Lo que nos gusta un símbolo, a cualquiera, ya lo saben. También en su territorio, cómo iba a ser de otra forma. El que más, el que menos, sabe presumir de lo que sea que sirva para sacar lustre a su propia identidad. Una bandera, un paisaje, la patrona del pueblo, una comida típica.
Pasa, de forma más silente, con los escudos que adoptan los pueblos. En la región son 919 los municipios que completan el mapa y no todos se han puesto de acuerdo para bordar la imagen que aúne historia, raíces y señas de identidad ondeando en el pendón.
De los que sí existen y por los que nadie pregunta, hay decenas de ejemplos que enmarcan una ventana al pasado. Escudos que se conformaron como hilo transversal para conectar la historia con las directrices del futuro; simbología inerte al primer vistazo, pero viva porque perdura.
Bailes icónicos que mezclan fe, arraigo y gestas como carta de presentación y ancla de lo que fue y de lo que será cada uno de los pueblos a los que representan.
PEÑAS DE SAN PEDRO, O GUARDAR EN LO ALTO LAS LLAVES DEL CIELO
Si San Pedro tuviera que subirse alguna vez a una peña, sin duda esa sería la que está en este pueblo de la Sierra de Alcaraz. El guardián de la puerta de los cielos preside un escudo que le debe a su devoción gran parte de su idiosincrasia. Cómo no.
El pueblo, que logró su carta de villazgo en 1537, supo aunar en un trozo de tela toda la gama de elementos que, en conjunto, dibujaban lo que vendría a ser el municipio. Religión, defensa y geografía marcan el compás de este icono.
Con una peña que hace alusión a la posición de atalaya en terreno elevado, que dota a Peñas de San Pedro de la categoría de centinela; con un castillo que se empeña en conservar lo decisivo de su historia en campañas militares; y con San Pedro, inseparable de su llave, que, como patrón y tutor de la fe de toda la localidad, atesora el conjunto de uno de los escudos más bonitos de los ayuntamientos de Castilla-La Mancha.
CABEZARADOS, CEREBRO Y TIERRA
Cabezarados, en Ciudad Real, da lo que promete y no promete nada más. Un, dos, tres y cuatro escudos en 500 años; el primero de ellos con dos arados y una cabeza, quién lo iba a decir, hace medio milenio. En aquella ocasión, probablemente, la testa era de un buey, suficiente para atestiguar que allí se trabajaba la tierra sin rechistar.
Desde el primero hasta el último, el que ahora rige, se dejaron atrás otros símbolos y, desde el año 82, se volvió al origen: dos arados, el verde campo y una cabeza sobre el cereal. Qué mejor forma de recordar que el labrador no son solo manos.
CASASIMARRO, ESCUDO DE TRASTE Y CUERDAS
Que un escudo pretenda asomarse a la historia de lo que representa no le obliga a retroceder a un pretérito imposible. Le pasa a Casasimarro, quizá de los pocos que en su estandarte conserva un guiño a lo que construyó su seña y que todavía la representa, y de qué manera, a lo largo del mundo.
Porque en el escudo de Casasimarro, en la parcela de la izquierda y sobre un fondo de plata, reina una casa de puro granate —de gules, lo llaman—, con sus sillares cincelados en puro negro y sus ventanas abiertas. Es, no podría ser otra, la Casa de Simarro, que prendió la mecha de un pueblo seis siglos ha.
El carmesí de la primera de las casas que se contó en la villa cubre ahora el fondo de la otra mitad y, sobre ella, la indiscutible guitarra que define más al que la construye que al que la toca y que, por los siglos de los siglos, ensanchará el nombre del pueblo hasta cualquier confín donde suenen seis cuerdas sobre un mástil.
CINCOVILLAS Y LA BALLENA QUE NO FUE
No todas las historias deben haber pasado para ser reales. Basta con que su eco haya servido para dar forma a una manera de ser y de estar. Pasa en Cincovillas, Guadalajara, donde, según el padrón, aún resisten 27.
Si bien su nombre se debe al pie de la letra, por aquello de que fueron cinco villas las que la bautizaron, su escudo adeuda su espíritu a la leyenda de la ballena, lo mismo que su gentilicio, «balleneros», sin ser este páramo de Castilla ni nada de eso.
Como leyenda que es, si la oyes ahora es porque se dice que se dijo. Y en aquel decir, decían que, un año de aquellos en los que llovía, años y años atrás, por el río se vio bajar lo que algunos llamaron ballena. Así lo gritaron en el pueblo.
Tuvieron que ser los mozos, los más aguerridos, los que, lanza en mano, fueran a comprobar el «ballena habemus», y la fumata fue negra, qué se le va a hacer.
Y, aun así, la ballena que no fue comparte parcelita en el escudo del municipio con un castillo dorado y con la hoja de un roble verde, que bien se ve porque el fondo es blanco. Cinco luceros alumbran el bodegón.
VILLASECA DE LA SAGRA, O CÓMO SUPERAR LAS LLAMAS
En Villaseca de la Sagra, tan villa como seca y tan sagreña como que está en La Sagra, luce un escudo que se enorgullece de uno de los peores episodios de su pasado. Porque no olvidar y aprender también es prosperar, también es crecer.
Vino el pueblo a arder en 1521, y tanto ardió que todavía quema en el escudo que lo define. Y cinco siglos han pasado, oiga. Fueron las tropas comuneras del obispo Acuña las que vinieron con antorchas sin saber que, 500 años después, usted y yo hablaríamos de ellas. La fidelidad de los paisanos a lo que pedía Carlos I fue la culpable, la causante, la premisa, qué sé yo.
Más allá, y en otras dos parcelas, un león que ruge rojo sobre blanco; tres líneas verdes acostadas en oro para recordar la fidelidad que prendió la mecha del fuego.
