La gusanera neoliberal nos vendió la archiglobalización como una utopía de saberes emancipados y fronteras evaporadas, un carnaval permanente de mercancías deslizándose sin fricción por el planeta mientras los pueblos, disciplinados, aprendíamos a decir “logística” como quien pronuncia un dogma. Nos prometieron que la interdependencia era sinónimo de paz, que el mercado mundial era una maquinaria perfecta y que la historia, por fin, había encontrado reposo en la circulación infinita del capital. Y aquí estamos, esperando entre memes y facturas a que a nuestros magnates alimentarios les apetezca no poner el kilo de macarrones a doce euros porque hay “incertidumbre” en el Estrecho de Ormuz.
La incertidumbre. Esa palabra que suena técnica y limpia, como salida de un informe financiero. Incertidumbre en los mercados energéticos. Incertidumbre en las cadenas de suministro. Incertidumbre geopolítica. El capitalismo, que presume de medirlo todo, nos pide fe cuando le conviene. Fe en que los precios suben solos, en que la inflación cae del cielo como la lluvia. Pero no hay meteorología en el supermercado. Hay decisiones. Hay consejos de administración que calculan márgenes. Hay fondos de inversión que especulan con el hambre. Hay intermediarios que convierten cada sobresalto internacional en una excusa doméstica.
Durante los últimos 10 ó 20 años, se puso de moda el preparacionismo importado desde Estados Unidos. Hoy, en YouTube proliferan mochilas de supervivencia para setenta y dos horas, refugios nucleares hechos con cuatro palés y tutoriales para cocinar cualquier cosa cuando el mundo se viniera abajo. Todo giraba, y girado en el contexto de un concepto concreto: colapso. Se anunciaba una guerra que trituraría estados y mercados en cuestión de minutos, un reinicio abrupto que nos devolvería a una edad de piedra moral donde sobreviviría el que supiera encender fuego y desconfiar del vecino.
Aquel imaginario tenía algo de fantasía adolescente, pero también una intuición certera: el sistema no era indestructible. Sin embargo, el error estaba en imaginar el derrumbe como un estallido. Como un golpe seco que terminara con todo de una vez. Con los años hemos aprendido que, el apocalipsis capitalista no es una explosión, sino una enfermedad crónica. No hay meteorito; hay metástasis. No hay caída libre, sino desgaste administrado.
No morimos de un golpe limpio, sino lentamente, con el cuerpo social invadido de tumores que se multiplican sin pausa. La precariedad estructural. La vivienda convertida en activo financiero. La Sanidad Pública erosionada mientras florecen enjambres de seguros privados. La Educación degradada hasta ser simple adiestramiento laboral. El neoliberalismo no implosiona: se adapta, muta, sobrevive. Cada crisis es una oportunidad de negocio; cada catástrofe, un campo de pruebas.
El último episodio lo tenemos delante: la escalada bélica que enfrenta al bloque sionista y trumpiano con la teocracia de Irán, alentada por el regreso de Donald Trump al centro del tablero. Las consecuencias serán brutales para los pueblos de la región. Pero también lo serán para nosotros, aunque de otro modo. Porque en la economía global cada misil tiene traducción en céntimos por litro y cada sanción termina en el ticket de la compra.
Nos dirán que el combustible sube por tensiones en Oriente Medio. Que los alimentos encarecen por la volatilidad energética. Que los medicamentos sufren retrasos logísticos. Y lo presentarán como un fenómeno natural, como si el mercado reaccionara con nervios propios. Pero el mercado no reacciona: decide. Decide qué costes se trasladan y cuáles se absorben. Decide qué márgenes son intocables y qué salarios son sacrificables. Decide que la guerra puede ser rentable si las acciones correctas se disparan.
En las guerras no pierde todo el mundo. Esa es una mentira útil. Las guerras redistribuyen riqueza hacia arriba. Mientras unos mueren, otros firman contratos. Mientras unos huyen, otros consolidan posiciones estratégicas. La destrucción abre mercados. La reconstrucción también. El dolor es, para algunos, una línea ascendente en un gráfico.
