Madrid o la fábrica de la hegemonía conservadora

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(A mi amiga, Sole Capote Raya,
con quien, tras tener una conversación fatalista,
sobre la situación política de la Comunidad de Madrid,
me dio alas para escribir este artículo)

La política madrileña no responde a ningún enigma indescifrable; responde, más bien, a una lógica de poder perfectamente engrasada en la que, economía, ideología y cultura, operan como piezas de una misma maquinaria. Desde 1995, el Partido Popular ha gobernado la Comunidad de Madrid de manera casi ininterrumpida, consolidando un modelo que ha sobrevivido a escándalos de corrupción, crisis económicas e incluso a episodios de deslegitimación institucional tan flagrantes como el tamayazo, aquel momento en que la voluntad popular fue secuestrada mediante la deserción inducida de dos diputados socialistas, frustrando un acuerdo entre el PSOE e Izquierda Unida. Aquella operación no solo permitió a la derecha retener el poder; inauguró una etapa en la que la anomalía democrática se normalizó y la impunidad se convirtió en método.

Desde entonces, el dominio del PP no ha dejado de reforzarse; elección tras elección, la derecha amplía su base electoral incluso en contextos donde cabría esperar desgaste. En las generales de 2023, el bloque conservador superó el 55% del voto en la región, con Vox por encima de su media nacional. No estamos ante una simple victoria electoral; estamos ante una hegemonía política en sentido pleno, una dominación que trasciende las urnas y penetra en el tejido social, cultural y simbólico.

El primer nivel de análisis remite a lo material; Madrid es la región con mayor renta per cápita del Estado, pero también una de las más desiguales. Este dato, lejos de ser contradictorio, es la clave del modelo. La riqueza generada no se redistribuye; se concentra. La Comunidad lidera el crecimiento económico gracias a su condición de capital —un privilegio estructural que le permite absorber recursos, inversiones y talento del conjunto del país—, pero simultáneamente se sitúa a la cola en gasto por habitante en sanidad y educación. El resultado es un sistema dual: servicios públicos debilitados para las mayorías y alternativas privadas para quienes pueden pagarlas.

Aquí se despliega la lógica neoliberal en su forma más pura; bajos impuestos, externalización de servicios, fomento de la iniciativa privada y una apelación constante a la “libertad” entendida como capacidad de consumo. La educación concertada —en gran medida en manos de la Iglesia— y la sanidad privada crecen al calor de este modelo, configurando un mercado de derechos donde el acceso depende del poder adquisitivo. Y, sin embargo, este esquema no genera rechazo mayoritario; al contrario, produce adhesión.

¿Por qué?. Porque el modelo económico se complementa con una construcción ideológica eficaz. Madrid no es solo un espacio de acumulación de capital; es también un espacio de producción de sentido. A partir de la crisis catalana de 2017, la región se consolida como epicentro de un nacionalismo español centralista, que se presenta como defensa de la unidad frente a las “amenazas” periféricas. Este discurso permite articular una identidad política transversal que diluye las diferencias de clase; el conflicto deja de ser entre ricos y pobres para convertirse en una disputa entre “patriotas” y “enemigos de España”.

En este marco, el Partido Popular ha sabido ocupar el lugar de garante de esa identidad, mientras el PSOE oscila entre la adaptación y la ambigüedad, incapaz de construir un relato alternativo sólido, e Izquierda Unida —y en general el espacio de la izquierda transformadora— queda, de momento, en un bache electoral, con dificultades para conectar con amplios sectores sociales. La batalla no se pierde solo en el terreno electoral; se pierde, sobre todo, en el terreno cultural.

Es aquí donde entra en juego un elemento decisivo: el anti-intelectualismo. La desinversión en la universidad pública, la precarización del sistema educativo y la promoción de instituciones privadas no son meras decisiones presupuestarias; son apuestas ideológicas. Se trata de limitar la capacidad crítica de la sociedad, de erosionar los espacios donde se generan discursos alternativos. Madrid podría ser un polo universitario de referencia en Europa; tiene infraestructuras, proyección internacional y masa crítica suficiente. Pero ese horizonte entra en contradicción con un modelo que necesita consumidores, no ciudadanos conscientes.

En este contexto emerge la figura de Isabel Díaz Ayuso como síntesis de esta hegemonía. Su liderazgo no se explica por su capacidad técnica ni por su solvencia intelectual; se explica, precisamente, por su carencia de ambas. Ayuso representa la elevación de la atrofia intelectual a una categoría política exponencialmente sostenida. Su discurso es errático, plagado de imprecisiones, incapaz de sostener una argumentación mínimamente rigurosa; y, sin embargo, esa debilidad se convierte en fortaleza en una sociedad, desgraciadamente, abducida por los mundos de la posverdad.

