Una sábana blanca con sendos agujeros, uno por ojo, que a su paso hace sonar unas cadenas pese a que transita levitando. Así es como la iconografía moderna nos ha acostumbrado a representar a un fantasma, al menos hasta que Casper llegó a nuestras vidas.
Sirve el apelativo para bautizar, además, a todo aquel núcleo de población que ya no lo es. La magia que otorga la ausencia a los pueblos abandonados hace que ser «fantasma» sea todo a lo que puedan aspirar.
A lo largo de Castilla-La Mancha hay cerca de 150 vestigios de antiguas aldeas que no pudieron soportar los vaivenes del paso del tiempo. Los éxodos rurales que no cesan y una Guerra Civil ocurrida hace menos de un siglo aceleraron, en muchos casos, el derribo de numerosos pueblos que solo permanecen en forma de ruina, entre la naturaleza que se abre paso, o en forma de recuerdo en la memoria de quienes los habitaron.
PIEDRA AL ARRULLO DEL RÍO MUNDO

Pareciera que en Alcadimia cada una de las piedras que desafían el paso del tiempo escondiera algún secreto. Ya no devuelven el eco a ninguna voz que las acompañe, pero ahí está lo que fue un pueblo anclado en acantilados, al abrigo de la Sierra del Segura.
Ya no hay trasiego, no hay trueque en la plaza, no hay charla al fresco, pero pareciera que pudiera haberla esta misma tarde. Todo está dispuesto para ello.
Como una loncha de queso, presa entre Ayna y Liétor, este antiguo núcleo poblacional está olvidado, pero no en el olvido, y aún brinda a quien quiera acercarse la posibilidad de servir de armadura si fuera necesario.
Alcadima emergió para defenderse a sí misma y lo hizo, por tanto, con lo recóndito de su espíritu como aliado. No será fácil llegar hasta aquí: no hay alquitrán que alfombre ninguno de los pocos caminos que hasta aquí llegan.
Fue pueblo porque fue campo. Aquí se labró la tierra y por eso latía la plaza, hace más de seis décadas, justo en aquella hoja del calendario en la que imperaba la moda de buscar la ciudad por si hubiera allí algo que hiciera prosperar a las familias.
Estar lejos de todo y cerca de nada aceleró la huida, y la piedra de Alcadima no fue capaz de contener un éxodo que estaba escrito en el destino. Ahí siguen, en cualquier caso, las cerraduras de metal y los portones de madera, pensando que volverán a ser abiertos algún día, da igual cuándo.
El único sonido que acompaña al tic-tac del reloj es el agua de una fuente que aún, hoy por hoy, se resiste a doblar la mano; y el arrullo del río Mundo, que cada día pasa a saludar.
CALATRAVA LA VIEJA, FORTALEZA DE TRECE SIGLOS

Era el año 800 y Calatrava, que todavía no había adoptado el apellido de «la Vieja» porque estaba recién estrenada, ya reinaba en el paisaje de Ciudad Real. Pese a su plaza fortificada, las disputas entre Toledo y el califato de Córdoba encontraron aquí un punto intermedio que terminó siendo fatal. La ciudad se desquebrajó.
Pero Calatrava recogió las piedras del suelo y volvió a su ser tras ser refundada por uno de los hermanos del emir Muhammad I, y así, hasta el siglo XII, se puso el traje de capital mediana de la zona, un privilegio que le duró lo que tardaron varios reinos de taifas en disputársela.
El siglo X no le vino del todo bien a Calatrava. Con Alfonso VI ganando Toledo y los almorávides desembarcando en la Península, esta posición de lo que ahora es Ciudad Real fue la chincheta más adelantada de Al-Ándalus en la época, situación que se dio la vuelta con el paso de Alfonso VII. Entre tanto, sus calles llegaron a ser cuna de uno de los poetas más ilustres de la Reconquista, Abu Tamman, que dejó escrita la belleza de su pueblo en varios de sus poemas.
Siendo cristiana por penúltima vez, Sancho III la dejó en manos de la Orden del Císter, génesis de la primera orden militar propia que escribió su historia en la Península Ibérica y que tomó prestado su nombre del propio pueblo.
Avanzaba lo que ahora es historia y las tropas del octavo de los Alfonsos cedieron ante los almohades en la cercana batalla de Alarcos, perdiéndose también Calatrava. Casi dos décadas tuvieron que pasar hasta su recuperación al son de la batalla de Las Navas de Tolosa.
Lo que parecía el hallazgo de una estabilidad casi inédita terminó condenando a Calatrava, y la sede de la Orden que todavía lleva su nombre hizo las maletas medio centenar de kilómetros más al sur. Un movimiento que sirvió para crear, de un solo golpe, Calatrava la Nueva y Calatrava la Vieja.
La letanía del paso de 400 años más fue la estocada definitiva para dejar sus calles sin almas. Aún hoy, siglos después, se mantiene erguida, con el orgullo que siempre tuvo y añorando quizá los vaivenes de la historia que tanto la golpearon.
DONDE VIVÍA EL DINERO: CARRASCOSILLA

