Si yo les hablara ahora de William Green, alguno sabrá que transitó por la mitad del siglo XIX con la vitola de ser el ingeniero que inició los trabajos para poner en marcha la ampliación de la línea de ferrocarril de Madrid a Aranjuez, una costura de nuestro país que, por fuerza, tendría que pasar por el territorio que ahora nos acoge.
Una ampliación hasta Alicante que se diseñó en forma de un primer tramo que cosería Aranjuez con Almansa dentro de un proyecto que sirvió para tapizar por primera vez el suelo de nuestra tierra con caminos de hierro por los que transitarían las más modernas locomotoras.
Una decisión tomada en 1852, no sin corruptelas entre los gobiernos de turno y el marqués de Salamanca, aunque de eso ya hablaremos en otra ocasión. Fue así como, a Tembleque primero, a Alcázar después y a Albacete, en última instancia, el primer ferrocarril de nuestro mapa se fue desplegando con el horizonte alicantino como meta.
Como corazón de España, nos toca por fuerza ser lugar de paso, y así lo fuimos cuando no había carreteras y eran las locomotoras de vapor las que, también de forma radial, acercaban los extremos de este país a su capital.
Casi 200 años después, en Castilla-La Mancha los usos ferroviarios han cambiado. Con todas nuestras capitales atravesadas por la alta velocidad, el tren nunca ha dejado de generar debate. Que si los terrenos de la estación de Guadalajara eran de aquella política madrileña; que si la estación de Cuenca está muy lejos del centro; que si las lanzaderas de Ciudad Real fallan más que una escopetilla; que si desdoblamos la estación de Toledo; que si la conexión con Jaén ha de parar sí o sí en La Mancha. Y eso solo en cuanto a los que van rápido.
Que si el que pasa por Extremadura es el Tren de la Bruja; que si la línea convencional por Cuenca nunca debió desaparecer; que si Consuegra y Madridejos reivindican su conexión.
Lo cierto es que, más allá de los problemas domésticos del día a día, en Castilla-La Mancha perduran todavía hasta once trenes que, por su historia, su simbología o su patrimonio, sirven también como vehículo y excusa para conocer nuestra región. De todos ellos, como siempre en este espacio, salpicaremos un ejemplo por cada una de las piezas de nuestro puzle.
¡CUCHILLOS AL TREN!
Madrid a veces no basta, y al turista medio que se acerca a la capital siempre le seduce una escapada fugaz. Las hay de todo tipo y por todas las vías, incluso las del tren.
Hacia Albacete, el Tren de la Cuchillería ofrece dos salidas anuales que brindan la mejor forma de no irte del país sin pisar la ciudad más grande de Castilla-La Mancha.
Una forma más de conocer una ciudad a veces escondida en las guías de turismo, pero que ofrece una experiencia completa que bien merecerá comprar un imán para la nevera.
Lo mejor del plan es lo que sorprende a quien se embarca en él: salir de Chamartín, llegar a una ciudad que siempre abraza al que la pisa y dar comienzo a una jornada que acabará siendo redonda.
La experiencia, una vez en la ciudad, solo podía empezar por el icónico Museo de la Cuchillería, para dar a conocer así a todo un pueblo a través de su legado cuchillero. El proceso artesanal de montaje, en primera persona y con la guía de maestros artesanos irrepetibles, da paso, como no podía ser de otra forma, a una cata de queso manchego. Y no, no falta el vino.
Preludio perfecto para una visita guiada por el centro de la ciudad, con la que conocer una historia que nos sobrevivirá, sin dejarse ni uno solo de los edificios emblemáticos que conforman el encofrado de nuestra joya urbanística mejor escondida.
CIUDAD REAL, QUIJOTE, TEATRO Y MERCURIO
Para conocer los rincones de Ciudad Real también puede uno salir desde Atocha. Escapadas que, si lo son, es porque nacen también del teatro. Así, el Tren del Teatro Clásico ofrece una de las mejores opciones para conocer Almagro fuera de la temporada del festival.
Una conexión que permite desembarcar en la ciudad del Siglo de Oro para no dejar sin recorrer ninguna de sus propuestas. Más allá de la Plaza Mayor, la que ilustrará la postal que seguramente el viajero compre para presumir por la vía del correo ordinario, el Barrio Noble o Barrio de los Caballeros no podrá ocultar ni uno solo de sus secretos gracias a la visita guiada que completa el plan.
Su trazado medieval, las casas solariegas puramente renacentistas y todos los palacios que aún reinan en sus calles se convierten en el escenario perfecto para una ida y vuelta.
Y, claro, hay teatro, y el Corral de Comedias abrirá sus puertas para que los viajeros puedan subir a sus tablas y disfrutar de un entremés del Siglo de Oro. Y, por supuesto, el visitante no se irá con hambre. Antes de visitar la iglesia de San Agustín, templo desacralizado e imperdible de Almagro, dará tiempo a degustar unos duelos y quebrantos. Qué menos en la tierra del Quijote.
