¿Se acuerdan de aquello que llamábamos lucha obrera? Sí, sí, aquello que parecía natural e inalienable: trabajadoras y trabajadores enfrentándose a sus patrones por condiciones mínimas de dignidad; salarios que permitieran vivir y no solo sobrevivir; jornadas laborales reguladas que no devoraran la vida; vacaciones que pudieran coincidir con las de los hijos; indemnizaciones y derechos que devolvieran, aunque fuera parcialmente, la plusvalía que el capital se apropiaba con nuestro esfuerzo. Eran derechos conquistados con huelgas, movilización y solidaridad. Escudos que frenaban la codicia y la arbitrariedad del capital.
Pues bien, ya no existen. Hoy la historia se disfraza de progreso. La llamada “modernización económica” es, en realidad, un regreso a la barbarie laboral, adornada de retórica liberal y vendida como innovación. En Argentina, un país con tradición centenaria de lucha sindical y estudiantil, esta “modernización” toma la forma de Javier Milei, el autoproclamado salvador de la economía, que promete un bálsamo capaz de curar la inflación, estimular la inversión y multiplicar la riqueza nacional… siempre que el precio lo pague el trabajador.
No es exageración decir que Milei se ha erigido en alquimista de lo imposible. Su fórmula es simple y despiadada: minimizar o eliminar los costos laborales, desarticular sindicatos, prolongar jornadas y trasladar las indemnizaciones al Estado. Si alguna vez existió un bálsamo de Fierabrás, Milei lo ha simplificado: ha sustituido el romero, el vino y siglos de paciencia por decretos y leyes a medida del capital. Y como todo bálsamo milagroso, funciona mejor cuando sus víctimas no pueden organizarse ni resistir.
El proyecto de reforma laboral que promueve no es menor. Permite pagar salarios en cualquier especie, incluso comida o alojamiento, y en cualquier moneda, incluidas las criptomonedas; reduce el costo de los despidos; autoriza jornadas de hasta doce horas diarias; recorta las contribuciones patronales; y crea fondos de indemnización que cargan sobre el sistema jubilatorio. El trabajo deja de ser un derecho para convertirse en un privilegio concedido por la buena voluntad del patrón, y la organización colectiva se vuelve un obstáculo a eliminar.
Las horas extra, antes remuneradas según el esfuerzo del trabajador, ahora pueden compensarse con días libres o jornadas reducidas. La flexibilidad solo favorece al capital: el trabajador deja de recibir el valor de su tiempo extra y el patrón conserva intacto el excedente generado. Las herramientas de protesta sindical se debilitan: los convenios colectivos pierden prioridad frente a acuerdos individuales, el derecho a huelga se neutraliza mediante servicios mínimos de hasta el 75% y la negociación colectiva queda subordinada a la voluntad del empleador. En otras palabras, un retorno deliberado a la precarización extrema y la desmovilización obrera, disfrazado de modernidad legislativa.
Para ponerlo en perspectiva, Argentina es un país que fue escenario de huelgas históricas, de movilizaciones estudiantiles y de confrontaciones entre trabajadores y capital. Fue cuna de líderes sindicales que enfrentaron gobiernos y patronos, de federaciones que comprendieron que la fuerza de la clase obrera reside en la unidad. Hoy, ese legado se pretende borrar con un par de leyes aprobadas por mayorías parlamentarias dóciles al capital. Es un retroceso brutal, un atentado contra la memoria colectiva de los derechos obreros.
Pero esto no se limita a Argentina. Milei forma parte de una corriente global de ultraderecha económica y política que busca desregulación total del trabajo. Es íntimo de Santiago Abascal, de Donald Trump, y ha sido reconocido con medallas de honor que legitiman su actuar destructivo. La ultraderecha ha comprendido que el capitalismo necesita trabajadores sumisos, que produzcan riqueza sin cuestionar ni organizarse. Milei encarna esa estrategia con la crudeza de un elefante con motosierra: destruye lo que encuentra a su paso, y los parlamentos actúan como simples espectadores decorativos.
La retórica liberal habla de libertad económica, eliminación de trabas burocráticas y modernización, pero lo que libera es al capital de obligaciones sociales y morales. El trabajador no gana libertad; pierde derechos. La sociedad no se beneficia; el costo de la riqueza se traslada sobre quienes generan el valor. La modernidad se convierte en retroceso y el progreso en sumisión.
Si examinamos la propuesta con detalle, se ve el patrón: primero, reducción del costo de despido, aumentando la rotación laboral; segundo, extensión de la jornada laboral hasta 12 horas; tercero, recorte de contribuciones patronales y traslado del costo al Estado; cuarto, creación de fondos de indemnización financiados por el sistema jubilatorio; quinto, sustitución de las horas extra por tiempo libre; sexto, debilitamiento de la acción sindical y la negociación colectiva; séptimo, anulación práctica del derecho a huelga mediante servicios mínimos de hasta 75%. Todo esto ocurre en un país que ha sido cuna de luchas históricas de trabajadores y estudiantes.
