viernes, 16 enero 2026

Trump y la sinceridad del poder

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Donald Trump suele ser presentado como una rareza histórica, un accidente grotesco dentro del sistema político estadounidense. Para la izquierda liberal y los sectores progresistas dominantes, encarna una amenaza excepcional: autoritarismo, retroceso democrático y una supuesta deriva fascista. Para los defensores del orden neoliberal global, es un irresponsable que pone en peligro la estabilidad internacional. Sin embargo, esta lectura se queda en la superficie. Trump no rompe con la tradición imperial de Estados Unidos; la expresa sin filtros. No introduce una lógica nueva, sino que prescinde del lenguaje edulcorado que durante décadas maquilló la misma práctica de dominación.

El imperialismo estadounidense no nace con Trump ni depende de su personalidad. Él es un gestor coyuntural, no el arquitecto del sistema. Las guerras, las sanciones, los golpes de Estado y la imposición de gobiernos subordinados son constantes históricas que atraviesan administraciones de distinto signo. Lo que distingue a Trump no es el fondo, sino la forma. Allí donde otros hablaban de democracia, derechos humanos o multilateralismo, Trump habla de fuerza, negocio y ventaja nacional. “America First” no es una consigna novedosa, sino la formulación directa de una lógica que siempre guio la política exterior de Washington.

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Durante décadas, el poder estadounidense se presentó como garante de un orden moral superior. La violencia se justificaba con argumentos humanitarios y las agresiones económicas se envolvían en discursos de responsabilidad internacional. Trump elimina esa coartada. No inventa nada, pero deja al descubierto el mecanismo. Por eso provoca rechazo incluso entre sus aliados: no porque sea más agresivo que otros, sino porque revela sin pudor lo que antes se ocultaba tras una retórica amable.

Este fenómeno no puede entenderse sin una mirada histórica más amplia. El dominio anglosajón sobre gran parte del mundo no es un episodio reciente, sino el resultado de siglos de expansión, primero británica y luego estadounidense. El Imperio británico construyó su poder sobre el control de los mares, el comercio y las colonias. Tras su declive, Estados Unidos asumió ese papel sin una ruptura real. Cambió el centro de gravedad, pero no la lógica de fondo. La llamada anglosfera sigue actuando como un bloque de poder con vocación de imponer reglas globales favorables a sus intereses.

Gran Bretaña, hoy reducida a una potencia secundaria, continúa alineada con ese esquema. No se trata de nostalgia imperial, sino de intereses compartidos. Las élites políticas y económicas europeas, lejos de ignorar esta realidad, la aceptan conscientemente. No hay engaño ni imposición externa: hay convergencia de intereses. Defender el orden existente significa defender un sistema que garantiza privilegios a una minoría y disciplina al resto del mundo.

El llamado “mundo libre” se sostiene sobre profundas desigualdades. Bajo el predominio neoliberal, la política se ha subordinado al capital financiero y las decisiones estratégicas se toman al margen de las mayorías. Las élites anglosajonas mantienen una visión jerárquica del planeta, heredera del colonialismo, que considera a otros pueblos como piezas intercambiables. Las élites europeas continentales, lejos de enfrentarse a esa visión, actúan como socios menores, aceptando un papel subordinado a cambio de estabilidad interna.

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Para comprender por qué Trump no es una excepción, también es necesario desmontar el mito del sistema bipartidista estadounidense como un enfrentamiento real entre proyectos antagónicos. Demócratas y republicanos representan estilos distintos de gestión del mismo orden. Sus diferencias existen, pero nunca cuestionan los pilares del poder económico, militar y financiero.

El Partido Demócrata ha desempeñado un papel central en la neutralización del conflicto social. Ha sustituido la discusión sobre la distribución de la riqueza y el poder por una agenda cultural fragmentada. Muchas de esas reivindicaciones parten de demandas legítimas, pero al desligarse de la estructura económica pierden capacidad transformadora. El sistema puede absorber sin dificultad discursos sobre diversidad o reconocimiento simbólico, siempre que no se altere la lógica de acumulación. El resultado ha sido una progresiva despolitización de amplias capas populares y la dilución de cualquier proyecto colectivo basado en intereses materiales compartidos.

El Partido Republicano, en cambio, ha articulado a las derechas tradicionales y, en los últimos años, a sectores abiertamente reaccionarios. Con el trumpismo, ha logrado canalizar el malestar social hacia un nacionalismo retórico que no cuestiona el poder real. Su supuesto antiglobalismo no se dirige contra el dominio imperial, sino que lo refuerza desde una posición más agresiva. Trump no se enfrenta al sistema; lo defiende cuando ya no puede sostenerse mediante consensos amplios.