No estamos ante un accidente ni ante contingencia alguna, sino ante una estrategia. Ayuso no compite en el terreno del conocimiento porque su campo de juego es otro: el de la identificación emocional. Su aparente ignorancia funciona como mecanismo de conexión con un electorado que percibe la cultura y la formación como instrumentos de exclusión. Frente a los “expertos”, los “técnicos” o los “intelectuales”, ella se presenta como alguien “normal”, alguien que dice lo que piensa sin filtros, aunque lo que piense carezca de coherencia.

Esta operación tiene un efecto político potente; desactiva la crítica. Cada vez que se señala una inconsistencia en su discurso, cada vez que se evidencia su falta de preparación, se refuerza su narrativa victimista. Ayuso convierte su propia limitación en un arma arrojadiza contra los que la cuestionan; la crítica se interpreta como ataque, y el ataque como confirmación de que ella representa algo auténtico frente a unas élites arrogantes.

El resultado es un círculo vicioso; cuanto más se exhibe la precariedad intelectual, más se consolida la base social que la celebra. No hay vergüenza, sino orgullo. No hay corrección, sino reafirmación. La ignorancia deja de ser un problema para convertirse en identidad política.

Este fenómeno no puede entenderse sin el papel de los medios de comunicación. La Comunidad de Madrid ha desarrollado un ecosistema mediático afín, sostenido en parte por la publicidad institucional, que amplifica el discurso gubernamental y reduce el espacio para la crítica. La televisión pública, lejos de actuar como servicio informativo independiente, ha sido transformada en herramienta de propaganda. No se trata solo de controlar el mensaje; se trata de moldear el marco en el que ese mensaje se interpreta.

En paralelo, se construye un relato cultural que glorifica lo castizo, lo inmediato, lo emocional, frente a lo reflexivo. Las “cañas” se convierten en símbolo político; la banalidad se eleva a categoría ideológica. Ese casticismo no es inocente; funciona como barrera frente a discursos complejos, como mecanismo de simplificación que favorece a quien domina el terreno de lo superficial.

La afinidad con figuras como Donald Trump resulta evidente. Ambos comparten una estrategia basada en la provocación, la simplificación extrema y el desprecio por el conocimiento experto. Ambos convierten sus carencias en atributos y utilizan la polarización como herramienta de movilización. No es una coincidencia; es la expresión de una lógica política propia del capitalismo contemporáneo, donde la crisis de legitimidad de las instituciones abre espacio a liderazgos que operan en el terreno de las emociones.

Pero sería un error reducir el fenómeno a una cuestión de liderazgo individual. Ayuso es la cara visible de un proyecto más amplio, un proyecto en el que el Partido Popular ha sabido integrar intereses económicos, estrategias comunicativas y marcos ideológicos con la inestimable ayuda del fascismo populista de Vox. Frente a ello, el PSOE aparece atrapado en una lógica de gestión que no cuestiona los fundamentos del modelo, mientras Izquierda Unida y el conjunto de la izquierda transformadora no logran articular una alternativa capaz de disputar la hegemonía cultural.

El problema no es solo político; es también epistemológico. La derecha madrileña ha conseguido imponer su visión del mundo como sentido común. Ha redefinido conceptos como libertad, modernidad o prosperidad en términos que le son favorables. La libertad ya no es igualdad de condiciones, sino ausencia de regulación; la modernidad no es avance social, sino desregulación económica; la prosperidad no es bienestar colectivo, sino acumulación individual.

En este contexto, cualquier propuesta de redistribución se presenta como ataque; cualquier defensa de lo público, como imposición. La izquierda se ve obligada a jugar en un terreno semántico que no controla, donde sus propias categorías han sido vaciadas de contenido o directamente invertidas.

Madrid, en definitiva, no es una excepción inexplicable; es un caso avanzado de hegemonía tan conservadora como fascista. Un espacio donde la desigualdad se normaliza, la cultura se banaliza y la política se reduce a espectáculo. Un laboratorio donde la atrofia intelectual no solo no penaliza, sino que se premia; donde la ignorancia se convierte en identidad y la identidad en poder.

Por eso, la tarea de quienes aspiran a transformar este escenario no pasa por la mera denuncia; pasa por la reconstrucción de un proyecto, sustanciado en el Partido Comunista de España y en la propia IU, capaz de disputar el sentido común. Un proyecto que no se limite a señalar las contradicciones del modelo, sino que sea capaz de ofrecer alternativas concretas, comprensibles y deseables. Porque mientras la derecha siga monopolizando el terreno de lo emocional y la izquierda -no socialdemócrata, permanezca atrapada en el de lo técnico, la balanza seguirá inclinándose en la misma dirección.

Madrid no es un misterio; es un síntoma. Y como todo síntoma, no se combate ignorándolo, sino diagnosticando estableciendo una pauta terapéutica sobre las condiciones que lo producen. Solo entonces será posible imaginar —y construir— algo distinto.

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