El pasado parece, a primera vista, un territorio clausurado; un tiempo inútil frente a la urgencia del presente y la promesa —siempre esquiva— del futuro. Lo que fue, fue; y precisamente por eso, se nos dice, ya no puede ser transformado. Bajo esta lógica aparentemente irrefutable, la historia queda relegada a un segundo plano en la acción política, convertida en un archivo muerto o en una erudición sin consecuencias. No sorprende, por tanto, que rara vez haya ocupado un lugar central en los programas políticos contemporáneos; ni siquiera en aquellos que se reivindican como transformadores. Y, sin embargo, esta marginalización del pasado no es inocente; forma parte de una operación ideológica de gran alcance que conviene desentrañar.
Como señalaba Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”; una advertencia que ha sido leída, con frecuencia, como invitación a romper con el pasado, pero que en realidad apunta a algo más profundo: a la necesidad de comprender cómo ese pasado sigue actuando materialmente sobre el presente.
Durante décadas, amplios sectores del pensamiento progresista han mantenido una relación ambivalente con la historia. Por un lado, se la ha percibido como una carga; una losa que pesa sobre el presente y que obstaculiza la posibilidad de cambio. El pasado, en esta visión, aparece como un lastre del que hay que desprenderse para poder avanzar. Por otro lado, se ha identificado con frecuencia con el refugio de los reaccionarios; un espacio desde el que, se legitiman tradiciones, jerarquías y privilegios que convendría superar. De ahí que, en no pocas ocasiones, la actitud predominante haya sido una suerte de desconfianza hacia la historia; un gesto antihistórico que, paradójicamente, ha dejado el terreno libre a quienes sí comprenden su potencial político.
A partir de los años sesenta del siglo XX, esta relación comenzó a transformarse; pero no necesariamente en un sentido emancipador. La historia pasó a ser reivindicada, sí, pero sobre todo como espacio de memoria traumática; como lugar de duelo, de denuncia, de reparación simbólica. La emergencia de los estudios sobre genocidios, dictaduras y violencias estructurales permitió visibilizar injusticias largamente silenciadas; dio voz a las víctimas; cuestionó los relatos oficiales. Este giro fue, sin duda, necesario y profundamente valioso. Pero también introdujo un sesgo que hoy resulta problemático: la identificación casi exclusiva de la historia con el dolor.
Los que se dedican al estudio del pasado han asumido, con razón, la tarea de desmontar los discursos del poder; de mostrar cómo se construyen las narrativas dominantes; de señalar las exclusiones y violencias que las sostienen. Han aprendido igualmente aprendido a leer los archivos contra sí mismos; a escuchar las voces subalternas; a problematizar lo que antes se daba por sentado. En ese sentido, la práctica ha sido —y debe seguir siendo— crítica. Pero esta crítica ha tendido a configurarse en torno a una idea de la historia como aquello que hiere; como aquello que, en palabras de Fredric Jameson, constituye “lo que duele, lo que rechaza el deseo”. La historia, así entendida, se convierte en una pedagogía del trauma.
Esta centralidad del dolor ha sido igualmente subrayada por Walter Benjamin, quien advertía en sus Tesis sobre la filosofía de la historia que “no hay documento de cultura que no lo sea a la vez de barbarie”; una formulación que nos obliga a mirar el pasado desde la sospecha, pero que no debería condenarnos a una relación exclusivamente melancólica con él.
Frente a esta historia herida, melancólica, atravesada por el duelo permanente, las fuerzas reaccionarias de derecha y de extrema derecha han desplegado una estrategia diametralmente opuesta; y, hay que reconocerlo, extraordinariamente eficaz. Allí donde la izquierda ofrece memoria crítica, ellas ofrecen orgullo; donde se propone complejidad, ellas simplifican; donde hay denuncia, ellas prometen redención. La historia reaccionaria no es un espacio de culpa, sino de absolución; no interpela, sino que consuela. Se presenta como un repertorio de gestas gloriosas, de héroes incontestables, de episodios que invitan a la identificación y al entusiasmo.
