Talentos de nuestra tierra: Un diálogo con Jesús García Ruiz

El maquillador y caracterizador de Argamasilla de Alba repasa su trayectoria en el cine español, sus cuatro Premios Goya y el vínculo emocional que mantiene con su tierra

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Jesús García Ruiz, natural de Argamasilla de Alba (Ciudad Real), especializado en maquillaje y caracterización es una figura consolidada dentro del equipo técnico del cine español. Se formó en el Bachillerato de Artes Plásticas y Diseño en la Escuela Superior de Artes, Antonio López de Tomelloso y posteriormente se trasladó a Madrid para cursar un Grado Superior en Maquillaje Profesional y Caracterización.

En 2018 inició su andadura profesional realizando prácticas en el taller de Nacho Díaz, incorporándose poco después al equipo de efectos especiales y participando en numerosas producciones cinematográficas como La abuela, La trinchera infinita u Orígenes secretos.

Destaca por su contribución de forma decisiva a la construcción visual de los personajes. Su trayectoria ha sido reconocida con cuatro Premios Goya en la categoría de Maquillaje y Peluquería: como parte del equipo de Nacho Díaz, en 2020 por Mientras dure la guerra y en 2022 por Las leyes de la frontera; y como parte del equipo de Ana López-Puigcerver, en 2024 por La sociedad de la nieve y, más recientemente, en 2026 por su trabajo en El cautivo.

Talentos de nuestra tierra: Un diálogo con Jesús García Ruiz

¿Cuándo decidió orientar su carrera hacia el maquillaje y cómo surgió su primera oportunidad en la industria cinematográfica?

Decido enfocar mi carrera al maquillaje mientras curso el Bachillerato de Artes Plásticas y Diseño en la Escuela de Artes Antonio López de Tomelloso. Todo surge porque no me encontraba a gusto en el instituto de Argamasilla y, cuando pensé en dejar el bachillerato para hacer peluquería, mi madre me animó a intentarlo.

Al llegar a la escuela también me planteé estudiar fotografía, pero allí conocí a Sandra de Gregorio, profesora de volumen, que nos enseñaba a modelar con distintos materiales. Recuerdo especialmente un ejercicio en el que, con los ojos cerrados, teníamos que reproducir en barro la forma de un pimiento italiano solo a través del tacto.

En Halloween, ella me dijo algo que me cambió la vida: “Todo esto que estás haciendo con el barro y los distintos materiales puedes aplicarlo al cine y al maquillaje protésico”. Aquello me abrió un mundo completamente nuevo. Yo ni siquiera veía cine de terror, que es lo primero que uno asocia a los efectos especiales, pero empecé a investigar y descubrí la saga REC. Al verla pensé: “Yo quiero hacer esto”.

Sandra comenzó a orientarme para decidir qué estudiar después del bachillerato y, poco después, me fui a Madrid. En la Escuela Superior de Imagen y Sonido CES me dieron a elegir entre Iluminación y Dirección de Fotografía o Maquillaje y Caracterización. Tras muchas dudas, y recordando todo lo que mi profesora me había enseñado, decidí apostar por el maquillaje.

Con el tiempo llegaron los primeros premios y las entrevistas. Una de las primeras fue en la televisión de Castilla-La Mancha, en el programa de Ramón García. Lo más bonito fue que Sandra lo vio y retomamos el contacto. Desde entonces, cada vez que publico algo, ella me escribe para decirme lo feliz que se siente de verme seguir por este camino.

A lo largo de su carrera ha trabajado con distintos equipos de maquillaje, ¿hasta qué punto se requiere una dedicación exclusiva o es posible compaginar varios proyectos al mismo tiempo?

Cuando empecé a trabajar con Nacho Díaz en el taller de efectos descubrí que ese tipo de trabajo permite compaginar varios proyectos con bastante facilidad. Yo siempre trabajaba bajo su dirección —no podía estar con varios jefes a la vez—, pero sí podía participar en distintas producciones al mismo tiempo.

