Como en una mañana de domingo cualquiera, cuando el tiempo parece discurrir con una lentitud engañosa y el mundo se repliega sobre sí mismo en una calma apenas aparente, me sorprendo pensando en la inutilidad —o quizá en la necesidad— de escribir. Es en esos momentos, alejados del ruido cotidiano pero no de sus causas, cuando uno toma mayor conciencia de la extraña relación que mantiene con la palabra escrita.
Cuando en plena extinción de la era Gutenberg, en estos tiempos en los que la posmodernidad de la verdad parece haber quedado definitivamente subordinada a la lógica mercantil del clic —hasta el punto de convertir la lectura en un acto casi subversivo—, se me propuso escribir una columna de opinión en diferentes medios digitales, confieso que me invadió una ilusión difícil de disimular. Me marqué entonces la meta de, con mis dedos desgarbados y más voluntad que técnica, escribir algo que, con sentido de la ética más que de la estética, pudiera abrirse paso en la jungla del contenido inmediato.
Porque hoy escribir no es solo escribir: es competir; y no con mi amigo Justo, que también, sino contra algoritmos, contra la dictadura del tiempo fragmentado, contra una industria cultural que ha convertido la atención en mercancía y la reflexión en un lujo improductivo. En ese contexto, aceptar escribir una columna no deja de ser un gesto que oscila entre la ingenuidad y la resistencia.
Seguramente fuera esa parte narcisista que anida en todo aquel que escribe —esa pequeña pero persistente ilusión de ser escuchado— la que me hizo pensar que alguien, además de mí, leería estas líneas. Y, humillando de entrada la cerviz ante la tiranía de las estadísticas, me encontré, para mi sorpresa, con el grato placer de equivocarme. Muy al contrario de lo que pudiera imaginar, sí hay quien lee estas columnas; porque me las discuten, me las confrontan, me las celebran o me las desprecian. Y eso, en un ecosistema diseñado para la indiferencia, ya es en sí mismo un pequeño triunfo.
Sin embargo, no conviene engañarse: tales reacciones no nacen de la profundidad del texto, sino de su capacidad para insertarse en la lógica de la polémica. Cuanto más fácilmente clasificable es un escrito dentro del tablero ideológico dominante, más circula. Cuanto menos se presta a ser instrumentalizado en la guerra cultural de turno, menor es su impacto. Por eso mucho me temo que esta columna —despojada de consigna, desprovista de enemigo inmediato— será de las menos leídas. Porque no hay aquí espectáculo, ni indignación prefabricada, ni ese combustible emocional que alimenta el circuito del consumo ideológico.
Y es que, aunque no lo parezca, escribir es una tarea profundamente contradictoria. En cada texto hay algo personal que te define y te expone, pero también algo estructural que te condiciona. Uno no escribe desde el vacío: escribe desde una posición concreta en las relaciones sociales, desde una determinada conciencia —más o menos desarrollada— y de su lugar en el mundo.
Así, cada frase no es solo una expresión individual, sino también el resultado de un proceso histórico, de una formación ideológica, de una serie de influencias que operan muchas veces de forma invisible. Escribir, por tanto, no es un acto puro: está atravesado por la ideología, incluso cuando pretende escapar de ella.
En este sentido, a lo largo de muchas columnas he dejado y entrever retazos de mi propia definición al trasluz de mis diatribas políticas, intelectuales o filosóficas. Y eso que me resulta extremadamente difícil exponer mis emociones, incluso en la inmediatez de lo vivido. Quizás por eso siempre he sentido una cierta fascinación por la poesía: ese territorio donde lo íntimo y lo político se entrelazan sin necesidad de pedir permiso.
La poesía, cuando no está domesticada por la industria cultural, es capaz de condensar en unos pocos versos lo que la teoría desarrolla en páginas enteras. Es capaz de señalar las grietas del sistema sin nombrarlo explícitamente. Pero no valgo para eso. Carezco de esa precisión, de esa capacidad de síntesis, de ese talento para convertir la experiencia en lenguaje poético. Mi terreno es otro: más duro, más tosco, más polémico, más expuesto.
Tampoco convenceré a nadie de la validez de mis planteamientos ideológicos. No en un contexto en el que la ideología dominante ha conseguido naturalizarse hasta el punto de hacerse invisible. Porque el problema no es la falta de argumentos, sino el marco en el que estos son recibidos. Y ese marco está profundamente condicionado por una hegemonía cultural que filtra, ordena y jerarquiza lo que puede ser pensado.
