miércoles, 25 febrero 2026

· Manzanares | Toledo ·

Talentos de nuestra tierra: un diálogo con Darío Rodríguez Morales

Enfermero ciudadrealeño, veterano del Dakar y defensor de la sanidad pública, reflexiona sobre su trayectoria, la emergencia extrahospitalaria y el orgullo de nuestras raíces

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Darío Rodríguez Morales, natural de Saceruela (Ciudad Real), comenzó a moldear su vida buscando cumplir su sueño de formar parte de la familia del Rally Dakar, una de las pruebas del motor por etapas más mediáticas y exigentes del mundo, algo que consiguió por primera vez en el 2011.

El objetivo que tenía era claro: ampliar su currículum y para ello, a los estudios universitarios de enfermería en la Universidad de Castilla – La Mancha y su trabajo en la UVI móvil de Ciudad Real, le sumó el aprendizaje de idiomas y la obtención del carné para conducir camiones.

Darío es también Licenciado en antropología social y cultural por la Universidad Complutense de Madrid, una carrera que le abrió la mente y le enseñó a mirar con otros ojos a su alrededor y ponerse en el lugar del otro para entender mejor cada situación.

Talentos de nuestra tierra: un diálogo con Darío Rodríguez Morales

Antes de trabajar para el Sescam, lo hizo en un centro de menores ¿Cómo se gana la confianza de estos jóvenes que desconfían de los adultos y del sistema?, ¿qué pudo aprender de los chicos del centro que no le enseñó ninguna formación académica?

Estuve nueve años en el centro de menores La Cañada, en Fernán Caballero. Cuando entré había pocos chicos y pocos edificios; hoy ha crecido muchísimo.

Ganarse la confianza allí es muy complicado. Aunque se le llame “centro de menores”, en la práctica es una cárcel: no pueden salir, no tienen libertad, hay medidas de seguridad y alambradas.

Al principio me costaba aceptar que chicos tan jóvenes hubieran cometido delitos graves. Pero el trato diario te hace entender que, por lo general, el juez no se equivoca. Muchos eran mentirosos y manipuladores pese a su edad; algunos ya habían pasado varias veces por el cuartel de la Guardia Civil y por un juzgado. Tristemente era su modo de vida.

Allí descubrí dos realidades muy duras. La primera, la maldad. Había chicos que hacían daño gratuitamente. Podía entender —aunque no justificar— un robo, pero no la violencia innecesaria. Cuando hablabas con ellos, veías que la maldad estaba dentro.

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La segunda era el origen: ¿nacieron así o fue el entorno? Había de todo. Algunos venían de familias completamente desestructuradas; otros, de familias que sí se habían preocupado. Un padre no puede controlarlo todo, pero aun así había chicos que, pudiendo elegir, elegían el camino de la maldad. En otros casos, el entorno parecía no dejarles alternativa.

Casi todos compartían algo: no aceptaban la autoridad. Ni la de los padres ni la de los profesores. Chicos de 14 o 15 años incapaces de asumir límites. Tampoco conocían el esfuerzo ni la meritocracia: habían aprendido que cumplir o no cumplir daba igual.

Siempre he admirado a los compañeros que siguen trabajando allí. Es un trabajo durísimo, más aún cuando además se les ha despojado de autoridad.

Yo intentaba tratarlos con cercanía y empatía y a veces lograba que reflexionaran brevemente. Muchos acababan en prisión pocos años después, y entonces te preguntabas qué trabajo habíamos hecho.

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Otros sí reaccionaban. Con ellos hablaba mucho y les contaba mi historia: vengo de un pueblo pequeño, mi padre era pastor, guardé ovejas hasta los 14 años. Nadie habría imaginado que acabaría donde estoy hoy. Les decía que nadie está predestinado y que, si van a seguir a alguien, no sigan al peor, sino a quien intenta construir algo bueno. Pero muchas veces el “lado oscuro” parece el camino más fácil.

La enfermería ha marcado profundamente su vida y su forma de estar en el mundo. ¿Se imagina hoy trabajando en otro campo o siente que, la vocación de cuidar a los demás siempre habría estado presente?

Creo que soy como soy y siempre ayudo a los demás. Es mi forma de ser. Soy incapaz de ver a alguien que necesita ayuda y no echarle una mano. Elegí la enfermería porque siempre me gustó y porque ahí ese impulso de ayudar está todavía más presente.

