El pasado viernes 19 de marzo de 2025, el equipo de Fundación Madrina se desplazó hasta la calle Lola Flores 5, en el barrio madrileño de Canillejas, para recoger a una familia peruana y trasladarla a su nuevo hogar en Alcañizo, un pequeño municipio de la provincia de Toledo. Lo que los técnicos encontraron al llegar superó cualquier diagnóstico previo: un edificio abandonado en situación de ocupación irregular en el que malvivían 115 familias y cerca de 250 niños en condiciones que los propios profesionales de la entidad describieron como peores que las de la Cañada Real.
El inmueble carecía de puertas, ventanas, agua corriente y suministro eléctrico. Las familias se las ingeniaban para calentar agua con bombonas de butano y cocinas de gas. Para abastecerse, debían recorrer cada mañana unos ocho kilómetros hasta una fuente en Canillejas, aprovechando el trayecto de llevar a sus hijos al colegio. Los niños prolongaban su estancia en el centro escolar todo lo posible: en el edificio no había luz para hacer los deberes. El suelo estaba cubierto de basura y escombros, con presencia confirmada de ratas que una vecina intentaba controlar con gatos. En ese edificio se habían producido al menos cuatro fallecimientos y las peleas eran frecuentes.
Muchas de estas familias llevaban entre nueve meses y dos años en esa situación. Algunas habían pagado entre 800 y 900 euros por habitaciones sin ventanas ni puertas, vendidas por intermediarios que se aprovecharon de su desesperación. Varias familias colombianas denunciaron haber abonado 900 euros por esas condiciones. La única alternativa que Servicios Sociales les ofrecía eran plazas en centros de acogida, pero quienes las habían ocupado terminaban regresando al mismo edificio al quedarse sin cobertura. El único horizonte real que vislumbraban era el Proyecto Pueblos Madrina.
Ricardo C., de 42 años, llegó a Alcañizo junto a su esposa María F., de 31 años, sus cuatro hijos —de 12, 10, 7 y 2 años— y una prima de 28 años que asumió el cuidado de los menores mientras los padres iniciaban su búsqueda de empleo. El segundo de los hijos, de diez años, tiene Trastorno del Espectro Autista (TEA). En el edificio de Canillejas, toda la familia compartía un único espacio sin ventanas ni puertas. En Alcañizo, les esperaba una casa amueblada de unos 140 metros cuadrados con patio central, en perfecto estado, sin humedades, cedida en alquiler por una vecina del municipio a un precio simbólico de 250 euros mensuales, gracias a la mediación del Ayuntamiento.
Lo primero que hizo la hija mayor al entrar fue elegir su habitación. Anunció con determinación que aquella era su cuarto, que quería dormir sola y que para entrar habría que pedir permiso. En el equipo de Fundación Madrina, la escena arrancó carcajadas cargadas de emoción. Era la imagen perfecta de lo que significa tener un hogar: el derecho a un espacio propio.
Desde el primer día, las prioridades fueron claras: el empadronamiento de toda la familia y la incorporación inmediata de los niños al colegio local. La llegada de cuatro nuevos alumnos fue, además, decisiva para el futuro del centro educativo: la escuela del pueblo, que contaba con un solo alumno con TEA entre sus cuatro matriculados —insuficientes para evitar el cierre según los umbrales de la administración—, pasó a tener ocho alumnos, dos de ellos con necesidades educativas especiales. El cierre quedó suspendido.
El perfil laboral de Ricardo encajó con la realidad del territorio de manera casi providencial. En el municipio, un ganadero próximo a la jubilación buscaba relevo para sus animales. El alcalde de Alcañizo se comprometió a presentarle y, de confirmarse el acuerdo, Ricardo asumiría el cuidado del ganado. Si esa vía no prosperase, existía también la posibilidad de incorporarse como carpintero en el pueblo. Con un alquiler de 250 euros mensuales, la familia no solo podría mantenerse desde el primer momento, sino incluso ahorrar con vistas a adquirir una vivienda propia. María, por su parte, es auxiliar de ayuda a domicilio, una especialidad con creciente demanda en municipios con población envejecida como Alcañizo.
Fundación Madrina continúa alimentando a varias familias hispanoamericanas y venezolanas con menores a su cargo que permanecen en el edificio de Canillejas, y trabaja para ampliar el Proyecto Pueblos Madrina y ofrecerles a todas ellas una salida real y digna. Porque la España vaciada no se recupera con diagnósticos repetidos en foros de ciudad, sino con familias dispuestas a apostar por lo que otros abandonaron, con ayuntamientos que hacen de puente, con vecinas que abren sus puertas y con organizaciones que conectan esas voluntades.



