La pandemia del miedo

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No hace falta invocar a ninguna autoridad científica ni revestirse de bata blanca para advertir que, en la España contemporánea, hay una epidemia más persistente y corrosiva que cualquier brote vírico episódico: la del miedo organizado como herramienta política. Una enfermedad ideológica que no se transmite por contacto físico, sino por saturación mediática, por discursos repetidos hasta la náusea y por la instrumentalización sistemática de las angustias colectivas. La derecha española, en su deriva cada vez más radicalizada, ha encontrado en ese miedo un filón inagotable, una palanca para erosionar cualquier intento de gestión pública que no se ajuste a sus intereses de clase y a su concepción excluyente de la nación.

El fenómeno no es nuevo, pero sí ha alcanzado cotas particularmente grotescas en los últimos días. A propósito del episodio del hantavirus en un crucero internacional, hemos asistido a un despliegue de histeria calculada que dice mucho más de quienes la promueven que del propio riesgo sanitario. Frente a un virus conocido, de alta letalidad pero escasa capacidad de transmisión entre humanos, la respuesta de las autoridades sanitarias ha sido la que cabía esperar en un Estado que, con todas sus limitaciones, aún mantiene ciertos protocolos de salud pública: coordinación internacional, aislamiento de posibles casos, seguimiento de contactos y una logística orientada a minimizar cualquier riesgo real. Nada de eso ha impedido que el Partido Popular, Vox y determinados responsables institucionales hayan decidido convertir el episodio en una especie de ensayo general del apocalipsis.

Lo verdaderamente revelador no es el error puntual o la exageración circunstancial, sino la coherencia ideológica de ese comportamiento. La derecha española lleva años construyendo un relato donde la amenaza es permanente: el migrante, el feminismo, la diversidad, lo público, lo común, lo extranjero. Ahora, cuando aparece un virus que ni siquiera tiene potencial pandémico, según coinciden la comunidad científica y los organismos internacionales, se activa automáticamente la maquinaria del pánico. No porque haya una preocupación genuina por la salud de la población, sino porque el miedo, una vez inoculado, es políticamente rentable.

En ese marco, la decisión del Gobierno de permitir el atraque del crucero en Tenerife, siguiendo las recomendaciones de los organismos internacionales, se convierte en el blanco perfecto. No importa que exista un protocolo, ni que haya coordinación con más de veinte países, ni que el objetivo sea precisamente evitar la propagación del virus. Para la derecha, el hecho en sí es irrelevante; lo que cuenta es la posibilidad de construir un relato alternativo donde el Ejecutivo aparece como irresponsable, negligente o, directamente, criminal. Es la lógica del “cuanto peor, mejor”, elevada a doctrina.

El papel desempeñado por el Partido Popular en este episodio resulta paradigmático. Lejos de ejercer una oposición que fiscalice con rigor y aporte alternativas, ha optado por amplificar cualquier insinuación alarmista, por mínima que sea. Declaraciones grandilocuentes, comparaciones fuera de lugar, referencias literarias mal traídas que pretenden dotar de épica a lo que no es más que oportunismo político. La imagen de unas “oscuras golondrinas” regresando con una nueva pandemia no solo es un despropósito retórico; es la evidencia de hasta qué punto se trivializa el miedo colectivo para convertirlo en arma arrojadiza.

Más grave aún es la deriva de Vox, cuya intervención en el debate público ya ni siquiera pretende disimular su carácter abiertamente reaccionario. Para esta formación, cada crisis es una oportunidad para reforzar su imaginario de fortaleza asediada. Da igual que se trate de una cuestión sanitaria, migratoria o económica: el esquema es siempre el mismo. Hay un enemigo —real o imaginado— que amenaza la integridad de la nación, y solo una respuesta autoritaria, centralizada y excluyente puede salvarla. En el caso del hantavirus, esa lógica se traduce en un rechazo frontal a cualquier decisión que implique cooperación internacional o respeto a normas supranacionales. La soberanía, entendida como aislamiento, se convierte así en coartada para la irresponsabilidad.

Pero si algo ha llamado especialmente la atención en este episodio ha sido la actitud del presidente de Canarias. En lugar de actuar como un gestor responsable, consciente de la importancia de transmitir calma y confianza a la población, ha optado por sumarse al coro alarmista. Sus declaraciones, insinuando escenarios casi fantásticos donde los roedores portadores del virus llegarían a las costas, rozan el esperpento. No se trata solo de una falta de rigor; es una irresponsabilidad política de primer orden. En un contexto donde la ciudadanía aún arrastra el trauma reciente de una pandemia global, alimentar miedos infundados es jugar con fuego.

Esta convergencia entre la derecha estatal y determinados liderazgos autonómicos no es casual. Responde a una estrategia más amplia de deslegitimación de lo público y de erosión de cualquier forma de gobernanza que no esté subordinada a sus intereses. La ciencia, las instituciones internacionales, el derecho marítimo, todo aquello que introduce matices o complejidad en el debate es percibido como un obstáculo. Frente a ello, se impone una narrativa simplista, binaria, donde solo hay dos opciones: o se está con ellos o se está poniendo en peligro a la nación.

La paradoja es evidente. Quienes durante años han defendido la reducción del Estado, la privatización de servicios públicos y el debilitamiento de los sistemas de salud, se presentan ahora como los grandes defensores de la seguridad colectiva. Pero esa defensa no pasa por fortalecer lo común, sino por utilizar cualquier resquicio para atacar al adversario político. El bienestar de la población es secundario; lo prioritario es el desgaste del Gobierno.

