La sonrisa de Krahe

Hay artistas cuya obra sobrevive a su muerte. Y hay otros, mucho más raros, cuya manera de mirar el mundo permanece intacta con el paso de los años. Javier Krahe pertenecía a esa segunda especie. Basta recorrer algunos de los recitales con los que sus músicos vienen rindiéndole homenaje bajo el epígrafe La sonrisa de Krahe para advertir una evidencia: las canciones siguen ahí, incluso el afecto; lo que resulta imposible de reproducir es la mirada.

Quizá por eso, recluido estos días por la canícula estival, después de asistir a varios de esos homenajes virtuales, terminé haciendo lo único que podía reconciliarme con su memoria: volver a poner uno de sus discos. Bastaron unos acordes y una de aquellas introducciones imposibles, donde una digresión acababa convirtiéndose en un hallazgo, para recordar que el mejor homenaje a Krahe sigue siendo escucharlo.

Como tantos otros de mi generación, llegué a él a través de La Mandrágora. Aquel disco grabado junto a Sabina y Alberto Pérez conservaba el aroma de una época en la que la música de autor todavía aspiraba a algo más que al entretenimiento. Sin embargo, tardé años en comprender que aquel hombre desgarbado, de voz limitada y apariencia distraída, escondía una de las inteligencias más singulares de la canción española.

El descubrimiento llegó durante mis años de Magisterio, cuando, de la mano del cantautor Paco Barco, empecé a recorrer con calma una discografía que exigía algo más que una escucha superficial. Las canciones de Krahe no buscaban impresionar en el primer contacto. Había que volver a ellas para descubrir una rima escondida, una ironía soterrada o uno de esos remates inesperados con los que desmontaba cualquier certeza previa. Aquello no era únicamente música. Era literatura disfrazada de conversación.

Se ha escrito mucho sobre su ironía, sobre su irreverencia y sobre la evidente influencia de Brassens. Todo eso es cierto. Pero siempre he pensado que el rasgo que mejor lo definía era otro menos citado: la ternura. Una ternura que no tenía nada de sentimentalismo. Al contrario. Era una forma especialmente lúcida de comprender las debilidades humanas. Krahe podía burlarse de cualquiera porque nunca lo hacía desde el desprecio. Incluso cuando ridiculizaba la estupidez colectiva, parecía incluirse en ella con una media sonrisa. No hablaba desde un pedestal. Hablaba desde la condición imperfecta que compartimos todos.

Esa es, probablemente, la razón por la que sus canciones han envejecido mejor que muchas de las de sus contemporáneos. Mientras otros acabaron convertidos en caricaturas de sí mismos o en monumentos a su propia importancia, Krahe siguió pareciendo un hombre corriente dotado de una curiosidad extraordinaria. Nunca confundió la inteligencia con la solemnidad. Desconfiaba de los dogmas, de las verdades absolutas y de quienes parecían demasiado seguros de sí mismos. Prefería la pregunta a la consigna y el matiz al eslogan.

Tuve ocasión de comprobarlo personalmente en noviembre de 2011, después de un recital en la Tetería Pachamama de Ciudad Real. Mientras el país se encaminaba hacia unas elecciones que anunciaban un nuevo cambio de ciclo político, la conversación fue derivando, entre risas y copas generosamente sufragadas por López de Guereña, de la música a la literatura, de la política a la cocina, de la actualidad al simple placer de perder el tiempo. Krahe hablaba igual que cantaba: sin pontificar, sin necesidad de imponer su criterio y con una ironía tan elegante que uno tardaba unos segundos en descubrir dónde estaba exactamente la broma. Recuerdo sobre todo la sensación de estar ante alguien profundamente libre. No porque careciera de convicciones, sino porque ninguna de ellas parecía haber anulado su capacidad para dudar.

Muchos han querido reducirlo a Cuervo ingenuo y a su enfrentamiento con el felipismo. Sin embargo, su independencia fue siempre mucho más amplia que cualquier episodio concreto. Aunque la política aparezca de manera tangencial en buena parte de su obra, pocas trayectorias resultan tan coherentes. Krahe nunca se sintió cómodo en los corrales ideológicos. Prefería observar el espectáculo desde una prudente distancia y señalar las imposturas del poder, vinieran de donde vinieran. Quizá por eso pagó algunos peajes. Pero también por eso conservó intacta una credibilidad que otros fueron perdiendo por el camino.

Hablar de Krahe es hablar de amor, de sexo, de contradicciones, de libertad y de sentido del humor. Es hablar de un artista que entendió antes que muchos que la inteligencia no consiste en tener respuestas para todo, sino en formular mejores preguntas. Sus canciones nunca pretendían adoctrinar al oyente; aspiraban a algo más difícil: hacerlo pensar mientras sonreía.

En tiempos como los actuales, dominados por la indignación instantánea y las certezas prefabricadas, volver a Krahe constituye casi un ejercicio de higiene intelectual. Sus canciones siguen recordándonos que el humor puede ser una forma de lucidez y que la ironía, cuando está atravesada por la ternura, puede convertirse en una poderosa herramienta de libertad.

Quizá por eso los homenajes nunca terminan de ser suficientes. Las canciones pueden interpretarse, los acordes pueden copiarse e incluso la voz puede imitarse. Lo único irrepetible era aquella manera de mirar el mundo con una mezcla de escepticismo, inteligencia y compasión. Una sonrisa que no era de superioridad, sino de comprensión.

Y mientras alguien vuelva a poner uno de sus discos para escapar del ruido, seguirá apareciendo, entre una rima inesperada y un silencio perfectamente medido, esa cómplice, socarrona e inconfundible sonrisa de Krahe.

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