Hacer política hoy desde una izquierda no resignada a transformar de raíz la sociedad, que aún reconoce la centralidad de la lucha de clases y la dignidad del trabajo, es casi una proeza. No sólo por la ofensiva explícita del capital, la maquinaria mediática o la avanzada neoliberal. Lo más desgastante es marchar entre dos fuegos: el enemigo de clase, siempre explícito, y una pseudoizquierda que se disfraza de progresista y vacía de contenido todo lo que defendió el movimiento obrero. Entre los dos frentes, la militancia se convierte en una práctica de resistencia cotidiana, en los márgenes, con pocas armas y ninguna concesión del poder.
El ataque a la memoria obrera no se manifiesta solo en la falta de medios; toma la forma de un silencio orquestado que se erige en un modo de gobierno sobre la opinión. Fundaciones globalistas, grandes ONG y think-tanks en la sombra han ido extendiendo una cultura política de apariencia moderna, pero que no es más que una forma de descafeinar todo conflicto social. En nombre de una izquierda «sofisticada» han arrastrado a organizaciones enteras a un territorio donde ya no hay trabajadores, ni fábricas, ni salarios. Una política de palabras limpias, para los foros internacionales, pero despegada de la realidad. Ese movimiento ha transformado a gran parte de la izquierda institucional en una faldera del neoliberalismo.
Al mismo tiempo, se ha ido expulsando calladamente el saber obrero. Hoy pareciera que para pensar la sociedad hay que acumular títulos académicos y un lenguaje tan alejado de la realidad como de la gente que habita el país. Los que pensaron críticamente desde la práctica —trabajadores autodidactas, sindicalistas de base, activistas vecinales paridos en el barrio y en la fábrica— se han vuelto incómodos. Lo que antes era conocimiento de cabecera ahora es folclore. Los partidos «progresistas» están llenos de políticos profesionales que nunca han tenido que elegir entre la luz y el alquiler.
Mientras tanto, la base material de la clase obrera se ha derrumbado. Las fábricas cierran o se convierten en decorados para turistas; los barrios obreros se vacían o se gentrifican; la precariedad se extiende como una mancha que todo lo invade. Para ocultarlo se inventó la “clase media trabajadora”, una ficción conveniente para el poder porque elimina el conflicto. Pero el que depende de un salario —más aún si es precario— es proletario, por mucho que lo vistan sociológicamente.
El espejismo se rompe cuando esa supuesta “clase media” descubre que sus hijos no pueden alquilar un piso, encadenan trabajos precarios y viven sin futuro. Esta proletarización acelerada está detrás de mucho del miedo y la rabia social, y la deriva hacia la extrema derecha. No por afinidad ideológica, sino por el abandono de una izquierda institucional volcada en sustituir la política material por un moralismo identitario que no es sino un nuevo clasismo. Allí donde la izquierda deja de hablar de salarios, de vivienda, de explotación, otros ocupan el espacio.
Por eso hay que desenmascarar la gran impostura: la supuesta rebeldía “antiglobal” de la ultraderecha. Es humo. En Europa, estos movimientos no desafían a las multinacionales, al sistema financiero, al complejo militar de la OTAN. Su proyecto es un globalismo conservador en lo cultural, pero disciplinado con el capital internacional. El caso de Giorgia Meloni es paradigmático: llegó al poder prometiendo ruptura y no ha hecho más que seguir las órdenes de Bruselas y Washington. Su discurso nacionalista es para inflamar corazones, jamás para desafiar al poder.
Pero no todo está perdido. El ejemplo del Workers Party of Britain de George Galloway muestra que todavía puede construirse una izquierda obrera de lucha, con un mensaje nítido y de barrio. Su reciente victoria legislativa no fue un golpe de suerte, sino el resultado de años de presencia en el territorio, escuchando a la gente y resolviendo problemas reales. Su defensa de Palestina, además, cobra especial relevancia en un país con responsabilidad histórica en la tragedia. Esa coherencia demuestra que la izquierda puede desafiar al poder sin prostituirse por respetabilidad.
Y este modelo no debe reproducirse miméticamente, pero puede inspirar a quienes en España quieren reconstruir una verdadera izquierda obrera. Sin arraigo territorial, sin estructuras consolidadas, sin sensibilidad hacia las realidades locales, todo proyecto está abocado a la inanidad.
La nueva clase obrera está hecha de viejas maneras de explotación: riders controlados por algoritmos, limpiadoras subcontratadas, jóvenes en prácticas interminables, pequeños comerciantes arruinados por plataformas, agricultores ahogados por intermediarios y leyes diseñadas para gigantes agroindustriales. Todos tienen en común que el capital se los traga y la política de gobierno mira para otro lado.
Ese desinterés se manifiesta en la forma más brutal en la política exterior del Gobierno español. El dinero que Pedro Sánchez promete para la guerra de la OTAN en Ucrania es el que niega a vivienda social o a una sanidad pública agotada. No es una cuestión de dinero, sino de prioridades: el Gobierno se ha decantado por el bloque atlantista y por un neoliberalismo disfrazado de progresismo compasivo. La desconexión con las bases populares no es casual; es el resultado de esa opción.
Reconstruir una izquierda obrera digna pasa por abandonar atajos electorales y volver a lo básico: escuchar, organizar, construir comunidad, recuperar un lenguaje llano y sin complejos para hablar de salarios, alquileres, explotación. No habrá milagros ni golpes de efecto, solo perseverancia, paciencia y ética de resistencia. La conciencia de clase no nace de la nada: se forja en la práctica colectiva y en el trabajo diario.
Nada garantiza el éxito, pero rendirse es ceder el futuro. El camino de la izquierda obrera será largo, con conquistas difíciles y derrotas dolorosas, pero es el único para restaurar la dignidad al centro de la vida social. La historia, cuando se la presiona, siempre la escriben los que no se resignan.