En este relato, las sombras del pasado desaparecen o se minimizan; las violencias se justifican; las víctimas se silencian o se reinterpretan. El imperialismo se convierte en empresa civilizadora; las guerras de conquista, en epopeyas; el despotismo, en liderazgo fuerte. Y, lo que es más importante, esta historia no solo habla del pasado: ofrece una identidad en el presente. Permite a quienes la consumen sentirse parte de algo grande; de una tradición supuestamente heroica que otorga sentido y dignidad a vidas atravesadas por la precariedad, la incertidumbre y la falta de reconocimiento.
En un contexto de crisis estructural del capitalismo —económica, social, ecológica—, esta oferta resulta especialmente seductora. Amplios sectores de la población, particularmente entre varones blancos heterosexuales pero no exclusivamente, experimentan una sensación de pérdida; de desplazamiento; de desorientación. El mundo que conocían se desmorona; las certezas se evaporan; el futuro aparece amenazante. En este escenario, la historia reaccionaria funciona como un dispositivo de compensación simbólica; una forma de autoayuda ideológica que permite reconstruir una identidad dañada.
Así, aunque la vida cotidiana pueda percibirse como anodina, frustrante o carente de sentido, siempre queda el consuelo de pertenecer a una supuesta estirpe de conquistadores, de guerreros, de imperios. Figuras como Hernán Cortés o Blas de Lezo se convierten en referentes identitarios; no tanto por lo que realmente fueron, sino por lo que representan en este imaginario: fuerza, éxito, dominio. La historia opera entonces como un espejo que devuelve una imagen idealizada de uno mismo; una imagen que compensa las carencias del presente.
Este fenómeno ha sido descrito con agudeza por el sociólogo Hartmut Rosa, quien sostiene que “cuando el mundo deja de responder, buscamos esferas de resonancia donde sentirnos vivos”; y el pasado, convenientemente simplificado, puede convertirse en una de esas esferas.
El problema es que no todas las formas de resonancia son emancipadoras. Las vibraciones que emite el pasado reaccionario y fascista son, en muchos casos, profundamente tóxicas. Lo son porque se construyen sobre la glorificación de aquello que, como sociedad, habíamos aprendido a cuestionar o rechazar: la violencia, el racismo, el colonialismo, la explotación. Lo son porque naturalizan relaciones de dominación; porque legitiman jerarquías; porque deshumanizan a quienes quedan fuera del relato. Y lo son, sobre todo, porque preparan el terreno para proyectos políticos autoritarios.
No estamos, por tanto, ante una disputa académica; ni siquiera ante un debate cultural en sentido estricto. Estamos ante una batalla política de primer orden. La forma en que narramos el pasado condiciona nuestra capacidad de imaginar el futuro; delimita el campo de lo posible; define los sujetos de la transformación. Como recordaba Antonio Gramsci, “la crisis consiste precisamente en que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”; y en ese interregno proliferan los relatos reaccionarios.
Y, sin embargo, todo indica que estamos perdiendo esa batalla. No por falta de rigor o de trabajo por parte de quienes investigan y enseñan historia; sino porque el terreno en el que se libra el combate ha cambiado radicalmente. Nos enfrentamos a algoritmos diseñados para amplificar la polémica y la simplificación; a plataformas que premian los discursos emocionales y penalizan la complejidad; a un ecosistema mediático en el que la frontera entre divulgación y propaganda se diluye peligrosamente.
El impacto de esta dinámica es especialmente visible en las nuevas generaciones. Cada vez más estudiantes demandan una historia centrada en los “grandes hombres” y en los hechos militares; una historia lineal, épica, fácilmente consumible. No se trata de un fenómeno espontáneo; es el resultado de una exposición constante a contenidos que, bajo la apariencia de divulgación, reproducen esquemas profundamente ideologizados.
