El pequeño gran mapa de los grandes pequeños escenarios principales de Castilla-La Mancha

Un recorrido por cinco festivales de Castilla-La Mancha que reivindican la música en directo desde el arraigo, la cercanía y el encanto de los escenarios pequeños que también saben hacerse grandes

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La memoria festivalera de quien los ha visitado casi todos se queda corta a la hora de recordar todo lo que hay que saber del ecosistema de estas celebraciones en nuestro país. A uno, que aquí escribe y al que solo le faltó catar el icónico Doctor Music Festival por aquello de no dar la edad suficiente, se le viene a la cabeza el gran mapa de los pequeños escenarios principales que presenta Castilla-La Mancha en lo que a festivalear se refiere.

En el año del fracaso del Viña Rock, toca reivindicar otro tipo de festivales: los no tan grandes, los mejor organizados, los de menos colas, los de más calor y los de más compañerismo entre batalleros de la música.

De todos aquellos de los que merece la pena no quitarse la pulsera hasta noviembre solo por lucir cierto orgullo identitario, rescato una, dos, tres, cuatro y cinco propuestas festivaleras que van más allá del mainstream y que reivindican arraigo y buena mano artesana a la hora de organizarlas.

TODOS LOS SENTIDOS

Desde La Roda, el Festival de los Sentidos se hace mayor de edad en la presente edición. No podía llamarse de otra forma, para ser honestos. Cuando, a la sombra del FIB de Benicàssim, todo eran grandes nombres en grandes carteles, en la Ciudad de los Miguelitos cambiaron el paso y tocaron la tecla, casi de forma pionera, con la opción de combinar música y gastronomía en un gran evento veraniego.

Para eso, la música tenía que ser tan independiente como lo es uno en la cocina de su casa a la hora de cocinar. Lo que nació con un escueto cartel de cinco artistas no vivió su primera gran brecha hasta 2010. Y lo hizo con Supersubmarina, Iván Ferreiro o Love of Lesbian, lo que, para aquella época en la que la crisis apretaba, era una de las ofertas más atractivas del centro peninsular.

Alternar cabezas de cartel consolidados se compatibilizó a partir de entonces con ser la pequeña puerta de entrada a bandas emergentes que dejaron de serlo poco a poco y a fuerza de madurar en el escenario.

El éxito vino, casi sin quererlo, arropado por los patrocinios de grandes marcas que supieron ver que el planteamiento de un pueblo de 15.000 habitantes, antes de que el curso se diera por acabado, no tenía nada que envidiar a las grandes apuestas de la capital de España.

Hay una ley no escrita en el Sonorama, quizá el más icónico de todos los festivales indie del mapa estatal. Si una banda emergente toca en la Plaza del Trigo en la versión matutina del evento, sin duda llenará un escenario principal al año siguiente. El Festival de los Sentidos, de algún modo, se apuntala en ese paradigma.

Basta con ver el cartel del pasado año para encontrar nombres como Ultraligera o Sanguijuelas del Guadiana, que hace doce meses se subieron a las tablas de La Roda sin saber que estaban a punto de reventarlo.

Para más orgullo patrio, no hay cita de Los Sentidos que no haya dado cabida a algún grupo castellanomanchego. Y si la fórmula ha funcionado 18 años, no había razón para cambiar el procedimiento.

Esta cita, de Interés Turístico Regional, ya se encuentra en las pruebas de sonido de una nueva edición que apunta a ser la más multitudinaria de cuantas la han precedido. Seguir creciendo es innegociable y el recinto volverá a superar en población a todo el núcleo rodense, sin ningún lugar a dudas.

Será la última de las puestas en marcha antes de cumplir su segunda década, una edad que ya le permite comer en la mesa de los mayores. Siloé, Ultraligera —que repite un año después— o Dorian se erigen como cabezas de un ganado al que siguen Santero y Los Muchachos, Pol 3.14, Kitai; o promesas presentes de futuras realidades como Denisdenis, Colorado Neura o Nuevos Vicios.

UN OASIS EN LA MANCHA

En La Solana, el Oasis Festival va hacia su primer lustro. Y es que no hace falta lucir canas para presumir de historia. Fue en 2022 cuando 3.500 valientes le quitaron los precintos a un festival que fue más allá de sus paisanos de Ciudad Real.