En los efectos especiales, la productora contrata al equipo para realizar necesidades muy concretas: un envejecimiento, una herida o determinadas prótesis. Muchas veces trabajas solo unos días específicos y, cuando terminas esa parte, puedes incorporarte a otro proyecto esa misma semana o ese mismo mes. Gracias a eso, con Nacho hice muchísimo currículum porque no parábamos de trabajar y siempre surgían proyectos nuevos.

Todo cambió cuando entré en La sociedad de la nieve. Me llamó Ana López-Puigcerver para formar parte de su equipo e incorporarme a la película y ahí dejé el taller para entrar de lleno en un rodaje. Desde ese momento ya no puedes compaginar tu vida profesional con otros trabajos, porque pasas a estar exclusivamente dedicado a esa producción.

De hecho, desde diciembre de 2020, cuando comenzó la preproducción de La sociedad de la nieve, no he vuelto al taller de efectos. En un rodaje completo dependes totalmente de las necesidades de producción y firmas un contrato de exclusividad que te impide aceptar otros proyectos.

Esa es la gran diferencia entre ambos mundos: mientras que en los efectos especiales puedes alternar trabajos porque funcionas por necesidades puntuales, cuando formas parte de una película de principio a fin, te debes completamente al rodaje.

En términos profesionales, ¿qué le supuso trabajar en La sociedad de la nieve y qué elementos convirtieron este proyecto en un reto tan significativo?

Para mí, La sociedad de la nieve supuso un cambio radical. Venía de trabajar en el taller de Nacho Díaz cuando, de repente, como te dije antes recibí la llamada de Ana López-Puigcerver para participar en este proyecto. Acepté sin saber demasiado: ni siquiera conocía al director. Solo sabía que la historia me parecía muy bonita y que podía ser una gran oportunidad para mí.

El cambio fue enorme porque pasé del trabajo de taller, donde todo es mucho más específico, a formar parte de un equipo completo de maquillaje de rodaje. En efectos especiales era Nacho Díaz quien hacía el desglose y a mí me encargaban directamente modelar una herida o un envejecimiento. En cambio, en La sociedad de la nieve tuve que leer el guion, entender toda la narrativa visual y adaptarme a otra dinámica de trabajo.

Aunque tenía como supervisora a Ana López-Puigcerver, que diseñaba todo el concepto visual, ella me dio la oportunidad de modelar muchas de las pequeñas heridas que aparecen en la película. Ese crecimiento profesional —y también personal— me lo dio este proyecto.

A nivel humano fue muy intenso. Pasamos cuatro meses en Sierra Nevada, lejos de la familia, de los amigos y de mi pareja. Y yo que soy una persona muy familiar, lo pasé realmente mal en algunos momentos. Además, las condiciones del rodaje eran durísimas: nieve hasta las rodillas, ventiscas, poco descanso y una exigencia constante.

Ahora pienso que todo ese esfuerzo mereció la pena, pero vivirlo desde dentro fue abrumador. Siempre digo que no soy la misma persona que era antes de empezar esta película. Me hizo crecer muchísimo y aprender a gestionar situaciones que antes me superaban.

La parte del rodaje en Uruguay también fue muy especial. Conecté muchísimo con el equipo uruguayo y, de hecho, una de las coordinadoras de maquillaje vino después a España para hacer conmigo un curso de efectos especiales. La llevé a Argamasilla de Alba y estuvo una semana en mi casa aprendiendo conmigo. Guardo un recuerdo precioso de aquello.

Además, tuve la suerte de conocer a Roy Harley, porque yo maquillaba al actor Andy Pruss, que interpretaba a Roy. Era uno de los personajes que más desgaste físico sufrió y, aunque el actor perdió muchísimo peso, llegó un momento en el que, por salud, ya no podía adelgazar más. Desde maquillaje le ayudábamos a potenciar visualmente ese deterioro.

Cuando conocí al verdadero Roy y vio el trabajo de caracterización, dijo algo así como: “Es como mirarme en un espejo”. Escuchar eso de alguien que vivió realmente aquella historia fue muy emocionante y una de las cosas más bonitas que me ha dado esta profesión.

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Teniendo en cuenta la vinculación de Miguel de Cervantes con la Cueva-Prisión de Medrano, en su pueblo natal, ¿qué supuso para usted formar parte del equipo de maquillaje de El cautivo?

