miércoles, 18 marzo 2026

· Manzanares | Toledo ·

Romper el siglo corto

Comparte

Persistir en los marcos mentales del siglo XX se ha convertido en una forma de ceguera política que limita tanto la comprensión del presente como la capacidad de transformarlo. No es casualidad. Cuando el capitalismo deja de ofrecer horizontes de futuro y se instala en la gestión permanente de la incertidumbre, la tentación de refugiarse en categorías conocidas se vuelve casi inevitable. En un tiempo donde la inseguridad se presenta como la única certeza posible, lo viejo proporciona una sensación engañosa de estabilidad. Pero ese refugio es profundamente problemático, porque interpretar el presente con herramientas heredadas de otro contexto histórico no solo es insuficiente, sino que distorsiona la realidad hasta hacerla irreconocible.

La referencia clásica para entender esta inercia sigue siendo Eric Hobsbawm, quien definió el siglo XX como el “Siglo Corto”, acotándolo entre 1914 y 1991, es decir, desde la Primera Guerra Mundial hasta la caída de la Unión Soviética. En ese periodo se configuraron los grandes marcos políticos y económicos que aún hoy condicionan nuestro pensamiento: la industrialización fordista, los Estados de bienestar, la lógica de bloques de la Guerra Fría y, en su tramo final, la consolidación del neoliberalismo junto con la tesis del “fin de la historia”. Sin embargo, ese mundo ha desaparecido, aunque su lenguaje y sus categorías sigan organizando buena parte del debate contemporáneo, como si aún viviéramos en una prolongación artificial de aquel siglo.

Advertisement

Esa persistencia se observa con claridad en la forma en que se describe el presente. Se habla insistentemente de una “nueva guerra fría”, de un “mundo sin reglas” o de un retorno a la “ley del más fuerte”, como si esas fórmulas permitieran captar la complejidad actual. Pero lo que en realidad hacen, es simplificarla hasta vaciarla de contenido. Son expresiones que tranquilizan porque resultan familiares, pero que impiden pensar. Funcionan como muletas conceptuales que sustituyen el análisis por la repetición. Y ahí es donde el problema deja de ser meramente teórico para convertirse en político, porque una mala interpretación del presente conduce inevitablemente a respuestas equivocadas.

Conviene entonces formular una pregunta incómoda pero central: ¿cuál es hoy la promesa del capitalismo? Durante buena parte del siglo XX, la respuesta era relativamente clara, incluso para los que criticábamos el sistema: el capitalismo prometía progreso material, ascenso social y una mejora gradual de las condiciones de vida. El neoliberalismo reformuló esa promesa en términos de libertad individual, vinculándola a la competencia y al mérito.

Hoy esa narrativa ha mutado de forma radical. Ya no se promete progreso, sino protección; ya no se ofrece bienestar, sino seguridad; ya no se proyecta un futuro mejor, sino la mera supervivencia en un entorno percibido como permanentemente amenazante.

Ese desplazamiento no es menor. Vivimos en un capitalismo del miedo, en el que, la gestión de la incertidumbre, sustituye a la producción de expectativas y donde la precariedad se convierte en norma. Lo más preocupante es que esta situación tiende a naturalizarse, presentándose como inevitable.

Advertisement

Y ahí es donde el discurso dominante encuentra su mayor eficacia: no en convencer de que el sistema es justo, sino en instalar la idea de que no hay alternativa. Aceptar ese marco no es una muestra de realismo, sino una forma de rendición intelectual que desactiva cualquier posibilidad de transformación.

Para entender cómo opera esta renuncia, resulta útil recuperar el concepto de “pensamiento estúpido” que desarrolla Deleuze con su idea de la pensée bête. No se trata de ignorancia, sino de una forma de pensar que repite sin crear, que funciona sin cuestionarse, que reproduce sin producir conceptos nuevos. Es un pensamiento cómodo, reconocible, que circula con facilidad porque no exige esfuerzo.

Hoy está en todas partes, condensado en frases que se repiten como si fueran verdades evidentes: “no hay nada que hacer”, “todo está perdido”, “el fascismo es inevitable”, “la izquierda tiene la culpa de su propio retroceso”.

Estas fórmulas no son inocentes. Simplifican realidades complejas y bloquean la imaginación política. En la misma línea, Byung-Chul Han ha hablado de una “estupidez activa”: no como falta de inteligencia, sino como rechazo deliberado de la complejidad en favor de lo inmediato, lo digerible, lo emocionalmente satisfactorio.

Lokinn

El resultado es un espacio público empobrecido, donde la hipérbole sustituye al análisis y donde el ruido constante impide cualquier forma de pensamiento sostenido. En ese entorno, el pesimismo deja de ser una actitud personal para convertirse en una forma de hegemonía.