Nos repiten que vivimos en sociedades líquidas, imprevisibles, sometidas a fuerzas incontrolables. Pero, parafraseando a un Borbón corrupto y golpista: la liquidez no es igual para todos. Es sólida para los que controlan los flujos financieros y vaporosa, para quienes encadenan contratos temporales. La incertidumbre es una herramienta de disciplina. Obliga a aceptar condiciones cada vez peores porque “podría ser peor”. Y así, paso a paso, se normaliza el deterioro.
El colapso no llega en forma de sirena, sino de rutina. Es el alquiler que se lleva más de la mitad del sueldo. Es el carrito de la compra que pesa menos y cuesta más. Es la jornada que se alarga sin compensación. Es el miedo constante a caer un escalón más abajo. Con todo, nos enseñan a agradecer. A dar gracias porque el recorte no fue mayor. Porque la subida no fue del todo desorbitada. Porque todavía tenemos algo para echarnos a la boca.
El capitalismo tardío ha perfeccionado la pedagogía del agradecimiento. Convierte derechos en privilegios. Transforma conquistas históricas en concesiones revocables. Nos invita a competir entre nosotros por migajas mientras los grandes actores se reparten el pastel sin disimulo. Y cuando la tensión social asoma, aparece el discurso del orden: más control, más vigilancia, más disciplina laboral.
La globalización no es un fenómeno natural. Es una arquitectura política construida con tratados comerciales, desregulaciones y privatizaciones. Se levantó debilitando sindicatos, fragmentando a la clase trabajadora y trasladando la producción allí donde la mano de obra era más barata y menos protegida. Ahora dependemos de rutas marítimas militarizadas y equilibrios frágiles para que llegue lo básico. Y cuando uno de esos engranajes se atasca, el coste baja en cascada hasta el último eslabón: nosotros.
El preparacionismo que soñaba con huir al monte ofrecía una salida individual ante un problema colectivo. Era una fantasía de autosuficiencia en un mundo organizado para la dependencia. Pero el colapso que vivimos no se enfrenta con latas almacenadas ni con refugios improvisados. Se enfrenta con organización. Con conciencia de clase. Con la capacidad de señalar a quienes deciden y de disputarles el poder.
El capitalismo puede prolongar su agonía durante décadas. Puede reinventarse con discursos verdes, digitales o inclusivos. Puede convertir la transición ecológica en un nuevo ciclo de acumulación. Puede automatizar, externalizar, endeudar.
Lo que no puede es funcionar sin trabajo humano. Sin esa mayoría que produce, transporta, limpia, cuida y sostiene.
La cuestión no es si vendrán más crisis. Vendrán. La cuestión es quién pagará la factura. Si aceptamos que cada tensión geopolítica se traduzca en inflación doméstica, estamos aceptando financiar conflictos que no decidimos. Si asumimos que la subida de precios es un fenómeno inevitable, renunciamos a señalar a quienes los fijan.
La historia no es lineal ni está cerrada. Las crisis han abierto, otras veces, escenarios inesperados. Han obligado a concesiones, han precipitado cambios. El poder lo sabe y por eso invierte tanto en moldear el sentido común, en convencer de que no hay alternativa. En que todo esto es simplemente el mundo funcionando.
Pero el mundo no funciona solo. Lo hacemos funcionar nosotros. Y si el colapso ya no es una explosión sino un desgaste, también la respuesta tendrá que ser paciente y persistente. No un estallido aislado, sino una acumulación de fuerzas. Una mayoría que deje de agradecer lo que le corresponde por derecho.
Entonces la incertidumbre cambiará de lado. No porque desaparezcan las crisis, sino porque dejarán de administrarse siempre en la misma dirección. Y el colapso dejará de ser una amenaza abstracta para convertirse en posibilidad concreta: la de derrumbar un orden que nos quiere dóciles, asustados y agradecidos.




