La fiebre de los festivales: cuando todos quieren el suyo

La proliferación de eventos musicales en municipios de todos los tamaños empieza a evidenciar los límites de un modelo cada vez más saturado

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Hubo un tiempo en que la llegada de un festival a una localidad era un acontecimiento excepcional. Hoy, sin embargo, parece que cualquier municipio que aspire a proyectar una imagen moderna, atraer visitantes o generar actividad económica necesita tener su propio festival. El resultado es evidente: el calendario se ha llenado de eventos musicales que compiten entre sí por el mismo público, los mismos artistas y, en muchos casos, los mismos patrocinadores.

La apuesta por la cultura y la música en directo es, sin duda, positiva. Nadie puede cuestionar que los festivales han contribuido a dinamizar pueblos y ciudades, generar movimiento económico y ofrecer alternativas de ocio que hace apenas unos años eran impensables en muchos territorios. El problema surge cuando la lógica política empieza a imponerse a la lógica del mercado y de la demanda real.

En demasiadas ocasiones parece que algunos ayuntamientos entienden el festival como un elemento más de su estrategia de promoción, sin detenerse a analizar si realmente existe espacio para otro evento similar en una comarca que ya cuenta con varios. La consecuencia es una oferta que crece mucho más rápido que el número de asistentes potenciales.

La saturación es especialmente visible en el ámbito local y comarcal. Es habitual encontrar festivales celebrados a pocos kilómetros de distancia, con apenas unas semanas de diferencia y con carteles muy parecidos. Los mismos grupos y artistas recorren una y otra vez escenarios cercanos, diluyendo el atractivo de propuestas que deberían diferenciarse para sobrevivir.

Cuando un espectador tiene cinco o seis oportunidades de ver al mismo artista durante el verano en localidades próximas, la sensación de exclusividad desaparece. Lo que antes era una cita marcada en rojo en el calendario se convierte en una opción más entre muchas. Y cuando todo es especial, nada termina siendo realmente especial.

A ello se suma otro factor que rara vez se menciona: el público no es infinito. Los aficionados a la música tienen un presupuesto limitado, un tiempo limitado y una capacidad limitada para desplazarse. Multiplicar los festivales no multiplica automáticamente a los asistentes. Lo que suele ocurrir es justo lo contrario: la asistencia se reparte entre más eventos y muchos terminan registrando cifras por debajo de las expectativas.

Esta situación genera una competencia creciente por atraer espectadores. Los costes de contratación aumentan, los márgenes se reducen y los riesgos económicos se disparan. En algunos casos, la supervivencia de determinados festivales depende cada vez más de subvenciones públicas o de aportaciones institucionales que compensen unos números difíciles de sostener por sí solos.

El fenómeno no es exclusivo de una comarca ni de una provincia. Se trata de una tendencia que afecta a buena parte de España y que empieza a mostrar síntomas claros de agotamiento. El crecimiento permanente no puede ser la única estrategia. Llegará un momento —y quizás ya esté llegando— en el que algunos proyectos tendrán que replantearse su formato, especializarse o incluso desaparecer.

Eso no significa que sobren festivales. Significa que probablemente sobran festivales iguales. La clave puede estar en apostar por propuestas diferenciadas, con identidad propia, capaces de ofrecer algo que no se encuentre en el pueblo de al lado el fin de semana siguiente.

La música en directo sigue teniendo un enorme potencial como herramienta cultural y económica. Pero convertir cada verano en una carrera por ver quién organiza el festival más grande o quién presenta el cartel más llamativo puede acabar perjudicando precisamente aquello que se pretende impulsar.

Quizá haya llegado el momento de preguntarse no cuántos festivales hacen falta, sino cuántos pueden sostenerse realmente. Porque la cultura necesita apoyo, pero también planificación. Y porque, como ocurre con cualquier burbuja, el problema nunca aparece cuando todos quieren entrar, sino cuando empiezan a quedarse asientos vacíos.

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