Hay algo muy humano, que es exhibir orgullo. Orgullo de lo que sea. De lo que eres o de lo que fuiste. De lo bien que juega tu equipo, de lo guapa que es tu chiquilla, de cómo ruge el coche nuevo, de lo bien que te queda el pelo. O de las fiestas de tu pueblo, que son las mejores. Y hay, por supuesto, múltiples formas de lucir esa sensación. Puedes poner una pegatina en el coche o un estado de WhatsApp; cualquier cosa sale barata si te hace levitar de pura vanidad. Y, primates que somos, cualquier cosa que despierte una chispa de orgullo en lo más hondo de nuestras almas nos lleva, qué remedio, a un sentimiento de pertenencia tan puro como necesario en los tiempos que corren. Por eso, sentir orgullo, aunque va de cada uno de nosotros, también vive de lo colectivo. Un pueblo, como una persona, puede tener orgullo. De lo que fue, de lo que es, de lo bien que juega su equipo…
Ocurre en Villamalea. Ni su iglesia ni sus fiestas: lo que endiosa a este pueblo de La Manchuela albaceteña es su historia forjada en torno al champiñón. Va para 30 años desde que Champinter cortó su cinta fundacional, sembrando el germen de una identidad que sabe a tierra.
Motor económico de micelio sólido, centenares de personas viven de pies y sombreros, laminados o enteros, poniendo sabor en las mesas de todo el país gracias a la distribución de las principales cadenas.
Desde que se planta hasta que se cocina, toda la vida útil de la seta pasa por la capital del champiñón, construida desde el suelo y alzada más allá de un horizonte que, desde aquí, cosas de la planicie, se funde con el cielo.
Si al mapa de Ciudad Real le quitas volcanes, Alcudia y minas, todo lo demás es Quijote. Y no hay pueblo que aquí no se erija como «Lugar de La Mancha, con o sin fundamento». Porque da orgullo, cómo no iba a darlo.
«Y si vas a La Mancha no te alborotes, porque vas a la tierra de Don Quijote», reza la jota manchega ciudadrealeña por antonomasia, que se recita al dedillo ante cualquier forastero con la seguridad de sentirse amparado por siglos de historia.
Dejó dicho algún cervantista que los molinos a los que vino a enfrentarse el Ingenioso Hidalgo estaban en El Toboso y, aun así, en Criptana se alzan los únicos capaces de arrogarse el mérito, los únicos con tantos siglos de historia como para querer merecerlo por justicia.
Cuenca es porque se sembró; si no, no hubiera sido. ¿Cómo iba a nacer si no hubiera sido de la tierra? Cuenca es girasol, es cebada, es cada una de las manos que la cultivaron.
«Que tu cuerpo descanse al arrullo de la tierra que sembraste de sudor y grano» puede leerse en una tumba de Carrascosa del Campo; lo sé porque así lo dejó escrito mi padre como epitafio de mi abuelo hace dos décadas.
Mirar al futuro se puede hacer solo si descansas en el pasado; así lo hace Cuenca, una provincia que de una simple almorta construyó una despensa para toda la vida.
Estar orgulloso de tu pasado te pone la alfombra roja en el camino hacia sentir también orgullo por tu presente. Le pasa a Guadalajara, una provincia que ha superado su estigma de colgajo en nuestra región a base de pura cepa. Señorío, Campiña y Alcarria dibujan un mapa envidiable en todo lo que tiene que ofrecer, con una capital que ya es la segunda más importante de Castilla-La Mancha, que no para de crecer y que todo lo hace sin dar la espalda a su pasado.
Fue aquí, hace 130 años, cuando una Real Orden del Ministerio de la Guerra diseñó el Servicio de Aerostación Militar, con sede en esta ciudad, nacimiento de una aeroestación que convirtió a la capital alcarreña en cuna de la Aeronáutica española.
Así fue como se prendió la mecha del Parque Aerostático en el Polígono de Maniobras del Henares. El Tren Aerostático Sistema Yon fue el punto de partida para dibujar el ecosistema perfecto para dar cabida a diseños de globos y dirigibles en lo que fue la primera rama de la aviación en España.
En Toledo hay un pueblo, La Villa de Don Fadrique, tan orgulloso de sí mismo que hizo de honrar a sus mayores una liturgia obligatoria, y por eso eleva a leyenda a todo aquel que se atreva a cumplir más de cien años. Desde el siglo XIV es villa, exenta de Corral de Almaguer, obligados sus vecinos a construir casas tejadas con tres aranzadas de viña plantadas; así quedó dicho en la Carta Puebla fundacional.
Al abrigo de la Orden de Santiago durante cinco siglos, aún conserva dos mojones que lo separan de Villacañas; allí se protegió a peregrinos desde aquella época y hasta la nuestra.
Pueblo epicentro de La Mancha toledana, dio de comer a Madrid allá cuando la guerra a base de cereal, haciéndose cada vez más patria. Y hasta hoy.
CÓMO LUCIR EL ORGULLO
Cinco ejemplos de orgullo de nuestra tierra como cualesquiera otros, en este caso con algo en común. Porque todos ellos se lucen en su entorno sobre otras tantas rotondas, que para eso también sirven, compartiendo así un hilo invisible tejedor de orgullo en forma de glorieta.
Desde 2015, Villamalea da la bienvenida a todo aquel que venga desde Cenizate con un conjunto escultórico achampiñonado sobre una rotonda. Orgulloso, el manojo de champiñones saluda al visitante y destila soberbia de pueblo.
En Ciudad Real, frente a la estación de autobuses, se alza el Quijote Azteca. A Eulalio Ferrer también le enorgullecía el Ingenioso Hidalgo pese a contemplarlo desde el otro lado del charco, tanto que la mandó hacer para colocarla aquí. Desde México también se ve la adarga antigua de don Alonso, y por eso la Fundación Cervantista del país mexicano quiso honrar lo que sintió como raíz. Donado en 1997 por la Fundación Cervantista de México y por obra y gracia del cincel de Federico Silva, es una muestra más de cómo el orgullo trasciende fronteras. Y eso multiplica el orgullo original.
Cuenca, agrícola, crecía como ninguna en aquel 2007 en el que un arado romano de 16 metros de altura acabó presidiendo una de las rotondas de su ensanche hacia el oeste. No fue hasta diez años después cuando una placa lució el homenaje. «Rotonda del Agricultor», un apellido necesario para sacar pecho de la tierra que nos da de comer.
Guadalajara siempre ha honrado a su historia con la aviación en forma de rotonda, la misma que desde hace meses luce en grande las letras cosidas que deletrean el nombre de una ciudad envidiable en todos los sentidos.
En Villa de Don Fadrique te saluda al entrar toda una declaración de intenciones en forma de rotonda: una fachada manchega, con ventana manchega y con una inscripción: «Asómate».
Que también tenemos rotondas feas, no se crea. Pero aquí van cinco muestras de orgullo de nuestra tierra que, en todos y cada uno de los casos, han trascendido sus propias fronteras.


