Los nichos de la inspiración, para quien tiene que llenar una página en blanco, pueden llegar desde cualquier frente. En una semana en la que Castilla-La Mancha se quema, este espacio quiere homenajearlos a ellos, a los árboles; a los que ahora son cenizas y a los que están por venir. Y lo haremos, por qué no, haciendo un pequeño repaso por los árboles singulares que pueblan nuestra región.
Va para dos semanas de que una cosechadora, quizá a deshora, provocara en La Mierla un incendio que, con el paso de los días, se vino a convertir en uno de los más virulentos que la estadística jamás conoció en este país.
Un fuego simultáneo a otros tantos que afectaron a esta tierra. Casi en la acera de enfrente, el originado en Selas, aun pareciendo pequeño por el reflejo de su vecino, obligó a movilizar a la Unidad Militar de Emergencias.
Más allá de Guadalajara, Toledo echó a arder en la costura con Madrid, obligando también al cuerpo de élite a formar filas en Almorox. Y así hasta grandes incendios simultáneos en la peor de las semanas que se recuerdan para los equipos de extinción.
En Castilla-La Mancha va ya para cinco años que el Gobierno regional diseñó una estrategia para proteger y valorar, un poquito más si cabe, aquellos árboles considerados singulares.
En la literalidad del texto normativo, un árbol singular castellanomanchego de cepa pura será aquel que «merezca un régimen de protección especial por presentar características que le confieran un elevado valor por razón de su belleza, rareza, porte, longevidad, interés cultural, histórico o científico, o cualquier otra circunstancia relevante y excepcional que lo justifique».
ENCINA OVINA POR MILLARES

Buscando la justicia poética, arranca este paseo apelando a un árbol ya muerto, dejando aquí un humilde espacio de memoria que sirva para demostrar que nunca se va lo que no se olvida.
Aun a riesgo de la dificultad de escribir sobre algo en lo que ya se fijó el genial periodista Julio Llamazares en El País, empieza este relato en pleno Valle de Alcudia. Mirando de frente a Córdoba, a la Encina Bonita no le valía con lo descriptivo de su primer nombre, que se tuvo que buscar un apellido aún más instalado en la literalidad: la Encina de las Mil Ovejas.
En la provincia de Ciudad Real, esta encina centenaria, que resistió al paso de los años, pero no a la última racha de viento, que dio con su tronco en el suelo y sus raíces al aire rondando 2019, pudo ser, y quizá fue, diván del propio Cervantes, por aquella etiqueta que lució con orgullo durante décadas al dar sombra a todo aquel viajero que transitara la Ruta de la Plata.
UN ALCORNOQUE PARA GOBERNARLOS A TODOS

En el Dehesón del Encinar, donde todo son encinas en una dehesa que hace honor a su nombre, reina un alcornoque que, por no ser orgulloso, se vino a llamar el Alcornoque del Dehesón.
En Oropesa, donde Toledo se asoma a Extremadura, es testigo durante todo el año del paseo porcino que salpica su paisaje.
Dicen de su copa que, cuando está lustrosa, suma 500 metros cuadrados, algo que lleva haciendo ya dos siglos. El tronco, de más de diez metros de perímetro, no lo abarcan diez personas si quisieran abrazarlo. Y el vencejo que se atreva a posarse en la última de sus ramas verá el suelo allá a lo lejos, a unos veinte metros.
MIL VELAS PARA EL PINO DE YESTE

Quizá el candelabro más famoso del mundo sea aquel que hablaba con acento francés en La Bella y la Bestia. Lumière se llamaba. Pero en la provincia de Albacete, al ladito de Yeste, echó raíces el Pino Candelabro, en el mismo vecindario que la ermita de San Bartolomé.
Antes de llegar al templo por el camino que lo cose al pueblo, y si es que alguien quisiera presentarle sus respetos, en el primer cruce de caminos habrá que decantarse por el de la izquierda, rumbo al monte Ardal, a razón de casi seis kilómetros.
Pasito a paso, tras el merendero y el refugio, emerge durante dos decenas de metros hacia el cielo el Pino Candelabro, un pino negral que, sin prisa y sin que le apriete el reloj, ve pasar el tiempo y al paseante, a ambos con la misma indiferencia, porque él está ahí para seguir brotando.
ABUELITO, DIME CUÁNTO HAS VIVIDO

De los cinco ejemplares que echan raíces en este pequeño espacio, solo uno presume de haber ilustrado un cupón de la ONCE. Cosas de abuelo. Y es que el Pino Abuelo, en Los Palancares, es, según se cuenta, el pino de todos los pinos que más veranos ha presenciado de cuantos ocupan la provincia de Cuenca. Más de quinientos, dicen. Lo que tiene saber crecer lento.
Allí donde el paisaje de Las Torcas epata a cualquiera que se preste a epatarse, un árbol majestuoso se lleva gran parte de los aplausos, a pesar de haber estado a punto de verse condenado a la chimenea cuando pasó el casting para una corta controlada y fue salvado, in extremis, por un experto forestal que le quitó el precinto en el tiempo de descuento.
Árbol que se enfrenta a todo, no solo se sobrepuso a este incidente. Veranos e inviernos son pan comido. Más difícil le es protegerse de aquellos que, quién sabe por qué estúpida razón, han quebrado su corteza para dejar su firma en ella a golpe de navaja.
UNA SABINA SIN OPERACIÓN BIKINI

En la carrera por ser árbol singular hay muchos cursos que aprobar, casi todos relativos a soportar con dignidad el paso del tiempo. Es difícil ser el mejor de los mejores, pero la Sabina Gorda, cerca de Escalera, en Guadalajara, es la más espléndida de uno de los más espléndidos sabinares de toda España.
Fotografiada por lo sublime desde objetivos de todas las épocas, puede verse si vas rumbo a Lebrancón por una carretera que antes fue camino y que, en su transformación alquitranada, a punto estuvo de provocar que nuestra protagonista fuera a dar con sus ramas al suelo.
Sobreponerse a lo que venga durante tanto tiempo te hace fuerte si no te mata, y así le pasó a la sabina, que incluso fue capaz de afrontar una gran nevada que le quebró una de sus ramas allá por 2018. Y, con todo, allí está para recibir a quien quiera darse sombra bajo su copa centenaria.
BONUS: EL CEREZO QUE DEJÓ DE SERLO

No sería justo que en esta foto salieran solo los singulares. Los hay, muchos más, modestos arbustillos que solo son bellos si los mira quien sabe mirar.
Hubo hasta hace algún tiempo un cerezo equilibrista que pasaba las horas en el parque de Los Moralejos, de Cuenca, y daba la bienvenida a todo aquel que terminara de cruzar la pasarela sobre el Júcar que venía desde los institutos.
Raquítico en apariencia, pero fuerte de raíz, con un tronco que desafiaba la gravedad colocándose horizontal, siempre florecía y nunca pedía nada a cambio. Hasta que llegó el día en el que algún desalmado llevó su proeza a subirse a su copa hasta quebrar lo que no había podido quebrar el paso del tiempo.
Y, como no muere quien no se olvida, aquí queda parte de lo que fue un cerezo que alguna vez supo despertar en quien lo contempló muchas más cosas de las que jamás podrá inspirar quien fue su verdugo.
