sábado, 21 marzo 2026

· Manzanares | Toledo ·

Trump o la obscenidad del poder

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No es fácil ser Donald Trump, pero tampoco lo es descifrarlo sin caer en la caricatura o en la tentación de despacharlo como un accidente histórico. Trump no irrumpe desde fuera: brota del sistema como una de sus formas más nítidas. Cada mañana, cuando recompone su figura frente al espejo, no sólo ensaya un gesto público, sino que reactiva una ficción más profunda: la del individuo hipertrofiado que pretende sustituir a la historia, a la economía y a la lucha de clases. Ese peinado imposible, esa máscara de artificio, ese gesto permanente de irritación no son detalles pintorescos, sino signos de una teatralidad convertida en método de gobierno. Trump no se disfraza; se representa a sí mismo como síntesis de un poder que ya no necesita esconderse tras mediaciones institucionales.

Su figura no puede entenderse como la de un millonario excéntrico que alcanzó la presidencia por azar. Es la consecuencia política de una lógica económica que lleva décadas colonizando el imaginario social: el empresario elevado a modelo universal, la riqueza convertida en virtud, el éxito presentado como prueba de superioridad moral. A diferencia de las élites tradicionales, que aún conservaban cierto pudor retórico, Trump exhibe sin rodeos la relación entre dinero y poder. No recubre sus intereses con tecnicismos ni con diplomacia; los formula en bruto. En esa crudeza reside buena parte de su eficacia: no rompe las reglas, las deja al descubierto.

Lo verdaderamente inquietante no es su inestabilidad discursiva, sino la ausencia de consecuencias. Puede amenazar con sanciones y retirarlas, demonizar a un gobierno y elogiarlo después, sin que ese vaivén erosione su posición. Esa elasticidad no es debilidad, sino una forma de dominio adaptada a un entorno donde la incertidumbre se ha convertido en recurso. En lugar de sostener un relato coherente, administra tensiones. El desorden, lejos de ser un fallo, funciona como instrumento. La política deja de ser un espacio de previsión para convertirse en una gestión oportunista de coyunturas.

Desde una lectura materialista, el problema no es su temperamento, sino su ubicación en la estructura social. Trump no sólo acumula capital: actúa como su portavoz directo. Su trayectoria —marcada por la especulación, el uso estratégico de la deuda, la ingeniería fiscal y la construcción de una marca personal— ilustra con precisión los mecanismos reales de acumulación. Su acceso al poder institucional no supone una ruptura, sino la continuidad de ese mismo proceso por otros medios. La frontera entre Estado y capital, ya erosionada, se vuelve prácticamente indistinguible.

En ese marco, sus aparentes contradicciones adquieren otra dimensión. No responden a una fragmentación psicológica, sino a una lógica funcional: la subordinación de la política a la rentabilidad inmediata. Las decisiones no se rigen por principios estables ni por estrategias de largo alcance, sino por el cálculo de beneficios en contextos cambiantes. El escenario internacional se convierte así en un terreno de operaciones donde las crisis, los conflictos y las tensiones energéticas se traducen en oportunidades. La imprevisibilidad, lejos de ser un riesgo, opera como ventaja.

El discurso nacionalista cumple aquí una función decisiva. Al invocar una comunidad abstracta —esa “América” a la que se apela constantemente— se desplaza la atención desde las desigualdades internas hacia amenazas externas. Pero esa comunidad no es homogénea: es una construcción ideológica que legitima decisiones favorables a una minoría. La retórica de la grandeza nacional encubre una redistribución regresiva de recursos, donde los beneficios se concentran y los costes se socializan.

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Esta forma de hacer política también revela el desgaste de los mecanismos tradicionales de legitimación. Durante décadas, el sistema se sostuvo sobre la promesa de crecimiento, movilidad social y cierta estabilidad institucional. Cuando esas promesas se erosionan, el discurso se desplaza hacia el terreno de la emoción, el conflicto y la simplificación. Trump maneja con soltura ese registro: reduce problemas complejos a consignas, polariza el debate y convierte cada intervención en un acontecimiento. No se limita a gobernar; impone un ritmo, ocupa el espacio simbólico y obliga a reaccionar.

Sin embargo, tras esa saturación mediática operan intereses muy concretos. Más allá del ruido, sus políticas siguen una dirección reconocible: desregulación, ventajas fiscales para las grandes fortunas, debilitamiento de los marcos laborales y transferencia de lo público a lo privado. La retórica antiestablishment convive así con una práctica que refuerza las estructuras de poder existentes. La paradoja es evidente: un multimillonario que se presenta como portavoz de los sectores perjudicados mientras consolida las condiciones que los mantienen en esa posición.

