miércoles, 11 marzo 2026

· Manzanares | Toledo ·

La sociedad del deseo permanente

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Cuando se pretende influir en la opinión de la gente, la razón no siempre es el camino más eficaz. En política, en publicidad y en el discurso público contemporáneo se ha comprobado muchas veces que los argumentos que apelan a las emociones suelen tener más impacto que aquellos que se apoyan únicamente en razonamientos lógicos. Quien quiere convencer sabe que es más sencillo provocar una reacción sentimental que conducir a alguien por un proceso de reflexión. El debate sobre el decrecimiento ofrece un ejemplo muy claro de esta situación. Desde el punto de vista racional, el argumento que lo sostiene parece difícil de discutir: vivimos en un planeta con recursos limitados, sometido a una presión creciente, mientras el sistema económico dominante funciona como si esos límites no existieran. Sin embargo, cuando la palabra decrecimiento aparece en la conversación pública provoca una reacción inmediata de rechazo en amplios sectores de la sociedad. Para muchos, decrecer significa empobrecerse, perder bienestar, renunciar a comodidades que se consideran conquistas naturales del progreso. Antes de examinar lo que realmente implica esa propuesta, aparece la sensación de que se trata de una marcha atrás.

Este reflejo no es casual. Durante décadas se ha consolidado una asociación muy poderosa en la conciencia colectiva: crecimiento económico equivale a progreso. Cuando la economía crece se supone que la sociedad avanza, que el nivel de vida mejora y que el futuro ofrecerá más oportunidades que el pasado. Las estadísticas económicas se interpretan como un indicador casi directo del bienestar general. Si el producto interior bruto aumenta, se habla de buena salud económica; si se estanca o disminuye, se encienden las alarmas. Sin embargo, ese indicador sólo mide la expansión de la actividad económica, no la calidad real de la vida social.

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Puede aumentar la producción mientras se deterioran las condiciones de trabajo, mientras crece la desigualdad o mientras se destruyen recursos naturales indispensables para la vida. Aun así, el vínculo entre crecimiento y bienestar ha sido repetido tantas veces que ha terminado por convertirse en una verdad aparentemente indiscutible.

Este modo de pensar responde a la lógica del sistema económico que domina el mundo desde hace más de dos siglos. El capitalismo necesita crecer para mantenerse estable. La acumulación de capital exige ampliar continuamente la producción, abrir nuevos mercados y aumentar el consumo. Cuando ese movimiento se detiene aparecen las crisis: empresas que quiebran, trabajadores que pierden su empleo, conflictos sociales que se intensifican.

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Por eso. el crecimiento se presenta como una necesidad inevitable, casi como si se tratara de una ley natural de la economía. Sin embargo, desde una perspectiva histórica resulta evidente que no es una ley eterna, sino la característica de un modo de producción concreto. El capitalismo convirtió la expansión económica en un objetivo permanente porque de ella depende la reproducción del propio sistema.

Para que esa dinámica funcione no basta con organizar la producción de una determinada manera. También es necesario construir una cultura que legitime ese funcionamiento. En ese terreno el capitalismo ha desarrollado uno de sus mecanismos ideológicos más eficaces: la identificación entre felicidad y consumo. La humanidad ha reflexionado durante siglos sobre lo que significa vivir bien. En distintas tradiciones filosóficas la felicidad se ha relacionado con la virtud, con la serenidad interior o con la armonía entre el individuo y la comunidad. Aquellas reflexiones podían ser muy distintas entre sí, pero compartían una intuición básica: la vida buena no dependía exclusivamente de la acumulación de bienes materiales.

Con el desarrollo de la sociedad de mercado esa idea fue desplazada por otra mucho más simple y funcional para el nuevo orden social. La felicidad empezó a presentarse como algo que podía adquirirse.

En esa transformación cultural la mercancía ocupa un papel central. Cada objeto se ofrece como una promesa de satisfacción personal. Un coche más moderno, un dispositivo tecnológico más avanzado o una vivienda más grande se presentan como mejoras evidentes en la vida de quien los adquiere. Poco a poco el consumo deja de ser una actividad destinada a cubrir necesidades y se convierte en un elemento central de la identidad social. La aspiración a mejorar la propia situación mediante la adquisición de nuevos bienes se extiende por todas las capas de la sociedad.

En este contexto, la vida cotidiana queda atravesada por una expectativa permanente de consumo. El sistema necesita que ese deseo nunca se agote. De ahí que pueda hablarse con bastante precisión de una sociedad del deseo permanente.

Esa supuesta sociedad el deseo no surge únicamente de necesidades reales, sino que se produce de forma sistemática. La publicidad, el marketing y la cultura del espectáculo trabajan constantemente para generar nuevas aspiraciones. Los objetos aparecen rodeados de significados simbólicos que los convierten en señales de estatus, de éxito o de modernidad. De esta manera el consumo deja de responder a necesidades concretas y se transforma en una búsqueda continua de reconocimiento social. Lo que se compra no es sólo un objeto útil, sino una imagen de la vida que se quiere proyectar.

