Hay paisajes que cuentan su historia a simple vista y otros que obligan a mirar dos veces. El Campo de Calatrava, en la provincia de Ciudad Real, pertenece a estos últimos. A primera vista estamos en La Mancha: horizontes abiertos, campos de cereal, olivares, viñedos, pueblos blancos y esa luz limpia del interior que parece agrandar todavía más el cielo. Pero basta abandonar las carreteras principales y recorrer despacio esta comarca para descubrir que algo extraordinario se esconde bajo esa aparente serenidad.
Aquí, la tierra es volcánica.
Y no se trata de una metáfora. El Campo de Calatrava constituye una de las regiones volcánicas más singulares de la Península Ibérica, un territorio modelado durante millones de años por erupciones que dejaron conos, cráteres, coladas de lava, depósitos de cenizas y grandes depresiones circulares conocidas como maares. Muchos de esos antiguos cráteres terminaron ocupados por el agua y hoy forman lagunas que parecen ojos abiertos sobre la llanura.
Es un paisaje inesperado. Una especie de Mancha volcánica donde la geología aparece en mitad de los cultivos y donde, de vez en cuando, el subsuelo todavía parece recordar su pasado mediante manantiales minerales, fuentes agrias y hervideros cargados de dióxido de carbono.
No hay lava descendiendo por las laderas ni columnas de humo en el horizonte. El espectáculo es mucho más sutil: está escrito en las formas del terreno, en el color oscuro de determinadas rocas, en los cráteres que interrumpen la llanura y hasta en las burbujas que ascienden lentamente a la superficie del agua.
Cerro Gordo, entrar dentro de un volcán

Para comprender este paisaje hay un lugar que vale la pena visitar antes que ningún otro: el Volcán de Cerro Gordo, situado entre Almagro y Granátula de Calatrava.
La experiencia tiene algo de viaje al interior de la Tierra porque aquí no contemplamos el volcán únicamente desde fuera: entramos en él.
Cerro Gordo es uno de los volcanes mejor conservados y divulgados del Campo de Calatrava. Su historia eruptiva fue compleja, con fases estrombolianas, explosivas e hidromagmáticas, y hoy su gran cráter resulta perfectamente reconocible.
Durante años parte del lugar estuvo vinculada a la extracción minera. Sin embargo, aquella circunstancia terminó ofreciendo una oportunidad excepcional: los cortes realizados en el terreno dejaron al descubierto las entrañas del edificio volcánico.
El proyecto de musealización, inaugurado en 2016, transformó el espacio en un auténtico museo geológico al aire libre.
Pasarelas y paneles interpretativos permiten caminar junto a depósitos piroclásticos, escorias y materiales expulsados durante las diferentes erupciones. Las paredes funcionan como las páginas de un gigantesco libro abierto: capas de distintos colores y texturas explican episodios que ocurrieron muchísimo antes de que existieran los pueblos, castillos y viñedos que hoy rodean estas montañas.
Y entonces aparece uno de esos detalles que entusiasman especialmente a los más pequeños —y, la verdad es que también a los mayores—: las bombas volcánicas, fragmentos de material expulsados durante las erupciones y solidificados durante su recorrido.
El silencio completa la visita. Sopla el viento entre las laderas y, por unos momentos, resulta extraño pensar que estamos en pleno centro de la Península.
Cerro Gordo demuestra que para descubrir un volcán no hace falta viajar hasta Islandia o Canarias. En Ciudad Real también podemos caminar sobre antiguas lavas.
La Posadilla, una laguna dentro de una explosión