En mi opinión es una virtud, aunque a veces salga perdiendo. Cuando te entregas del todo y das mucho sin recibir nada a cambio, llega un momento en el que te preguntas: “No sé si soy buena persona o si simplemente soy tonto”.

He tenido dudas, sobre todo con el COVID. Recuerdo una encuesta publicada antes de la pandemia en la que cerca del 40 % de los médicos con más de diez años de experiencia decía que, si pudiera volver atrás, no estudiaría Medicina. Estoy convencido de que después del COVID ese porcentaje habría sido mucho mayor.

Lo pasamos muy mal. Muchas veces tuvimos la sensación de estar luchando solos y de no contar con toda la ayuda que necesitábamos. Han pasado los años y da la impresión de que gran parte de lo que vivimos ya se ha olvidado.

Trabajé en un hospital donde la gente moría a diario y en una UVI móvil. Recuerdo ir a casas de personas mayores y explicarles que había que trasladarlas al hospital por una arritmia o un ictus, y respondieran: “No me lleves, que allí se está muriendo la gente”. Personas graves que preferían quedarse en casa por miedo. Eso no lo había visto nunca.

Talentos de nuestra tierra: un diálogo con Darío Rodríguez Morales

Los sanitarios nunca estuvimos confinados. Seguimos trabajando y, muchas veces, pese a todas las medidas de protección, llevábamos el COVID a casa y contagiábamos a nuestras familias. Fue durísimo.

A día de hoy, en Castilla-La Mancha ni siquiera se ha reconocido la carrera profesional a los sanitarios, algo que sí se ha hecho en otras comunidades. Fuimos recompensados con aplausos, que agradecí de corazón, pero con los aplausos no se paga la hipoteca.

Han pasado los años y no ha habido un reconocimiento real. Siempre seré enfermero, probablemente me moriré siendo enfermero, pero hubo momentos —especialmente durante el COVID— en los que dudé de todo y pensé seriamente en dejarlo y buscar cualquier otro trabajo.

¿Qué cualidades cree que son imprescindibles para trabajar en una UVI móvil?, ¿diría que están “hechos de otra pasta”?

Es curioso, porque me considero una persona muy normal —y no es falsa modestia—. Sin embargo, muchos compañeros, ya sea en el hospital, en el centro de salud o en trauma, me dicen: “Darío, yo no sería capaz de trabajar en una UVI móvil como tú”.

Y pienso lo mismo de mis compañeros. Estar todo el día en urgencias, a pie de puerta, o en un quirófano sin saber qué va a entrar requiere también una fortaleza especial. Por eso no me considero mejor que nadie, ni de quien trabaja en urología, maternidad o cualquier otro servicio de cara al público.

Y es verdad que, cuando suena el teléfono, casi siempre sabes que vas a una tragedia: un accidente grave, un infarto. A veces también hay momentos buenos, como un parto, pero no es lo habitual.

No creo estar hecho de otra pasta. Creo simplemente que he entendido bien lo que son las urgencias y lo que significa ayudar a los demás.

Vivimos un momento de mucha frustración. Y aunque sea políticamente incorrecto decirlo, percibo un deterioro claro de nuestra sanidad. Pedir una cita en atención primaria y que te la den para diez días después, o tener listas de espera interminables, es un deterioro.

La gente se enfada, se frustra, y muchas veces lo paga con el sanitario que tiene delante. Yo, que también soy usuario del sistema, intento entenderlo y ayudar en lo que puedo.

Sinceramente, creo que hoy es más difícil ser sanitario de lo que lo era hace diez años.

¿Considera que la atención extrahospitalaria actual es suficiente para cubrir las necesidades de Ciudad Real y su comarca? ¿Cree que la dotación de recursos en la capital es equiparable a la del resto de capitales de provincia de Castilla-La Mancha?

No, para nada, Alfonso. La emergencia extrahospitalaria la gestiona el Sescam a través de la Gerencia de Urgencias, Emergencias y Transporte Sanitario.

En 1987 se decidió cómo repartir las UVI móviles en la provincia de Ciudad Real. En el resto de Castilla-La Mancha no existía nada. Entonces se puso una UVI móvil en Ciudad Real. Pues bien, 39 años después seguimos con una sola UVI móvil para Ciudad Real capital y comarca, pese a que la población se ha duplicado.