A ese proyecto le tengo muchísimo cariño porque fue muy especial. Estuve trabajando en toda la parte de figuración; no hacía actores principales en El cautivo, sino que me encargaba sobre todo de los figurantes. Había algunos cautivos más especiales que sí compartían escenas con actores y esos sí podía hacerlos yo directamente. Una vez terminaba con ellos, me iba con toda la figuración, que eran casi doscientos en ese patio que se ve en la película.

Lo disfruté muchísimo. Hay un momento en el que aparecen los monjes que intentan sacar a Miguel de Cervantes de la prisión y que representan de alguna manera a Don Quijote y Sancho Panza. Cuando los vi entrar en ese patio de Argel se me pusieron los pelos de punta.

Además, todo coincidió de una manera muy simbólica para mí. Días antes de comenzar con ese proyecto, en Argamasilla, el ayuntamiento me había entregado un “Cervantes de Honor” por llevar el nombre del pueblo allá donde voy.

Iba al proyecto con una emoción muy especial. Es verdad que la película no cuenta nada directamente de La Mancha, sino más bien esa etapa de Cervantes en Argel y cómo surge toda esa imaginación que luego desemboca en su obra. Pero para mí era muy importante poder trabajar en una historia relacionada con un personaje del que yo presumo muchísimo y que siento tan cercano a mi pueblo.

Fue un proyecto muy bonito. Lo disfruté muchísimo, mis compañeros fueron maravillosos y es un trabajo al que le tengo un inmenso cariño.

¿Cuáles han sido sus principales referentes en el maquillaje de efectos especiales y cómo han influido en su forma de trabajar?

Por ejemplo, Rick Baker es uno de los artistas a los que más he seguido. Y luego hay una película que también me marcó muchísimo, que es Drácula de Bram Stoker. Ahí hay una barbaridad de efectos y un trabajo impresionante.

Pero fíjate que, aunque siempre pensamos en referentes internacionales, para mí la pasión por los efectos especiales me la transmite realmente Óscar del Monte, que fue profesor mío cuando empecé a estudiar. Yo creo que me reafirmé en esta profesión gracias a la pasión con la que él enseñaba los efectos especiales.

Luego también está Nacho Díaz, a quien admiro muchísimo por su manera de trabajar: cómo modela, cómo hace cada arruga, cada pliegue… Gracias a poder formarme con él después de terminar mis estudios, aprendí muchísimo sobre el nivel de exigencia que requiere este trabajo. Recuerdo cosas como: “Este borde tiene que fundirse perfectamente para que, cuando hagas la aplicación, el espectador no vea dónde empieza la prótesis”.

Al final, todos los que empezaron en esto nos han enseñado muchísimo, porque en España también tenemos profesionales enormes, a los que admiro, sigo y en los que me inspiro cada día.

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¿Qué papel juega el maquillaje protésico frente al convencional en la construcción de un personaje y qué retos supone a nivel técnico y creativo?

Para mí hay una gran diferencia entre el maquillaje convencional y los efectos especiales, aunque ambos ayudan a construir un personaje, que es lo que buscamos.

A mí me gustan muchísimo los efectos porque me permiten crear e imaginar mucho más allá que el maquillaje convencional. Pero también es verdad que, cuando llevas mucho tiempo haciendo efectos, de repente, por cambiar un poco tienes ganas de hacer maquillaje convencional.

Aunque siempre prefiero poder jugar con prótesis porque, por ejemplo, si hay que hacer un envejecimiento, lo vas a conseguir muchísimo mejor. En teatro se ha hecho toda la vida con luces y sombras y funciona perfectamente, pero en cine las prótesis ayudan muchísimo. Y no solo visualmente, también ayudan al actor. Recuerdo de mi primer proyecto con Nacho Díaz, cuando estaba de prácticas en Mientras dure la guerra, Karra Elejalde, que interpretaba a Miguel de Unamuno, llevaba prótesis completas. Y él decía que el 70 u 80 % del personaje eran esas prótesis porque le ayudaban a convertirse realmente en Unamuno.