Pero quizá el paisaje más hermoso para entender el vulcanismo del Campo de Calatrava se encuentre en La Posadilla, también conocida como Fuentillejo, en el término municipal de Valverde.
Desde cierta distancia parece simplemente una laguna rodeada de vegetación. Su verdadera dimensión aparece cuando conocemos lo que estamos mirando: el agua ocupa un antiguo cráter volcánico de tipo maar.
Los maares nacen de encuentros violentos.
Cuando el magma asciende y entra en contacto con agua subterránea puede producirse una enorme explosión hidromagmática. El terreno literalmente revienta y genera una depresión amplia y relativamente baja que posteriormente puede llenarse de agua.
Eso ocurrió aquí.
La erupción de La Posadilla dejó además depósitos asociados a aquellas explosiones. El paisaje actual, tranquilo y silencioso, cuesta relacionarlo con semejante violencia geológica.
Y ahí reside buena parte de su belleza.
Donde hubo explosiones hoy encontramos agua. Donde volaron fragmentos de roca ahora sobrevuelan las aves. Y donde el fuego transformó el subsuelo, el horizonte vuelve a mostrarse sereno.
La Posadilla fue declarada Monumento Natural y constituye uno de los mejores ejemplos de maar de la región volcánica del Campo de Calatrava. La laguna depende fundamentalmente de las precipitaciones y del balance entre lluvia y evaporación, por lo que su aspecto puede cambiar notablemente según el año y la estación.
Conviene detenerse aquí sin prisas. Escuchar. Mirar las laderas. Reconstruir mentalmente el antiguo cráter.
Porque pocas veces tenemos la oportunidad de contemplar un lago sabiendo que, bajo sus aguas, estamos viendo la cicatriz de una explosión volcánica.
Cuando el agua empieza a burbujear
El vulcanismo del Campo de Calatrava tiene todavía otra manifestación sorprendente: los hervideros y fuentes agrias.
El nombre puede llevar a engaño. En determinados puntos, las burbujas que ascienden a través del agua no significan necesariamente que esta esté hirviendo. Están relacionadas con emanaciones naturales de gases, especialmente dióxido de carbono, vinculadas a las características geológicas del subsuelo.
Durante siglos estas aguas minerales formaron parte de la vida cotidiana de la comarca.
Uno de los ejemplos más interesantes son los Hervideros de San Cristóbal, en el entorno de Aldea del Rey y Calatrava la Nueva. Allí existieron instalaciones balnearias que tuvieron especial popularidad entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando las aguas minerales eran buscadas por personas que acudían a tomar baños siguiendo las prácticas terapéuticas de la época.
Imaginar aquel mundo resulta fascinante: viajeros llegando hasta el Campo de Calatrava para bañarse en unas aguas que nacían directamente de una tierra volcánica.
Hoy esos hervideros forman parte de un patrimonio menos conocido pero enormemente sugerente, porque permiten comprender que el vulcanismo no solamente transformó el paisaje: también condicionó costumbres, aprovechamientos y formas de vida.
Volcanes, castillos y la Orden de Calatrava

Y mientras la geología cuenta una historia de millones de años, sobre ella los seres humanos escribieron otra.
El propio nombre de la comarca conduce directamente hasta la Orden de Calatrava, una de las grandes órdenes militares de la Edad Media peninsular.
Su historia está vinculada primero a Calatrava la Vieja, en Carrión de Calatrava, y posteriormente al impresionante Castillo-Convento de Calatrava la Nueva, levantado sobre el cerro del Alacranejo, en Aldea del Rey.
La llegada resulta espectacular.
La fortaleza aparece dominando el paisaje desde las alturas, como una enorme proa de piedra sobre la llanura. Murallas, caminos empedrados, dependencias conventuales y una iglesia de poderosa sobriedad medieval recuerdan la importancia estratégica que tuvo este territorio.
Desde arriba se comprende además perfectamente el Campo de Calatrava.
El horizonte se despliega en sucesivas ondulaciones, sierras, cultivos y antiguos relieves volcánicos. Geología e historia parecen superponerse: primero habló el fuego; siglos después llegaron fortalezas, caminos, pueblos y viñedos.
Porque si existe un cultivo capaz de acompañarnos durante toda esta historia es precisamente la vid.
Una tierra de volcanes… y de vinos

El Campo de Calatrava también se bebe.
La comarca posee una antiquísima cultura vitivinícola y actualmente sus vinos están amparados por la Denominación de Origen Campo de Calatrava, una identidad que une paisaje, clima, historia y tradición agrícola.
Y aquí la geología vuelve a aparecer.
Los viñedos crecen en un territorio de fuerte personalidad, marcado por un clima mediterráneo continental, con veranos muy calurosos, inviernos fríos, escasas precipitaciones y grandes diferencias térmicas. A ello se suma la diversidad de suelos de una comarca donde las estructuras volcánicas forman parte esencial del paisaje.
Recorrer estas viñas después de visitar Cerro Gordo permite contemplarlas de otra manera. Bajo las cepas ya no vemos simplemente tierra: imaginamos basaltos, antiguos episodios eruptivos y millones de años de transformación geológica.
El vino termina convirtiéndose así en otra forma de interpretar el territorio.
Y su historia viene de muy lejos.
Del vino de la Edad del Bronce a las bodegas actuales