Antes el Hospital de Alarcos tenía 12 camas de UVI para toda la provincia. Hoy el Hospital General Universitario de Ciudad Real tiene 24 camas, y además existen camas UVI en Puertollano. Pero el servicio extrahospitalario sigue igual: una sola UVI móvil.

El transporte secundario —entre hospitales— llegó a tener cinco UVI móviles en tiempos de José María Barreda. Con los recortes de María Dolores de Cospedal se redujo a dos. Hoy seguimos con dos, aunque hacen falta más: mínimo tres o cuatro.

Actualmente, Ciudad Real y comarca, con 140.000 habitantes, tienen los mismos recursos que Almadén, con unos 10.000. Almadén, que no tiene hospital, cuenta con una UVI móvil y un soporte vital básico, igual que Ciudad Real.

Un ejemplo real: una persona sufre un ictus y llega al hospital de Ciudad Real. La trombectomía se realiza en Toledo, así que la única UVI móvil se traslada fuera y la ciudad queda horas sin servicio.

Está claro que hacen falta más recursos: más soportes vitales básicos, más UVI móviles primarias y más UVI de transporte secundario. Hemos escrito al consejero cinco veces y al presidente Emiliano García-Page dos veces, sin respuesta. El único que nos ha contestado ha sido el Defensor del Pueblo, Ángel Gabilondo, que dijo desconocer la situación y que consultaría a la Consejería.

Lo incomprensible es que el consejero no se haya reunido con nosotros para conocer de primera mano qué ocurre. Los argumentos y los datos están claros: hacen falta más recursos.

Como enfermero de emergencias, al enfrentarse a situaciones límite de manera tan directa, ¿siente que esto le hace apreciar la vida más conscientemente que la mayoría de las personas?

Pues creo que sí, sin duda. Hay una cosa muy clara, como te decía antes, cada vez que suena el teléfono, en muchas ocasiones vas a una tragedia, y acabas aprendiendo a relativizarlo todo, a hacer una especie de pirámide de prioridades y a saber qué es lo realmente importante.

Y lo importante es la vida, el bienestar. Todo lo demás, de verdad, es superfluo. No merece la pena enfadarse porque un día no te arranca el coche o porque no funciona la wifi. Eso es una tontería.

Cuando en el trabajo has visto, por ejemplo, a un chico de 18 años que llega por un simple síncope, un mareo, y resulta que al hacerle un TAC aparece un tumor cerebral, es cuando piensas: “¿De verdad me estoy preocupado por estas tonterías?”. Son enseñanzas duras, que se aprenden con dolor. Es parte de mi trabajo y no puedo dejar de aprenderlas, pero creo sinceramente que todo el mundo debería tener esa visión de qué es lo realmente importante y cuánto hay de superfluo en aquello por lo que nos enfadamos cada día.

A veces también tiene su parte negativa y relativizamos demasiado, es verdad. Pero hablando en términos generales, creo que quienes nos dedicamos a esto, después de ver de cerca el sufrimiento ajeno, entendemos mejor qué es lo importante en la vida y qué cosas, realmente, no lo son.

Vivencias Compartidas

Su primera participación en el Dakar fue en 2011, en Sudamérica, y la última hasta el momento, este año en Arabia Saudí. A lo largo del tiempo, ¿cómo han evolucionado sus funciones y responsabilidades dentro del rally?

He tenido muchísima suerte. La primera vez que llegué al Rally Dakar, todos me preguntaban que a quién conocía para estar allí. Yo siempre decía que no conocía a nadie, que no tenía contactos, y muchos no podían creerlo.

Mi ventaja fue que toda mi vida he estudiado idiomas. Desde adolescente tenía el Dakar en la cabeza: ver aquellos resúmenes de motos y coches cruzando desiertos me parecía el paraíso. Quería unir lo que mejor sabía hacer con ese lugar, pensando que allí necesitaban sanitarios. Así que estudié inglés, francés e italiano, para presentar un currículum que no dejara margen a dudas.

Después de años enviando currículums sin respuesta o con contestaciones vagas, en abril de 2010 me llamaron para el Dakar de 2011. Llegué ilusionado pero acomplejado: “A ver si doy la talla, a ver si todo lo estudiado sirve: idiomas, orientación, navegación…”.