Cuando el calor más aprieta, justo ahí donde julio termina y asoma agosto, y con el teatro clásico en Almagro como compañero de agenda cultural, el Oasis llegó al centro de la península con la pandemia ya amortizada y toda la vida por delante para hacerse imprescindible.

“El Oasis llegará lejos”, dijo Francisco Moreno, uno de los promotores, cuando empezaron a recoger los vasos de la platea al cierre del último de los conciertos de la primera edición.

No hubo cama vacía en ningún hotel de la zona y hasta el Albergue Puerto Vallehermoso se quedó pequeño, con una repercusión y una afluencia que, si no fueron esperadas, fue quizá porque nadie se paró a pensar antes que las cosas se estaban haciendo bien.

La ruralidad de los escenarios, diseñados en dos espacios como solo se atreven los grandes, se combinó con tecnología de luz y sonido inédita en grandes eventos de la comarca. Y ahí, la magia de un cartel con Nena Daconte, Valeria Castro, Recycled J, Natalia Lacunza, Juanjo Martín, Delaporte o Innmir hizo el resto.

Para 2026, repitiendo el formato del pasado año y adelantando la edición a los inicios de julio, Ginebras, La M.O.D.A. o Rufus T. Firefly —o lo que es lo mismo: Madrid, Burgos y Aranjuez en estado puro— son la punta de lanza de una propuesta que va más allá.

Las Sanguijuelas extremeñas, ya brotadas de sobra y en el año que las está encumbrando, pondrán el acento extremeño. Merino, Éxtasis, Paco Pecado o DJs de la tierra como Bita DJ se convierten en los perfectos aliados para hacer del Oasis un imprescindible de La Mancha ciudadrealeña.

ESTIVAL, POESÍA EN LUGARES POÉTICOS

Estival, en Cuenca, se bautizó como quiso no solo para dejar claro que su escenario es el verano, sino también arrebatándole la “F” a “Festival”. Esa manía que tuvo de nacer cuando ningún festival nacía —2012— no podía concebirse sin la necesidad de querer revitalizar primero el formato musical de los grandes eventos y después la escueta oferta cultural conquense.

Quince años después, y acumulando decenas de nominaciones a grandes premios por su buen hacer, puede presumir de una vitola al alcance de pocos: la de combinar artistas locales con internacionales y la de respetar una paridad casi enfermiza.

Y es que no solo es música, que sobre todo. Cine, arte, humor y cabida para todos los estilos musicales hacen que sea imposible de definir más allá del concepto de “auténtico”.

Sin eje claro, ni falta que les hace, navegan del folk a la música de raíz, del pop a lo urbano, del flamenco al jazz sin ningún sonrojo. Por eso, la música clásica supone un aliciente como cualquier otro. Contra todo, contra todos.

El escenario juega a su favor, y es que festivalear con un decorado Patrimonio de la Humanidad hace que un escenario no sea solo un escenario. El Parador de Cuenca, el Museo Paleontológico o pequeños rincones de las calles del Casco: todo vale para hacer arte y fusionarse con la ciudad.

La calle de la Limosna, la Plaza de la Merced, además de otros enclaves adaptados a la ocasión, como bibliotecas, sirven de hilo conductor para una oferta cultural consolidada pese a todo en una ciudad a veces no del todo agradecida.

Mientras el público apoye, habrá festival, como lo habrá este 2026 con María Terremoto, Carlos Núñez, Paquito D’Rivera o Rocío Márquez. Y todo ello, con el atardecer de la ciudad más bonita del mundo como aliado.

UN GIGANTE DE IDA Y VUELTA EN GUADALAJARA

El Festival Gigante, de nuevo en Guadalajara, tiene ese arraigo que tiene uno con su primer amor cuando se reencuentra con él. Tras el pequeño divorcio que llevó a la cita a desvincularse de la guadalajareña Fuente de la Niña para flirtear con Alcalá de Henares, el arraigo que ahora tiene con la capital de La Alcarria es indiscutible. Por algo será.

Uno de esos festivales que saben mejor porque llegan tarde, cuando el verano sabe a otoño y las vivencias estivales empiezan a agriarse en la boca conforme se van convirtiendo en añoranzas.

