Lisa Simpson y la reacción contra la conciencia

(A mi amiga, Carmen Gómez Sánchez-Gil,
gran admiradora de la familia Simpson)

Resulta revelador que una parte del debate cultural contemporáneo haya decidido convertir a Lisa Simpson en objeto de irritación política. No hablamos de un personaje secundario cualquiera, ni de una figura diseñada para provocar rechazo, sino de una niña de dibujos animados que, durante décadas, ha encarnado la inteligencia crítica, la sensibilidad social, el ecologismo, el feminismo, la empatía y una idea elemental de justicia. Que semejante personaje despierte hoy una campaña de hostilidad no dice demasiado sobre Lisa; dice mucho, en cambio, sobre quienes necesitan odiarla.

Conviene empezar por una obviedad: Lisa Simpson no necesita defensa. Es ficción, pertenece a una serie de televisión y no sufre las consecuencias materiales del desprecio que recibe. Lo verdaderamente interesante está en otro lugar: en la subjetividad política de quienes se sienten interpelados, incomodados o directamente ofendidos por ella. Porque resulta difícil no ver ahí un síntoma de época. Cuando ciertos sectores descargan su resentimiento contra una niña idealista, estudiosa y preocupada por los demás, lo que están rechazando no es un personaje; es la posibilidad misma de que la cultura popular conserve una brújula moral.

A partir de ahí, el argumento habitual de sus detractores se vuelve transparente. Dicen que Lisa ha cambiado, que ahora sermonea, que se cree en posesión de la verdad, que ya no respeta las opiniones ajenas. Sin embargo, esa lectura parece más una coartada que un análisis. Lisa siempre fue, desde los primeros años de la serie, la conciencia ética de una familia y de una sociedad atravesadas por la ignorancia, el egoísmo, el consumo compulsivo y la resignación. Sus defectos también estaban ahí desde el principio: podía ser pedante, rígida, ingenua o excesivamente solemne. Pero esos rasgos no anulaban su función narrativa; la hacían más humana.

De hecho, lo que ha cambiado no es tanto Lisa como el público que la mira. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que existía cierto consenso básico: entre un magnate sin escrúpulos como el señor Burns y una niña que defendía la dignidad, la cultura y el bien común, la simpatía debía estar del lado de la niña. Ese consenso no era revolucionario, ni siquiera particularmente radical; pertenecía al mínimo moral que permitía distinguir entre la explotación y la decencia. Hoy, en cambio, incluso esa frontera elemental se presenta como sospechosa. La defensa de lo común aparece etiquetada como imposición ideológica, mientras la codicia se disfraza de libertad.

En este punto conviene leer el fenómeno desde una perspectiva materialista. La reacción contra Lisa no nace de una discrepancia estética, sino de un conflicto ideológico. La cultura de masas nunca ha sido neutral: reproduce, disputa o suaviza las contradicciones de la sociedad que la produce. Durante años, Los Simpson pudieron burlarse del poder, de la familia nuclear, de la televisión, del patriotismo, de la religión, de la empresa y de la política institucional porque esa crítica funcionaba dentro de los márgenes tolerables del capitalismo tardío. La sátira era admitida mientras no cuestionara de forma sostenida la estructura de propiedad, la explotación laboral y la dominación de clase.

Por eso la irritación selectiva contra Lisa resulta tan significativa. Su ecologismo podía ser absorbido por el mercado; su amor por los animales podía convertirse en consumo ético; sus inquietudes feministas podían ser empaquetadas en productos culturales rentables; incluso su inteligencia podía reducirse a una marca de distinción individual. El capitalismo contemporáneo posee una enorme capacidad para transformar la disidencia en nicho comercial. Pero hay algo que le resulta mucho más incómodo: la conciencia de clase, la solidaridad con los trabajadores y la denuncia de la lógica depredadora del beneficio privado.

No es casual que algunos de los momentos más intolerables para la sensibilidad reaccionaria, sean aquellos en los que Lisa se coloca del lado de los trabajadores frente al poder empresarial. La imagen de una niña animando una huelga, defendiendo a su padre cuando este asume un liderazgo sindical y enfrentándose simbólicamente al señor Burns, condensa una verdad sencilla: la explotación no es una opinión, sino una relación social. Ahí Lisa, deja de ser solamente la hija lista de una familia disfuncional y se convierte en una figura pedagógica peligrosa; recuerda que la dignidad colectiva no se concede desde arriba, sino que se conquista mediante organización y conflicto.

Sin embargo, la reacción no se presenta a sí misma como defensa del capital. Rara vez dice abiertamente: «Nos molesta que se cuestione la explotación». Prefiere hablar de cansancio, de adoctrinamiento, de exceso moral, de corrección política o de lo que ahora llama, con enorme pereza conceptual, «ideología woke». Ese desplazamiento no es inocente. Sirve para ocultar que lo que se combate no es una supuesta tiranía de la sensibilidad, sino el recuerdo de unas normas básicas de convivencia: no despreciar al débil, no glorificar al abusador, no confundir la libertad con el derecho del fuerte a imponer sus intereses.

Asimismo, conviene observar quiénes se sienten autorizados a protagonizar esta cruzada. Buena parte de esa hostilidad procede de sujetos políticamente empobrecidos, formados por décadas de propaganda mediática, entretenimiento embrutecedor, precariedad convertida en identidad y resentimiento administrado desde arriba. No son necesariamente los beneficiarios directos del orden social que defienden; muchas veces son sus víctimas. Pero han sido educados para identificarse con el amo antes que con sus iguales, con Burns antes que con Homer, con la empresa antes que con el sindicato, con el cinismo antes que con la ternura.

Ahí reside una de las grandes victorias ideológicas del neoliberalismo: conseguir que sectores golpeados por la desigualdad dirijan su rabia contra quienes nombran la injusticia, no contra quienes la producen. El odio a Lisa Simpson funciona, en miniatura, como el odio a la maestra, a la sindicalista, a la feminista, al migrante, al ecologista o al intelectual público. Todos ellos son presentados como culpables de arruinar una supuesta normalidad que, en realidad, nunca fue justa. La reacción no desea debatir con esas figuras; necesita ridiculizarlas para no escuchar lo que revelan.

Por otra parte, tampoco deberíamos caer en la tentación de considerar todo esto una simple anécdota digital. La cultura popular es un campo de batalla porque ahí se forman afectos, identificaciones y sentidos comunes. Si una sociedad llega al punto de considerar insoportable a un personaje que representa la compasión, el estudio, la coherencia ética y la solidaridad, el problema no está en el personaje. Está en una degradación política más amplia, en una ofensiva organizada para volver vergonzosa la bondad y prestigioso el egoísmo.

Finalmente, Lisa Simpson molesta porque todavía señala una posibilidad: la de no resignarse. Frente al realismo cínico que repite que el mundo es así y que nada puede cambiar, ella encarna una forma de ingenuidad necesaria. No la ingenuidad de quien desconoce el conflicto, sino la de quien se niega a aceptar que la injusticia sea el precio inevitable de la vida social. Esa incomodidad explica el odio. Porque, incluso desde una pantalla y con la piel amarilla, Lisa recuerda que otra sensibilidad política es posible: una que no celebre al explotador, que no se burle del vulnerable y que no confunda convivencia con sumisión. En tiempos de reacción, defender esa evidencia mínima ya parece un gesto radical.

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