A la plaza voy, de la plaza vengo

Cinco plazas mayores de Castilla-La Mancha donde la historia, la belleza y la vida cotidiana siguen encontrándose bajo los soportales.

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Imagínese por un momento que es Rey Católico, cualquiera de los dos, que tanto monta, monta tanto, ya sabe. Viaje así a finales del XV sin pensar en las incomodidades de la época: que si no hay agua corriente, que si las enfermedades contagiosas, que si la Inquisición. Y suponga ahora que se le ocurre, como gobernante que es, imponer a los ayuntamientos de aquel ayer la obligación de construir plazas mayores por doquier.

Lo que ahora son lugares de convivencia, ajetreo, comercio y ocio a partes iguales fueron, quinientos años ha, exactamente lo mismo, pero medio siglo antes.

El epíteto de «mayor» que siempre acompaña al sustantivo no tiene por qué hacer referencia a un tamaño desmesurado. No era obligatorio, para sacarse el carné oficial de «plaza mayor», tener las dimensiones que ostenta la de Medina del Campo, la más inmensa de nuestro país. Las hay más pequeñas, pero igual de funcionales.

Bastaba para ser la plaza principal el hecho de concentrar el trasiego. La ordenanza preceptiva para que las grandes ciudades comenzaran a dibujar estos icónicos espacios sirvió, en un primer momento, para ponerle reglas al juego a aquello que ya había surgido de forma espontánea.

El paradigma lo encarnaría, 80 años después de que lo ordenaran Isabel y Fernando, la Plaza Mayor de Valladolid. De la mano artesana de Francisco de Salamanca y por mandato de Felipe II, lo que era una antigua plaza de mercado como otra cualquiera se vistió así de conjunto urbanístico, caracterizado por una planta baja porticada que favoreciera las transacciones también en días de lluvia.

A partir de ahí, bastaría con imitar el modelo, como lo hizo la Plaza Mayor de Madrid cuando quiso dar a su plaza del Arrabal el empaque que merecía la villa. Fue entonces cuando el mercado y el negocio se quedaron cortos para llenar de contenido sus cuatro paredes, y así fue como desde liturgias religiosas hasta corridas de toros se dejaron ver en su arquitectura.

Como todo caso de éxito, había que exportarlo si había ocasión, y la conquista de América vino también marcada por la fundación de ciudades que imitarían el modelo plazamayoresco instaurado en la España de entonces.

No tan lejos, en Castilla-La Mancha tenemos ejemplos de plazas mayores que bien merecen ser testigos de cómo se para el tiempo. Un paseo de belleza, de historia, de tradición, que abarca desde antes de la ordenanza de los Católicos y que, a la fuerza, nos sobrevivirá a todos.

ALCARAZ, DIÁLOGO DE TORRES, LONJAS Y SIGLOS

A la plaza voy, de la plaza vengo

Las raíces de Alcaraz, en Albacete, solo se explican si se entiende que el paso de los años no es igual para todos. Desde los íberos hasta usted, todas las civilizaciones han puesto sus manos encima de una joya que cuenta su relato a través de casi todo, desde pinturas rupestres levantinas hasta asentamientos de otras épocas.

Encierra en sus calles una plaza mayor a la que no le costó alzarse con el título de Monumento Nacional, que baila sin pisarse con el resto del conjunto histórico que supone el decorado del pueblo. Renacentista, milimétrica y de una elegancia poco habitual en la comarca, su plaza porticada es el mejor ejemplo de escenario de mercaderes del siglo XVI.

Entre arcos de piedra que huelen a Renacimiento y torres gemelas que no desentonan, lo que fue lonja y ahora es joya habla al silencio de quien la visita.

La irregularidad de su planta poco importa, y que le falte un lado porticado explica su singularidad. Allá donde queda el hueco reina la iglesia de la Santísima Trinidad, asomada a oriente y con la ciudad a los pies, con una piedra milenaria que huyó de bellezas rocambolescas.

Tardón y Trinidad, las dos moles que custodian la plaza, una hexagonal y otra que ejerce de escudera de la iglesia, conforman un elenco que, cualquiera diría, está dispuesto para empezar la función.

Las lonjas del Alhorí, la Regatería o el Corregidor se ensamblan con la Casa de la Carnicería y el Arco de la Zapatería en un diálogo eterno salpicado de casas, desde la de los Guerreros hasta la de los Galiano, rematando un festival que sobrecoge al visitante y arropa al vecino.

ALMAGRO, DE LAS MUSAS AL TEATRO

A la plaza voy, de la plaza vengo

Por la Plaza Mayor de Almagro se pasea en silencio, como si la obra estuviera a punto de comenzar, o como si jamás hubiera terminado. El telón de esta ventana al pasado sigue, y seguirá, alzado para que cualquiera que pase se sienta tras una máscara y forme una pequeña parte más del arte obligatorio que destila sus soportales.

El color, verde Almagro, dueño de las galerías con el mismo futuro que memoria, distribuye los paseos por una ciudad icónica con un espíritu medieval imposible de apagar por mucho que corra el calendario.

Ya en el siglo XIII, Almagro era el centro de operaciones de todo el Campo de Calatrava; así lo quiso Fernando III. Ya entonces se fraguó su esencia de poder social y administrativo, paradigma de su poderío en toda la comarca.