Y el pesimismo, conviene decirlo, no es neutro. Desmoviliza, paraliza, convierte lo posible en impensable. Bajo la apariencia de lucidez, instala la idea de que no hay alternativa. Por eso resulta tan eficaz políticamente. Frente a él, la capacidad de imaginar no es un lujo ni una ingenuidad, sino una necesidad. Imaginar un mundo sin imperios, sin violencia estructural, sin genocidios, no es evadirse de la realidad, sino empezar a transformarla. Negarse a hacerlo no es prudencia: es aceptar el orden existente como único horizonte.

El siglo XXI, sin embargo, ya está aquí, aunque muchos se empeñen en interpretarlo con categorías del pasado. Es un siglo marcado por el desplazamiento del centro de gravedad hacia Asia, por la emergencia de nuevas potencias, por la centralidad de la crisis climática y por transformaciones tecnológicas que alteran las formas de producción y de vida. Es también un siglo en el que las relaciones de género se están reconfigurando y en el que las viejas jerarquías globales se ven cuestionadas. Fuera de Occidente, estas transformaciones se perciben con claridad. Dentro de él, en cambio, persiste una mirada autorreferencial que dificulta su comprensión.

Esa mirada está condicionada por la herencia del “fin de la historia”, formulado por Fukuyama, cuya tesis, aunque desmentida por los hechos, sigue operando como marco implícito.

No se trata solo de una idea, sino de una forma de ver el mundo que limita la capacidad de imaginar alternativas. En este sentido, el problema no es tanto que Occidente esté en decadencia como que atraviesa un proceso de brutalización, caracterizado por la simplificación del discurso, la intensificación de la violencia y la pérdida de horizontes de futuro.

En este contexto, la primera tarea política es nombrar con precisión. No se puede combatir aquello que no se define correctamente. La confusión conceptual favorece siempre la reproducción del orden existente. Por eso, resulta fundamental trazar conexiones que el discurso dominante tiende a ocultar: entre el rearme europeo y los intereses industriales, entre la economía de guerra y la dependencia de los combustibles fósiles, entre la retórica de la seguridad y la erosión de derechos. Pensar políticamente implica, en gran medida, unir esos puntos.

El historiador Koselleck hablaba del “horizonte de expectativas” como el espacio desde el cual una sociedad imagina su futuro. Hoy ese horizonte está estrechado por el miedo, pero no ha desaparecido.

Ampliarlo es una tarea política central. Contamos con los recursos y el conocimiento necesarios para plantear un modelo de desarrollo distinto: una industrialización del siglo XXI que combine tecnología, sostenibilidad ecológica y ampliación de derechos. No es una utopía abstracta, sino una posibilidad concreta bloqueada por decisiones políticas.

Porque lo que falta no es capacidad técnica, sino voluntad. Y esa voluntad se ve obstaculizada por un clima de guerra permanente que desplaza el debate hacia la urgencia y el miedo. La proliferación de conflictos no solo genera sufrimiento, sino que impide pensar en el largo plazo. Mientras la atención se centra en la seguridad, se invisibilizan cuestiones fundamentales como la inversión en servicios públicos, la transición ecológica o la reorganización del sistema productivo. En ese sentido, la guerra no es solo una tragedia: también es un mecanismo de bloqueo.

Romper esa lógica implica recuperar certezas básicas que hoy parecen casi radicales: que las guerras son evitables, que la migración no es una amenaza, que los mercados son construcciones políticas, que la violencia contra civiles es inaceptable en cualquier circunstancia. Son afirmaciones simples, pero en el contexto actual funcionan como puntos de apoyo para reconstruir un pensamiento crítico.

En última instancia, todo esto remite a una cuestión fundamental: la capacidad de imaginar y construir futuro. No como ejercicio abstracto, sino como práctica política concreta. La historia ofrece ejemplos claros de que incluso en los momentos más oscuros es posible revertir situaciones aparentemente irreversibles.

Cuando el fascismo avanzaba en Europa, su victoria parecía inevitable. Y, sin embargo, no lo fue. Como escribió Hannah Arendt, cuando se les plantó cara, su dureza “se derritió como mantequilla puesta al fuego”.

Esa lección sigue siendo válida. La historia no está cerrada, ni el futuro decidido de antemano. Depende de la capacidad colectiva de cuestionar los marcos heredados, de ampliar el horizonte de lo posible y de construir alternativas concretas.

Romper con el siglo corto no significa ignorarlo, sino dejar de vivir dentro de él. Significa asumir que el presente exige otras categorías, otras palabras y, sobre todo, otra imaginación política capaz de estar a la altura de su tiempo.

Más noticias

+ noticias