Yo, en ese mapa, me sitúo en la izquierda de la izquierda. Un lugar incómodo, marginal incluso dentro de la propia marginalidad. Un espacio desde el que se observa cómo la crítica al sistema es absorbida, neutralizada y reempaquetada como producto. Desde el que se asiste, con una mezcla de lucidez y frustración, al vaciamiento de conceptos que en otro tiempo tuvieron una potencia transformadora.
Y todo ello por intentar pensar soluciones que no pasen por la mera gestión de lo existente. Soluciones que cuestionen las bases materiales del sistema y no solo sus manifestaciones más visibles. Pero esas soluciones, en un contexto de derrota histórica del movimiento obrero, solo pueden formularse desde una cierta literatura marxista. Algo que fuera ser una ingenuidad que, es quizás la última forma de resistencia frente al cinismo generalizado.
Porque el cinismo es, hoy, la ideología dominante. La aceptación resignada de que nada puede cambiar, de que todo intento de transformación está condenado al fracaso, de que la historia ha llegado a su fin. Frente a eso, seguir pensando en términos de emancipación no deja de ser un acto profundamente contracultural.
Para esto, quizás la mejor opción sería dejar de hablar de política. Integrarse en la lógica del entretenimiento, diluirse en la banalidad, convertirse en un sujeto funcional al sistema. Ya lo he intentado. Pero incluso en eso se fracasa. Porque cuando se adquiere una cierta conciencia, aunque sea fragmentaria, resulta imposible desactivarla per sé.
Además, el silencio no es neutral. En determinadas condiciones, callar es legitimar. Y aunque uno sea plenamente consciente de la limitada capacidad de sus palabras para transformar la realidad, también lo es de que la ausencia de ellas contribuye a consolidarla.
En resumen, nadie me leerá en un futuro aún muy lejano —o eso se quiere creer en este ejercicio de honestidad— igual que nadie escucha en el presente las divagaciones de un tipo próximo a la cincuentena, que ha decidido situarse en un lugar políticamente incómodo. Un lugar desde el que, quizás en pocos decenios, con un poco de suerte y siempre que la correlación de fuerzas lo permita, pasará el tiempo entre libros, reflexionando sobre derrotas que aún no han sido plenamente comprendidas.
Quizás, también resignado a que alguien lo visite en la “Residencia Bolivariana Rosa Luxemburgo”; ese espacio imaginario donde se reunirán los que se negaron a aceptar el mundo tal como es. Donde las conversaciones no girarán en torno al éxito individual, sino a los fracasos colectivos. Donde la memoria no será un ejercicio nostálgico, sino una herramienta para pensar el presente.
Aunque tal vez todo lo escrito hasta aquí, no sea más que una racionalización, una forma de dotar de sentido a una práctica —la escritura— que en el fondo responde a una necesidad más primaria: la de no desaparecer del todo. La de dejar una huella, por mínima que sea, en un mundo que parece avanzar hacia la homogeneización absoluta.
Porque escribir, en última instancia, es también una forma de existir. De afirmarse frente a un entorno que tiende a disolver cualquier singularidad que no sea rentable. Es una manera de decir: “estuve aquí, pensé esto, dudé de aquello”.
Por tanto, hasta que llegue ese improbable momento en el que la poesía me rescate o la realidad me expulse definitivamente a los márgenes —quizás al manicomio de Ciempozuelos o cualquier otro espacio de exclusión cultural—, seguiré escribiendo. No por vocación de trascendencia, sino por una mezcla de obstinación y necesidad.
Seguiré metiéndome en los mismos conflictos políticos, académicos e intelectuales de siempre, aún sabiendo que el resultado será, en el mejor de los casos, marginal. Con el riesgo permanente de que nadie me lea. Pero también con la convicción de que, incluso en ese escenario, el gesto de escribir conserva un valor en sí mismo.
Porque en un mundo donde todo tiende a convertirse en mercancía, escribir sin garantía de ser leído es, de algún modo, un acto de resistencia. Una negativa a someter completamente la palabra a la lógica del mercado. Una forma de preservar, aunque sea de manera precaria, un espacio de pensamiento autónomo.
Tal vez nadie me lea. Pero mientras exista la posibilidad —por remota que sea— de que alguien, en algún lugar, encuentre en estas palabras una chispa de reconocimiento, seguiré escribiendo. No para convencer, no para liderar, no para destacar. Si no, simplemente, para no callar.