Las columnas y las ventanas se fotocopian entre sí en un traqueteo constante para la vista, bello en su irregularidad y único en la atmósfera que construye, algo que sí es posible por cómo quedó remozado este espacio en el siglo XVI. La estética imperante terminó por dar forma a un paisaje de galerías que encierran el Corral de Comedias, que, pese al avance de los siglos, sigue atesorando la capacidad de mantener congelado el tiempo.

De retoque en retoque y por capricho de la simetría, la armonía fue posible casi por decreto, y hasta hoy su trazado rectangular cuadra el círculo de la irregularidad dibujada con escuadra y cartabón.

La piedra y la madera como aliados, las terrazas que llenan de vida el espacio público, siempre con viandas manchegas encima de un plato, consolidan una icónica postal que bulle en el mes de julio con el Siglo de Oro como excusa.

SAN CLEMENTE, DE PLAZA PLATERESCA

A la plaza voy, de la plaza vengo

La villa de San Clemente, manchega como no sabe serlo nadie a esas alturas de la provincia de Cuenca, conserva una plaza de ADN renacentista y con reminiscencias platerescas que recuerdan a Uclés o Úbeda.

Preside el Ayuntamiento, con sillares que enseñan el camino al torreón del lateral izquierdo frente al arco de medio punto, todo ello en planta rectangular.

Siete espacios alumbrados por siete arcos de medio punto que descansan en columnas dóricas pintan la postal de la primera planta, antes de que la segunda responda con huecos de balcón, siete también si se cuentan con precisión.

La torre guarda un reloj en el tercero de sus cuerpos, bajo la espadaña. Carlos V e Isabel de Portugal, siempre presentes con sus medallones en el centro de la fachada.

Más allá del hueco que prestan, las plazas también encierran. En el caso de la sanclementina, el secreto mejor guardado es su Museo de Obra Gráfica, junto a una de las sedes permanentes de la Fundación Antonio Pérez o el Museo de Labranza, en la Torre Vieja, motivos suficientes para justificar una escapada.

SIGÜENZA, SERÁS PATRIMONIO

A la plaza voy, de la plaza vengo

La Catedral de Sigüenza aguardaba, silente y poderosa, con el encargo de escribir su propia historia. Así lo hacía hasta que Pedro González de Mendoza, obispo de turno, tomó la decisión de que al sur del templo se debería abrir el espacio, preludiando lo que acabó por convertirse en una plaza mayor que ni cien IAs sabrían imitar.

Como todo necesitaba un porqué, la intención era abrir un espacio de mercado, con baldosas suficientes para las casas de ayuntamiento.

Fue esta la manera en la que el monumento y símbolo de toda una comarca colocó su rosetón románico como vigía de todo lo que acontecía en la Ciudad del Doncel. Y, con esa imagen en el epicentro de todo lo demás, se desplegaron las casas de canónigos, los soportales y las grandes ventanas en las plantas altas, con balcones que asoman al trajín del día a día.

La calle Mayor que allí nace, a la altura de la superlatividad que el entorno precisa, escala la ciudad rumbo sur hasta el Castillo; y, al norte, el arco del Toril, que se convirtió en una de las entradas de la ciudad y traía el tráfico desde el barranco del Vadillo.

Una plaza mayor esculpida de siglo en siglo y en la que reposa la responsabilidad, nada menos, de guiar a todo el paisaje de los ríos Dulce y Salado al Olimpo de los conjuntos históricos merecedores de la vitola de Patrimonio Mundial de la Humanidad. Queda poco.

PLAZA MAYOR DE OCAÑA

A la plaza voy, de la plaza vengo

Ocaña, orgullosa capital de la comarca de La Mesa, puso el primer ladrillo de su imperial plaza rozando el siglo XIX, cuando la arquitectura ya podía llamarse neoclásica y con la firma de Francisco Sánchez de Madrid.

Por aquello del paso de los franceses, se apretó el botón de pausa en más de una ocasión, llegando incluso a tener que dar marcha atrás. Pasaron 50 años hasta que sus galerías empezaron a ver azulejo en una obra que no se colocó el lazo hasta diez décadas después.

De una simetría casi milagrosa, el trazado nuevo sirvió para sepultar a su antecesora, esta vez con aire porticado en cada uno de sus cuatro lados y con galerías que aún cogen aire sobre la piedra traída de Colmenar, tallada a puro sillar sobre el ladrillo que quiso coger forma de arco de medio punto.

Las viviendas, que destilan envidia de las del resto del pueblo, solo podían abrir balcones respetando la simetría, arropados de reja y coronando un, dos, tres, cuatro frentes de la plaza.

Ocaña exhibe aquí identidad con el escudo de la villa, al amparo de una torre que, entre la O y la C y bajo corona ducal, se mantiene sujeta por obra y gracia de dos leones.

Castilla-La Mancha es tierra de convivencia, una forma de ser que se ha tejido también a lo largo de los años en sus puntos de encuentro. Aquí, solo cinco ejemplos paradigmáticos de lo que tenemos: historia, tesón, belleza y paisanaje. Que las disfruten.

Humberto del Horno
Humberto del Hornohttps://somosclm.com
Humberto del Horno (Cuenca, 1985), licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, llegó en 2011 a la Delegación de Europa Press en Castilla-La Mancha, que dirige desde 2013. Actualmente compagina este cargo con columnas en La Tribuna de Cuenca y El Digital de Albacete, además de colaborar en tertulias de Radio Castilla-La Mancha y en el programa Estando Contigo de la televisión regional.

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