El turismo colonial

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La visita de Isabel Díaz Ayuso a México no ha sido un simple episodio diplomático desafortunado ni una extravagancia más de la derecha española. Ha sido algo mucho más revelador: la expresión descarnada de una ideología que, en pleno siglo XXI, sigue necesitando justificar el colonialismo para sostener una determinada idea de España, de Occidente y del poder. Lo que Ayuso llevó a México no fue únicamente un discurso sobre la “Hispanidad”; llevó una operación política cuidadosamente diseñada para rehabilitar el imaginario imperial español bajo el disfraz amable del mestizaje, la libertad y la fraternidad entre pueblos. Y precisamente por eso la reacción de amplios sectores mexicanos no fue exagerada ni histérica, como pretende cierta prensa conservadora, sino profundamente lógica.

Porque cuando una dirigente pública aterriza en un país latinoamericano para reivindicar a Hernán Cortés y denunciar la visión “acomplejada” de la conquista, no está haciendo arqueología intelectual: está interviniendo en el presente. Está tomando partido en una batalla ideológica contemporánea. Y lo hace, además, financiada con dinero público y presentada como representante institucional de millones de ciudadanos madrileños, muchos de los cuales ni comparten ese revisionismo histórico ni tienen interés alguno en convertir las instituciones españolas en plataformas de propaganda neocolonial.

Ayuso declaró en México que “es momento de dejar de comprar la versión siempre acomplejada de las supuestas conquistas”. También defendió la Hispanidad como “una forma alegre, mestiza” de entender la vida. No es una frase inocente. La palabra “supuestas” contiene toda una concepción política de la historia. Porque la conquista de América no es una hipótesis ideológica ni una exageración sentimental latinoamericana: fue un proceso material de sometimiento militar, extracción económica y destrucción social sobre el cual se edificó buena parte de la acumulación originaria del capitalismo europeo.

Desde una perspectiva marxista, el colonialismo no puede entenderse como una aventura romántica de exploradores valientes ni como un encuentro cultural espontáneo. Fue una empresa económica organizada alrededor del saqueo. Plata, oro, tierra, mano de obra y rutas comerciales: ésa era la lógica fundamental del imperio. La espada y la cruz no viajaban separadas del comercio; eran sus instrumentos complementarios. La evangelización sirvió muchas veces como legitimación moral de la violencia material. Y detrás del discurso civilizatorio se encontraba siempre la necesidad de ampliar mercados, disciplinar poblaciones y concentrar riqueza.

Por eso resulta tan obsceno escuchar a dirigentes contemporáneos hablar del colonialismo como si hubiese sido un regalo histórico. La exaltación del mestizaje, utilizada por Ayuso y por sectores de la derecha española, funciona como un mecanismo de borrado político: convierte siglos de violencia estructural en una especie de fiesta multicultural retrospectiva donde todo conflicto desaparece. El mestizaje existió, sí, pero no como una postal turística de convivencia armónica, sino como el resultado contradictorio de relaciones profundamente desiguales de poder. Hubo mezclas, sin duda, pero también jerarquías raciales, exterminio demográfico, esclavitud, violaciones y destrucción sistemática de culturas enteras.

Cuando Ayuso afirma que hay que dejar atrás “las gafas del pasado”, en realidad está reclamando exactamente lo contrario: que el pasado imperial sea reinterpretado desde las necesidades ideológicas del presente conservador. Porque la derecha contemporánea, incapaz de ofrecer horizontes materiales de prosperidad colectiva en un capitalismo cada vez más desigual, necesita refugiarse en relatos identitarios. La nación, el imperio, la tradición y la civilización aparecen entonces como sustitutos emocionales de un proyecto social inexistente. Y en el caso español, esa nostalgia imperial adopta la forma de la Hispanidad.