Este mecanismo se relaciona directamente con la forma en que se organiza el trabajo bajo el capitalismo. Karl Marx explicó que el rasgo fundamental de este sistema es la separación entre quienes poseen los medios de producción y quienes sólo pueden sobrevivir vendiendo su fuerza de trabajo. La riqueza social es producida colectivamente por millones de trabajadores, pero el control sobre esa riqueza se concentra en manos de una minoría. Esta relación determina tanto la distribución de los ingresos como la experiencia cotidiana del trabajo.

Bajo esas condiciones, el trabajo pierde buena parte de su dimensión creativa. El trabajador participa en un proceso productivo cuyos objetivos no decide y cuyo resultado no controla. La actividad que ocupa gran parte de su tiempo aparece ante él como algo ajeno. Marx describió esta situación con el concepto de alienación.

El individuo queda separado del sentido de su propio trabajo y del producto que genera. Su esfuerzo contribuye a un sistema económico cuyo funcionamiento escapa a su control.

Cuando la experiencia laboral se vive de esa manera, el consumo aparece como una forma de compensación. El salario permite acceder a bienes que ofrecen gratificaciones inmediatas. Pero esas gratificaciones son necesariamente limitadas. Los objetos pueden proporcionar comodidad o entretenimiento, pero no sustituyen la necesidad humana de participar en una vida social con sentido. De ahí que el consumo tienda a repetirse sin descanso: cada compra ofrece una satisfacción breve que pronto deja paso a una nueva expectativa.

Este fenómeno se relaciona con lo que Marx denominó el fetichismo de la mercancía. En la economía capitalista los objetos producidos por el trabajo humano aparecen como si tuvieran un valor propio, independiente de las relaciones sociales que los han creado. Las mercancías parecen poseer cualidades capaces de transformar la vida de quienes las compran. De este modo, las relaciones entre personas quedan ocultas tras relaciones entre cosas. El resultado es una percepción distorsionada de la realidad social.

La expansión constante del consumo responde, en última instancia, a las necesidades del propio sistema económico. Para que la acumulación de capital continúe es necesario que la producción encuentre compradores. Cuando las necesidades básicas están cubiertas, el mercado necesita crear otras nuevas. La sociedad del deseo permanente cumple precisamente esa función: mantener en movimiento el ciclo de producción y consumo que sostiene la economía capitalista.

Este debate sobre el decrecimiento adquiere un significado que va más allá del problema ecológico. Evidentemente, el agotamiento de recursos y el deterioro de los ecosistemas obligan a replantear la relación entre la economía y la naturaleza. Pero la cuestión no se limita a gestionar mejor los recursos. También implica revisar los objetivos mismos de la producción social. Si la economía estuviera orientada a satisfacer necesidades reales en lugar de maximizar beneficios privados, gran parte de las actividades que hoy consumen enormes cantidades de energía y trabajo humano dejarían de ser prioritarias.

Desde un punto de vista marxista, el decrecimiento no significa simplemente reducir la actividad económica. Significa reorganizarla. En lugar de producir cantidades crecientes de mercancías destinadas al mercado, una sociedad podría concentrar sus esfuerzos en garantizar las condiciones materiales necesarias para una vida digna: alimentación, vivienda, sanidad, educación, transporte y acceso a la cultura. Una reorganización de este tipo permitiría disminuir la producción de bienes superfluos y liberar tiempo para otras formas de actividad social.

Entre los cambios más evidentes estaría la reducción de la jornada laboral. Si el desarrollo tecnológico se utilizara para disminuir la carga de trabajo en lugar de intensificar la explotación, millones de personas podrían disponer de más tiempo para la vida personal, para la participación comunitaria o para el desarrollo de actividades culturales y creativas. El bienestar no dependería tanto de la acumulación de objetos como de la calidad de las relaciones sociales.

El debate sobre el decrecimiento, por tanto, plantea una cuestión política de fondo: quién decide el rumbo de la economía. Mientras las decisiones fundamentales estén en manos de quienes buscan maximizar beneficios, la producción continuará orientándose hacia la expansión permanente. Cambiar esa lógica implica democratizar el control sobre los recursos y sobre los medios de producción.

La pregunta decisiva no es si la sociedad puede permitirse decrecer. La verdadera cuestión es si puede seguir sosteniendo un sistema que necesita crecer indefinidamente para funcionar. En un planeta con límites físicos claros, esa dinámica termina chocando con barreras que ya empiezan a hacerse visibles. Frente a esa situación, la alternativa no consiste únicamente en reducir el consumo individual, sino en transformar las bases sobre las que se organiza la vida económica. Sólo así podrá abrirse el camino hacia una sociedad donde la riqueza colectiva se utilice para garantizar estabilidad material, equilibrio ecológico y una vida verdaderamente humana para la mayoría.

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