Militando, como lo hago, en la trinchera que combate la efeméride como materia prima para conformar un relato periodístico, hoy toca hablar en femenino. La manía de querer hacer justicia cada 8 de Marzo con un segmento de la población que rara vez ha conseguido que esa justicia cristalizase en forma de garantía de sus derechos provoca cierta aversión en este periodista. Qué mejor manera de revolverme que mirar la vista atrás para arrojar luz desde este pequeño espacio a historias en femenino que esculpieron la identidad de Castilla-La Mancha contra todo y contra todos.
Si aún en este tiempo que nos ha tocado vivir, ser de una de las mitades que nos conforman como sociedad es estar condenada a la invisibilización más absoluta, imagínese a lo largo de la historia.
Se cuentan seis siglos desde que Mencía de Mendoza nació en Guadalajara, figurando en el registro como hija del primero de los marqueses de Santillana y de Catalina Suárez. De estirpe poeta, le tocó ser culta casi a la fuerza, tanto que le llevó a ser patrocinadora de todo lo que oliera a cultura, hasta el punto de ser la impulsora de la Capilla de los Condestables, allá donde habita el Papamoscas en la Catedral de Burgos, quizá una de las más emblemáticas de todo el planeta.
Se alió para ello del mejor de la época, Simón de Colonia, quien firmó así su joya de la corona bajo la eterna supervisión de doña Mencía. Tres retablos que circunscriben universos habitados por Sana Ana, todo aquél personaje femenino que figura en la eternidad de la Catedral de Burgos aparece, por orden directa de nuestra mecenas, con un libro en la mano.
De ahí y en adelante siguió rubricando proyectos que si lo fueron no es sino porque ella se empeñó. La Casa del Cordón o la Casa de la Vega de Gamonal, que acogió a la mismísima Juana I de Castilla, deben su existencia a esta guadalajareña, que todo aquello que mandataba se ejecutaba bajo su atenta supervisión. ‘Aquí yace la muy ilustre doña Mencía de Mendoza’, reza su epitafio.
CUENCA
Con el último de los siglos compeltos recién empezado, la ciudad de Cuenca alumbró a Isabel Torres, quien sumando 23 años rompió barreras en la disciplina farmacéutica. Así se abrió la puerta de la Casa de Salud de Valdecilla, siendo la primera en alzar allí una voz femenina.
Una carrera que si se frustró fue por la Guerra Civil. Su talento le bastó para romper todos los techos que se ponían por delante, al punto de figurar en uno de los proyectos más ambicioso de enseñanza en igualdad, allá en le Residencia de Señoritas, una estrategia que solo buscaba dar forma a una élite intelectual que encumbrara al país.
La Universidad Central de Madrid le colgó otra licenciatura como paso previo a recalar en Santander como la única mujer entre casi un centenar de médicos. El no poder dormir en el hospital le cerró las puertas a obtener el título, cosas de la época, y encontró así acomodo en la sección de químicas, donde ya solo tuvo que desplegar su tacto en el mundo de la investigación.
Su materia prima fue entonces la comida que se servía en el hospital, ideando así una de las primeras clasificaciones de los alimentos que dividía segmentos entre hidratos, grasas y proteínas. Fue ese el germen del Esquema Dietético Puyal-Torres, que cambió el paradigma de una clasificación de comida que se limitaba a espaciarse en gramos.
Con esta base creó el armazón de su tesis, que terminó por ser la primera receta española en la que se basarían los hospitales para ajustarse a unas tablas nutricionales concretas.
No paró de formarse y a dos años de la guerra recaló en Alemania, donde llegó a coincidir mano a mano con el mismísimo Gregorio Marañón. Las vitaminas se convirtieron aquí objeto de su estudio. Con la puerta cerrada a su regreso por aquello del conflicto bélico de su país, no fue hasta el 39 que pudo regresar a Santander, donde ya solo pudo conformarse con ser directora de laboratorio, dejando atrás la investigación básica que había labrado su vocación. Muerta el pasado siglo, aún hoy la Universidad de Cantabria nombra con su recuerdo su aula de Estudio de las Mujeres y el Género de la institución académica.
LA MUJER QUE FUE MITO
A casi cien años del centenario de su nacimiento, el hueco que dejó Sara Montiel en el centro del folclore patrio todavía no ha venido a llenarlo nadie. Desde Campo de Criptana e hija de labrador y peluquera, María Antonia forjó su fama en Alicante, monjas dominicas mediante, primera incursión en el mundo de la canción gracias al coro que regía Sor Leocadia.