En La Encantada, importante yacimiento arqueológico situado en Granátula de Calatrava, aparecieron recipientes cerámicos relacionados con prácticas rituales que permiten aproximarnos al consumo de vino en estas tierras entre finales del III milenio y comienzos del II milenio antes de nuestra era.
La relación continúa siglos después.
En el yacimiento de Oreto, también en Granátula, las excavaciones documentaron recipientes relacionados con el almacenamiento y consumo de vino durante diferentes etapas históricas. La tradición atraviesa después el mundo romano y visigodo hasta alcanzar la Edad Media.
Y entonces entra en escena nuevamente la Orden de Calatrava.
Tras la conquista cristiana de Qalat Rabah —Calatrava la Vieja— en 1147, aparecen posteriormente referencias a viñedos, derechos relacionados con el vino y disposiciones destinadas a regular su cultivo. La importancia de la vid llegó a ser tal que las normas de la Orden contemplaban obligaciones para mantener las viñas de sus encomiendas.
Pocas imágenes resumen mejor la identidad de esta comarca: caballeros, castillos y viñedos creciendo sobre una tierra modelada por volcanes.
Hoy esa historia continúa en las bodegas y pueblos acogidos a la DO Campo de Calatrava. Sentarse a probar uno de sus vinos después de recorrer un cráter permite cerrar un círculo perfecto: observar el paisaje y, después, llevárselo a la copa.
Una despensa nacida de la tierra

El vino tampoco viaja solo.
Esta comarca posee una despensa profundamente ligada al mundo rural. Aquí encontramos el Aceite Campo de Calatrava, protegido mediante Denominación de Origen, y uno de los productos más reconocibles de la gastronomía provincial: la Berenjena de Almagro, amparada por Indicación Geográfica Protegida.
Aceite, vino y berenjena forman un magnífico comienzo, pero alrededor aparecen quesos, dulces tradicionales, productos de huerta y platos contundentes nacidos de una cocina acostumbrada a inviernos fríos y veranos abrasadores.
Y entonces llegamos a Almagro, una de las localidades imprescindibles de cualquier recorrido por la comarca.
Después de una jornada entre volcanes, pocas cosas apetecen tanto como entrar en su Plaza Mayor, sentarse bajo los soportales y dejar que cambie el ritmo del viaje. Las fachadas acristaladas, el entramado histórico de sus calles y el extraordinario Corral de Comedias recuerdan que el Campo de Calatrava no vive solamente de su patrimonio natural.
Aquí también hay teatro, arquitectura, historia y una intensa cultura popular.
Un paisaje para recorrer despacio
La mejor manera de descubrir el Campo de Calatrava es hacerlo en coche y sin demasiadas prisas.
Las distancias entre volcanes, lagunas, pueblos y castillos hacen recomendable disponer de vehículo propio. Después llegan los pequeños recorridos a pie, para los que conviene llevar calzado cómodo, agua y protección frente al sol, especialmente durante los meses más calurosos.
Una ruta puede comenzar en Almagro, continuar hacia Granátula de Calatrava y Cerro Gordo, acercarse después a La Posadilla, buscar algunos de los paisajes volcánicos de la comarca y reservar tiempo para Calatrava la Nueva. Entre una parada y otra merece la pena introducir una bodega, probar los vinos del territorio y sentarse a la mesa para descubrir su cocina.
No hace falta convertir la escapada en una carrera por coleccionar lugares.
Aquí funciona mejor otra filosofía: subir a un volcán, detenerse frente a una laguna, caminar por un castillo, probar un vino y observar cómo cae la tarde sobre los campos.
Porque entonces empieza a revelarse la verdadera personalidad de esta tierra.
El fuego que todavía permanece en el paisaje
Al final del viaje uno comprende que el Campo de Calatrava posee algo difícil de encontrar en otros destinos: todo parece conectado.
Los volcanes explican el relieve. Las depresiones volcánicas explican algunas de sus lagunas. Las características del subsuelo ayudan a entender sus aguas minerales. El paisaje condicionó los caminos y los asentamientos. Sobre esos campos crecieron viñedos durante siglos. Y dominándolo todo aparecen castillos que recuerdan la importancia histórica de la Orden que terminó dando nombre a la comarca.
Por eso reducir este territorio a la etiqueta de una “Islandia española” puede resultar tentador, pero se queda corto.
El Campo de Calatrava no necesita parecerse a ningún otro lugar.
Tiene su propio lenguaje.
Es el lenguaje de las rocas negras calentándose bajo el sol, de los cráteres convertidos en lagunas, del viento atravesando las laderas de Cerro Gordo, de las fortalezas recortándose sobre el horizonte y de las cepas alineadas sobre una tierra que un día ardió.
Y quizá la mejor manera de terminar la jornada sea precisamente esa: con una copa de vino de Campo de Calatrava entre las manos, contemplando el paisaje y recordando que, mucho antes de que llegaran los viñedos, los castillos y los pueblos, aquí fueron los volcanes quienes escribieron la primera página de la historia.