Frente a esta ofensiva, la respuesta de la llamada izquierda socialdemócrata e incluso la eurocomunista ha sido, en muchos casos, insuficiente. Hemos producido investigaciones rigurosas; hemos desmontado mitos; hemos publicado obras que cuestionan relatos consolidados. Todo ello es necesario; imprescindible incluso. Pero no basta. Porque la desmitificación, por sí sola, no genera adhesión; no produce identificación; no moviliza afectos.
Como advertía Pablo Batalla, “no se puede construir una política solo desde la memoria del dolor”; una idea que debería interpelarnos directamente. La memoria del sufrimiento es necesaria; pero no suficiente. Una política anclada exclusivamente en la denuncia corre el riesgo de convertirse en una política de la impotencia.
De ahí que el gran desafío de nuestro tiempo no sea solo defender una historia crítica, sino construir una historia en positivo; una historia capaz de articular sentido, de generar identificación, de abrir horizontes. No se trata de sustituir la verdad por el mito; ni de ocultar las violencias del pasado; ni de fabricar relatos complacientes. Se trata de recuperar, visibilizar y narrar aquellas experiencias históricas que encarnan valores emancipadores.
Como insistía Ernst Bloch, “lo verdaderamente real es lo que aún no ha llegado a ser”; y la historia, leída desde esta perspectiva, no es solo un registro del pasado, sino un campo de posibilidades abiertas.
La historia de las luchas obreras, de los movimientos feministas, de las resistencias anticoloniales, está llena de episodios que pueden y deben ser contados en clave afirmativa. No como epopeyas simplificadas, sino como procesos complejos, contradictorios, pero también cargados de potencia. Necesitamos historias que no solo expliquen lo que ha sido, sino que inspiren lo que puede ser.
Porque, como escribió Eduardo Galeano, “la historia nunca dice adiós, lo que dice siempre es hasta luego”; y en ese “hasta luego” se juega la posibilidad de reactivar el pasado como herramienta política.
Por eso no podemos permitirnos seguir a la defensiva, ni refugiarnos en la comodidad de la denuncia permanente, ni delegar en la academia una responsabilidad que es colectiva; porque mientras nosotros dudamos, matizamos, problematizamos —como corresponde a cualquier pensamiento riguroso—, la reacción avanza, simplifica, seduce, construye identidades y organiza voluntades; porque mientras nosotros recordamos derrotas, ellos prometen victorias; mientras nosotros señalamos heridas, ellos ofrecen orgullo; y en esa asimetría afectiva se juega una parte decisiva de la correlación de fuerzas; de modo que ha llegado el momento de asumir que no basta con tener razón, que no basta con documentar la verdad, que no basta con denunciar la injusticia, sino que es imprescindible construir un relato que movilice, que entusiasme, que permita a las mayorías reconocerse en una historia que no sea la de los conquistadores ni la de los opresores, sino la de quienes han luchado —y luchan— por transformar el mundo; una historia en la que la dignidad no sea una excepción, sino la norma; en la que la solidaridad no sea un gesto aislado, sino una práctica colectiva; en la que el pasado no sea un refugio reaccionario ni un cementerio de agravios, sino un arsenal de experiencias vivas, de aprendizajes compartidos, de posibilidades abiertas; porque solo así, recuperando el pasado como herramienta de combate, como espacio de construcción política, como terreno de disputa ideológica, podremos aspirar a ganar no solo la batalla por la memoria, sino la batalla por el futuro; y esa, en última instancia, es la única que importa, la única que merece ser librada hasta las últimas consecuencias, con claridad estratégica, con compromiso militante y con la convicción inquebrantable de que los pueblos que conocen su historia —no la que les imponen, sino la que construyen desde abajo— son también los pueblos que están en condiciones de transformar radicalmente su destino.