Se dio muy bien. Pasé la mitad del rally en el hospital de campaña y la otra mitad en un helicóptero sanitario. La directora médica me dijo: “Darío, estás dentro del equipo y contamos contigo para los próximos rallies”. Ahí sentí que la meritocracia existía y que todo el esfuerzo había valido la pena.

Muchos compañeros, sobre todo sudamericanos, no hablaban inglés ni francés y eso los dejaba fuera. Yo hablaba francés y eso me permitió integrarme, aunque al principio era un elemento casi decorativo en un equipo mayoritariamente francés. Poco a poco me los fui ganando.

En 2012 no fui; la directora médica me dijo con sinceridad: “Darío, eres de los mejores profesionales y personas, pero tengo muchos compromisos”. Fue frustrante, pero lo entendí.

En los años siguientes, cada año mi peso dentro del equipo fue mayor porque tenía una ventaja: la capacidad de adaptación. Mientras otros sanitarios eran muy de manual, en el rally hay muchas situaciones que no están plasmadas en ningún libro. Saber improvisar y leer la situación hizo que pasara de estar arrinconado a ser la persona a la que consultaban.

La navegación y los mapas son clave: tan importante como atender a un herido grave es llegar hasta él, y en mitad del desierto eso no lo sabe hacer cualquiera. No diría que creé escuela, pero sí que escucharon mi forma de trabajar, la vieron funcionar y, con el tiempo, la adoptaron. Eso me hace sentir aún más unido a ellos: no solo aprendí yo, también aporté mucho.

Ha pasado de admirar a referentes del Dakar desde la distancia, como figuras inalcanzables, a convivir con ellos como iguales. ¿Cómo vivió ese cambio de perspectiva y si en algún momento sintió el llamado síndrome del impostor?

Me siento agradecido de caminar entre gigantes del deporte, personas que durante años consideré mitos, como Carlos Sainz, Stéphane Peterhansel, Nani Roma o Marc Coma. Me siento afortunado de poder decir hoy que con algunos he labrado una amistad.

Talentos de nuestra tierra: un diálogo con Darío Rodríguez Morales
Talentos de nuestra tierra: un diálogo con Darío Rodríguez Morales

Pero también he visto que no todos los mitos lo son fuera de la pista: puedes ser brillante conduciendo y ser un absoluto estúpido como persona. Este deporte es muy particular: no solo es competición, sino aventura, supervivencia y convivencia, y ahí es donde realmente conoces a la gente.

Este año he hecho mi decimocuarto Dakar y le dije a algunas personas que probablemente haría un paréntesis. Tengo una niña de cuatro años a la que todavía no he visto abrir los regalos el día de Reyes, y me gustaría parar dos o tres años. Me llenó de orgullo que tanto el director de personal como el propio director del rally, David Castera me dijeran: “No, no puedes hacer un paréntesis. Tenemos que hablar de esto”. Saber que has dejado huella y aportado algo positivo te reconforta.

Talentos de nuestra tierra: un diálogo con Darío Rodríguez Morales

El síndrome del impostor siempre me ha acompañado. Muchas veces pensaba: “¿Qué hago yo aquí?”. Pero situaciones como cuando Fernando Alonso, al que admiro profundamente, se acercó a preguntarme sobre mi trabajo y luego me invitó a tomar un café a su motor home, te hacen darte cuenta de que quizá no eres un impostor. Aun así, ese sentimiento sigue presente, aunque ya no me define.

En una sociedad donde se repite mucho aquello de “si quieres, puedes”. Desde su experiencia personal ¿qué opina de la frase si se toma de forma literal? ¿La considera realista o cree que simplifica en exceso el proceso de alcanzar un objetivo?

De hecho, siempre lo explico así: el “si quieres, puedes” te hace el 80% del camino. Y es muchísimo. Si quieres de verdad —si perseveras, si trabajas, si te esfuerzas— ahí tienes ya la mayor parte del recorrido hecho. Pero hay un 20% que no depende de ti, que son los factores externos: la suerte, el contexto, las decisiones de otros.

Ese famoso factor suerte existe, claro que existe. Es lo que te contaba antes: “Eres muy bueno, queremos contar contigo… pero este año tengo gente a la que tengo que enchufar”. Eso no depende de ti. Son factores externos. Pero fíjate: con el tiempo volví. Por eso digo que, sin querer, no hay ni siquiera punto de partida.

