La sonrisa de Krahe

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Lo quise tanto que lo odiaba a veces / porque era tan mejor que me borraba, / multiplicó mis panes y mis peces / y temprano acabó lo que se daba”.
(Joaquín Sabina)

Recluido por la canícula estival, me siento frente al ordenador para revisar los vídeos que, desde noviembre de hace unos cuantos años -quizás desde la muerte del Krahe-, y bajo el epígrafe “La sonrisa de Krahe”, los músicos que lo acompañaron durante su carrera vienen ofreciendo a modo de homenaje. Son recitales que se parecen poco, o nada, a los que en su día ofrecía el malogrado cantautor. Harto de tanta mediocridad, y con una dosis de nostalgia que no pienso disimular, decido volver a poner uno de sus discos: que sea ese disco, y no el homenaje, el que ponga a sonar el hálito de placer con el que escribo estas líneas. Fui fan fervoroso de Joaquín Sabina, y probablemente, como todos los de mi generación, descubrí a Krahe a través de La Mandrágora, aquel disco emblemático con olor a whisky, aroma de tabaco y vasos rotos que Fernando García Tola les hizo grabar a él y a Alberto Pérez en un garito del mismo nombre, en una época en la que cada uno conservaba todavía cierta esencia de compromiso con la canción de autor. Poco más supe de Javier —con la excepción de Cuervo ingenuo, en Sabina y viceversa— hasta mi llegada a la Escuela de Magisterio en 2002.

Allí, de la mano de otro joven y cumplido cantautor, Paco Barco, me afané por fin en desentrañar los entresijos rítmicos y literarios de un tipo que, con una voz poco dotada para la floritura, se empeñaba en emular a Brassens con un rigor admirable a la hora de proyectar el sarcasmo, la ironía y el humor con los que subyugaba al más pintado. Y así, como un Quijote embebido en libros de caballerías, fui acercándome y sucumbiendo a la autenticidad, la frivolidad, la mordacidad, la ironía, el sarcasmo y el buen hacer de Javier Krahe.

Muchas han sido las necrológicas, los obituarios y los homenajes que se han escrito y organizado desde aquel funesto 12 de julio de 2015, cuando los restos del Triguito —su casa de Zahara de los Atunes— fueron testigos mudos de su despedida silenciosa. En todos ellos hay un común denominador: la ternura. Una cualidad con la que tuvo la gentileza de obsequiarme mientras departíamos amigablemente, entre risas y copas pagadas por López de Guereña, tras un espléndido recital en la Tetería Pachamama de Ciudad Real, en una negra noche de noviembre de 2011 en la que, entre nubarrones de tormenta, se presagiaba ya la debacle electoral de Rubalcaba al día siguiente.

Mucho me temo, sin embargo, que esa cualidad —la ternura— pasa hoy convenientemente desapercibida en un mundo de horteras y de cursis desarrapados. Porque, aunque Krahe gastaba ciertas dosis de Diógenes moderno, su ironía estuvo siempre atravesada por una ternura emancipadora que nos hacía más libres, más humanos y, sobre todo, más inteligentes. Escuchando cualquiera de sus canciones, o las inenarrables introducciones que las precedían, uno sentía la necesidad de reírse sin complejos de sí mismo y de la idiotez colectiva que nos rodea, sin que eso se convirtiera nunca en algo traumático o humillante. Se trataba, más bien, de una simbiosis de música, inteligencia y corazón que durante décadas nos vacunó contra la estupidez de lo superfluo, para colocarnos en el camino, irremisible, de la sabiduría.

Hablar de Krahe y de sus canciones era —y sigue siendo— hablar de amor, de sexo, de sentimientos. Nadie como él supo interpretar mejor el cambio de roles que trajo la liberación de la mujer; su lucha incansable contra el tópico de género lo convirtió en el antídoto perfecto contra la educación sentimental del pensamiento único. Lo suyo fue siempre recrear historias que revelaban las contradicciones más íntimas de lo humano. Y si bien su compromiso político no quedó reflejado de forma directa en casi ninguna de sus canciones, desde que aquel Cuervo ingenuo, cribado por el PSOE y por la censura felipista de los años ochenta, lo condenó al ostracismo de La Hoguera por los siglos de los siglos, nadie supo enfrentar mejor que él la mentira, la hipocresía y la catetez política de este país en las últimas décadas.

La OTAN, la crisis o la cultura del pelotazo de los noventa fueron siempre objeto de una crítica lacerante en las entrevistas de quien ha sido, a mi juicio, el último gran trovador de la música y el pensamiento contemporáneos. Y aquí conviene detenerse, porque es precisamente en ese punto donde Krahe se separa, sin proponérselo, de buena parte de su generación. Cuando a Felipe González se le cayó la careta de Isidoro en la cubierta del yate de Carlos Slim, y el mito de la nueva España empezó a hacerse añicos, Krahe siguió cantando con la misma decencia irredenta de siempre. No así otros. Joaquín Sabina, su amigo, su compañero de generación y el autor de los versos que abren este artículo, ha construido buena parte de su mito sobre la pose del rebelde: el bebedor irredento, el antisistema de boquilla, el azote de los poderosos desde la barra de un bar. Pero la trayectoria del cantante de Úbeda es también la crónica de un acomodamiento sucesivo. Quien cantó contra la OTAN y contra el felipismo terminó comiendo con cierta frecuencia en los salones del poder que decía despreciar: cenas con la entonces Casa Real, giras de gran aforo con Serrat —otro símbolo, como él, del antifranquismo convertido en industria—, declaraciones sobre Cuba y sobre la izquierda latinoamericana que se acomodaban, sospechosamente, al país en el que se pronunciaban.

Krahe, en cambio, nunca tuvo ese problema, sencillamente porque nunca tuvo ese mito que defender. No vivió de la pose contestataria; vivió, y murió, de la ironía honesta, esa que no necesita reafirmarse cada vez que cambia el escenario. Es la misma honestidad que le permitió, a través de la risa, decir verdades que otros maquillaban con la épica del compromiso. Porque pese al paso del tiempo, y a una discografía extensa y compilada, Krahe, incluso después de muerto, todavía tenía muchas cosas que decir y que cantar; mientras que algunos de sus contemporáneos, los más mediáticos, llevan años repitiendo el mismo gesto de rebeldía ya sin nada nuevo que oponerle al poder, salvo la nostalgia de haberlo hecho alguna vez.

Incluso en estos tiempos en los que todas las estatuas parecen caerse de su pedestal, la figura de Krahe emerge, años después de su desaparición, como un ejemplo de libertad y de independencia; me atrevería a decir que como lo mejor de una España que aún está por construir, aunque a ratos siga atrancada en el lodazal de lo casposo. Y conviene subrayarlo: Krahe no necesita pedestal ni estatua, porque nunca buscó ninguno. Esa es, quizá, la diferencia esencial con quienes sí lo buscaron y, al encontrarlo, dejaron de ser quienes decían ser. En definitiva, Krahe se fue siendo consciente de que el tiempo y los espejos habían terminado claudicando ante su razón. Bastante desapegado de los ritos electorales burgueses desde que el PSOE lo mutilara de por vida por sus críticas lacerantes a las imposturas de Felipe González y sus adláteres, la brillantez intelectual y humana que rezuman sus canciones nos seguirá permitiendo, al margen de la mediocridad de los recitales in memoriam, disfrutar de su legado con la cómplice, socarrona y enigmática sonrisa de Krahe. Esa sonrisa, a diferencia de tantas otras de su generación, nunca tuvo que fingirse.

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