Cuando un actor te dice algo así, o como pasaba en La sociedad de la nieve, donde ayudábamos visualmente a que un actor pareciera todavía más delgado, y si el espectador además lo percibe como algo real, para mí eso es lo mejor. Me llena muchísimo más que hacer por ejemplo maquillaje de moda o para un evento.

Las prótesis están hechas principalmente de silicona. Todas las piezas que van pegadas directamente en la cara suelen hacerse con silicona de adición, que es una silicona muy blandita, similar a la que se utiliza en prótesis médicas o implantes. Nosotros jugamos mucho con porcentajes y mezclas porque, al final, este trabajo tiene también mucha química. Vas mezclando distintos tipos de silicona y añadiendo productos que hacen que la pieza sea más flexible.

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En un contexto de avances tecnológicos, ¿supone la inteligencia artificial una amenaza o, por el contrario, una oportunidad para su profesión en la industria cinematográfica?

Reconozco que en este tema soy bastante ignorante y tampoco intento profundizar demasiado. De hecho, no soy especialmente partidario de la inteligencia artificial; le tengo bastante respeto.

Siempre he pensado que mi trabajo es artístico, manual, y que es difícil que una IA pueda sustituirlo. Pero hace poco, hablando con un compañero de trabajo, me hizo reflexionar sobre algo interesante. Me decía que quizá el cambio no esté en que la IA llegue a hacer directamente el maquillaje, sino en que transforme por completo el concepto de cine que conocemos hoy.

Puede que llegue un momento en el que ni siquiera existan actores reales, sino personajes creados íntegramente por inteligencia artificial. En ese escenario, ya no habría una persona física a la que maquillar. De momento parece complicado imaginar una IA con un brazo robótico maquillando a alguien, pero sí es más fácil pensar en un futuro donde desaparezca el actor real y, con él, también la necesidad del maquillaje como lo entendemos ahora.

Y entonces surge una reflexión que me parece muy bonita: quizá el teatro siempre se mantenga. Puede que llegue un momento en el que el espectador, cansado de imágenes generadas sin humanidad, busque refugio otra vez en lo artesanal, en lo real, en lo humano. Volver a ver a un actor delante, empatizar con una persona de verdad y sentir algo auténtico. Y quizá, al final, eso nos lleve de nuevo al origen de todo.

Siempre que sea posible, ¿podría adelantarnos en qué proyectos está trabajando actualmente o en cuáles tiene previsto hacerlo próximamente?

Ahora mismo estoy haciendo un proyecto del que no puedo decir el nombre porque tengo un contrato de confidencialidad. Es un proyecto inglés, con un equipo inglés, que estamos desarrollándolo entre Madrid y Tenerife. Hemos estado dos meses en Madrid y ahora un mes en Tenerife. Es una película con muchísima acción, pero no puedo contar mucho más.

Y luego, en verano, en agosto y septiembre, empiezo El Canal de la Mancha, un proyecto que me hace muchísima ilusión porque será mi primer trabajo como jefe de departamento. Además, se va a rodar en Tomelloso y alrededores, así que para mí tiene un valor muy especial.

De momento estoy centrado en terminar este rodaje, que acabará en unas dos semanas, y después me pondré de lleno con toda la preproducción de El Canal de la Mancha, de Daniel Sánchez.

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Vivencias Compartidas

Viviendo su infancia y parte de su juventud en la calle Pasión de Argamasilla, ¿cuáles diría que han sido siempre sus verdaderas pasiones?

El arte ha sido siempre mi verdadera pasión. Desde pequeño me ha encantado bailar, algo que he desarrollado sobre todo con Los Imprevistos, especialmente en carnavales. También me gustaban mucho las manualidades: crear cosas y trabajar con las manos ha sido siempre una parte muy importante de mí. Mi madre me apuntaba a todas las actividades extraescolares relacionadas con esto.

Había un espacio en Argamasilla llamado la ludoteca, donde hacíamos teatro, manualidades y todo tipo de talleres. Recuerdo que un verano me entró un poco de inseguridad, incluso vergüenza escénica, y no quería ir. Quería dejarlo. Entonces una de las monitoras habló con mi madre y le dijo: “Tiene que venir porque vamos a hacer una obra de teatro y quiero ponerlo de protagonista”.

