miércoles, 15 abril 2026

· Manzanares | Toledo ·

Bilingüismo mal planteado

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El debate sobre el bilingüismo en la escuela pública madrileña lleva años atrapado en un falso dilema: o se acepta sin matices el modelo de la Comunidad de Madrid o se rechaza el aprendizaje de lenguas extranjeras como si fuera un lujo prescindible. Pero esa oposición no se sostiene. Defender la escuela pública hoy implica, precisamente, salir de ese marco simplista.

El problema no es el bilingüismo. El problema es cómo se ha aplicado y con qué finalidad. Aprender inglés es necesario en una sociedad globalizada, pero otra cosa muy distinta es hacerlo a costa de empobrecer el aprendizaje de las materias o de generar desigualdad entre el alumnado.

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En muchos centros, la enseñanza en inglés ha terminado provocando una bajada de exigencia. No por falta de voluntad del profesorado, sino por una realidad evidente: cuando el idioma limita la comprensión, los contenidos se simplifican. Se reduce el nivel de profundidad para poder avanzar.

Así, materias que deberían servir para desarrollar el pensamiento, el análisis o la capacidad de relacionar ideas se convierten en ejercicios básicos. Definiciones cortas, actividades mecánicas, estructuras repetitivas. El resultado es un aprendizaje más superficial, que no siempre responde a la capacidad real del alumnado.

Desde el punto de vista pedagógico, esto supone un problema serio. Las asignaturas dejan de ser espacios de conocimiento para convertirse en vehículos de práctica lingüística. Y el aprendizaje del idioma, lejos de consolidarse de forma sólida, queda condicionado por esa misma simplificación.

A esto se suma otra cuestión clave: el peso creciente del entorno familiar. El nivel de inglés real no depende solo de la escuela, sino de factores externos como clases particulares, academias, viajes o consumo cultural en versión original. Quien puede permitírselo parte con ventaja; quien no, no compensa la diferencia.

El resultado es un sistema que, en lugar de corregir desigualdades, tiende a reproducirlas. El bilingüismo, tal y como está planteado, no iguala oportunidades: las ordena según el nivel socioeconómico de las familias.

No es un efecto accidental. Es estructural. Cuando el funcionamiento de la escuela depende en exceso de recursos externos, la igualdad deja de estar garantizada.

Además, la implantación del modelo ha introducido una lógica de competencia entre centros. La etiqueta de “bilingüe” funciona como marca, como elemento de prestigio, aunque no siempre refleje una mejora real del aprendizaje. Esto ha contribuido a una jerarquización de centros que alimenta procesos de segregación.

Las pruebas externas refuerzan esta dinámica. Se preparan de forma intensiva, ocupan tiempo de clase y condicionan la enseñanza. Se trabaja para el examen más que para el aprendizaje. Y los resultados acaban usándose como medida de éxito del sistema.

Frente a esto, no se trata de rechazar el bilingüismo, sino de replantearlo. La clave está en que el aprendizaje de contenidos no quede subordinado al aprendizaje del idioma. Ambas cosas deben avanzar juntas, sin que una empobrezca la otra.

También es necesario reconocer que el alumnado no parte del mismo punto. Sin apoyos adecuados, el modelo termina generando brechas internas dentro de la propia escuela pública.

El papel del profesorado es fundamental, pero las condiciones en las que trabaja no siempre lo son. Se les exige impartir materias complejas en otro idioma sin la formación ni los recursos suficientes. Eso tiene consecuencias directas en la calidad de la enseñanza.

La escuela pública no puede sostenerse sobre la improvisación. Hace falta formación, estabilidad y tiempo para trabajar en equipo. Sin eso, cualquier reforma queda a medias.

Algo similar ocurre con las auxiliares de conversación. Pueden aportar valor, pero no pueden sustituir una planificación educativa sólida. Son un apoyo, no el eje del sistema.

También las familias han acabado asumiendo un papel que no les corresponde. Muchas veces compensan carencias del sistema con esfuerzo propio, lo que refuerza aún más las diferencias entre unos alumnos y otros.

A esto se suma la falta de transparencia en la evaluación del modelo. Durante años, la administración ha defendido el bilingüismo como un éxito sin ofrecer datos completos sobre su impacto real en el aprendizaje. Sin evaluación seria, es difícil mejorar.

Criticar este modelo no es atacar la escuela pública. Es defenderla. Solo desde la crítica rigurosa se puede mejorar lo que no funciona.

El bilingüismo puede ser una herramienta útil si se aplica con equilibrio, recursos y criterios pedagógicos claros. Puede abrir oportunidades y mejorar la competencia lingüística del alumnado.

Pero tal y como está diseñado en la Comunidad de Madrid, no garantiza ni equidad ni calidad suficiente. Por eso es necesario revisarlo en profundidad, no eliminarlo.

La educación pública debería tener un objetivo claro: que ningún alumno quede atrás por su origen social y que todos puedan acceder a un aprendizaje completo y significativo. Eso exige políticas que prioricen el conocimiento sobre la apariencia.

El bilingüismo no es el problema. El problema es convertirlo en una etiqueta vacía, desconectada de la realidad del aula y de las necesidades del alumnado. Solo recuperando su sentido pedagógico puede dejar de ser un factor de desigualdad y convertirse en lo que debería haber sido desde el principio: una herramienta al servicio de la escuela pública.

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