La historia no se repite de forma mecánica, pero rima con una insistencia inquietante. Bajo distintos ropajes ideológicos, con lenguajes renovados y estrategias aparentemente modernas, persisten viejas lógicas de dominación que atraviesan los siglos: la imposición cultural, la persecución de la diferencia y la instrumentalización del poder político para uniformar a las clases subalternas. Uno de esos hilos históricos, tan concreto como simbólico, es el uso del cerdo como herramienta de coerción contra comunidades que, por razones religiosas o culturales, lo rechazan. No es una anécdota; es un síntoma.
Como escribió Karl Marx en El Capital: “Las ideas dominantes de una época han sido siempre las ideas de la clase dominante”. Esta afirmación no es una consigna abstracta; es una clave interpretativa que permite entender por qué prácticas cotidianas, como la alimentación, pueden convertirse en campos de disputa ideológica. Cuando el poder decide qué es lo “normal”, lo “aceptable” o lo “integrador”, está ejerciendo una forma de dominación que va mucho más allá de lo económico.
En el Segundo Libro de los Macabeos se recoge uno de los episodios más elocuentes de esta violencia cultural. El anciano Eleazar, un escriba respetado, es detenido por orden del rey Antíoco IV Epífanes y obligado a ingerir carne de cerdo, en abierta contradicción con las leyes religiosas judías.
No se trata simplemente de una imposición alimentaria: es un acto de sometimiento político y espiritual. Eleazar escupe la carne y acepta el castigo; su negativa no es solo una defensa de la fe, sino una afirmación de dignidad frente al poder imperial que busca borrar su identidad. El texto bíblico lo expresa con crudeza: “Prefiero morir honradamente antes que vivir deshonrado”.
Aquella política de helenización forzosa no era una excepción, sino parte de una estrategia más amplia del poder imperial para homogeneizar a los pueblos sometidos. La cultura dominante se presentaba como universal, superior, inevitable; las demás debían desaparecer o diluirse. En palabras de Antonio Gramsci: “Toda relación de hegemonía es necesariamente una relación pedagógica”. Es decir, el poder enseña, moldea, disciplina; construye sujetos adaptados a sus intereses.
La revuelta de los Macabeos, que estalló como respuesta a esta opresión, no fue solo una guerra religiosa, sino también una lucha contra la colonización cultural. En términos contemporáneos, podríamos hablar de resistencia frente a un proyecto de asimilación impuesto desde arriba. Como diría Frantz Fanon: “El colonialismo no se contenta con imponer su ley al presente y al futuro del país dominado; se esfuerza por deformar, desfigurar y destruir el pasado del oprimido”.
Siglos más tarde, el cine ha recuperado, con otros códigos, esa misma lógica de persecución. En Malditos Bastardos, el coronel Hans Landa ofrece a Shoshana un strudel elaborado con manteca de cerdo. El gesto no es inocente: es una trampa, una prueba diseñada para desenmascarar una identidad que debe permanecer oculta para sobrevivir. El alimento se convierte en instrumento de vigilancia, en mecanismo de exclusión. De nuevo, el poder utiliza lo cotidiano —comer— como campo de batalla.
No es casualidad que el nazismo desarrollara una obsesión por los cuerpos, las costumbres y los hábitos de las comunidades que perseguía. La alimentación, como práctica cultural profundamente arraigada, se convirtió en un terreno privilegiado para la imposición ideológica. El 21 de abril de 1933, la Alemania nazi prohibió la producción y venta de alimentos kosher bajo la excusa de la protección animal. Como señaló Hannah Arendt: “El objetivo de la propaganda totalitaria no es la persuasión, sino la organización de la sociedad en torno a una mentira”. La mentira, en este caso, era presentar la persecución como defensa ética.
La propaganda jugó un papel central en este proceso. El régimen nazi construyó un relato en el que las prácticas judías eran presentadas como bárbaras, crueles, incompatibles con la civilización. Esta inversión moral —en la que el opresor se presenta como defensor de valores universales— es una constante histórica. Como advertía Walter Benjamin: “Todo documento de cultura es, al mismo tiempo, un documento de barbarie”.
Hoy, en pleno siglo XXI, asistimos a la reaparición de estas lógicas bajo formas aparentemente nuevas. En España, el conglomerado mafioso y criminal Vox, ha promovido discursos que insisten en la necesidad de imponer el consumo de cerdo en los comedores escolares como símbolo de integración. Se presenta como una defensa de la cultura nacional, como una reacción frente a supuestos privilegios de minorías religiosas. Pero, en realidad, reproduce un esquema conocido: el de la imposición cultural desde arriba, el de la negación del derecho a la diferencia.
Cuando un representante político exige “mucho cerdo” en los colegios, no está hablando de nutrición ni de tradición culinaria; está articulando un mensaje político. Está señalando a determinados colectivos —principalmente musulmanes, pero también judíos— como ajenos, como problemáticos, como necesitados de corrección. En palabras de Pierre Bourdieu: “La violencia simbólica es esa violencia suave, invisible, que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y del conocimiento”.
Este tipo de discursos no surge en el vacío. Se inscribe en un contexto de crisis económica, de precarización creciente y de descomposición del consenso social que había sostenido el régimen neoliberal en las últimas décadas. Ante la incapacidad de ofrecer soluciones materiales a los problemas de la mayoría, la extrema derecha recurre a la construcción de enemigos internos. Como advertía Bertolt Brecht: “El fascismo no es lo contrario de la democracia, sino su evolución en tiempos de crisis”.
Desde una perspectiva marxista, esta estrategia cumple una función clara: desviar la atención de las contradicciones estructurales del capitalismo. En lugar de cuestionar las relaciones de producción, la concentración de la riqueza o la explotación laboral, se desplaza el conflicto hacia el terreno cultural. Se construye una falsa dicotomía entre “nosotros” y “ellos”, ocultando que la verdadera división es de clase. Como escribió Rosa Luxemburgo: “Quien no se mueve, no siente las cadenas”.