El impacto no es solo económico, sino simbólico y cultural. El mensaje es claro: los derechos conquistados pueden eliminarse con un decreto, la aprobación de una ley o la complicidad parlamentaria. Se erosiona la idea misma de que ciertos derechos son inalienables, que el trabajo tiene dignidad y que la organización obrera es un factor de equilibrio social. Lo que antes parecía natural —protecciones, compensaciones, vacaciones, límite de horas, indemnización justa— ahora se presenta como obstáculos al progreso económico.
Y lo más alarmante: esto se vende como innovación. Milei habla de libertad económica, de eliminar trabas, de liberar la economía, pero lo que libera es al capital de responsabilidades y obligaciones. El trabajador no gana libertad; pierde derechos. La sociedad no se beneficia; el trabajador paga el costo. La modernidad se convierte en retroceso, el progreso en sumisión, y la barbarie en política de Estado.
No es casualidad que este proyecto tenga aliados internacionales de la ultraderecha. Trump, Abascal y otros referentes han demostrado que la combinación de desregulación, debilitamiento sindical y retórica populista es un modelo replicable. Milei, en este sentido, no es un fenómeno aislado: es un eslabón de una tendencia global que busca desmantelar derechos laborales, privatizar ganancias y socializar pérdidas. Su bálsamo milagroso no cura al país; cura los balances empresariales mientras enferma la vida obrera.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué queda de la lucha obrera? ¿Qué queda de aquella memoria que nos enseñó que solo la organización y la solidaridad permiten resistir la explotación? La respuesta es dura: queda muy poco si no actuamos. La memoria de nuestros derechos se enfrenta a la máquina legislativa del capital, que puede cambiar leyes con rapidez y sin oposición organizada. La resistencia se fragmenta, y la atomización del trabajador se convierte en condición necesaria para que el sistema funcione. Lo que antes era fuerza colectiva ahora es aislamiento forzado; lo que antes era negociación ahora es imposición; lo que antes era dignidad ahora es privilegio del capital.
Pero no todo está perdido. Recordar la historia, analizarla críticamente y denunciar estas políticas es el primer paso para recuperar la fuerza colectiva. La clase trabajadora ha enfrentado dictaduras, gobiernos neoliberales y oligarquías con organización, estrategia y conciencia, y puede hacerlo nuevamente. Milei y sus bálsamos milagrosos son un recordatorio de que los derechos laborales no son permanentes; deben defenderse, protegerse y ampliarse constantemente. La desregulación es reversible si hay unidad y acción organizada.
En resumen, lo que se vive en Argentina no es un fenómeno aislado ni un asunto de competencia económica: es un ensayo general de lo que la ultraderecha y el capital global pueden hacer cuando la clase obrera se debilita. La receta se repite: reducción de costos laborales, eliminación de derechos históricos, debilitamiento sindical, sustitución de negociación colectiva por acuerdos individuales. La diferencia es que ahora se presenta como modernidad y progreso, mientras oculta precarización y retroceso social.
Los bálsamos milagrosos de Milei no curan nada: destruyen. Destruyen memoria, organización y dignidad. Lo que queda de la lucha obrera debe reconstruirse desde la conciencia histórica, desde la organización y desde la resistencia activa. Cada ley, cada decreto y cada acuerdo que flexibilice el trabajo es un recordatorio de que los derechos no se conceden; se defienden. Defenderlos es un acto de supervivencia política y social.
Así que sí: aquella lucha obrera que parecía sólida, inquebrantable y natural ha sido puesta en jaque. No por azar, sino por la intención consciente de los que manejan el poder, que saben que la clase trabajadora organizada es un obstáculo.
Por eso es urgente recuperar la memoria, analizar los mecanismos de opresión y reconstruir la fuerza colectiva. Porque si no, la barbarie disfrazada de modernidad terminará por borrar la historia de la clase trabajadora, y con ella, el derecho a vivir con dignidad.
No es una exageración ni alarma gratuita. Es cuestión de supervivencia. Cada ley que flexibiliza el trabajo, cada decreto que disminuye derechos, cada acuerdo individual que sustituye la negociación colectiva es un ataque directo a la clase obrera y un recordatorio de que la barbarie puede disfrazarse de progreso. Milei no es un fenómeno aislado; es síntoma de una tendencia global que amenaza con destruir las conquistas obreras.
La reflexión final es clara: si olvidamos nuestra historia y permitimos que los bálsamos milagrosos del capital se impongan, perderemos no solo derechos sino la memoria de nuestra lucha. Y cuando eso ocurra, no habrá vuelta atrás. La única defensa posible es la organización, la solidaridad y la conciencia de clase. Los derechos no se negocian: se defienden, y defenderlos es hoy más que nunca un acto de supervivencia política y social.