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Ese desplazamiento no puede explicarse únicamente por manipulación. Intervienen factores más complejos: el desgaste institucional, la sensación de pérdida de control, la precarización material y la necesidad de identificación con figuras que encarnen fuerza en un entorno percibido como inestable. Trump ofrece una compensación simbólica: no tanto soluciones como una forma de afirmación. Para ciertos sectores, representa la posibilidad de desafiar normas, de rechazar códigos que sienten ajenos, de inscribirse en un relato de confrontación.

No obstante, esa lógica exige una tensión permanente. La normalidad diluye el personaje, de modo que el conflicto se vuelve indispensable. La política se organiza entonces alrededor de la provocación continua, de la crisis recurrente, de la necesidad de mantener el foco. En ese contexto, las decisiones dejan de responder a criterios de planificación y se subordinan al impacto inmediato. Las consecuencias de ese desplazamiento son tangibles: inestabilidad internacional, volatilidad económica y una creciente dificultad para abordar problemas estructurales.

Desde una perspectiva más amplia, esta figura puede interpretarse como expresión de una fase del capitalismo marcada por la financiarización, la desigualdad y la erosión de los mecanismos de mediación. Cuando las formas tradicionales de gestión pierden eficacia, emergen liderazgos que concentran en su figura la promesa de resolver tensiones que en realidad les exceden. Esa promesa, sin embargo, es ilusoria. Ninguna voluntad individual puede resolver contradicciones inscritas en la propia lógica del sistema.

Trump no corrige esas tensiones; las exhibe. Su figura funciona como síntoma de un orden que ha desplazado la política hacia la lógica del mercado, vaciando de contenido las instituciones y reduciendo la ciudadanía a espectadora. La crítica, por tanto, no puede limitarse a la sátira o a la indignación moral. Exige una lectura que conecte la superficie con las estructuras que la sostienen.

Porque el problema no desaparece con el personaje. Puede cambiar el rostro, el estilo o el discurso, pero mientras persistan las condiciones que permiten esa forma de poder, su reproducción seguirá siendo posible. Más que preguntarse por el individuo, conviene interrogar el marco que lo hace viable.

Y es ahí, donde el análisis deja de ser un ejercicio intelectual para convertirse en una exigencia política. Porque si el fenómeno Trump ha logrado algo, ha sido correr el velo: mostrar sin intermediarios hasta qué punto el poder económico no sólo condiciona la política, sino que la habita, la dirige y la vacía de contenido cuando le resulta necesario. Ya no se trata de influir en los gobiernos, sino de encarnarlos. Ya no se trata de presionar al Estado, sino de confundirse con él.

Aceptar esa normalidad —esa fusión obscena entre riqueza y decisión pública— implica renunciar a la propia idea de democracia como espacio de conflicto social organizado. Implica asumir que las mayorías sólo existen como decorado, como masa invocada en los discursos pero excluida de las decisiones reales. Implica, en definitiva, naturalizar un orden donde la acumulación privada se impone sobre cualquier criterio colectivo.

Aún así, el verdadero problema no es cuánto dure Trump ni cuántas veces regrese, sino qué condiciones permiten que su figura resulte verosímil, incluso necesaria, para amplios sectores. Mientras la precariedad se extienda, mientras la política se perciba como un teatro ajeno, mientras el futuro aparezca como una amenaza en lugar de una promesa, seguirán emergiendo figuras que prometan orden a través del desorden, identidad a través del enfrentamiento y seguridad a través del autoritarismo económico.

Combatir ese horizonte no pasa por sustituir nombres propios, sino por cuestionar las bases materiales que los sostienen. Pasa por devolver a la política su dimensión colectiva, por reconstruir espacios de decisión que no estén subordinados al beneficio inmediato, por reintroducir la idea de que la economía no es una fuerza natural, sino un campo de disputa. Pasa, en última instancia, por recuperar la capacidad de imaginar un orden distinto.

Porque si algo enseña Trump —más allá del ruido, del espectáculo y de la obscenidad— es que el poder, cuando no encuentra límites, tiende a exhibirse sin pudor. Y que un sistema que produce esa exhibición no necesita máscaras: se basta a sí mismo para mostrarse tal como es.

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