Normalización del odio

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La intervención de Alberto Tarradas en sede parlamentaria no puede despacharse como una anécdota ni como un exceso verbal sin mayor recorrido. Es la manifestación visible de un desplazamiento más profundo en los márgenes de lo aceptable dentro de la vida institucional. Cuando desde una tribuna pública se introduce, aunque sea en forma de insinuación o ironía, la idea de que una representante política podría ser deportada por su identidad religiosa o cultural, lo que se está haciendo es abrir la puerta a un marco en el que la ciudadanía deja de ser un derecho garantizado para convertirse en una condición revisable. No se trata solo de palabras: se trata de los significados que esas palabras legitiman y de las consecuencias que pueden tener cuando se normalizan.

La reacción de la diputada afectada, apelando a la reflexión colectiva y al respeto entre representantes públicos, pone de relieve una diferencia de fondo en la manera de entender la política. Frente a la descalificación personal y la provocación, plantea la necesidad de preservar el parlamento como un espacio donde se confrontan ideas, no identidades. Esa respuesta no solo evidencia una mayor altura institucional, sino que deja al descubierto la pobreza de un discurso que necesita recurrir al señalamiento del otro porque carece de argumentos sólidos para sostenerse.

Este tipo de intervenciones no surge en el vacío. Se inscribe en un clima político donde formaciones como Vox han normalizado una retórica que sitúa la identidad nacional, cultural o religiosa como eje de confrontación, desplazando el debate desde las condiciones materiales hacia la pertenencia. En paralelo, la derecha tradicional representada por Partido Popular ha contribuido, en distintos momentos, a legitimar parte de ese marco al asumir algunos de sus términos o al no confrontarlos con la claridad necesaria, facilitando así su expansión en el espacio público.

El resultado es un ecosistema en el que la agresividad verbal, el señalamiento constante y la simplificación del conflicto político se han convertido en herramientas habituales. La lógica que se impone es clara: cuanto más provocador es el mensaje, mayor es su capacidad de difusión. En ese contexto, la ofensa deja de ser un límite y se convierte en una estrategia. Y cuando esa estrategia resulta rentable, termina por trasladarse también a las instituciones.

El fenómeno no es exclusivo del contexto español. La trayectoria de Donald Trump ilustra hasta qué punto la transgresión sistemática de normas democráticas puede convertirse en un recurso político eficaz. La construcción de enemigos internos, la apelación constante a identidades excluyentes y el uso del miedo como herramienta de movilización forman parte de un repertorio que ha sido replicado, con matices, en distintos países.

El problema es que, cuando estos discursos entran en el parlamento, dejan de ser solo ruido mediático. Adquieren legitimidad. Se convierten en referencia para sectores sociales que encuentran en ellos una forma de canalizar frustraciones reales hacia objetivos equivocados. La precariedad, la desigualdad o la falta de expectativas no desaparecen, pero se reinterpretan a través de un relato que señala a las minorías como responsables. Así se fragmenta a quienes comparten condiciones materiales similares y se dificulta cualquier articulación colectiva.

La apelación a identidades cerradas, a una supuesta homogeneidad cultural o religiosa, cumple precisamente esa función. Construye un “nosotros” ficticio y un “ellos” al que se puede señalar sin matices. En ese proceso, la complejidad desaparece. Todo se reduce a consignas fáciles de repetir y de asumir. Y cuanto más simples son, más eficaces resultan en términos de movilización emocional.

La impunidad con la que se producen estas situaciones agrava el problema. Cuando no hay consecuencias claras, el mensaje que se lanza es que todo vale. Que el insulto, la burla o la insinuación excluyente forman parte legítima del juego político. A partir de ahí, el deterioro es acumulativo. Cada nuevo episodio empuja un poco más los límites y normaliza lo que antes habría generado rechazo generalizado.

Pero el fondo del asunto no es solo moral. Tiene una dimensión material evidente. Desplazar el foco hacia conflictos identitarios permite evitar el cuestionamiento de las estructuras que generan desigualdad. Mientras se discute sobre quién pertenece o no, quedan en segundo plano cuestiones como el acceso a la vivienda, la precariedad laboral o el debilitamiento de los servicios públicos. Es una forma eficaz de desactivar el conflicto social real.

Frente a esto, la respuesta no puede limitarse a la indignación. Es necesario disputar el terreno en el que estos discursos se hacen fuertes. Eso implica reconstruir una cultura política basada en la igualdad efectiva de derechos, en el reconocimiento de la diversidad y en la centralidad de las condiciones materiales de vida. Implica también generar espacios donde la complejidad no sea vista como un problema, sino como una herramienta para entender mejor la realidad.

Nada de esto es sencillo ni inmediato. Pero asumir que la deriva es inevitable solo contribuye a reforzarla. La historia demuestra que los marcos políticos pueden cambiar cuando existen fuerzas sociales capaces de cuestionarlos y de proponer alternativas creíbles. La tarea pasa por ahí: por dejar de reaccionar únicamente a cada provocación y empezar a construir un horizonte que haga irrelevante ese tipo de discursos.

Porque lo que está en juego no es un episodio concreto, sino el tipo de sociedad que se está configurando. Y aceptar la normalización del odio, aunque sea por cansancio o resignación, equivale a renunciar a una parte esencial de la democracia.

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