Este giro responde a un cambio histórico de fondo. Durante siglos, el poder europeo primero y estadounidense después no encontró rivales capaces de limitar seriamente su hegemonía. Hoy ese escenario ha cambiado. El surgimiento de potencias con trayectorias políticas, económicas y culturales distintas ha erosionado la capacidad de control del bloque anglosajón. El mundo ya no es unipolar, y ese hecho introduce tensiones que el sistema dominante no sabe resolver por vías pacíficas.

Ante esta pérdida relativa de poder, la respuesta de las élites imperiales es previsible. Cuando el consenso ya no basta, se recurre a la coerción. Cuando la legitimidad se debilita, se impone la fuerza. Trump encaja en este contexto porque representa una forma de liderazgo acorde con un imperio en fase defensiva: menos preocupado por la imagen, más inclinado a la intimidación y al uso directo del poder.

Sería un error, sin embargo, considerar a Trump como un cuerpo extraño dentro del sistema. Su ascenso no es una anomalía, sino una adaptación. Del mismo modo, en Europa, las clases dominantes recurren cada vez más a fuerzas de extrema derecha para gestionar el descontento social sin alterar el orden económico. Estas fuerzas se presentan como antisistema, pero actúan como válvulas de escape que desvían la ira popular hacia objetivos secundarios.

Frente a ellas, la izquierda liberal muestra una impotencia estructural. Carece de una alternativa material al orden existente y mantiene una distancia creciente con amplios sectores de la clase trabajadora, a los que observa con desconfianza cultural. Incapaz de confrontar al poder económico, se limita a administrar la crisis con gestos simbólicos y discursos morales que no alteran las relaciones de fuerza.

Europa vive así una situación de subordinación consciente. Sus élites saben que Estados Unidos no actúa como aliado, sino como centro de mando. Saben que muchas decisiones adoptadas en nombre de la unidad occidental perjudican directamente a las mayorías sociales europeas. Aun así, las aceptan. El resultado es una política exterior dependiente, una economía orientada a los intereses del capital transnacional y una desindustrialización progresiva que debilita cualquier proyecto autónomo.

Mientras las extremas derechas utilizan un patriotismo vacío al servicio de intereses ajenos, los restos de los antiguos partidos de clase y los nuevos progresismos evitan un enfrentamiento real con el poder imperial. Hablan de justicia y derechos, pero rechazan a los pueblos y gobiernos que desafían el orden establecido si no encajan en sus esquemas culturales. Es una oposición limitada, perfectamente compatible con la continuidad del sistema.

De ahí la necesidad de un proyecto político alternativo. Un proyecto que recupere la centralidad del trabajo, la soberanía popular y una política internacional independiente. No se trata de mirar al pasado, sino de responder a una realidad material concreta. Sin una propuesta clara de redistribución de la riqueza y control democrático de los recursos, cualquier intento de cambio será absorbido o neutralizado.

Ese proyecto debe asumir una posición antiimperialista coherente, que no se limite a criticar figuras concretas, sino que cuestione la estructura de dominación en su conjunto. Debe construir alianzas con los pueblos del Sur Global como eje estratégico, no como gesto retórico. Y debe defender el derecho de cada sociedad a decidir su modelo productivo frente a una globalización que destruye industrias, campos y comunidades.

Esto implica también cuestionar el europeísmo neoliberal tal como existe hoy. La Unión Europea actúa como un instrumento al servicio de las élites financieras, imponiendo políticas que debilitan a los Estados y precarizan a las mayorías. Defender la soberanía popular no equivale al nacionalismo reaccionario, sino a recuperar la capacidad colectiva de decidir.

Trump no es el monstruo aislado que algunos describen para ocultar su propia complicidad. Tampoco es la excusa perfecta para eludir el fracaso de una izquierda incapaz de ofrecer alternativas reales. Es el síntoma visible de un sistema en decadencia, la expresión sin maquillaje de un orden que siempre fue autoritario y expansivo. La tarea no es elegir entre la sonrisa hipócrita del globalismo neoliberal y la mueca agresiva del trumpismo, sino construir una alternativa que supere a ambos desde las necesidades reales de las mayorías y con la vista puesta en un mundo más justo, soberano y libre de imperios.

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