Y siento que, en Argamasilla, tanto en el colegio Nuestra Señora de Peñarroya, como en la ludoteca, con Los Imprevistos y en todas las actividades en las que participé, nunca se frenó esa parte artística de mí. Al contrario: siempre había alguien que empujaba un poco más, que decía “¿por qué no pruebas esto?”, “¿por qué no haces aquello?”.

Al final, muchas de las cosas que hacía de niño son las mismas pasiones que sigo desarrollando hoy, solo que ahora forman parte también de mi trabajo.

Formando parte de la peña Los Imprevistos, ¿cómo vive desde dentro los carnavales de Argamasilla de Alba?

Para mí son mi desahogo, porque vivir en un entorno que desde fuera puede parecer muy bonito, al final acabas un poco dentro de una burbuja. Muchas veces pasas un mes fuera, en hoteles con compañeros de trabajo, como en una especie de “Gran Hermano”, desconectado de tu vida real.

Por eso, tener en la cabeza la idea de “en febrero vuelvo a casa, voy a estar con mis amigos de toda la vida y con mis padres” es muy importante para mí. El carnaval es, en cierto modo, volver a casa y recargarme de energía.

Amo el carnaval gracias a mi madre, que me transmitió esa pasión desde pequeño, y Los Imprevistos me han dado la oportunidad de desarrollar toda esa parte creativa. Por ejemplo, hace un par de años trabajé en dos temáticas, una inspirada en El mago de Oz y otra en el Siglo de Oro español. Diseñé todo el vestuario, las coreografías y la estética del proyecto, además del concepto visual de las carrozas, aunque no las construya físicamente. Pero sí participo en toda la parte de diseño y de imaginar cómo quiero que se vea el conjunto.

En definitiva, Los Imprevistos son libertad creativa, una forma de volver a conectar conmigo mismo, de salir de mi zona de confort, de dar rienda suelta a la imaginación y de liberar la tensión acumulada.

¿Qué significó para usted ser pregonero joven en las fiestas patronales de su pueblo y qué mensaje quiso transmitir a sus vecinos?

Ser pregonero fue una de las cosas más bonitas que me han pasado en la vida. Nunca me lo había planteado y me lo tomé como algo muy especial. Quería vivir las fiestas al máximo y participar en todo, porque creo que, si representas a tu pueblo, también tienes que demostrarlo con hechos y formar parte de cada actividad.

Me tomé el pregón de una manera muy personal, como un recorrido por mi vida. Empezaba diciendo: “Me llamo Jesús, soy hijo de la Pili y nieto de la Paca la Charquillas”, porque así era como me presentaba de pequeño cuando las vecinas del pueblo me preguntaban de quién era.

A partir de ahí hablaba de mi infancia en la calle Pasión, de aquellas noches de verano en las que bailaba para entretener a mis vecinos, de mi paso por el colegio Nuestra Señora de Peñarroya, donde potenciaron mi lado artístico, y también del instituto, donde empecé a vivir situaciones más difíciles.

Muchas veces la gente solo ve el resultado final: “Qué bien te va”, “Mira dónde has llegado”. Pero no ve todo el proceso que hay detrás. Y para mí era importante dejar claro que las cosas no se regalan, que detrás de los sueños hay muchísimo esfuerzo, caídas y momentos complicados.

Quería transmitir precisamente eso: que, aunque te caigas, tienes que levantarte y seguir luchando por lo que quieres. Porque cumplir un sueño merece la pena, pero exige sacrificios.

Por ejemplo, ahora estoy trabajando en Tenerife y mucha gente piensa que estoy de vacaciones, cuando en realidad estoy lejos de mi casa, de mi marido y de mi vida. Este trabajo también implica renunciar a muchas cosas personales. Y ese era, al final, el mensaje más importante de mi pregón que los sueños pueden cumplirse, pero nadie te los regala.

Cuando no está trabajando con brochas y pinceles o integrando prótesis con el maquillaje ¿qué aficiones le ayudan a desconectar del frenético ritmo del set de rodaje?

