lunes, 16 marzo 2026

· Manzanares | Toledo ·

El analfabetismo político de una generación

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En la España vaciada —esa periferia interior que el capitalismo español ha convertido durante décadas en territorio de abandono estructural, despoblación progresiva y frustración social acumulada— está produciéndose un fenómeno que debería inquietar bastante más de lo que aparentemente inquieta a quienes todavía conservan algo de memoria histórica o simplemente un mínimo sentido crítico. El nuevo ídolo de una parte considerable de la adolescencia rural es Santiago Abascal. No un cantante, no un deportista, no un creador cultural ni un empresario de éxito, sino un político de ultraderecha que representa exactamente lo contrario de cualquier forma reconocible de modernidad cultural. Un dirigente cuya imagen pública está construida sobre una mezcla de retórica militarista, nostalgia imperial, agravio nacional permanente y una estética política que parece llegada de otro siglo. La paradoja es evidente: en una generación que vive inmersa en la cultura digital globalizada, el entusiasmo juvenil se vuelca sobre un personaje que habla obsesivamente de patria, guerra cultural, decadencia moral y enemigos interiores, allí donde cabría esperar fascinación por la innovación, la creatividad o la rebeldía estética.

Las campañas electorales recientes en comunidades como Extremadura, Aragón o Castilla y León (Andalucía, próximamente), han ofrecido escenas que difícilmente pueden despacharse como simples anécdotas. Grupos de adolescentes persiguiendo a Abascal por las calles entre gritos, teléfonos móviles levantados y peticiones de selfies, como si se tratara de una celebridad mediática. El tono recuerda inevitablemente al fervor adolescente que, durante décadas rodeó a ciertos ídolos musicales, pero con una diferencia sustancial: aquí el objeto de la idolatría no es un producto cultural sino un dirigente político, cuya agenda gira en torno al nacionalismo excluyente, la exaltación de la autoridad y el desprecio sistemático por buena parte de los avances sociales de las últimas décadas. El espectáculo resulta desconcertante porque no se trata simplemente de simpatía política sino de algo más cercano al entusiasmo emocional, una forma de fascinación colectiva que convierte la política en espectáculo identitario y al líder en figura de referencia para adolescentes que todavía no tienen edad para votar pero sí suficiente energía para corear consignas.

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No es que la juventud sea necesariamente progresista —la historia demuestra con claridad que las generaciones jóvenes pueden ser movilizadas con enorme eficacia por proyectos profundamente reaccionarios—, pero resulta difícil no percibir cierta anomalía en el hecho de que adolescentes criados en una cultura saturada de estímulos digitales, encuentren atractivo precisamente en un discurso basado en la nostalgia, el orden y el combate permanente contra enemigos imaginarios. Lo que se activa ahí es una pulsión política muy antigua: la fascinación juvenil por la épica del combate. La ultraderecha ha sabido explotar siempre ese registro con extraordinaria eficacia. Convierte la política en una batalla permanente, transforma la identidad nacional en una frontera amenazada y ofrece a los jóvenes un papel aparentemente heroico dentro de esa narrativa.

El adolescente que no encuentra horizonte vital puede sentirse, de pronto, participante en una empresa histórica de dimensiones épicas. La ironía es que quienes celebran con mayor entusiasmo esa estética militarista son precisamente quienes jamás han tenido contacto con la realidad de aquello que invocan. La guerra aparece para ellos como metáfora romántica, como gesto ideológico o como estética de rebeldía. Nunca como experiencia material de destrucción, sufrimiento y muerte.

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Se repite con indulgencia que son simplemente niños y que el entusiasmo político juvenil se disolverá con el tiempo. Puede ser cierto en algunos casos, pero la historia ofrece demasiados ejemplos de juventudes movilizadas en proyectos reaccionarios que terminaron convirtiéndose en adultos perfectamente convencidos de aquellas mismas ideas y en seres llenos de notable estolidez. El fervor adolescente suele endurecerse con los años hasta convertirse en identidad política estable. Los muchachos que hoy se fotografían con Abascal pueden convertirse mañana en los agitadores mediáticos, los propagandistas digitales o los activistas que mantengan vivo el ecosistema cultural de la ultraderecha. El propio Abascal parece comprenderlo perfectamente y suele dirigirse a esos adolescentes durante sus mítines con una mezcla de paternalismo y orgullo político.

