Hay nombres propios que condensan un modelo entero de dominación. En la España contemporánea, hablar de Mercadona es hablar de una maquinaria perfectamente engrasada de extracción de valor; hablar de Juan Roig es hablar de la figura que encarna, legitima y blanquea ese modelo ante la opinión pública. No estamos ante un simple empresario ni ante una empresa más del sector de la distribución: estamos ante uno de los ejemplos más nítidos de cómo el capitalismo avanzado construye su hegemonía combinando beneficios obscenos con relatos edulcorados de responsabilidad social. Y conviene decirlo sin eufemismos: ese relato es una cortina de humo que oculta un régimen laboral basado en la presión, el miedo y la desposesión cotidiana de derechos.
Juan Roig no es un benefactor; es un gestor eficiente de la plusvalía. Su imagen pública, cuidadosamente cultivada, responde a una lógica de propaganda clásica: presentarse como creador de riqueza colectiva mientras se invisibiliza el origen real de esa riqueza, que no es otro que el trabajo intensificado de miles de empleados. Mercadona, bajo su dirección, ha perfeccionado un modelo en el que cada gesto del trabajador está subordinado a la rentabilidad. No hay épica en ello, por mucho que se repita en entrevistas y foros empresariales; hay cálculo frío, hay disciplina y hay una estructura jerárquica que no tolera fisuras.
Dentro de las tiendas, lejos del discurso institucional, lo que se impone es una organización del trabajo que exprime hasta el límite la capacidad física y mental de la plantilla. La polivalencia, convertida en dogma por Mercadona y defendida por Juan Roig como símbolo de modernidad, es en realidad una forma sofisticada de sobreexplotación: un mismo trabajador asume múltiples funciones sin que ello se traduzca en una mejora proporcional de sus condiciones. Se exige velocidad, precisión y disponibilidad constante; se penaliza el error; se vigila el rendimiento con una intensidad que roza lo asfixiante. No es eficiencia: es control.
Ese control no se ejerce únicamente a través de normas explícitas, sino mediante la internalización del miedo. Mercadona ha construido, bajo la batuta de Juan Roig, un clima laboral en el que la incertidumbre actúa como mecanismo disciplinario permanente. La plantilla sabe —porque lo ve, porque lo vive— que cualquier desviación puede ser castigada. Y esa conciencia moldea comportamientos: reduce la protesta, desactiva la crítica, convierte la supervivencia laboral en una prioridad que desplaza cualquier otra consideración. Así funciona el poder cuando no necesita mostrarse abiertamente coercitivo: basta con que sea previsible.
Uno de los elementos más brutales de este modelo es la persecución de la veteranía. En Mercadona, en la Mercadona de Juan Roig, la antigüedad no es un valor a proteger, sino un problema a gestionar. El trabajador veterano acumula derechos, conoce los entresijos de la empresa y, en algunos casos, desarrolla una conciencia crítica que puede contagiar a otros. Es, por tanto, un riesgo. ¿La respuesta? Una estrategia silenciosa pero constante de desgaste y expulsión. No se declara abiertamente, pero se practica con una regularidad que desmiente cualquier discurso oficial sobre estabilidad y compromiso.
El instrumento preferido para esa expulsión es el despido disciplinario fraudulento. Aquí Mercadona no innova; perfecciona una técnica clásica del capitalismo: fabricar causas para evitar costes. Bajo la dirección de Juan Roig, se multiplican los relatos de supuestos bajos rendimientos, incumplimientos o faltas que justifican despidos que, en muchos casos, bordean o cruzan directamente la ilegalidad. No se trata solo de ahorrar indemnizaciones —que también—, sino de lanzar un mensaje inequívoco al resto de la plantilla: quien incomoda, quien enferma, quien cuestiona, desaparece.
La enfermedad, de hecho, se ha convertido en una línea roja. En el universo laboral de Mercadona, caer de baja no es un derecho que se ejerce con normalidad, sino un riesgo que se asume con temor. La lógica que impera es despiadada: un trabajador enfermo es un trabajador improductivo, y un trabajador improductivo es un problema. Bajo esta premisa, la baja médica deja de ser un mecanismo de protección para convertirse en un estigma. Y cuando ese estigma se consolida, el siguiente paso suele ser la expulsión. Así de simple, así de crudo.
