Guerra Civil en la extrema derecha

Comparte

Hay momentos en que las contradicciones internas del bloque reaccionario dejan de ser un murmullo subterráneo y estallan en la superficie con formas grotescas, casi caricaturescas, que sin embargo revelan una verdad política de enorme calado; lo que durante décadas funcionó como una alianza relativamente armónica entre el integrismo religioso y el autoritarismo político, esa vieja complicidad entre altar y espada que estructuró buena parte de la historia contemporánea española, comienza a resquebrajarse bajo el peso de sus propias tensiones internas, y lo hace además con un lenguaje propio de la época: vídeos generados con inteligencia artificial, demonios digitalizados y discursos moralistas reciclados en clave de marketing ideológico. La reciente pieza audiovisual impulsada por el entorno de Hazte Oír, donde se escenifica una visita de Mefistófeles al despacho de Santiago Abascal, no es una simple anécdota ni un producto ridículo digno de burla pasajera; es la expresión estética de una disputa política real entre sectores de la ultraderecha española, una pugna por la hegemonía ideológica dentro de un mismo campo reaccionario que empieza a mostrar fisuras visibles.

Durante mucho tiempo, el reparto de papeles estaba claro: el fascismo, en sus distintas versiones, se encargaba de la violencia material, de la disciplina social, de la imposición por la fuerza de un orden jerárquico; el catolicismo más reaccionario, por su parte, proporcionaba la coartada moral, la legitimación espiritual, la cobertura simbólica de ese orden. Era una simbiosis funcional, casi perfecta, donde cada cual sabía cuál era su función en la reproducción del poder. Pero esa armonía, que algunos podrían considerar “natural” dentro del ecosistema de la derecha extrema, parece hoy alterada. Los sectores ultracatólicos, organizados en torno a plataformas como Hazte Oír y redes más opacas como El Yunque, han decidido que el instrumento político que ayudaron a impulsar —Vox— ya no responde con suficiente fidelidad a sus exigencias maximalistas, especialmente en cuestiones como el aborto, los derechos LGTBI o la imposición de una moral pública de corte teocrático.

La reacción no se ha hecho esperar y adopta formas que, a primera vista, pueden parecer incluso cómicas, pero que en realidad apuntan a una escalada de tensión: sabotajes de actos públicos, campañas de presión, escraches internos y, ahora, la producción de propaganda audiovisual donde el líder de Vox aparece interpelado por una figura demoníaca que le acusa de traicionar la causa de la “defensa de la vida” en favor del cálculo electoral. El mensaje es claro: para estos sectores, cualquier concesión táctica, cualquier moderación discursiva, cualquier intento de adaptarse a las reglas del juego institucional burgués constituye una forma de apostasía política.

El incidente en el que un dirigente de Vox arrebata el teléfono a un activista de Hazte Oír y lo lanza contra el suelo no es un simple arrebato individual; es la materialización de una ruptura que viene gestándose desde hace años. Ya en 2019 se vislumbraban los primeros síntomas de este desencuentro, cuando los ultracatólicos reprochaban a Vox su tibieza en la aplicación de políticas regresivas desde las instituciones donde comenzaba a tener influencia. Lo que entonces era un malestar larvado se ha convertido ahora en un conflicto abierto, donde las acusaciones de traición y las demostraciones de fuerza simbólica se suceden con creciente intensidad.

Pero reducir este enfrentamiento a una disputa ideológica sería quedarse en la superficie del problema. Lo que está en juego aquí es, en realidad, el control de un aparato político y mediático que ha demostrado ser eficaz para canalizar el descontento social hacia posiciones reaccionarias. Vox no surge en el vacío; es el producto de una acumulación de capital político, financiero y cultural en la que han participado activamente sectores empresariales, fundaciones conservadoras y redes internacionales de extrema derecha. Hazte Oír y su entorno forman parte de ese entramado, y durante años han contribuido a financiar, legitimar y movilizar en favor de un proyecto político que ahora perciben como insuficientemente radical.