Los señala desde el escenario como ejemplo de una juventud patriótica que habría despertado frente a la decadencia progresista, les recuerda que todavía no tienen edad para votar pero que ya sienten la llamada de la patria y remata la escena con una provocación calculada: la izquierda defendía el voto a los dieciséis años hasta que descubrió que esos jóvenes votarían a Vox. El público responde con aplausos, y el líder ultraderechista culmina el gesto bautizando a esa masa juvenil con el término que ellos mismos celebran con entusiasmo: “fachavales”.

Sin embargo, lo verdaderamente inquietante de estas escenas, no es el entusiasmo político en sí mismo, sino el vacío intelectual que lo sostiene. Lo que aparece ahí es el resultado de décadas de empobrecimiento educativo, de deterioro de la cultura política y de sustitución progresiva del conocimiento histórico por entretenimiento digital. Una parte considerable de la juventud española se ha criado en un entorno donde la política se aprende a través de vídeos de pocos segundos, donde la historia se reduce a fragmentos desordenados de información y donde la reflexión compleja resulta cada vez más difícil frente al flujo permanente de estímulos inmediatos.

Basta escuchar algunas entrevistas improvisadas a la salida de esos actos políticos para comprobar hasta qué punto el problema es más profundo que una simple simpatía ideológica. Muchos de esos jóvenes confunden conceptos políticos elementales, desconocen episodios fundamentales de la historia reciente y repiten consignas aprendidas en redes sociales con la seguridad de quien cree haber formulado un argumento sólido. La política se reduce a eslóganes, la patria a una bandera y la historia a un puñado de referencias vagas que se mezclan sin orden ni comprensión. No se trata simplemente de ignorancia, sino de algo más grave: un analfabetismo político que convierte a una generación entera en terreno fértil para cualquier discurso simplificado.

Como marxistas, el mecanismo nos resulta bastante claro. El capitalismo contemporáneo ha producido una generación marcada por la precariedad laboral, la incertidumbre vital y la sensación permanente de que el futuro será más estrecho que el pasado. En lugar de dirigir esa frustración contra las estructuras económicas que la producen, una parte de esa juventud ha sido empujada a canalizar su malestar hacia enemigos imaginarios cuidadosamente seleccionados por la propaganda reaccionaria. El inmigrante sustituye al empresario como figura del conflicto, el feminismo reemplaza a la explotación económica como explicación del malestar social y la identidad nacional ocupa el lugar que debería corresponder a la conciencia de clase. Así se completa una operación ideológica conocida: la sustitución de la lucha de clases por la guerra cultural.

Y lo verdaderamente grotesco es que quienes abrazan ese relato con mayor entusiasmo suelen ser precisamente los jóvenes de las clases populares, aquellos que seguirán soportando las peores consecuencias materiales del sistema que dicen defender.

Muchachos que dentro de unos años encadenarán empleos precarios mientras votan a quienes protegen los intereses del capital. Jóvenes que jamás heredarán tierras ni empresas, pero que se indignan cuando alguien cuestiona los privilegios históricos de las élites. Adolescentes que hablan con solemnidad sobre la decadencia de Occidente sin haber abierto nunca un libro de historia política. La ultraderecha no necesita que comprendan nada. Le basta con que sientan. El resentimiento es una energía política poderosa, y cuando se combina con ignorancia histórica puede convertirse en un combustible extremadamente eficaz.

Pero, cuando esos adolescentes crezcan y la ignorancia orgullosa que hoy exhiben se transforme en convicción política estable, el daño social será profundo. Los que hoy corean consignas contra inmigrantes, mañana justificarán políticas de exclusión; los que hoy se burlan de los derechos de las minorías sexuales mañana aplaudirán su recorte; los que hoy juegan a ser patriotas de bandera o españoles de primera, terminarán defendiendo más policía, más censura y menos democracia en nombre del orden.

La juventud hoy, en la era de la posverdad, no garantiza progreso alguno. Sin embargo, puede garantizar regresión cuando se la educa en la ignorancia, el resentimiento y el culto emocional a la identidad colectiva. Y si los muchachos que hoy corren detrás de Abascal continúan avanzando por ese camino, lo más probable es que dentro de veinte años estas escenas no se recuerden como una simple extravagancia adolescente, sino como el momento exacto en que una parte de la juventud española decidió abrazar con entusiasmo su propia degradación política y renunciar a comprender el mundo para limitarse a obedecer a los que, le prometían identidad, orden y enemigos.

Porque cuando una generación entera aprende a admirar al amo, tarde o temprano acaba también dispuesta a serle servil.

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