Alberto Montejano y Roberto Carretero ‘Gobi’ han creado en Tomelloso una experiencia que mezcla el patrimonio de sus cuevas con pintura fluorescente, vino, vermú, gastronomía manchega y ocio contemporáneo. Dos horas para bajar a la historia de la ciudad y regresar a la superficie con un cuadro bajo el brazo.
Hay un momento en Mancharte en el que todo cambia. Estamos varios metros bajo las calles de Tomelloso, rodeados por las paredes de una cueva nacida alrededor del vino, por tinajas y rincones que conservan la memoria de generaciones enteras. Entonces la iluminación se transforma, aparece la luz ultravioleta y los colores empiezan a brillar sobre los lienzos.
Rosas, verdes, amarillos y azules fluorescentes emergen en la oscuridad mientras alguien sirve una copa de vino, otro prueba un vermú y alrededor de los caballetes comienzan las risas de quienes unos minutos antes aseguraban que no sabían pintar. Ahí empieza a entenderse Mancharte: no es solo un taller artístico, ni una visita turística, ni una cata. Es una mezcla de todo eso, pero con Tomelloso como verdadero protagonista.
Detrás de la propuesta están Alberto Montejano y Roberto Carretero, ‘Gobi’, fundadores de Mancharte. La idea inicial nació al observar una tendencia habitual en grandes ciudades: los encuentros de art and wine, experiencias en las que se pinta mientras se comparte una copa de vino. Montejano vio que en Ciudad Real y su entorno apenas existían propuestas de este tipo y pensó que podía haber espacio para algo diferente.

Sin embargo, limitarse a reproducir el concepto habría sido demasiado sencillo. Si aquello iba a hacerse en Tomelloso, tenía que tener una identidad propia. Y la respuesta estaba bajo sus pies: las cuevas.
Tomelloso conserva bajo sus calles un patrimonio subterráneo profundamente ligado a su historia vitivinícola. Durante generaciones, estas cuevas-bodega fueron espacios de trabajo, elaboración y conservación del vino, y todavía hoy representan una de las señas de identidad más singulares de la ciudad. Para Montejano y Gobi, ese escenario convertía un simple taller de pintura en algo mucho más completo.
«Intentamos que esto sea un círculo de patrimonio, historia y ocio contemporáneo», explica Gobi. La frase resume bien la filosofía del proyecto: entrar en una cueva, conocer su historia, pintar en ella, probar vinos y productos manchegos y convertir ese patrimonio en un lugar vivo y actual.
La conexión entre las cuevas y la pintura, además, no es nueva. Mucho antes de que alguien imaginara pinceles fluorescentes y luz negra bajo las calles de Tomelloso, Antonio López Torres ya bajaba a pintar a una cueva. En 1923 realizó una primera versión de La cueva, una de sus obras tempranas, vinculando para siempre ese espacio subterráneo con el arte local.

Más de un siglo después, la escena adquiere una nueva lectura. Vuelve a haber pinceles en una cueva de Tomelloso. Vuelve a haber vino. Vuelve a haber artistas, aunque muchos de ellos no se consideren como tales. Lo que ha cambiado es el lenguaje: música, pintura fluorescente, luz ultravioleta y una forma de ocio pensada para quienes buscan una experiencia diferente.
Mancharte tiene una duración aproximada de dos horas. La primera media hora se dedica a una visita guiada por la cueva, donde los asistentes descubren su historia, su arquitectura y la importancia que estos espacios tuvieron en el desarrollo de Tomelloso. Después, el ambiente cambia por completo.
Se modifica la iluminación, aparece la música y comienza el taller artístico. Cada participante tiene delante un lienzo, pinceles y pinturas fluorescentes, pero hay una regla fundamental: no hace falta saber pintar.
«No necesitas haber cogido un lápiz en la vida», explica Gobi. El taller está completamente guiado y los asistentes avanzan paso a paso, acompañados durante todo el proceso. El objetivo no es aprender técnica ni recibir una valoración artística, sino disfrutar, probar, equivocarse y descubrir que muchas veces quienes menos experiencia tienen son quienes terminan creando las obras más sorprendentes.