Para llegar a cualquier cosa importante en la vida tienes que quererlo de verdad. Y querer no es solo decir “yo quiero”. Querer es hacer algo para conseguirlo. Si quieres, ponte a trabajar. Si quieres, ponte a estudiar. Si quieres, cúrratelo. Eso es querer.

Hay mucha gente que me dice: “Yo quiero llegar a…”. Y yo siempre pienso: vale, ¿y qué estás haciendo para llegar ahí?

Cuando doy charlas —doy muchas, sobre todo a gente joven, en institutos— lo hago porque siento mucha empatía por ellos y también por lo que contaba de mi experiencia en centros de menores, siempre quiero que se queden con esa idea: No hay atajos en la vida. Querer y trabajar es condición sine qua non para lograr aquello que te propongas. Luego, sí, hay un porcentaje —un 15%, un 20%— que depende de otros factores. Pero es un porcentaje menor. Y sinceramente, cuando has trabajado y luchado por algo, las probabilidades de llegar son infinitamente mayores que si no lo haces.

No es garantía absoluta, pero es la mejor apuesta posible. Y, desde luego, mucho mejor que no hacer nada y esperar a que la suerte llegue sola.

Joan Manuel Serrat nos habla en “Toca madera” sobre la influencia de las creencias populares y cómo estas condicionan nuestros miedos. En su caso, ¿se ve influenciado por las supersticiones?

Soy una contradicción en mí mismo. Vengo de ciencias, y en la ciencia la superstición no existe. No se contempla. Aquí todo tiene que ser sota, caballo y rey: evidencia, método y comprobación. La superstición es algo que queda fuera.

Vengo de un pueblo pequeño. Y ahí he visto cómo la superstición, sin que uno se dé cuenta, guía el actuar y el día a día de mucha gente. En mi pueblo, he visto, cómo cuando el médico no era capaz de curar a un niño con vómitos y diarrea persistentes, se le llevaba a que le quitaran el mal de ojo. Eso es superstición pura y dura. Y, aun así, he visto cómo ese niño mejoraba. Y no solo por haberlo visto, sino por haberlo estudiado —porque también soy antropólogo y he trabajado mucho estos temas—, entiendes que la realidad humana no siempre encaja en compartimentos estancos.

Por eso digo que soy una contradicción. No me considero una persona supersticiosa. Creo que tengo manías. Ahora bien, sí he visto mucha superstición. Y la respeto. Respeto profundamente a la gente que es supersticiosa. Por ejemplo, mis compañeros italianos son muy supersticiosos, especialmente con el tema de los gatos negros. Lo he visto con mis propios ojos: entra un gato negro en una habitación y nadie quiere entrar después. Alguien tiene que sacar al gato y alguien tiene que entrar antes que ellos.

Durante años estuvo enviando su currículo a la organización del Dakar, manifestando su interés para formar parte del equipo de asistencia sanitaria del mismo sin obtener respuesta alguna. ¿Cómo distingue entre insistir en exceso y perseverar con firmeza?

Esta respuesta me la dio la directora médica en mi primera entrevista, y se me ha quedado grabada para siempre.

Yo entré en el Dakar en 2010, pero llevaba desde 2005 enviando currículums. He llegado a mandar currículums en papel, por correo postal. Luego por email, a todo contacto que encontraba: al director de personal, al director deportivo, a secretarias…

Durante los primeros años no sabía siquiera si mis currículums llegaban. Nadie contestaba. No sé si te ha pasado alguna vez, pero es bastante cruel mandar tu currículum y no recibir ninguna respuesta.

A partir de 2008 más o menos empezaron a contestarme, pero solo para decirme que todos los puestos estaban cubiertos. Y yo seguía. Un año, otro, y otro.

Cuando por fin me llamaron y enseñé el correo de la directora médica a la gente de mi entorno, muchos me decían:
—Darío, no me extraña que te hayan cogido. Lo han hecho por pesado.

Pero cuando hice la entrevista con la directora médica me dijo algo que me cambió completamente la perspectiva:
—Una de las razones por las que te he cogido es por tu perseverancia. Has mandado tu currículum tantas veces que muchas ni te he contestado, otras te he contestado de forma vaga… y tú no te rendías. Por eso tenía la convicción de que querías venir. Y añadió:
—Eso me dice mucho. Me dice que contigo el compromiso lo tengo asegurado. No sé cómo eres profesionalmente, eso tendrás que demostrarlo aquí, pero sé que eres una persona comprometida. Si no lo fueras, te habrías venido abajo hace tiempo.

