En política hay errores y hay errores graves. Y después están aquellos que revelan una preocupante mezcla de ignorancia cultural, frivolidad institucional y desprecio hacia las raíces de nuestra sociedad. La comparación realizada en las Cortes de Castilla-La Mancha por la consejera de Igualdad, Sara Simón, entre el burka y el velo con el que tradicionalmente se representa a la Virgen María pertenece, sin duda, a esta última categoría.
Durante el debate parlamentario, la consejera justificó su posición afirmando que la Virgen María aparece representada “principalmente con un velo”, estableciendo así un paralelismo entre ese símbolo del cristianismo y las prendas islámicas que cubren la cabeza o incluso el rostro de algunas mujeres.
La afirmación no es solo desafortunada. Es profundamente errónea. Y lo es por razones históricas, religiosas y culturales que cualquier responsable público deberíamos conocer antes de utilizar referencias religiosas, más aún si se hace en sede parlamentaria.
El velo con el que aparece representada la Virgen María forma parte de la vestimenta habitual de las mujeres en el Mediterráneo del siglo I. Se trata de un manto o maforion que cubre la cabeza como signo de modestia y dignidad femenina, algo común en las culturas judía y grecorromana de la época.
Ese velo nunca oculta el rostro. Nunca pretende borrar la identidad de la mujer. Nunca impide su reconocimiento social.
La iconografía cristiana ha representado durante siglos a la Virgen con el rostro visible, con una mirada maternal y abierta al mundo. El velo es un símbolo de modestia, no un instrumento de ocultación.
Compararlo con el burka o el niqab —prendas que cubren total o parcialmente el rostro— no resiste el más mínimo análisis histórico. No existe, por tanto, paralelismo aceptable.
El cristianismo ha conocido el uso del velo femenino desde sus orígenes, especialmente en contextos litúrgicos. San Pablo ya hacía referencia a esta práctica en sus cartas, vinculándola a la modestia durante la oración y nada tiene que ver con ocultación de la mujer, ni mucho menos, siendo únicamente un gesto simbólico y cultural, nunca una imposición de invisibilizar a la mujer. En la tradición cristiana la dignidad de la mujer nunca se expresó con la ocultación del rostro.
Por eso, desde un punto de vista teológico, la comparación con prendas que cubren la cara resulta sencillamente absurda. Y desde un punto de vista cultural, una falta de respeto.
Pero el problema no es solo histórico o religioso. Es también político. España —y Castilla-La Mancha en particular— tiene una identidad cultural profundamente marcada por el cristianismo. Las devociones marianas, las procesiones y las imágenes de la Virgen forman parte de la memoria de nuestra región.
Utilizar a la Virgen María como argumento retórico para justificar una posición política en un debate sobre el velo islámico no es solo un error: es una falta de respeto institucional. La función de un gobierno no es trivializar símbolos religiosos ni utilizarlos como recurso ideológico improvisado, mucho menos cuando se hace desde la Consejería de Igualdad en la semana, precisamente, en la que visibilizamos a la Mujer con mayúsculas.
Lo que viví el jueves pasado en las Cortes refleja un problema mucho más profundo que una simple frase desafortunada. Y lo digo por nuestra cultura y, precisamente, por el tiempo de Cuaresma en el que estamos los católicos de preparación a la celebración de la Pascua.
Existe en algunos sectores de la izquierda una tendencia constante a relativizar la tradición cultural española mientras se muestra una enorme indulgencia hacia prácticas culturales ajenas, incluso cuando plantean debates legítimos sobre derechos y libertades. El resultado es una paradoja preocupante: se cuestionan sin complejos los símbolos cristianos mientras se evita cualquier crítica a costumbres importadas que pueden entrar en conflicto con los valores de igualdad que dice defender el propio Gobierno de Page y esta consejera en particular.
El debate sobre el velo islámico que debatíamos el jueves en las Cortes Regionales, y que se debate en toda Europa, es complejo y a la vez legítimo, con posiciones jurídicas y políticas diferentes, pero no es aceptable instrumentalizar los símbolos religiosos profundamente arraigados en nuestra cultura para reforzar un argumento político y, desde mi punto de vista, simplista.
Señora Simón, el velo de la Virgen María no es un burka, ni histórica, ni cultural, ni teológicamente. Por eso le pido respeto hacia nuestra fe y nuestras tradiciones.




