La palabra “sociedad” conserva una apariencia de solidez que ya no siempre se corresponde con la experiencia cotidiana. Seguimos usándola como si nombrara un cuerpo común, un espacio compartido de normas, vínculos y responsabilidades; sin embargo, lo que hoy se extiende ante nosotros se parece cada vez menos a una comunidad organizada en torno a fines colectivos. Desde una mirada antropológica y marxista, esta transformación no puede entenderse como una simple evolución cultural ni como una suma de decisiones individuales: responde, más bien, a un proceso histórico en el que el capitalismo tardío ha colonizado la vida íntima, ha mercantilizado los afectos y ha debilitado las formas tradicionales de pertenencia.
En primer lugar, conviene recordar que toda sociedad necesita algo más que leyes para existir. Las leyes obligan, pero no bastan para producir convivencia; hacen falta costumbres, lenguajes comunes, ritos, obligaciones recíprocas y una cierta idea compartida de lo aceptable. Durante siglos, esas normas estuvieron ancladas en la religión, la tradición, la familia, el barrio o el oficio. Muchas de ellas fueron injustas, excluyentes y opresivas; no se trata, por tanto, de idealizar el pasado. Ahora bien, incluso en sus formas más rígidas, aquellas estructuras ofrecían un marco de inteligibilidad: cada individuo sabía, para bien o para mal, cuál era su lugar dentro de un orden colectivo.
Después, con la modernidad capitalista, ese orden comenzó a disolverse. Marx ya advirtió que la burguesía destruía los vínculos feudales, religiosos y comunitarios para sustituirlos por el “frío interés” y el cálculo económico. Lo que antes aparecía como deber, tradición o pertenencia, empezó a traducirse en términos de utilidad, elección y beneficio. El individuo moderno nació, así, como sujeto libre, pero también como sujeto separado: libre para vender su fuerza de trabajo, libre para consumir, libre para competir y, sobre todo, libre para cargar en soledad con las consecuencias de un sistema que se presenta como natural.
A partir de ahí, el individualismo contemporáneo no puede leerse solo como un cambio moral. No somos más egoístas porque sí, ni porque una generación haya perdido espontáneamente la capacidad de sacrificio. Somos producidos como individuos aislados por un sistema económico que necesita consumidores antes que ciudadanos, usuarios antes que vecinos, perfiles antes que personas. La autonomía, que en principio fue una conquista frente a normas asfixiantes, ha sido capturada por el mercado y convertida en obligación permanente de autorrealización: debes elegirte, optimizarte, proteger tu tiempo, gestionar tus emociones y construir una identidad rentable.
De este modo, la vida cotidiana se reorganiza alrededor del yo. Las rutinas, los deseos y las preferencias personales ocupan el lugar que antes correspondía al acuerdo con otros. Quedar con amigos, participar en una reunión, escuchar una opinión incómoda o cuidar a alguien se percibe cada vez más como una interrupción de la propia agenda. La comunidad deja de ser un espacio de fricción necesaria y se convierte en un servicio que debe ajustarse a nuestras necesidades. Si no encaja, se descarta; si incomoda, se silencia; si exige demasiado, se abandona.
Asimismo, las tecnologías digitales han acelerado esta mutación antropológica. Los algoritmos no crean de la nada el aislamiento, pero lo administran con una eficacia extraordinaria. Nos ofrecen información a medida, entretenimiento individualizado y confirmación constante de nuestras creencias. Cada pantalla funciona como una pequeña frontera simbólica: separa al sujeto del entorno inmediato y lo introduce en un flujo diseñado para retener su atención. La familia que comparte mesa mientras cada miembro mira su móvil no representa solo una escena de mala educación; expresa una forma histórica de fragmentación de la experiencia común.
Sin embargo, no se trata únicamente de una cuestión tecnológica. Las llamadas redes sociales prometen conexión, pero muchas veces producen agregación sin comunidad. Reúnen multitudes, no necesariamente vínculos; generan adhesiones rápidas, odios compartidos y pertenencias frágiles. El amor por un cantante, la defensa de un equipo o el rechazo visceral a un adversario político pueden congregar a miles de personas, pero esa unión suele ser episódica, emocional y fácilmente explotable. Falta el espesor de lo común: la paciencia, la obligación mutua, la memoria compartida y la construcción de fines colectivos.
Por otra parte, la pérdida de lectura crítica agrava el problema. Cuando disminuye la capacidad de interpretar textos complejos, comparar argumentos y sostener desacuerdos razonados, también se debilita la posibilidad de deliberar en común. Una sociedad no vive solo de información, sino de interpretación compartida. Si cada individuo recibe datos filtrados por sus preferencias y carece de herramientas para analizarlos, el espacio público se convierte en una suma de percepciones privadas. Entonces, el debate se sustituye por la susceptibilidad, y la conversación democrática, por la evitación del conflicto.
En ese punto, el poder económico encuentra un terreno fértil. Una población fragmentada, encerrada en burbujas afectivas y cognitivas, resulta mucho más gobernable que una comunidad organizada. El viejo “divide y vencerás” adquiere una forma nueva: ya no necesita separar pueblos mediante murallas visibles, porque basta con separar sujetos mediante pantallas, horarios, deudas, precariedad y deseos personalizados. El capitalismo no solo explota el trabajo; también captura la atención, reorganiza el tiempo libre y convierte la soledad en mercado. Para cada carencia ofrece un producto; para cada angustia, una aplicación; para cada vínculo roto, una interfaz.
Ahora bien, sería injusto confundir la crítica al individualismo con una nostalgia reaccionaria. La ampliación de derechos, la libertad para romper mandatos familiares opresivos, la pluralidad de formas de vida y el reconocimiento de identidades antes marginadas son conquistas irrenunciables. El problema no es que las personas puedan elegir más, sino que esas elecciones se produzcan dentro de un orden que debilita los soportes colectivos. No hay verdadera libertad cuando cada sujeto debe inventarse solo, cuidarse solo, informarse solo y sobrevivir solo en medio de estructuras cada vez más desiguales.
Por eso, la cuestión central no es si debemos volver a la antigua sociedad, sino si somos capaces de imaginar otra forma de comunidad. Una sociedad democrática no tiene por qué basarse en la obediencia ciega, la homogeneidad moral o el castigo de la diferencia. Puede fundarse, en cambio, en la cooperación, la corresponsabilidad y el reconocimiento de que la vida humana siempre es interdependiente. Nadie se educa solo, nadie enferma solo, nadie envejece solo, nadie trabaja al margen de los demás. La antropología lo muestra con claridad: el ser humano no es un átomo autosuficiente, sino un animal social atravesado por relaciones materiales y simbólicas.
Finalmente, quizá el desafío de nuestro tiempo consista en disputar el significado de la palabra “sociedad” antes de que quede reducida a una masa de individuos conectados y solos. Recuperar lo común no implica negar la individualidad, sino liberarla de su versión mercantilizada. Frente al sujeto aislado que consume, compite y se protege, necesitamos reconstruir espacios donde se practiquen la escucha, el cuidado, la solidaridad y el conflicto razonado. Si la sociedad se está deshilachando, la respuesta no puede ser añorar viejas costuras, sino tejer otras nuevas: más justas, más libres y verdaderamente compartidas