Ahí entendí la diferencia brutal entre ser pesado o perseverante. Y todo empezó porque no dejé de insistir.

Nuestra Tierra en el Corazón

¿Cuál es el paisaje de Castilla La Mancha más inspirador que ha visto y qué sensaciones le evocó?

Cuando estaba en Argentina, siempre les decía a mis compañeros argentinos que Argentina no era solamente un país, sino que es un continente. Hay de todo. Y esa misma sensación es la que tengo con La Mancha, a pesar de que carece de desierto y de algún glaciar, pero hay una diversidad de paisajes enorme.

Créeme, soy un enamorado de mi tierra, pero me quedo con los paisajes de mi pueblo, Saceruela. Se come muy bien y hay sitios que no imaginarías que existen allí. Porque si hay algo que hacemos mal en nuestra tierra es promocionarla.

Donde vivo forma parte de lo que se conoce como Montes Sur: zonas de sierras escarpadas que se alternan con pequeños llanos. Ahora está precioso. Ha llovido mucho, los ríos llevan caudal y todo está verde, con esa hierba húmeda tan viva. Es un paraíso para la caza, pero también para pasear.

Me quedo con esos bosques de encinas, con ese paisaje tan nuestro. Mi tierra sería parte de lo que se llama la Siberia extremeña, aunque nunca hubo una frontera clara. Es una prolongación natural de aquello.

Tenemos pueblos maravillosos: Agudo, Almadén… ¿Qué te voy a contar de Almadén? Todo eso es una zona sin la que no podría vivir. De verdad. Vuelvo a mi tierra siempre que puedo y, cuando estoy allí, muchas veces me dicen: “Vienes poco”. Y yo siempre contesto lo mismo: “Ojalá pudiera venir más”.

En su opinión, ¿qué características hacen que nuestra comunidad autónoma sea un destino destacado para visitantes?

Lo primero son sus gentes. Creo que somos acogedores, amables, empáticos y simpáticos. Recibimos al viajero con alegría y con calor humano, y eso hace que quienes nos visitan, repitan.

Además, lo que tenemos es impresionante. Imagínate lo que es Cuenca: una ciudad increíble. O Toledo, con todo lo que hay que ver allí. Vas paseando y muchas veces tienes que ir esquivando o haciendo cola entre japoneses, chinos y turistas de todo el mundo. Es lógico: la capitalidad de Toledo, la cercanía a Madrid y la facilidad de acceso hacen que sea más conocida.

Es verdad que Ciudad Real capital no destaca especialmente por sus monumentos, si bien era una ciudad amurallada, de la cual tristemente solo queda la puerta de Toledo y el torreón, que de haberse conservado, gozaría de una entidad histórica mucho mayor. Pero mira el entorno: Almagro o Almadén, con las minas de mercurio más importantes del mundo.

Siempre cuento una historia —que no es mía— que escuché a Miguel de la Quadra-Salcedo. En una de sus expediciones explicaba a los jóvenes que, la minería del mercurio de Almadén fue crucial para la extracción de metales preciosos en América.

Por eso insisto: lo primero es la gente, su calidad y su calidez. Y después, por supuesto, el entorno y las maravillas que tenemos en nuestra comunidad. Muchas veces pienso que no somos del todo conscientes de lo que tenemos.

¿Qué frase o eslogan inspirador compartiría con nosotros para reforzar el orgullo por nuestras raíces y los talentos que nos unen como comunidad?

Te puedo decir que, los manchegos, somos lo que somos gracias a nuestras raíces, pero sin olvidar que llegaremos a donde nos propongamos gracias a nuestro talento, nuestro tesón y nuestra perseverancia.

Alfonso Miñarro López
Alfonso Miñarro López
Ingeniero Técnico en Telecomunicaciones con más de 26 años en Telefónica, experto en redes móviles y fijas. Autor de Acortando Distancias (2020) y conductor del pódcast Un libro, una conversación. Colabora en somosclm.com con "Talentos de nuestra tierra", entrevistando a figuras destacadas de Castilla-La Mancha en ciencia, arte, cultura y deporte.

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