Después de bailar —que es otra de las cosas que más me gustan—, cocinar probablemente es lo que más disfruto fuera del trabajo. De hecho, cuando estoy rodando apenas puedo hacerlo porque normalmente comemos de catering y cuando llegas a casa, lo único que quieres es prepararte algo rápido y dormir, porque al día siguiente tienes que volver a madrugar muchísimo.

Por eso, cuando termino un proyecto y vuelvo a casa, disfruto muchísimo de todas esas cosas cotidianas. Soy muy ama de casa en ese sentido. Me gusta cuidar mi espacio, recoger, ordenar. Después de venir del caos y el desorden constante de un rodaje, entrar en casa y pensar: “este es mi refugio, este es mi sitio”, para mí es muy importante.

Cocinar se convierte un poco en eso: en parar, descansar y volver a conectar conmigo y es una de las cosas que más feliz me hacen cuando no estoy trabajando.

En una industria tan exigente como la del cine, ¿qué o quién es su “cable a tierra” y le ayuda a mantener el equilibrio y la serenidad en su día a día?

Ahora que estoy casado, es mi marido quien más me baja a tierra. Hay días muy agobiantes en los que hablo con él por teléfono y muchas veces sé que incluso él puede estar peor que yo, porque también tiene sus propios problemas. Él no se dedica a esto; es ingeniero informático. Pero aun así hace un esfuerzo enorme por entenderme y por entender una profesión que es muy complicada desde fuera.

Muchas veces estamos los dos solos, cada uno con su trabajo y lejos de casa, y mantener el equilibrio no siempre es fácil. Por eso digo que esta profesión también es dura a nivel personal. Para mí, mi marido hace un trabajo increíble acompañándome en todo esto y me da muchísima paz.

Antes de que llegara Manuel a mi vida, mis amigos del pueblo, junto con mi familia eran ese refugio al que volvía constantemente. Todos los fines de semana bajaba al pueblo y era con ellos con quienes soltaba todo, con quienes me sentía entendido y tranquilo.

Y luego está mi madre. Puedo llamarla y pasarme perfectamente una hora hablando con ella.

Hoy en día mi marido, mi madre y mis amigos son quienes me ayudan constantemente a mantener los pies en el suelo, porque realmente lo necesito. Y lo bonito es que ellos ya entienden cómo es mi trabajo, y hacen todo lo posible por sostenerme y acompañarme.

Nada es para siempre es el título de una canción de Cómplices que bien podría interpretarse como una vacuna frente al apego. ¿Hasta qué punto cree que tiene la flexibilidad necesaria para adaptarse a los cambios?

Creo que todo este crecimiento me lo he tenido que trabajar mucho y no lo he hecho solo. Todo este proceso ha ido acompañado de terapia psicológica y, de hecho, me gustaría hablar más sobre la importancia de la salud mental en este tipo de profesiones.

Cuando pasas tanto tiempo fuera de casa, sientes que el trabajo va muchas veces más rápido que tú. Vivimos pendientes de un plan de rodaje que cambia constantemente. Por ejemplo, yo no tenía previsto viajar a Tenerife y, dos días antes, me dijeron: “Haz la maleta, que te vienes”.

Hace unos años eso me habría generado muchísimo estrés: pensar en todo lo que dejo pendiente, en mi casa o en mi marido. Pero ahora lo llevo de otra manera porque he entendido que mi vida funciona así, llena de cambios constantes.

Al final he aprendido a adaptarme muy bien. Mi trabajo cambia continuamente: de repente estás haciendo una herida y al momento siguiente tienes que maquillar a 200 figurantes y reorganizarlo todo en minutos. Ese ritmo de improvisación y de resolver sobre la marcha también me ha formado mucho.

Con el tiempo me he convertido en una persona muy flexible, capaz de adaptarse rápido a las circunstancias y que incluso disfruta de esa intensidad y de esos cambios constantes.

Como dice el refrán, “para gustos, los colores”. En su caso, como espectador, ¿qué tipo de cine le atrae más?

Me gusta mucho Disney; soy muy fan. Es algo que me conecta mucho con ese lado más imaginativo.

Desde que empecé a trabajar en cine, me pasa algo curioso cuando veo una película. Me cuesta verla como espectador. La veo todo el rato con un ojo más técnico, más analítico. Me ha pasado incluso de estar viendo películas y pensar constantemente en los movimientos de cámara, en cómo está rodado, en cuándo haría un corte o cambiaría de plano. Al final acabo analizando todo.

