miércoles, 18 febrero 2026

· Manzanares | Toledo ·

Mª José Fuenteálamo conjuga ruralidad, feminismo y filosofía en ‘La hija del carnicero’, viaje ético mediante la carne

Carnicería Antón cerró en 2016 en Fuenteálamo tras 60 años para abrirse ahora en este ensayo a cargo de la única hija de la familia

Comparte

La periodista y escritora María José Fuenteálamo, quien tomó su apellido artístico del homónimo pueblo de Albacete donde creció, ha publicado su primer libro, ‘La hija del carnicero’ (Círculo de Tiza, 2026), un ensayo en el que utilizando la carnicería familiar como hilo conductor reflexiona sobre la ruralidad, el papel de la mujer, el consumo de carne, el amor y el respeto por los animales o la relación de poder de las grandes superficies con el pequeño comercio.

«Carnicero tiene una connotación negativa y la tiene por una concepción errónea en el sentido de que el carnicero es el que está más cerca del animal, y eso es algo que yo viví desde pequeña», reflexiona, añadiendo que para tratar con la carne para consumo humano, la premisa es «querer y cuidar a los animales». «Carnicero es un sustantivo del que estar orgulloso».

Lokinn

En su viaje reflexivo ha afrontado una investigación que incluso tuvo que fijarse en el filósofo griego Plutarco, quien «ya escribió sobre comer animales y su debate».

Hoy en día, afirma, hay «una ola en la que el mundo cárnico se empieza a defender recordando que hay una parte ética en el consumo de la carne que es herencia y cultura», un debate que «probablemente no acabe nunca» porque radica «en nuestra propia esencia».

De las fuentes de las que ha bebido para dar forma a su obra, ha repasado estudios contra el consumo de carne que, en última instancia, «llegaban a la conclusión de que había que volver a la ganadería extensiva, a estar más cerca de los animales», algo que se está acabando «con tanta normativa». «Ahora le ponen etiquetas de ‘ecológico’ a cosas que ya se hacían antes».

«He vivido como en las fábulas de Esopo, viendo a los animales jugar, vivir, alimentarse y morir tan cerca que he aprendido mucho de ellos y de la figura de mi padre. Hoy, estamos alejadísimos de los animales», afirma.

En su carnicería de ‘kilómetro cero’, el que llevaba el mandil «sabía qué había comido cada cordero», algo que «hoy solo se encuentra en restaurantes de categoría».

LA RELIGIÓN Y EL SACRIFICIO

A lo largo de esta obra se afronta además el papel de las religiones en el consumo de la carne. Y es que, desde la fe, argumenta, «no se dice nada» de la relación con otros alimentos más allá de lo puramente carnívoro.

En su opinión, algunas posturas, tanto sociológicas como puramente religiosas, «nos alejan mucho de nuestra esencia y de nuestra relación con el animal».

La periodista, que vio germinar su libro en uno de los pasajes en los que rememora cómo en una estancia en Bélgica no era capaz a la primera de identificarse en una carnicería como hija de carniceros por la barrera del idioma, explica que fue en aquella época de estudiante allá por el cambio de siglo cuando se originó «un discurso político muy fuerte en contra del consumo de la carne».

Mensajes a los que les falta contexto, ya que a juicio de Fuenteálamo son premisas que «hacen mucho daño a ganaderos y carniceros, sobre todo a los pequeños» y en ningún caso a las grandes industrias.

Hoy en día, en un contexto que pasa por «recomendaciones para consumir cada vez más proteína», Fuenteálamo recuerda dónde está la de más calidad: «En la carne». «Nos dejamos llevar demasiado por las modas y hemos perdido la soberanía alimentaria de saber comer», sentencia.

LA CARNE «DE LUJO», DE PROXIMIDAD

La forma de tratar el producto en carnicerías como la de Fuenteálamo derivaban en un producto final que hoy solo puede disfrutarse en «un mundo de lujo», con un resultado final que «no se puede pagar todo el mundo».

Más allá, recalca cómo en la actualidad «los restaurantes más de moda son los que tienen las vitrinas llenas de carne cruda».

Aunque la periodista albaceteña rechazó seguir la herencia familiar y alejarse de la carnicería, en cierto modo asume ahora una profesión que también pasa por despiezar una materia prima, como es la información.

Será por eso que durante el libro llega a citar al periodista y escritor César González-Ruano, quien decía que «escribir una columna de opinión es como hacer morcillas».

«El periodismo tiene mucho de elegir la pieza y mostrarla, ponerla en un mostrador para que el cliente pueda elegir», asegura.

María José Fuenteálamo realiza también otras reflexiones como el papel de la mujer en la cocina y a lo largo de la historia, sobre todo en su destreza para evitar el desperdicio alimentario.

Y es que mientras hoy «no sabemos vivir sin una etiqueta» que acompañe a lo que nos vamos a comer, la generación que nos precede «no necesitaba mirar en una bandeja» la información que acompaña al producto.

«Nuestras madres iban a comprar el pescado a la pescadería y la carne a la carnicería, y ahora nosotros compramos en un supermercado, todo muy rápido, y elegimos por el color de la etiqueta. Antes no había marcas, comprabas algo que no sabías cuánto tiempo iba a estar fresco, y ahora todo eso lo hemos delegado en ‘papá Estado’. Y todo eso nos lleva a tirar más comida», lamenta.

MARKETING CONTRA SENTIDO COMÚN

De todos los palos que se tocan a lo largo del ensayo, la propuesta de Fuenteálamo también se deja caer por la ética del marketing. «La publicidad ahora es poderosísima, y nos ha hecho aniquilar la pirámide alimentaria de hace 40 años para tener ahora una que no está más clara», indica.

Suma a esto el ecosistema lleno de «aplicaciones para medir macronutrientes» y escenarios llenos de «nutricionistas e influencers», pero aún así nadie sabe «cuatro directrices para comer bien».

Como receta contra estos extremos, sugiere centrarse en la sostenibilidad como concepto universal a la hora de saber qué se puede comer.

El pequeño comercio como reducto de la colectividad en entornos rurales tiene también espacio para el debate a lo largo de sus páginas. «Las carnicerías de barrio están en todos los mercados en las grandes ciudades y siguen teniendo su público. Sigue habiendo gente con tiempo y bolsillo para hacer una compra de cercanía para buscar calidad. Pero claro, hay que pagarla», indica.

Ello hace que una compra a ese nivel «sea mucho más difícil», en un contexto en el que para el empresario «es mucho más rentable» vender producto en una gran superficie.

«La última revolución industrial de la alimentación ha sido la de la carne, porque quizá las carnicerías y las pescaderías han sido lo último que han aguantado más, pero ya quedan contadas excepciones y revestidas de ese halo de diferenciación», expone la autora.

Con todos estos mimbres, Fuenteálamo cose la cesta del argumento para recalcar que el paso del tiempo y el peso de la historia no han sido del todo justos con la figura del carnicero.

«Me parece súper injusto cómo ha tratado la sociedad a los carniceros. Por eso lo reivindico. Los carniceros han hecho mucho y muy bueno por la alimentación de este país, y no se les ha agradecido», considera María José Fuenteálamo, que hace extensiva esa desazón a la «situación de todos los ganaderos y agricultores» del país.

Más noticias

+ noticias