No es casualidad que este tipo de discursos resurjan precisamente en un contexto de crisis estructural del capitalismo occidental. La precarización laboral, la crisis de vivienda, la inflación permanente y el deterioro de los servicios públicos han erosionado profundamente la legitimidad del neoliberalismo. Ante eso, buena parte de las derechas reaccionarias ha optado por desplazar el conflicto social hacia el terreno cultural. Ya no se habla de explotación, sino de identidad nacional; ya no se discute sobre redistribución, sino sobre orgullo patriótico; ya no se cuestiona el poder económico, sino que se fabrican guerras simbólicas alrededor de la historia, las banderas o la memoria.

Ayuso es hija política exacta de ese proceso. Su carrera se ha construido sobre una combinación muy específica de neoliberalismo económico agresivo y populismo identitario de derechas. En Madrid, mientras se privatizan servicios públicos y se consolida un modelo urbano expulsivo para las clases populares, el discurso oficial se llena de apelaciones a la “libertad”, entendida no como emancipación material de las mayorías, sino como desregulación para el capital y guerra cultural permanente contra cualquier crítica social.

Su viaje a México encaja perfectamente en esa lógica. No fue una misión diplomática orientada a fortalecer relaciones bilaterales entre pueblos hermanos; fue una gira ideológica dirigida simultáneamente a dos públicos: a la derecha mexicana necesitada de referentes internacionales y al electorado ultraconservador español sediento de afirmación imperial. La reivindicación de Cortés, las referencias constantes a la Hispanidad y el tono provocador de sus declaraciones buscaban exactamente eso: producir polarización, ocupar titulares y reafirmar una identidad política basada en la confrontación cultural.

Y, sin embargo, el viaje terminó revelando algo mucho más importante: los límites de esa estrategia cuando sale del circuito mediático español. En México, donde la memoria colonial no es una abstracción académica sino parte constitutiva de la historia nacional, el discurso ayusista encontró una resistencia inmediata. La presidenta Claudia Sheinbaum calificó de “ignorancia” la reivindicación de Cortés y criticó duramente a quienes pretendían legitimar discursos coloniales desde la oposición mexicana. Las protestas públicas, los abucheos y la creciente incomodidad institucional demostraron que no existe una aceptación pasiva de estas narrativas imperiales.

Especialmente significativa fue la reacción de amplios sectores sociales mexicanos que recordaron algo fundamental: la conquista no puede separarse de sus consecuencias materiales. La caída demográfica de los pueblos originarios, las epidemias, la destrucción de estructuras políticas indígenas y el sistema de explotación colonial forman parte inseparable de ese proceso histórico. Historiadores, activistas y figuras públicas mexicanas respondieron precisamente desde ahí, denunciando el intento de blanquear una violencia estructural que todavía deja huellas profundas en América Latina.

Lo verdaderamente revelador es que Ayuso y sus defensores suelen responder a estas críticas acusando a sus adversarios de “resentimiento”, “victimismo” o “odio a España”. Es una estrategia clásica del revisionismo reaccionario: transformar la crítica al poder colonial en un supuesto ataque identitario contra los españoles contemporáneos. Pero nadie serio sostiene que los trabajadores españoles actuales sean culpables personales de la conquista. El problema no es étnico ni nacional; es político e histórico. Lo que se cuestiona es la glorificación institucional de un proceso de dominación violenta y el uso contemporáneo de esa glorificación para legitimar proyectos reaccionarios.

Desde una mirada marxista internacionalista, además, esta discusión no debería enfrentar a trabajadores españoles y latinoamericanos, sino precisamente señalar las estructuras de poder que históricamente han explotado a ambos. Porque mientras las élites celebran imperios pasados y banderas gloriosas, las clases populares de ambos lados del Atlántico comparten problemas mucho más concretos: salarios insuficientes, vivienda inaccesible, privatización de derechos sociales y concentración obscena de riqueza.