La pintura fluorescente no se eligió solo por su impacto visual. Encaja especialmente bien en un lugar marcado por la oscuridad y la intimidad. Bajo luz ultravioleta, los colores adquieren otra intensidad y las paredes de la cueva se convierten en un escenario casi irreal, donde tradición y lenguaje contemporáneo conviven sin resultar forzados.
Esa oscuridad aporta además una sensación particular. El exterior queda lejos, la cobertura puede desaparecer y el teléfono pierde protagonismo. Durante un par de horas, el ritmo cambia y la cueva se convierte en un espacio cerrado, íntimo y seguro, donde la conversación, la pintura y la experiencia compartida ocupan el centro.
Pero Mancharte no se entiende sin la gastronomía. Mientras se pinta, también se prueban vinos, vermú y productos de la tierra: quesos, embutidos, dulces y otros sabores vinculados a La Mancha. Cada participante decide cómo vivir la actividad, porque hay quien se concentra durante toda la sesión en su cuadro y quien prefiere combinar unas pinceladas con una copa y una buena conversación.
El vermú, cuentan sus fundadores, está siendo uno de los grandes protagonistas de las primeras experiencias. Y quizá ahí esté otra de las claves del proyecto: no obliga a nadie a seguir un ritmo concreto. Se puede venir a pintar, a probar vinos, a descubrir una cueva o simplemente a pasar un rato distinto con amigos o familiares.

Mancharte está pensado para parejas, grupos de amigos, empresas, cumpleaños, despedidas y familias. La actividad está abierta a partir de los ocho años, con alternativas sin alcohol tanto para menores como para adultos que no quieran consumirlo. Esa variedad de público encaja con una de las ideas centrales del proyecto: que el patrimonio no pertenezca únicamente a quienes ya lo conocen.
Hay vecinos de Tomelloso que han bajado muchas veces a una cueva y otros que nunca lo han hecho. Para los fundadores de Mancharte, precisamente ahí hay una oportunidad. Una actividad contemporánea puede convertirse en la puerta de entrada a un espacio histórico que, de otra manera, quizá seguiría siendo desconocido para parte de la población.
Además, la experiencia no se desarrolla siempre en la misma cueva. Mancharte va cambiando periódicamente de escenario y también renueva los diseños que se pintan, de manera que repetir no significa vivir exactamente lo mismo. La idea es mantener el proyecto en movimiento y hacer que cada edición tenga algo nuevo.
Otro de los objetivos es que la experiencia no termine cuando se abandona la cueva. Los horarios están pensados para que quien viene de fuera pueda completar la jornada en Tomelloso: comer, cenar, visitar museos, pasear por la ciudad o descubrir otros espacios culturales.
En ese sentido, Mancharte también puede convertirse en una pequeña puerta de entrada turística. Desde sus primeras sesiones ha atraído a personas de otras localidades de la comarca y de distintos puntos de la provincia. Quien viene para una actividad de dos horas puede terminar pasando todo el día en la ciudad.
Y ahí aparece quizá el verdadero potencial de la propuesta. Un taller de pintura y vino se puede organizar en muchas ciudades, pero hacerlo dentro de una cueva-bodega de Tomelloso cambia completamente el significado. Aquí el vino no es decorado, la cueva no es una recreación y la historia no está añadida después.

Todo estaba ya allí.
Las paredes, las tinajas, el pasado vitivinícola, la memoria de quienes trabajaron bajo tierra y la huella de Antonio López Torres. Alberto Montejano y ‘Gobi’ han tomado todos esos elementos y los han conectado con una forma contemporánea de ocio.
Al final de la experiencia, cada participante recoge su lienzo y vuelve a la superficie. Algunos se marcharán orgullosos de su cuadro, otros pensando que podían haber mejorado algún detalle y otros simplemente felices después de haber compartido una mañana o una tarde distinta.
Pero todos habrán vivido algo difícil de reproducir fuera de Tomelloso.
Hace más de cien años, Antonio López Torres bajaba a una cueva para pintar. Hoy, otros vuelven a hacerlo bajo una luz completamente distinta, rodeados de vino, música y colores fluorescentes.
La cueva sigue allí.
El vino también.
Y la pintura vuelve a ocupar su lugar.
Quizá esa sea la mejor forma de entender Mancharte: una manera de demostrar que el patrimonio no tiene por qué quedarse quieto para seguir siendo auténtico.