En la provincia de Cuenca, rozando la señorial Huete, hubo un enclave al que no le faltó detalle alguno para propiciar el discurrir del tiempo. Tenía dónde ir a rezar, dónde ir a aprender y dónde hacer pan, tanto que acabó teniendo dónde yacer eternamente. Con horno, iglesia, escuela y cementerio, la vida se puede abrir paso.
Lo que fue pueblo se convirtió en pedanía para ser finalmente fagocitado. Quien de allí se iba nunca volvía: se atascaba en Huete antes de culminar el regreso que nunca fue.
Un paseo por Carrascosilla apenas da pista de lo que fue la vida entre sus calles. Vecindario de puertas siempre abiertas donde en el pasado habitaron familias de alta alcurnia. Con luz, pero sin agua corriente, su corazón empezó a dejar de latir cuando las manos en el campo empezaron a ser más prescindibles.
Así se lo contaba Eliseo, uno de sus últimos vecinos, al periodista Paco Auñón. En su relato para escudriñar los porqués del éxodo, la aparición del primer tractor o lo difícil que era llegar al núcleo empezaron a sumar en la cuenta de la despoblación.
Las visitas médicas e incluso las misas requerían mulas y largos trayectos. Así no hay quien viva. Fue así como, poco a poco, Carrascosilla dejó de suspirar.
SACEDONCILLO, UN SIGLO DE OLVIDO

Tan fantasma es el pueblo que así reza el único cartel que alguien puso a su entrada. Todavía se puede acceder a Sacedoncillo, en Guadalajara, pero no se puede regresar a lo que fue. En este paraje de la Sierra Norte de Guadalajara, cerca de Tamajón y no lejos de Muriel, bien serviría el esqueleto que aún perdura como postal icónica de lo que es un verdadero ejemplo de los «pueblos negros» de esta provincia.
No se sabe quién dio nombre a quién, si el riachuelo al pueblo o viceversa. Todas sus calles, no más de cinco, están ahora a medias, y varias fachadas siguen resistiendo en un entorno en el que alguna vez existió una iglesia románica, todo lo pequeña que necesitaban los pocos vecinos del pueblo.
Con tierra fértil a sus pies, el testimonio de lo que fueron sus huertas lo sigue dando el viejo puente de madera que servía para superar el arroyo.
A pura piedra, los restos de Sacedoncillo merecen todavía una visita, sobre todo en esa época del año en la que a su alrededor vence el otoño, que en esta parte de Guadalajara se hace especialmente eterno.
Para estar desnuda, esta aldea conserva todavía testigos de lo que llegó a ser. Si acabó por los suelos fue por el campo erigido para prácticas militares, algo propiciado por estar anclada en pleno frente de batalla. Ese fue el paso previo a ser cuna de pinares que evitaron la reconstrucción de las viviendas una vez se apagaron los cañones.
Las armas que destrozaron el pueblo, además, son parte de lo poco que queda en pie. Y así, la Fuente de la Teta, llamada de ese modo por la forma de su caño, ve manar el agua por la punta de un viejo obús de cuando la guerra.
CAUDILLA, BIENVENIDOS AL FINAL

Caudilla, en la provincia de Toledo, lleva tiempo vacía y, aun así, ha recibido visitas después de echar el cierre. Así se explica la vieja mole a modo de pajar con un mensaje pintado: «Welcome to the end».
No muy lejos de la Ciudad Imperial, Caudilla no pudo ser Cauda porque casi te la acabas al echar el primer pie a tierra. De la vieja casa que da la bienvenida hasta la última que te despide hay apenas dos suspiros y, aun así, entre las dos encierran toda la historia que un día fue.
Que en todos los pueblos de Castilla hay al menos una fuente se entiende al pasear por Caudilla, aunque, al ver su letanía, podemos dar por hecho que vivió tiempos mejores. La quincena de casas que aún se adivinan albergaron, ocho siglos ha, a antiguos habitantes que vivieron bien hasta que se pudo.
Con una historia marcada por su cercanía a la gran ciudad de Toledo, llegó a tener la vitola suficiente como para albergar escuela, iglesia, ermita, cementerio, pozo e incluso Ayuntamiento.
Y ahora, en Caudilla, como en casi 140 antiguos pueblos que llegaron a ser y ya no son, se conserva a cachos parte de la memoria de una tierra.
La tendencia nos dice que pasarán las décadas y los pueblos que cuelguen el cartel de cerrado serán cada vez más. Quién sabe si entre ellos, el suyo.