La nostalgia imperial cumple aquí una función muy específica: desviar el conflicto de clase hacia el orgullo nacional. En vez de preguntarse quién controla la riqueza, se invita a la población a sentirse heredera de un imperio. En vez de analizar las relaciones contemporáneas de dependencia económica, se propone una comunidad sentimental abstracta llamada Hispanidad. Y mientras tanto, las grandes empresas españolas continúan actuando en América Latina bajo lógicas profundamente extractivas, beneficiándose de privatizaciones y relaciones económicas desiguales construidas durante décadas de neoliberalismo.

No deja de ser significativo que quienes más hablan de “libertad” sean precisamente quienes menos cuestionan el poder real del capital financiero y empresarial. La libertad ayusista termina siempre donde empiezan los intereses económicos dominantes. Por eso su discurso colonial no es una rareza excéntrica, sino una pieza coherente dentro de un proyecto ideológico más amplio: defender el orden existente mediante símbolos emocionales capaces de movilizar adhesiones irracionales.

También resulta profundamente cínico invocar el legado común entre México y España ignorando deliberadamente uno de los episodios más nobles de esa relación histórica: el exilio republicano. Cuando la dictadura de Franco aplastó a cientos de miles de republicanos, fue México —bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas— quien abrió sus puertas a perseguidos políticos, intelectuales y trabajadores expulsados por el fascismo. Aquella solidaridad internacionalista no se construyó sobre nostalgias imperiales ni sobre superioridades culturales, sino sobre principios profundamente humanos y antifascistas.

Los exiliados republicanos contribuyeron decisivamente a la educación, la ciencia y la cultura mexicanas. Fundaron editoriales, enseñaron en universidades y participaron activamente en la construcción intelectual del país. Ese vínculo entre México y España representa probablemente la mejor tradición compartida entre ambos pueblos: la solidaridad entre perseguidos, el internacionalismo democrático y la cooperación cultural desde la igualdad.

Frente a eso, el espectáculo ofrecido por Ayuso aparece como una caricatura reaccionaria. Donde el exilio republicano construyó puentes desde la dignidad y la tragedia compartida, la nueva derecha española pretende exportar arrogancia colonial y revisionismo histórico. Donde el antifascismo tendió la mano a los perseguidos, el conservadurismo contemporáneo intenta convertir la historia en un parque temático del orgullo imperial.

Por eso la polémica desatada en México tiene una importancia mucho mayor de lo que parece. No se trata simplemente de una dirigente provocadora haciendo declaraciones desafortunadas. Lo que está en juego es la disputa por el sentido de la historia y por el tipo de relaciones políticas y culturales que deben existir entre España y América Latina en el siglo XXI.

Hay dos caminos posibles. Uno consiste en insistir en relatos imperiales maquillados de fraternidad, donde la colonización aparece como una empresa civilizatoria benevolente y donde cualquier crítica es presentada como resentimiento antiespañol. El otro pasa por reconocer la complejidad histórica, asumir críticamente el pasado y construir relaciones internacionales basadas en igualdad soberana y cooperación real entre pueblos.

La derecha reaccionaria ha elegido claramente el primero. Por eso necesita figuras como Cortés convertidas en símbolos heroicos y discursos como los de Ayuso funcionando como provocación permanente. Porque sin mitología imperial, su proyecto identitario pierde gran parte de su fuerza emocional.

Pero la historia no pertenece a los propagandistas del poder. Pertenece también a quienes fueron explotados, silenciados y vencidos. Y precisamente por eso millones de latinoamericanos siguen viendo en la conquista no una gesta gloriosa, sino el inicio de una larga estructura de dominación cuyos ecos continúan presentes en el orden económico mundial.

Quizá lo más interesante del episodio mexicano sea que la operación ideológica de Ayuso terminó chocando con una realidad que la ultraderecha europea suele ignorar: fuera de sus burbujas mediáticas, el colonialismo no despierta admiración romántica, sino memoria crítica. Y esa memoria, aunque incomode a los nostálgicos del imperio, sigue siendo indispensable para entender cómo se construyó el mundo contemporáneo y quiénes pagaron el precio de esa construcción.

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