La imposición del cerdo en los comedores escolares es, en este sentido, un ejemplo paradigmático de política reaccionaria. No resuelve ningún problema real; al contrario, genera nuevos conflictos, estigmatiza a sectores vulnerables y refuerza dinámicas de exclusión. Pero cumple una función ideológica: reafirmar una identidad nacional excluyente y movilizar a una base social en torno a valores conservadores.
Es importante subrayar que estas políticas no afectan únicamente a una comunidad. Aunque el discurso se dirija principalmente contra los musulmanes, también impacta en los judíos, que comparten la prohibición del consumo de cerdo. Sin embargo, esta dimensión suele quedar invisibilizada. La extrema derecha ha aprendido a modular su antisemitismo, a ocultarlo bajo una aparente defensa de Israel o de Occidente frente al islam. Pero esa estrategia no elimina la raíz del problema; simplemente la disfraza.
La islamofobia contemporánea bebe, en buena medida, de la tradición antisemita europea. Los mismos mecanismos de deshumanización, las mismas narrativas de amenaza cultural, las mismas obsesiones con la pureza y la contaminación se aplican ahora a nuevos sujetos. El enemigo cambia de nombre, pero la lógica permanece. Como señaló Edward Said: “El ‘otro’ es construido para ser dominado”.
La historia de España ofrece ejemplos claros de estas dinámicas. El decreto de expulsión de 1492, impulsado por los Reyes Católicos, obligó a los judíos a convertirse o abandonar el país. La Inquisición persiguió a quienes intentaban mantener sus prácticas en secreto. De nuevo, la vida cotidiana —la comida, los rituales, las costumbres— se convirtió en objeto de control. Como resumió Michel Foucault: “El poder no se posee, se ejerce”.
No se trataba solo de religión; era también una cuestión de poder. La monarquía necesitaba consolidar su autoridad, construir una identidad nacional homogénea y eliminar cualquier forma de disidencia. La diversidad era percibida como una amenaza; la uniformidad, como una garantía de estabilidad. Esta lógica no ha desaparecido; se ha transformado.
En la actualidad, la retórica de la “integración” cumple una función similar. Se exige a las minorías que abandonen sus prácticas, que se adapten a la cultura dominante, que renuncien a aquello que las define. Pero esta exigencia no es neutral; está atravesada por relaciones de poder. Como advierte Slavoj Žižek: “La tolerancia liberal puede ser una forma de su opuesto”.
Desde la izquierda transformadora, es fundamental desmontar este discurso. La defensa de la diversidad cultural no es una concesión ni un gesto de tolerancia; es una cuestión de justicia. En una sociedad democrática, las personas deben poder vivir de acuerdo con sus convicciones, siempre que no vulneren los derechos de los demás. Obligar a un niño a comer algo que su religión prohíbe no es integración; es violencia.
Además, estas políticas tienen un impacto concreto en la vida de las familias trabajadoras. Los comedores escolares son un espacio clave para garantizar la alimentación de los niños, especialmente en contextos de precariedad. Excluir a quienes no pueden consumir determinados alimentos es, en la práctica, una forma de exclusión social. Como recordó Karl Polanyi: “Permitir que el mercado dirija el destino de los seres humanos es demoler la sociedad”.
La cuestión, por tanto, no es gastronómica, sino política. ¿Qué tipo de sociedad queremos construir? ¿Una basada en la imposición y la homogeneidad, o una que reconozca y respete la pluralidad? ¿Una que utilice a los niños como campo de batalla ideológico, o una que garantice sus derechos?.
El marxismo nos ofrece herramientas para analizar estas dinámicas en su complejidad. Nos recuerda que las luchas culturales están atravesadas por relaciones de clase, que las identidades no son estáticas y que el poder se reproduce no solo a través de la economía, sino también de la cultura. Pero también nos señala la necesidad de construir alternativas, de articular proyectos políticos que respondan a las necesidades reales de la mayoría.
Frente a la ofensiva reaccionaria, es necesario reivindicar una política de lo común que no borre las diferencias, sino que las articule en un proyecto emancipador. Esto implica defender servicios públicos inclusivos, garantizar derechos sociales y combatir cualquier forma de discriminación. Pero también supone disputar el sentido común, desmontar las narrativas del odio y construir un relato alternativo.
El cerdo, convertido en símbolo de esta disputa, nos recuerda que incluso los elementos más cotidianos pueden ser politizados. No se trata de demonizar un alimento, sino de entender cómo se utiliza en determinados contextos para excluir, para marcar fronteras, para imponer una identidad. La lucha, en este sentido, es también por el significado de las cosas.
En última instancia, lo que está en juego es la posibilidad de una convivencia basada en la igualdad y el respeto. La historia nos enseña que las políticas de asimilación forzosa no conducen a la integración, sino al conflicto. Que la persecución de la diferencia no fortalece a las sociedades, sino que las empobrece. Y que, frente a la imposición, siempre surge la resistencia.
Eleazar, al escupir la carne de cerdo, no solo defendió su fe; afirmó su derecho a existir en sus propios términos. Hoy, esa misma reivindicación resuena en quienes se niegan a renunciar a sus prácticas culturales frente a la presión del poder. La izquierda tiene la responsabilidad de estar a su lado, de construir alianzas y de enfrentar, con claridad y determinación, cualquier intento de convertir la diferencia en delito.
Porque, al final, la verdadera cuestión no es qué comemos, sino quién decide sobre nuestras vidas. Y esa, como recordaría Marx, es —siempre— una cuestión de poder.
