno fértil para discursos que prometen soluciones simples a problemas complejos. Como apuntó David Harvey, el neoliberalismo ha sido “un proyecto político para restaurar el poder de clase”, y sus efectos sociales explican en gran medida el malestar que la extrema derecha capitaliza.

En este sentido, limitar la respuesta al avance reaccionario a la defensa de las instituciones existentes resulta insuficiente. La democracia liberal, tal como está configurada, no es capaz de resolver las crisis que atraviesan nuestras sociedades. Su defensa, sin una transformación profunda de las relaciones económicas y sociales, corre el riesgo de convertirse en una estrategia conservadora que perpetúa el statu quo. La extrema derecha se beneficia precisamente de esta situación: se presenta como una alternativa frente a un orden que percibe como injusto, aunque sus propuestas refuercen las mismas estructuras de dominación.

La crisis contemporánea es múltiple y afecta a diferentes dimensiones de la vida social. La crisis ecológica pone en cuestión las bases materiales de la reproducción del capital; la crisis climática amenaza con generar desplazamientos masivos y conflictos por recursos; la crisis generacional refleja la imposibilidad de amplios sectores de acceder a condiciones de vida dignas; la crisis de desigualdad evidencia la concentración extrema de riqueza y poder. Estas crisis no son independientes, sino que se refuerzan mutuamente, configurando un escenario de inestabilidad permanente. Como señaló Engels, “la anarquía de la producción capitalista es la fuente de todas estas contradicciones”, y su resolución no puede darse sin transformar las bases del sistema.

En este contexto, la extrema derecha ofrece una narrativa que combina elementos de crítica con propuestas profundamente reaccionarias. Señala problemas reales —desigualdad, inseguridad, pérdida de control—, pero los interpreta a través de marcos ideológicos que desplazan la responsabilidad hacia chivos expiatorios: migrantes, minorías, adversarios políticos. Esta operación permite canalizar el descontento sin cuestionar las estructuras económicas que lo generan. De este modo, la extrema derecha actúa como una válvula de escape que estabiliza el sistema, al tiempo que introduce elementos de autoritarismo que refuerzan el control social.

Frente a esta dinámica, la tarea no consiste únicamente en impedir que la extrema derecha acceda al poder, aunque esto sea imprescindible. Se trata de construir alternativas que aborden las causas estructurales de su auge. Esto implica cuestionar el modelo económico dominante, redistribuir la riqueza, garantizar derechos sociales y ampliar la participación democrática. Como señalaba Marx en la “Crítica del Programa de Gotha”, “de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades” no es una consigna moral, sino un horizonte político que rompe con la lógica de acumulación.

La historia no ofrece garantías, pero sí lecciones. El fascismo no fue derrotado únicamente en el campo de batalla, sino también a través de procesos de movilización social y transformación política que alteraron las correlaciones de fuerza. Hoy, la situación es distinta, pero la necesidad de una respuesta estructural sigue siendo válida. La extrema derecha no desaparecerá por sí sola, ni será neutralizada únicamente mediante mecanismos institucionales. Su derrota requiere una reconfiguración del campo político que desplace el eje del debate hacia las condiciones materiales de la vida social.

Confiar en la alternancia electoral como mecanismo suficiente de corrección implica aceptar un horizonte de inestabilidad permanente, en el que los avances y retrocesos se suceden sin resolver las tensiones de fondo. Este escenario no solo es insuficiente, sino potencialmente peligroso. Cada ciclo de gobierno reaccionario deja un legado que dificulta la acción posterior, debilitando las capacidades colectivas de resistencia. La acumulación de estos efectos puede conducir a una degradación progresiva de la democracia, incluso sin un colapso abrupto.

Por ello, la lucha contra la extrema derecha no puede separarse de la lucha por una transformación más amplia del sistema. No se trata de elegir entre democracia liberal y autoritarismo, sino de superar las limitaciones de un modelo que ha demostrado ser incapaz de garantizar condiciones de vida dignas para amplias mayorías. La alternativa no está en el retorno a un pasado idealizado, sino en la construcción de formas de organización social que prioricen las necesidades humanas sobre la acumulación de capital.

En última instancia, la cuestión no es si la extrema derecha puede ser derrotada en las urnas, sino qué tipo de sociedad emerge de ese proceso. Si las condiciones que la alimentan permanecen intactas, su reaparición será inevitable. La historia del capitalismo es también la historia de sus crisis y de las formas políticas que estas generan. El posfascismo contemporáneo es una de esas formas, adaptada a un contexto diferente pero funcional a las mismas lógicas de dominación.

La defensa de la democracia, entendida en un sentido sustantivo, exige ir más allá de sus formas actuales. Implica ampliar los espacios de decisión colectiva, garantizar derechos materiales y construir una cultura política basada en la igualdad y la solidaridad. Solo en este marco es posible enfrentar de manera efectiva el avance de la extrema derecha. De lo contrario, la alternancia entre gobiernos liberales y reaccionarios seguirá siendo la norma, mientras las condiciones que hacen posible su existencia continúan reproduciéndose.

El momento histórico exige, por tanto, una mirada que combine el análisis crítico con la acción política. No basta con diagnosticar los problemas; es necesario intervenir en ellos. La extrema derecha no es un fenómeno externo al sistema, sino una de sus posibles configuraciones. Combatirla implica cuestionar las bases mismas sobre las que se sostiene. Esta tarea, compleja y conflictiva, es también una oportunidad para redefinir el horizonte político y construir alternativas que respondan a las necesidades de nuestro tiempo.

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