En este sentido, la gestión del hantavirus se ha convertido en un campo de batalla simbólico. No porque el virus en sí represente una amenaza significativa, sino porque permite activar todos los resortes del discurso reaccionario: el miedo al contagio, la desconfianza hacia las instituciones, la sospecha de conspiración, la apelación a un orden que se percibe en peligro. Es un guion conocido, ensayado durante la pandemia de COVID-19 y reciclado ahora con nuevos protagonistas.

Sin embargo, lo que está en juego va más allá de la coyuntura. La normalización de este tipo de discursos tiene consecuencias profundas para la calidad democrática. Cuando el miedo se convierte en moneda de cambio, cuando la mentira se equipara a la opinión y cuando la responsabilidad institucional se diluye en el ruido mediático, se erosiona la base misma sobre la que se construye cualquier proyecto colectivo. La política deja de ser un espacio de deliberación para convertirse en un campo de batalla donde todo vale.

Desde una perspectiva de izquierda transformadora, resulta imprescindible desenmascarar esta lógica. No basta con señalar las exageraciones o corregir los datos falsos; es necesario cuestionar el marco en el que se producen. El problema no es solo que se diga que un virus puede propagarse de forma imposible, sino por qué ese tipo de afirmaciones encuentran eco y se utilizan sistemáticamente. La respuesta remite a una estructura de poder que necesita del miedo para reproducirse, que encuentra en la inseguridad un terreno fértil para legitimar sus propuestas regresivas.

En este contexto, la defensa de lo público adquiere una dimensión estratégica. No se trata únicamente de garantizar servicios esenciales, sino de reivindicar un modelo de sociedad basado en la solidaridad, la cooperación y el conocimiento. Frente al individualismo competitivo y al nacionalismo excluyente, la izquierda debe articular un relato que ponga en el centro la interdependencia y la responsabilidad colectiva. La gestión de una crisis sanitaria, por pequeña que sea, es una oportunidad para demostrar que existen alternativas al caos interesado que promueve la derecha.

El episodio del crucero en Tenerife, con todo su despliegue logístico y su coordinación internacional, podría haber sido un ejemplo de esa otra forma de hacer política. Un ejemplo de cómo, incluso en un mundo atravesado por tensiones y desigualdades, es posible actuar de manera racional y solidaria. Sin embargo, la intervención de la derecha ha convertido lo que era un procedimiento técnico en un espectáculo político. Un espectáculo donde el miedo se escenifica, se amplifica y se vende como verdad.

No es casual que este tipo de estrategias se intensifiquen en momentos de incertidumbre. La crisis económica, la precarización del trabajo, la desafección política, todo ello genera un caldo de cultivo donde el miedo puede arraigar con facilidad. La derecha lo sabe y lo explota. Pero también es cierto que ese mismo contexto abre la posibilidad de construir respuestas alternativas. Respuestas que no se limiten a gestionar el miedo, sino que lo desactiven desde su raíz.

Para ello, es necesario recuperar la centralidad de la verdad, no como un dogma, sino como un proceso colectivo de construcción. La ciencia, con todas sus limitaciones, sigue siendo una herramienta fundamental en ese proceso. Despreciarla o manipularla no solo es irresponsable; es profundamente reaccionario. Lo mismo ocurre con las instituciones internacionales, que, pese a sus contradicciones, representan espacios de cooperación imprescindibles en un mundo globalizado.

La actitud del Partido Popular, Vox y el presidente de Canarias en este episodio muestra hasta qué punto están dispuestos a sacrificar esos principios en aras de una rentabilidad política inmediata. No hay aquí un debate legítimo sobre la gestión, sino una utilización cínica de la crisis. Una utilización que, en última instancia, revela su concepción de la política como un juego de poder donde la verdad y el bienestar colectivo son prescindibles.

Frente a ello, la izquierda no puede limitarse a la denuncia. Es necesario construir una alternativa que no solo sea ética, sino también eficaz. Una alternativa que demuestre que es posible gestionar las crisis sin recurrir al miedo, que es posible proteger a la población sin alimentar fantasmas, que es posible hacer política sin convertir cada problema en una oportunidad para el desgaste.

El reto es enorme, porque implica enfrentarse no solo a partidos concretos, sino a una lógica profundamente arraigada en el sistema. Pero también es una oportunidad para redefinir el horizonte político. La pandemia del miedo no se combate con más miedo, sino con organización, con conciencia crítica y con una apuesta decidida por lo común.

En última instancia, lo que está en juego no es la gestión de un virus concreto, sino el modelo de sociedad que queremos construir. Una sociedad donde el miedo sea el motor de la política, o una donde la solidaridad y la razón ocupen ese lugar. La respuesta a esa pregunta no se decide en un crucero ni en una rueda de prensa, sino en la capacidad colectiva de resistir a la manipulación y de imaginar alternativas.

La derecha ha elegido su camino, y lo ha hecho de forma explícita. Ahora corresponde a quienes aspiramos a una transformación social estar a la altura del desafío. Porque, si algo ha quedado claro en estos días, es que la verdadera amenaza no viene de un virus aislado, sino de una forma de hacer política que convierte cada crisis en una oportunidad para profundizar en la desigualdad y el miedo.

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