Sin embargo, con Disney eso no me pasa. Ese mundo de animación, de fantasía, lo disfruto sin esa parte analítica. Simplemente me dejo llevar. Por eso soy muy, muy fan de ese universo.

También me gustan mucho las películas basadas en hechos reales, porque me permiten conocer historias a través del cine. Eso me ayuda a empatizar más con las personas y con lo que han vivido.

Luego el cine de terror, en general, no me gusta mucho porque me da bastante miedo. Pero sí me gusta un terror más elegante, como puede ser Drácula de Bram Stoker. Ese tipo de cine sí me interesa más porque me parece más artístico.

Nuestra Tierra en el Corazón

¿Cuál es el paisaje de Castilla La Mancha más inspirador que ha visto y qué sensaciones le evocó?

Quizás lo más habitual sería hablar de lugares como las Lagunas de Ruidera o Campo de Criptana, con sus molinos, pero para mí hay otro sitio mucho más especial que casi nunca he contado.

Hay un tramo, viniendo desde Madrid, cuando sales de la autovía A-4, que es el que hago constantemente cuando voy a Argamasilla. Pasas por Villarta de San Juan y coges una carretera secundaria hasta llegar al pueblo.

Para mí, ese tramo —que dura unos 30 minutos en coche— es muy importante. Es una llanura con infinidad de colores. Es una mezcla de paisajes muy simple, pero muy rica visualmente.

Mientras te lo cuento, se me están poniendo los pelos de punta, porque para mí esos 30 minutos significan dejar atrás Madrid y empezar a entrar en casa. En ese momento siento una paz enorme. Durante ese trayecto, me vienen muchísimas ideas. Antes, cuando no estaba tan metido en el cine, o incluso cuando hacía sesiones de fotos más personales, esos eran mis momentos de mayor creatividad.

Y además están los olores. En ese tramo pasan tantas cosas sensoriales que muchas veces bajo la ventanilla simplemente para respirarlos. Para mí no es un paisaje vacío ni solo llanura, como a veces se dice. Es todo lo contrario: es un lugar que me inspira profundamente y que me conecta directamente con casa.

En su opinión, ¿qué características hacen que nuestra comunidad autónoma sea un destino destacado para visitantes?

Para mí, Castilla-La Mancha es cultura, es arte, son sus paisajes y su arquitectura. Lo tenemos todo, aunque muchas veces no lo valoramos lo suficiente.

Vas a Almagro o a la fortaleza del Castillo de Peñarroya, con su ermita, su retablo espectacular y sus frescos, y te das cuenta de la riqueza que tenemos. Y tampoco podemos olvidarnos de ese pulmón que son las Lagunas de Ruidera, un espacio de tranquilidad, de aire puro y de paz.

Cuando participé en el programa de Volando Voy, de Calleja, el guionista me dijo: “Eres un Quijote, un soñador, alguien que está todo el rato imaginando, creando mundos, pensando en lo que podría ser”. Y creo que eso me define bastante.

Siempre animo a todo el mundo a que venga a Argamasilla y descubra el corazón de La Mancha.

Para finalizar, ¿qué frase o eslogan inspirador compartiría con nosotros para reforzar el orgullo por nuestras raíces y los talentos que nos unen como comunidad?

Para mí se resume en algo muy claro: sueña todo lo grande que quieras ser y ve a por ello.

Esta frase la digo mucho en centros escolares cuando voy a hablar con estudiantes: si crees de verdad en lo que quieres ser, lo podrás conseguir, pero no basta solo con pensarlo; tendrás que ponerte a la tarea para llevarlo a cabo.

Alfonso Miñarro López
Alfonso Miñarro López
Ingeniero Técnico en Telecomunicaciones con más de 26 años en Telefónica, experto en redes móviles y fijas. Autor de Acortando Distancias (2020) y conductor del pódcast Un libro, una conversación. Colabora en somosclm.com con "Talentos de nuestra tierra", entrevistando a figuras destacadas de Castilla-La Mancha en ciencia, arte, cultura y deporte.

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