Los cuerpos hablan, aunque la propaganda intente silenciarlos. Hablan en forma de lesiones, de agotamiento, de ansiedad acumulada tras jornadas de trabajo que no dan tregua. Hablan en la fatiga de quienes llevan años levantando cargas, repitiendo movimientos, sosteniendo ritmos que no son sostenibles a largo plazo. Pero ni Mercadona ni Juan Roig parecen dispuestos a escuchar ese lenguaje; o, mejor dicho, lo escuchan perfectamente, pero lo traducen en términos de coste y rendimiento. Cuando el cuerpo deja de ser rentable, se convierte en desechable.
Mientras tanto, la maquinaria mediática sigue funcionando. Mercadona invierte millones en construir una imagen de empresa modélica; Juan Roig se presenta como ejemplo de empresario comprometido. Se repiten cifras de empleo, se destacan salarios comparativamente superiores, se habla de cultura corporativa. Todo ello cumple una función: neutralizar la crítica, generar consenso, convertir cualquier denuncia en una anomalía frente a un supuesto éxito incontestable. Es ideología en estado puro: no como mentira evidente, sino como construcción de una realidad parcial que se presenta como total.
La consecuencia de este dispositivo es una profunda desarticulación de la respuesta colectiva. Mercadona no solo organiza el trabajo; organiza también la subjetividad de quienes lo realizan. Fomenta una identificación con la empresa que diluye el conflicto, que transforma la relación laboral en una relación casi emocional. Y, al mismo tiempo, dificulta cualquier intento de organización sindical efectiva. No es casualidad: un trabajador aislado es más manejable; una plantilla fragmentada es más dócil. Juan Roig lo sabe, y su modelo empresarial lo refleja con claridad.
Pero el conflicto existe, aunque se intente ocultar. Está en cada despido injustificado, en cada baja convertida en amenaza, en cada turno que se alarga más allá de lo razonable. Está en la distancia entre el discurso oficial de Mercadona y la experiencia cotidiana de muchos de sus trabajadores. Y esa distancia no puede cerrarse con más propaganda, por mucho dinero que se invierta en ello. Porque la realidad material, tarde o temprano, se impone.
Lo que está en juego aquí no es solo la reputación de una empresa o la imagen de un empresario. Es el modelo de relaciones laborales que se está normalizando en amplios sectores de la economía. Un modelo que Mercadona, bajo el liderazgo de Juan Roig, ha contribuido a legitimar: intensificación del trabajo, control permanente, debilitamiento de derechos, expulsión de quienes dejan de ser funcionales. Un modelo que convierte la estabilidad en privilegio condicionado y la dignidad en una variable secundaria frente al beneficio.
Frente a esto, no basta con matices ni con reformas superficiales. Es necesario nombrar el problema en toda su crudeza: lo que ocurre en Mercadona no es una desviación puntual, es la expresión coherente de una lógica de acumulación que prioriza el beneficio por encima de la vida. Y mientras esa lógica no se cuestione, mientras figuras como Juan Roig sigan siendo presentadas como referentes incuestionables, la rueda seguirá girando en la misma dirección.
Por eso, la defensa de los trabajadores de Mercadona debe ser firme, explícita y sin concesiones. Defenderlos es señalar a la empresa y a su máximo responsable; es denunciar cada despido injusto, cada abuso, cada intento de silenciar la protesta. Es afirmar que ningún modelo de negocio, por rentable que sea, puede sostenerse legítimamente sobre el desgaste físico y mental de su plantilla. Es romper el aislamiento, reconstruir la solidaridad y recordar una verdad elemental que la propaganda intenta borrar: que sin trabajadores no hay Mercadona, y que sin su esfuerzo cotidiano, Juan Roig no sería más que otro nombre desconocido en el registro mercantil. La dignidad no se negocia, y mucho menos en nombre de los beneficios de unos pocos.