En el apartado de viajes fugaces de la carta de servicios que ofrece Madrid, Almadén presenta otra parada imperdible para quien quiera dejarse atropellar por la inmensidad de Castilla-La Mancha.
El Tren del Mercurio diseñó su hoja de ruta con la intención de acercar el Parque Minero de la localidad ciudadrealeña, incluyendo en la escapada una visita guiada por la historia que se desparrama en los talleres históricos de la mina, sin dejar de lado un recorrido por el Hospital de Mineros de San Rafael.
Fósiles y minerales se suman al potencial turístico que el mercurio dejó escrito en la comarca, que alarga las vías del tren para sumergir a quien visita el pueblo en un tren minero que se mantiene intacto pese al paso del tiempo.
TREN MESOZOICO
El Tren Paleontológico se pergeñó, con dos salidas anuales, para extender la visita típica a Cuenca más allá de lo que encierran el abrazo que se dan las hoces del Júcar y el Huécar para custodiar el Casco Antiguo.
El Museo Paleontológico de Castilla-La Mancha, ya consolidado en el circuito de grandes espacios expositivos de la comunidad autónoma, tiene el añadido de ser el plan perfecto si lo quieres disfrutar en familia. La evolución de las especies, las muestras de fósiles procedentes de los yacimientos del entorno y, sobre todo, las réplicas de ejemplares a tamaño real te harán viajar hacia atrás en el tiempo más de 550 millones de años.
Rinocerontes lanudos, osos de las cavernas o dientes de sable serán los perfectos compañeros de aventuras antes de regresar a la capital, con un viaje en tren por delante y muchas historias que contar por detrás.
TREN A LA DESCONOCIDA
Guadalajara, como ese jugador del escondite inglés que siempre está a punto de ganar pero nunca gana porque no quiere, está tan cerca de Madrid que desde la Puerta del Sol no se suele apreciar su belleza.
En octubre, aun así, hace chuchú el Tren de la Alcarria, un ir y venir que se limita a lo más sencillo a la hora de hacer turismo: tirar la puerta abajo y dejarse llevar por la anfitriona.
Hay Guadalajara más allá del gótico isabelino de 600 años que reina en el Palacio del Infantado. El Palacio de la Cotilla, el convento de La Piedad, la concatedral de Santa María o la capilla de Luis de Lucena hablan de Guadalajara como lo hace la cripta ducal de los Mendoza, en la iglesia de San Francisco.
Cada uno de estos monumentos encierra algún secreto: la habitación china, pintada al estilo de la dinastía Qing, en el Palacio de la Cotilla; los restos de la mezquita atrapados en la concatedral; o los frescos manieristas de la capilla de Don Luis son solo tres ejemplos. Hay muchos más.
El Torreón del Alamín, otrora acceso al convento de San Bernardo y ahora sala expositiva, o las iglesias de San Nicolás y San Ginés completan un menú inacabable para un solo día. Lástima que el jefe de estación ya esté dando la llamada para el embarque de regreso.
TALAVERA O MANCHA TOLEDANA, ¿POR QUÉ ELEGIR?
Si, puestos a escapar, el viajero que parte de Madrid quiere hacerlo hacia el sur, Toledo es el destino obligado. En este caso, tiene dos opciones. Empezando por la que enfila a Talavera, el Tren de la Cerámica es la mejor alternativa para explorar, en una escapada fugaz, una ciudad que encierra un Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad que gusta a todo el mundo.
Las Torres Albarranas o la espléndida ribera del Tajo, cuando la dejan, ofrecen la mejor forma de asomarse a la historia de la ciudad, que tiene en su Museo Etnográfico al mejor relator de su idiosincrasia.
Juan Ruiz de Luna se hizo museo, como la cerámica se hizo imprescindible para unir su legado con el de una ciudad que luce orgullosa todas y cada una de las piezas que salen de las manos artesanas de sus maestros. Lo peor: que el viaje de vuelta lo hará el viajero cargado de cerámica.
El Tren de la Mancha Toledana, por su parte, es un viaje de ida y vuelta al corazón del país y de la comunidad autónoma, el agujero del donut de una España que no se entendería sin las raíces que echó en su centro geodésico.
Tembleque y su Plaza Mayor, primera parada del recorrido, son el primer azulejo amarillo rumbo a la historia que encierran Consuegra y su castillo y, cómo no, el preludio de un menú que, si es en una de sus mesas, tendrá que estar, sí o sí, guiado por el azafrán.
Y es que qué gusto da viajar cuando se va en exprés, sobre todo si el destino es desconocido primero e inolvidable después.