Una saeta bien entonada fue el pistoletazo de salida a una carrera en la que, por puro descubrimiento de Vicente Casanova, acababa de comenzar. De certamen en certamen cogió las tablas suficientes hasta su primera incursión cinematográfica en ‘Te quiero para mí’, dando vida a una adolescente sin pretensiones. Fue la última vez que María Antonia Abad no fue Sara Montiel.
Con un cine español instalado en la mediocridad de una época oscura se hizo hueco en decenas de cintas, y a golpe de interpretación y carácter se deshizo del ‘Sarita’ que con paternalismo llevaba colgado desde que fue descubierta.
De ahí a Hollwood pasando por Méjico, donde desplegó su ‘Furia Roja’, se cruzó con ‘El Enamorado’ y pasó por una ‘Cárcel de Mujeres’, bajo batutas como la de Manuel Esperón y como paso previo a besar la ‘Vera Cruz’, con Burt Lancaster y Gary Cooper, nada menos.
Transitó el camino de actriz a mito deslizándose por ‘El último cuplé’, desde cuando ya fue eterna, siempre con los pies anclados en la Sierra de los Molinos que le vio nacer, más manchega que el Burleta.
Con decenas de citas a sus espaldas, cerró el siglo firmando memorias, centuria en la que gastó su etapa crepuscular sin dejar que su luz se apagara, como no lo ha hecho trece años después de su sepelio.
DE SUS MANOS AL CIELO
Quién en Albacete no conoce a Carmina Useros. Filosofa porque se empeñó, enseñó a leer en los 50 a toda aquella mujer del barrio que así se lo pidiera, siendo así responsable de la alfabetización de toda una comarca y una era.
Cuando sus compañeras ya sabían juntar letras les enseñó a juntar hilos con hilos y legumbres con verduras, de una manera tal que terminó por ser la responsable de facilitar el acceso a la cultura a todas sus comadres.
De poesía a teatro, alzó en Chinchilla de Montearagón su epicentro, donde no quiso tra cosa que no fuera rescatar del olvido las tradiciones populares que perdían fuerza con el paso de las décadas.
Rondó el 73 cuando se prendió la mecha de la galería Cueva de la Leña, como simple mecenas e impulsora, ensanchando así los escuetos espacios que por la época compartían las mujeres y la cultura. Y de tanta cultura, hasta luchó por consolidar una bisoña democracia que nunca se creyó a sí misma.
Custodia de todo lo albaceteño que se merecía Albacete, plasmó en el papel cientos de recetas, elevando la sencillez del guiso manchego a paradigma de la buena mesa. Y como de artesanía iba la cosa, saltó de los fogones a la manufactura, encuadernó, cosió y trabajó el barro para esculpir en él a su tierra y para siempre.
Fiestas, gastroomía, artesanía y feminismo, todo en una sola mujer sin la que sería complicado entender el siglo XX de toda una provincia. ‘La eximia Carmina Useros’, que dejó escrito Vázquez Montalbán, elevando su figura a leyenda.
NI LOCA, NI HISTÉRICA
Dijeron los cronistas de principios del XVI que Juana era inteligente de una manera asombrosa. Música y latín como bagaje, porque no le dejaron más, le sirvieron de entretenimiento mientras su vida apuntaba a tragedia.
Esta toledana, una vez casada con el heredero de Borgoña y Habsburgo, fue una víctima más de todas las alianzas matrimoniales hurdidas por los Reyes Católicos con el mapa de Europa como tablero.
Pese a lo de ser concertado, el matrimonio tuvo lo que todos, algo de amor, algo más de desamor y un total de seis embarazos.
Muertos sus hermanos precedentes, Juana vio como el 1500 fue el año en el que tuvo que convertirse única heredera de la corona de Aragón y la de Castilla, lo que aceleró su regreso desde Flandes.
Como todavía no era ‘La Loca’, se dio por garantizado su talento para reinar. Con una actitud dominante que se achacaba a la herencia de su madre, otro signo de heteropatriarcado de la época, fue legítima heredera dando sombra al archiduque Felipe, hasta que en 1502, las Cortes de su Toledo natal pusieron en duda que fuera la más idónea para gobernar aquella España.
Una conspiración de tal magnitud que con el paso de los años es la única capaz de explicar la supuesta locura de la reina. Querer imponer su relato en una corte de hombres pasó la factura por todos conocidos, lo que no le impidió erigirse como una de las castellanomanchegas más ilustres de la historia de España.
Cinco ejemplos, cinco más, de huellas imborrables aunque las quisieron borrar. Si somos es porque ellas fueron.



