La izquierda europea no atraviesa únicamente una crisis de representación ni un ciclo adverso de resultados electorales. Vive una crisis histórica de proyecto. Durante décadas fue referencia para las clases trabajadoras porque supo nombrar los conflictos reales de la sociedad, identificar a los responsables y ofrecer un horizonte de transformación. Hoy, en gran medida, ha dejado de hacerlo. No por incapacidad técnica, sino por renuncia política. Renuncia al análisis material de la realidad, a la centralidad del trabajo y a la idea misma de conflicto social como motor del cambio. Allí donde antes había voluntad de transformación, hoy domina la adaptación.
Este proceso no es neutro ni inevitable. Tiene responsables, decisiones concretas y consecuencias visibles. La izquierda institucional ha ido abandonando el terreno de la economía política para refugiarse en una gestión moral del discurso público. Ha sustituido la organización de mayorías sociales por la administración de consensos débiles. Ha cambiado la ambición de cambiar la vida por la obsesión de no incomodar al poder. El resultado es una izquierda que habla mucho, pero decide poco; que gestiona, pero no transforma; que ocupa instituciones, pero no construye poder popular.
Aquí, en el reino de España, esta deriva se ha manifestado con especial crudeza. Partidos que nacieron del movimiento obrero o de la contestación social han terminado integrados en un régimen económico y político que reproduce desigualdad, precariedad y dependencia. Se ha aceptado como límite infranqueable lo que solo debería haber sido un punto de partida: el marco neoliberal europeo, la disciplina de los mercados, la subordinación geopolítica y la mercantilización de derechos básicos. Así, la izquierda ha pasado de ser una herramienta de emancipación a convertirse, en demasiadas ocasiones, en un gestor amable del mismo orden que empobrece a la mayoría.
Durante el siglo XX, con todas sus contradicciones, la izquierda europea fue fuerte porque estaba enraizada en la vida material de la gente común. Nació en las fábricas, en los tajos, en los barrios obreros, en las luchas por el pan, la vivienda y la dignidad. Su fuerza no residía solo en sus ideas, sino en su capacidad para organizar intereses colectivos y convertirlos en poder político. Ese vínculo se ha ido rompiendo. La izquierda se ha desplazado social y culturalmente hacia capas medias urbanas, altamente escolarizadas, cada vez más alejadas de las condiciones de vida de la mayoría trabajadora.
Este desplazamiento ha tenido efectos profundos. El conflicto entre capital y trabajo, eje histórico de la izquierda, ha sido reemplazado por una suma de debates fragmentados que raramente cuestionan las estructuras económicas. Se habla de derechos sin hablar de propiedad, de diversidad sin hablar de clase, de inclusión sin hablar de explotación. El lenguaje se ha vuelto sofisticado, pero el contenido se ha vaciado. Mientras tanto, los salarios pierden poder adquisitivo, la vivienda se convierte en un lujo y la precariedad deja de ser una excepción para convertirse en norma.
Una izquierda transformadora no puede permitir este divorcio entre discurso y realidad. No puede limitarse a gestionar símbolos mientras la vida material empeora. No puede conformarse con pequeñas reformas que no alteran las relaciones de poder. Gobernar sin tocar intereses estratégicos no es gobernar para la mayoría; es administrar la derrota. El problema de la vivienda es el ejemplo más claro. No faltan diagnósticos ni declaraciones, falta decisión política para enfrentar al rentismo, a los fondos de inversión y a la lógica especulativa que convierte un derecho básico en mercancía.
Algo similar ocurre con el mundo rural, con agricultores, ganaderos, pescadores o pequeños comerciantes. Sectores enteros están siendo sacrificados en nombre de una globalización diseñada para las grandes corporaciones. La izquierda institucional ha sido incapaz de ofrecerles una salida porque ha asumido como intocable el marco que los destruye. Peor aún, en ocasiones los ha tratado como un residuo del pasado, sin entender que sin soberanía productiva no hay soberanía política.
La consecuencia de todo esto es una desafección creciente. Amplios sectores de la clase trabajadora ya no se reconocen en la izquierda. No porque se hayan vuelto reaccionarios, sino porque se sienten abandonados. Parte de ese malestar se traduce en abstención; otra parte es capturada por derechas extremas que, con discursos falsamente antisistema, prometen protección, orden y pertenencia. La izquierda no puede limitarse a denunciar este fenómeno: debe preguntarse por qué ha dejado ese espacio libre.
En el plano internacional, la renuncia es aún más evidente. La izquierda europea ha abandonado el antiimperialismo como principio político. Ha asumido sin demasiada resistencia el marco atlantista, confundiendo alineamiento con responsabilidad y subordinación con realismo. Ha renunciado a una política exterior soberana y ha sustituido el internacionalismo por un moralismo selectivo que siempre apunta en la misma dirección. La izquierda transformadora no puede aceptar un orden mundial basado en la dominación, la guerra y el saqueo, aunque se vista de democracia liberal.
Sin soberanía no hay transformación posible. Ni soberanía económica, ni energética, ni política, ni cultural. La izquierda que renuncia a disputar estos terrenos se condena a la irrelevancia. Recuperar una perspectiva antiimperialista no es un gesto retórico: es una condición material para poder decidir sobre salarios, industria, servicios públicos y modelo productivo. No hay redistribución posible en un país que no controla los resortes básicos de su economía.
Frente a este panorama, no basta con la crítica. Una izquierda transformadora debe volver a plantear un proyecto claro, comprensible y material. Debe hablar de vivienda, de trabajo, de salarios, de precios, de servicios públicos, de soberanía productiva. Debe hacerlo sin complejos y sin pedir permiso. Debe reconstruir organización, no solo discurso; poder social, no solo presencia mediática. Y debe hacerlo desde abajo, reconectando con la clase trabajadora real, diversa y concreta, no con una abstracción idealizada.
Esto no implica nostalgia ni repetición mecánica del pasado. Implica recuperar lo esencial y actualizarlo. Análisis de clase, centralidad del trabajo, redistribución de la riqueza, planificación democrática de sectores estratégicos, soberanía popular y solidaridad internacional entre pueblos. Implica entender que sin conflicto no hay cambio y que sin mayoría social no hay transformación duradera.
Existen hoy experiencias incipientes que apuntan en esta dirección. Son frágiles, minoritarias, pero indican que el espacio existe. Lo decisivo no es su forma concreta, sino la orientación: volver a poner la economía política en el centro, volver a hablar el lenguaje de las necesidades reales, volver a construir poder para cambiar las cosas. No como ejercicio testimonial, sino como proyecto de gobierno y de país.
El tiempo es limitado. La alternativa a una izquierda transformadora no es el centro moderado, sino una derecha cada vez más autoritaria, más agresiva y más subordinada al capital global. La historia no espera. La clase trabajadora no está derrotada, pero sí cansada de promesas vacías. Espera algo simple y radical a la vez: una fuerza política que no le tenga miedo al poder y que esté dispuesta a usarlo para transformar la realidad. Esa es la tarea. No es fácil, pero es necesaria. Y, sobre todo, es posible.