La contradicción es evidente: Vox necesita ampliar su base electoral, presentarse como una opción viable dentro del sistema, modular su discurso para no quedar completamente marginado; pero al mismo tiempo depende, en parte, de una estructura de apoyo que le exige precisamente lo contrario, es decir, una radicalización constante, una fidelidad absoluta a un programa ideológico que no admite matices ni concesiones. Esta tensión entre pragmatismo electoral y pureza ideológica no es nueva en la historia de la extrema derecha, pero en el caso español adquiere características particulares debido al peso histórico del nacionalcatolicismo y a la persistencia de redes como El Yunque, cuya opacidad y capacidad de infiltración han sido objeto de preocupación incluso en ámbitos eclesiásticos.

El uso de una figura como Mefistófeles en el vídeo no es casual; remite a una tradición cultural donde el pacto con el diablo simboliza la renuncia a principios fundamentales a cambio de poder o éxito mundano. Sin embargo, la propia construcción narrativa del vídeo revela una cierta torpeza conceptual: se acusa a Abascal de haber vendido su alma cuando, en realidad, se le reprocha no haber sido lo suficientemente radical. La incoherencia es sintomática de una derecha que, incluso en sus productos propagandísticos, muestra dificultades para articular un discurso coherente más allá de la apelación emocional y el moralismo simplista.

Desde una perspectiva marxista, lo verdaderamente relevante no es la calidad del guion ni la eficacia estética del vídeo, sino lo que revela sobre las dinámicas internas del bloque de poder reaccionario. Estamos asistiendo a una lucha por la dirección ideológica de un proyecto político que, pese a su retórica antisistema, forma parte integral del sistema capitalista y de sus mecanismos de reproducción. Las élites económicas que financian estos movimientos no lo hacen por convicción religiosa, sino por interés de clase; la defensa de valores tradicionales, la oposición a los derechos sociales y la promoción de un nacionalismo excluyente son herramientas útiles para desviar la atención de las verdaderas contradicciones del sistema y para fragmentar a la clase trabajadora.

En este contexto, la pugna entre Vox y los sectores ultracatólicos no representa una alternativa real para las mayorías sociales, sino una disputa interna dentro del campo de la reacción. Es, en cierto sentido, una guerra de familia, donde diferentes facciones compiten por imponer su visión de cómo debe gestionarse el orden existente. Pero esa guerra, lejos de debilitarlos necesariamente, puede también reforzarlos si logran reconfigurar sus alianzas y adaptarse a las nuevas condiciones.

No obstante, también abre una ventana de oportunidad para desenmascarar las contradicciones de un discurso que se presenta como monolítico. La imagen de una extrema derecha dividida, enfrentada consigo misma, incapaz de mantener una línea coherente, puede contribuir a erosionar su credibilidad y a debilitar su capacidad de movilización. Pero eso solo será posible si desde la izquierda se es capaz de ofrecer una alternativa política clara, que no se limite a la crítica moral o al sarcasmo, sino que aborde las raíces materiales del problema.

En última instancia, el verdadero peligro no reside en los vídeos ridículos ni en las peleas internas, sino en la capacidad de estos movimientos para seguir canalizando el malestar social hacia soluciones autoritarias y excluyentes. Mientras las condiciones materiales que alimentan ese malestar —precariedad, desigualdad, falta de perspectivas— sigan presentes, la extrema derecha encontrará formas de reinventarse, de adaptarse, de recomponerse incluso a partir de sus propias crisis.

Por eso, la tarea no puede limitarse a observar con ironía el espectáculo de sus contradicciones. Es necesario comprenderlas, analizarlas y utilizarlas como punto de partida para una intervención política que apunte a transformar las condiciones que las hacen posibles. La ruptura entre Vox y los sectores ultracatólicos no es el fin de nada; es, en todo caso, un síntoma de un proceso más amplio de reconfiguración del bloque reaccionario en un contexto de crisis del capitalismo neoliberal.

Y si algo enseña la historia es que estas reconfiguraciones no suelen ser inocuas. Cuando las derechas se dividen, no siempre se debilitan; a veces se radicalizan, se reagrupan y vuelven con mayor fuerza. Pensar lo contrario sería un error de análisis que la izquierda no puede permitirse. Frente a la guerra de sotanas y banderas, la respuesta no puede ser la complacencia ni la burla, sino la construcción paciente y firme de una alternativa que desmonte, desde la raíz, el entramado económico, político y cultural que sostiene a estos proyectos.

Al final, lo que está en juego no es quién domina dentro de la reacción, sino la capacidad de las clases populares para liberarse de ella.

Más noticias

+ noticias