Nacido en 2014, fueron la pandemia primero —2020— y el desacuerdo municipal después los que propiciaron que cruzara a la acera de Madrid para celebrarse. Pero quiso cumplir sus primeros diez años de vida al arrullo de Guadalajara, donde todo empezó y de donde nunca debió irse.

Su cercanía a Madrid o su pleitesía al incipiente otoño nunca fueron un drama ni un impedimento para ser una de las citas con más ilustres de toda Castilla-La Mancha.

No hay banda grande que se atreva a ser gigante si no ha pasado antes por los escenarios guadalajareños, eso es así. El pistoletazo primero vino marcado por señas de identidad de las que ya nunca se desprendió. La comodidad para el gran público por su cercanía a la capital y los precios al alcance de todos lo hacían, de salida, una opción interesante.

La novatada salió cara, eso sí, en algunos aspectos. Accesos horribles y sonido mejorable, nada que no pudiera solucionarse. Mucho, León Benavente o Niños Mutantes fueron los encargados de abrir fuego; imagínese que, ya solo de esos tres, queda uno en la carretera. Una edición que tuvo su guinda con acento catalán, con unos Sidonie que dieron uno de sus mejores conciertos de la década, sin duda.

Para 2026, repiten varios de los que ya habrán pisado Castilla-La Mancha, como Ginebras, La M.O.D.A. o Ultraligera —vaya añito para los madrileños—; pero en este cartel se echa mano también de esos pequeños nombres que ya hacen cosas tan grandes como el nombre del festival.

Aroma cántabro con Repion o Ángel Stanich, la rave de Zahara, Belén Aguilera o la eterna Queralt Lahoz acompañarán a emergentes como Ona Mafalda, Oslo Ovnies o Musgö, ese tipo de grupos que no puedes ver en un festival habitual por estar programados cuando el calor más aprieta y que, en el caso de Guadalajara, conjugan el mejor de los escenarios para disfrutar, como solo allí puede hacerse, del enorme placer de descubrir a tu nuevo grupo favorito.

ZEPORRITOS TOLEDANOS

No solo de modernos vive el indie. Que en Castilla-La Mancha también somos rockeros; vayan, si no, a El Toboso. El Zepo Rock, que puso su primera pica en 2006 pero explotó diez años después, tiene varios cromosomas innegociables en su ADN: lo rural, lo sostenible y la calidad.

Aquí los acordes suenan distinto, y su génesis e idiosincrasia, a diferencia de los anteriores, pasan por raíces echadas gracias al movimiento vecinal y asociativo.

Sus escenarios exclusivos bailan con la calidad de unos grupos a los que quizá nadie vuelva a escuchar, pero que sirven para poner a la casa de Dulcinea en el mapa una vez más. Siempre a principios de verano, vecinos y visitantes, les guste o no el rock, ensalzan la convivencia en torno al vino y la buena música.

Y si el Zepo se hace hueco en esta pequeña crónica de botones de muestra sobre los festivales de la región es porque este año se ven obligados a lo que han venido a llamar “el año del barbecho”, en su décimo aniversario, nada menos.

Una cancelación forzosa a cuenta de batallas con ticketeras y seguros, a la sazón los chupasangres de cualquier oferta cultural que se precie. Molinos ante los que se han estrellado sin rendirse. “Peor que la derrota es la rendición”, aseguraron los promotores en su último comunicado.

Y es que no todas las historias lo son de éxito, y de justicia es ensalzar también el trabajo cuando no da sus frutos. Las obras de acceso al recinto se aliaron con los picapleitos y también ha de escribirse como una conquista saber parar, y saber hacerlo con la elegancia de una década de experiencia acumulada.

“La única certeza que tenemos a día de hoy es que no sabemos cómo ni cuándo, pero sí sabemos dónde volveremos a reunirnos en torno a la música en 2027. ¡Nos vemos en El Toboso, zeporr@s!”. Qué mejor frase para abrochar una crónica que tiene una moraleja: música, siempre y pese a todo.

Humberto del Horno
Humberto del Hornohttps://somosclm.com
Humberto del Horno (Cuenca, 1985), licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, llegó en 2011 a la Delegación de Europa Press en Castilla-La Mancha, que dirige desde 2013. Actualmente compagina este cargo con columnas en La Tribuna de Cuenca y El Digital de Albacete, además de colaborar en tertulias de Radio Castilla-La Mancha y en el programa Estando Contigo de la televisión regional.

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